Ian Angus

Cómo llevar a cabo una revolución ecosocialista

Encuentros como este desempeñan un papel vital en la construcción de un movimiento capaz de detener el tren rumbo al infierno del capitalismo, antes de que conduzca a toda la humanidad al precipicio. Construir dicho movimiento es la tarea más importante a la que podemos dedicarnos hoy en día. Por ello, es un gran honor para mí haber sido invitado para participar en vuestros debates.

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Hace ciento cincuenta años, Karl Marx predijo que, a menos que el capitalismo fuese eliminado, las grandes fuerzas productivas que este había desencadenado acabarían por convertirse en fuerzas destructivas. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Cada día existen más evidencias de que el capitalismo, que en su día fue la base de una oleada sin precedentes de creatividad y liberación, se ha transformado en una fuerza de decadencia, destrucción y muerte que amenaza directamente la existencia de la raza humana, por no mencionar la de millones de especies animales y vegetales con las que compartimos el planeta.

Mucha gente ha planteado ajustes tecnológicos o reformas políticas para abordar los diversos aspectos de la crisis ambiental global, y muchas de dichas medidas merecen sin duda una seria consideración. Algunas de ellas pueden ofrecernos algo más de tiempo; algunas pueden retrasar el día del juicio ecológico final. Contrariamente a lo que algunos de nuestros críticos sostienen, ningún socialista serio se opone a las reformas o a las medidas parciales: apoyamos activamente todo tipo de medida que reduzca, limite o retrase los efectos devastadores del capitalismo. Y trabajaremos con toda persona, socialista o no, que desee seriamente luchar en favor de tales medidas. Es más: ¡tratad de detenernos si podéis! Pero como socialistas, sabemos que no puede haber solución duradera a la crisis ambiental múltiple del mundo mientras el capitalismo siga siendo el sistema económico y social dominante en este planeta. No afirmamos estar en posesión de todas las respuestas, pero sí contamos, por contra, con una gran respuesta: la única vía para un cambio permanente y de largo alcance en la forma en que la humanidad se relaciona con el resto de la naturaleza es una revolución ecosocialista.

Si no llevamos a cabo esa transformación, tal vez podamos retrasar el desastre, pero no por ello el desastre dejará de ser inevitable. Tal y como siempre ha anunciado la cabecera de Climate and Capitalism: “Ecosocialismo o barbarie: no hay una tercera vía”. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de ecosocialismo? Y ¿qué queremos decir con revolución ecosocialista?

¿Qué es el ecosocialismo?

No hay ningún copyright sobre la palabra ecosocialismo, y aquellos que se consideran ecosocialistas no están de acuerdo en todo. Así, pues, lo que voy a decir refleja mi propio punto de vista.

El ecosocialismo empieza con una crítica de sus dos progenitores, la ecología y el marxismo. La ecología, en el mejor de los casos, nos proporciona herramientas poderosas para entender cómo funciona la naturaleza: no como actividades o acontecimientos aislados, sino como ecosistemas integrados e interrelacionados. La ecología puede ofrecer, y ofrece, elementos de conocimiento esenciales sobre las formas en que la actividad humana está socavando los sistemas que hacen posible toda forma de vida. Pero mientras la ecología ha sabido describir correctamente el daño causado por los humanos, su falta de análisis social ha conllevado que pocos ecologistas hayan concebido un programa creíble para detener esa destrucción.

A diferencia de lo que ocurre con otros animales, la relación entre los seres humanos y nuestro entorno no puede ser explicada sólo mediante números o a través de nuestra biología. Sin embargo, ahí es donde la ecología se detiene. De hecho, cuando los ecologistas encaran las cuestiones sociales, casi siempre obtienen las respuestas equivocadas, porque asumen que los problemas en la relación entre la humanidad y la naturaleza vienen causados por ciertos números o por la naturaleza humana, o que son simplemente el resultado de la ignorancia y de algunos malentendidos. Si todos conociéramos la verdad, el mundo cambiaría. Lo que debemos hacer son pequeños ajustes sobre las tasas y los mercados, o quizás difundir más ampliamente el control de natalidad, y todo irá bien.

La falta de una crítica coherente del capitalismo ha hecho que la mayoría de los partidos verdes del mundo sean inefectivos, o, peor aún, ha permitido que se convirtieran en socios menores de gobiernos neoliberales, ofreciendo un camuflaje verde a políticas reaccionarias. De la misma forma, la mayoría de las principales ONG verdes hace tiempo que abandonaron la tarea de construir verdaderamente un movimiento ecologista y prefirieron buscar donaciones provenientes de los contaminadores corporativos. Al no entender el capitalismo, creen que pueden resolver los problemas siendo amables con los capitalistas.

En contraste, la mayor fuerza del marxismo es su crítica integral del capitalismo: un análisis que explica por qué este específico orden social ha sido a la vez tan exitoso y tan destructivo. El marxismo también ha mostrado que otro tipo de sociedad es a la vez posible y necesario: una sociedad en la que la destructiva producción capitalista sea reemplazada por la producción cooperativa, y en la que la propiedad capitalista sea sustituida por bienes públicos globales.

Lo que a día de hoy llamamos ecología fue fundamental para el pensamiento de Marx y, tal y como ha mostrado John Bellamy Foster, en el siglo XX los científicos marxistas realizaron contribuciones de gran alcance al pensamiento ecológico. Pero en general, los movimientos marxistas del siglo XX ignoraron completamente las cuestiones medioambientales o pospusieron despreocupadamente toda consideración sobre el tema hasta el triunfo de la revolución, momento en el que el socialismo resolvería el asunto por arte de magia. Más aún: algunas de las peores pesadillas ecológicas del siglo XX ocurrieron en países que se llamaban a sí mismos socialistas: basta con mencionar el horror nuclear de Chernobyl, o el envenenamiento y drenaje del mar de Aral, para dejar claro que simplemente con eliminar el capitalismo no vamos a salvar el mundo.

Existe una respuesta fácil a eso: se podría decir que esos países no eran socialistas. Eran capitalistas de Estado, u otra cosa, de modo que la crítica a sus crímenes ambientales resulta irrelevante. Pero los críticos verdes dirán, y con razón, que eso es una excusa. La gente, en la URSS y en el resto de países del bloque soviético, creyó que estaba construyendo el socialismo. Y para la mayoría de las personas del resto del mundo ése era el aspecto que tenía el socialismo. Así pues, independientemente de si consideramos a esas sociedades socialistas o les ponemos otra etiqueta, necesitamos responder la cuestión subyacente: ¿qué nos hace pensar que las próximas tentativas de construir sociedades socialistas lo harán mejor de lo que lo hicieron en el pasado? Nuestra respuesta consta de dos partes.

La primera es que eliminar el lucro y la acumulación como fuerzas motrices de la economía eliminaría la tendencia innata del capitalismo a contaminar y destruir. Si bien es cierto que las políticas erróneas y la ignorancia han causado algunos problemas ecológicos muy serios, la crisis global a la que nos enfrentamos hoy no es el resultado de políticas erróneas y de la ignorancia: es el resultado inevitable de la forma en que funciona el capitalismo. Bajo el capitalismo, un mundo ecológicamente equilibrado es imposible. El socialismo no hace que la consecución de ese mundo sea inevitable, pero sí la hace posible.

La segunda parte de la respuesta es que la historia no está hecha de fuerzas impersonales. La transición al socialismo será la obra de personas reales, y las personas pueden aprender de la experiencia. Esto queda demostrado en la práctica por Cuba, que en los la construcción de una economía ecológicamente responsable y que ha sido, de forma reiterada, uno de los pocos países que ha cumplido los criterios de WWF para una sociedad globalmente sostenible.

La lección que debemos aprender de ese logro, así como de los errores medioambientales del socialismo en el siglo XX, es que la ecología debe desempeñar un papel central en la teoría socialista, en el programa socialista y en la actividad del movimiento socialista. El ecosocialismo trabaja para unir lo mejor de lo rojo y de lo verde y, al mismo tiempo, trata de superar las debilidades de ambos. Intenta combinar el análisis marxista de la sociedad humana con el análisis de la ecología sobre nuestra relación con el resto de la naturaleza y se propone construir una sociedad que tendrá dos características fundamentales e indivisibles:

• Será socialista, comprometida con la democracia, con el igualitarismo radical y con la justicia social. Estará basada en la propiedad colectiva de los medios de producción, y trabajará activamente para eliminarla explotación, el lucro y la acumulación como fuerzas motrices de nuestra economía.

• Y estará basada en los mejores principios ecológicos, otorgando la más alta prioridad a detener las prácticas dañinas para el medio ambiente, a restaurar los ecosistemas ya dañados y a reconstruir la agricultura y la industria sobre sólidos principios ecológicos.

Una frase de John Bellamy Foster, en The Ecological Rift, explica de forma precisa y concisa la razón de ser del ecosocialismo: “No puede haber una auténtica revolución ecológica que no sea socialista; no hay auténtica revolución socialista que no sea ecológica”.

¿Qué es una revolución ecosocialista?

Cuando decimos revolución, estamos hablando de un cambio profundo en la manera en que los humanos se relacionan con la tierra, en la forma en que producimos y reproducimos, en prácticamente todo lo que los humanos hacemos y en cómo lo hacemos. Lo que pretendemos no es sólo una reorganización del capitalismo, ni solamente cambios en la propiedad, sino lo que Fred Magdoff, en un artículo publicado en un número reciente del Monthly Review, llama “una civilización verdaderamente ecológica, en armonía con los sistemas naturales”. Magdoff enumera ocho características que dicha civilización debería reunir. Debería:

1. dejar de crecer una vez que las necesidades humanas básicas estén satisfechas;

2. no empujar a la gente a consumir más y más;

3. proteger los sistemas de apoyo a la vida natural y respetar los límites de los recursos naturales, teniendo en cuenta las necesidades de las generaciones futuras;

4. tomar decisiones basadas en necesidades sociales/ecológicas a largo plazo, sin ignorar las necesidades a corto plazo de las personas;

5. operar en la medida de lo posible con fuentes actuales (incluido el pasado reciente) de energía, en lugar de con combustibles fósiles;

6. potenciar las características humanas y una cultura de la cooperación y la reciprocidad, compartiendo y responsabilizándose con los vecinos y la comunidad;

7. hacer posible el pleno desarrollo del potencial humano;

8. promover una toma de decisiones políticas y económicas auténticamente democrática para abordar las necesidades locales, regionales e interregionales.

Como dice Fred Magdoff, una sociedad con esas características sería “esencialmente lo contrario al capitalismo en todos los aspectos”.

Ni fácil ni rápido

Lograr ese cambio resulta absolutamente esencial. Pero no deberíamos engañarnos creyendo que ocurrirá fácil o rápidamente. He observado que la mayoría de ecologistas y socialistas subestiman seriamente la magnitud de la tarea que nos proponemos acometer, lo grande que tendrá que ser el cambio, lo difícil que será y cuánto tiempo será necesario para llevarla a cabo.

Hace cuarenta años, en 1971, Barry Commoner, uno de los primeros socialistas modernos que escribió sobre la crisis medioambiental, estimó que para invertir la destrucción ambiental que en aquel entonces podía observar en los Estados Unidos y para reconstruir la industria y la agricultura sobre una base ecológicamente responsable, “la mayor parte de los recursos de la nación destinados a inversión de capital deberían ser empleados en la tarea de la reconstrucción ecológica durante, al menos, una generación”. La velocidad y la magnitud de la destrucción ambiental se han acelerado rápidamente a lo largo de las cuatro décadas transcurridas desde que Commoner escribiera esas palabras. El tiempo requerido y el coste de la reparación y la reconstrucción se han visto sustancialmente incrementados. Las Naciones Unidas, por ejemplo, han estimado recientemente que costará treinta años limpiar el daño devastador causado por Shell Oil en el hogar de los ogoni en el delta del Níger. Y eso para un área de sólo 386 millas cuadradas, es decir, aproximadamente una novena parte del tamaño de Sidney. El delta del Níger es un ejemplo particularmente horrible del papel ecocida del capitalismo, por supuesto, pero hay otros muchos ejemplos en el mundo, suficientes como para acabar con cualquier esperanza de un giro fácil.

Eso significa que el título de mi charla es un poco engañoso. No puedo deciros cómo llevar a cabo una revolución ecosocialista, porque los cambios necesarios llevarán décadas, en circunstancias que no podemos predecir. No sólo eso, sino que sin duda la transformación requerirá nuevos conocimientos y nueva ciencia. Parafraseando a Marx, no hay libro de recetas para los chefs de la revolución ecológica.

Llegando al punto de arranque

Sin embargo, podemos y debemos debatir cómo llegar al punto de arranque de la revolución. Uno de los pioneros del socialismo revolucionario y del ecologismo fue el gran poeta y artista británico William Morris. En 1893, describió ese punto de partida de la siguiente manera: “La primera victoria real de la Revolución Social será el establecimiento no de un sistema completo de comunismo en un solo día, lo cual es absurdo, sino de una administración revolucionaria cuyo objetivo definido y consciente será el de preparar, por todas las vías posibles, a la vida humana para dicho sistema…”. Sería posible combinar la afirmación de William Morris con la terminología de Fred Magdoff para resumir el objetivo principal del movimiento ecosocialista en la actualidad: “Una administración revolucionaria cuyo objetivo definido y consciente será el de preparar, por todas las vías posibles, a la vida humana para una civilización ecológica”.

En nuestro nuevo libro, Too Many People?, Simon Butler y yo expresamos esa idea de la siguiente manera: “En cada país, necesitamos gobiernos que rompan con el orden existente, que sean responsables sólo ante la gente trabajadora, los agricultores, los pobres, las comunidades indígenas y los inmigrantes; en pocas palabras: ante las víctimas del capitalismo ecocida, no ante sus beneficiarios y representantes.” Y sugerimos algunas de las primeras medidas que dichos gobiernos podrían tomar, a saber:

 • retirar rápidamente los combustibles fósiles y los biocombustibles, reemplazándolos por fuentes de energía limpia;

 • apoyar activamente a los agricultores en su conversión a la agricultura ecológica; defenderla producción y distribución local de alimentos;

 • introducir redes públicas de transporte gratuitas y eficientes;

 • reestructurarlos sistemas existentes de extracción, producción y distribución para eliminar residuos, la obsolescencia programada, la contaminación y la publicidad manipuladora, y proporcionar formación completa para el reciclaje profesional a los trabajadores y comunidades afectados;

 • modernizar los edificios y hogares existentes con vistas a la eficiencia energética;

 • poner fin a todas las operaciones militares; transformar las fuerzas armadas en equipos voluntarios encargados de la restauración de ecosistemas y de asistir a las víctimas de desastres medioambientales.

Nuestras propuestas no pretenden ser únicas, y estoy seguro de que a muchos de los asistentes se les ocurren muchos otros cambios esenciales. Para encontrar otras ideas interesantes sobre lo que ese tipo de gobiernos debería hacer, os animo también a echar una ojeada a la “agenda a corto plazo para activistas medioambientales” incluida en el capítulo final de What Every Environmentalist Needs to Know About Capitalism, de John Bellamy Foster y Fred Magdoff, así como al programa recogido en la Carta del Clima de la Alianza Socialista en Australia.

Me gustaría hacer hincapié en el hecho de que no deberíamos esperar a un gobierno ecosocialista para llevar a cabo dichos cambios. Todo lo contrario: deberíamos estar luchando por la consecución de cada una de esas medidas hoy, como elementos centrales de nuestra lucha por un mundo mejor. Esos son primeros pasos que pueden darse: sólo el comienzo. Construir una civilización completamente ecológica exigirá mucho más. Cuanto más tardemos en construir un movimiento que pueda iniciar el proceso, más difícil será la revolución ecosocialista.

Participación de la mayoría

He puesto de relieve la complejidad y la dimensión de la tarea a la que nos enfrentamos no para desanimaros, sino para subrayar otro punto esencial: los cambios sociales radicales no ocurren sólo porque son “lo correcto”. Las buenas ideas no son suficientes. La autoridad moral no es suficiente. Una revolución ecosocialista no puede ser hecha por una minoría ni impuesta por políticos y burócratas, al margen de cuán buenas sean sus intenciones. La revolución requiere la participación activa de la gran mayoría de la gente. Según las famosas palabras de Marx: “La emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los propios trabajadores”. Ello no es así porque la democracia sea moralmente superior, sino porque los cambios necesarios no pueden ser llevados a cabo, y no serán duraderos, si no son apoyados, creados y puestos en práctica activamente por el mayor número posible de personas. Sólo el apoyo y el compromiso de la mayoría pueden acabar venciendo a los oponentes del cambio.

La única forma de vencer a las fuerzas actualmente dominantes, las fuerzas de la destrucción global, es organizar una fuerza contraria que pueda detenerlas y desalojarlas del poder. Esa es otra verdad fundamental sobre las revoluciones: no existe nada parecido a una revolución donde todos ganan y nadie pierde. En una revolución real, la gente que tenía poder y privilegios en la vieja sociedad pierde su poder y sus privilegios en la nueva. Algunas de esas personas pueden llegar a sumarse a la ola revolucionaria, y si es así les daremos la bienvenida a nuestra causa. Pero la mayor parte de ellos probablemente no apoyarán a la mayoría.

Hoy en día, como en todas las sociedades humanas desde hace miles de años, existen poderosos grupos sociales que se benefician de la situación existente y que se resistirán al cambio sin importar cuán obvia resulte la necesidad de cambio. Basta con echar un vistazo al actual Congreso de los Estados Unidos o al Parlamento australiano para ver a gente poderosa que se resistirá al cambio incluso aunque ello signifique destruir el mundo. Los negacionistas del cambio climático no son excéntricos aislados. Son políticos bien financiados, respaldados por algunas de las corporaciones más poderosas del mundo y preparados para arruinar el mundo con tal de proteger su poder.

Ya sabéis que, cada vez que hablamos de revolución, los poderes establecidos nos acusan de estar tramando actos violentos. En realidad, la mayoría de los ecosocialistas que conozco son no-violentos en sus vidas personales. Admito que a muchos canadienses nos gusta el hockey, y estoy seguro de que hay unos cuantos fanáticos del fútbol hoy aquí, pero eso no se traslada a nuestras perspectivas políticas. No queremos violencia, y estaremos encantados si la transición al ecosocialismo es enteramente pacífica. Desgraciadamente, y a diferencia de lo que ocurre en el deporte profesional, lo que ocurre en una revolución no depende completamente de nosotros. Como hemos podido observar en muchos países, la elección democrática de gobiernos populares por amplias mayorías nunca ha impedido que los defensores del viejo orden traten de recuperar el poder por medios violentos. Y como la gente de Venezuela y de Bolivia ha demostrado, la mejor forma de minimizar y contrarrestar la violencia de los reaccionarios es movilizar al mayor número posible de personas para defender el proceso revolucionario.

Una historia de dos ciudades

¿Qué fuerzas determinarán el resultado de la crisis medioambiental global en el siglo XXI? Hace dos años tuvimos un notable adelanto de las alineaciones de clase existentes. En diciembre de 2009, los países ricos del mundo enviaron delegaciones a Copenhague con instrucciones no de salvar el medio ambiente, sino de bloquear cualquier acción que pudiera debilitar sus economías capitalistas o dañar sus competitivas posiciones en los mercados mundiales. Y lo consiguieron. El acuerdo impuesto por la puerta de atrás fue, como escribió Fidel Castro, “simplemente una broma”. El acuerdo de seguimiento que negociaron en Cancún no fue mejor. Las cumbres de Copenhague y Cancún dejaron claro que nuestros dirigentes no quieren resolver la crisis ecológica y climática. Y punto. Sitúan sus estrechos intereses económicos y electorales por delante de la supervivencia de la humanidad. Y no cambiarán de postura voluntariamente.

Cinco meses después de la cumbre de Copenhague, una reunión muy diferente tuvo lugar en Cochabamba, Bolivia. Por invitación del presidente boliviano Evo Morales, unos 35.000 activistas, muchos de ellos indígenas, llegaron desde más de 130 países para hacer lo que Obama y sus aliados se negaron a hacer en Copenhague: desarrollar un programa de acción para salvar el medio ambiente. Redactaron el borrador de un Acuerdo de los Pueblos que atribuye la responsabilidad de la crisis climática al sistema capitalista y a los países ricos que “tienen una huella de carbono cinco veces mayor de lo que el planeta puede soportar”. La Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra adoptó 18 declaraciones centrales, que abordan cuestiones como los refugiados climáticos, los derechos de los pueblos indígenas o la transferencia de tecnologías, entre otros muchos. Resulta imposible imaginar que un programa semejante pudiera emanar de una de las reuniones que celebran los países ricos o de cualquiera de las conferencias de las Naciones Unidas.

Esas dos reuniones, la de Copenhague y la de Cochabamba, simbolizan la gran línea divisoria en la lucha por el futuro de la tierra y de la humanidad. Por un lado, un encuentro dominado por los ricos y poderosos, decididos a salvar su riqueza y sus privilegios, incluso si el mundo se consume. Por otro, pueblos indígenas, pequeños agricultores y campesinos, activistas progresistas y trabajadores de todo tipo, decididos a salvar el mundo frente a los ricos y los poderosos.

La conferencia de Cochabamba fue un gran paso adelante hacia un movimiento global que sea efectivamente capaz de cambiar el mundo. Mostró, de forma preliminar, la alianza de fuerzas que debe forjarse en cada país, así como a nivel internacional, para poner fin al sistema capitalista medioambientalmente destructivo. Necesitamos a estudiantes y a académicos y a feministas y a científicos; pero no seremos capaces de cambiar el mundo a menos que logremos una participación activa de la gente trabajadora, de los agricultores, de las comunidades indígenas y de todas las personas oprimidas. Estas son las fuerzas con las que la izquierda verde debe aliarse. Estas son las fuerzas a las que debemos ganar para la causa de la revolución ecosocialista.

¿Qué hacer ahora?

Llegados a este punto, deberíais estar preguntándoos: “¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo logramos el apoyo de las masas para el programa y los objetivos que sabemos que son esenciales?”. Esa es exactamente la pregunta adecuada que hay que hacerse. Porque si no podemos traducir nuestras ideas y nuestro programa en acciones, entonces nuestras ideas serán irrelevantes, y nosotros también. Citando otro comentario famoso de Marx, nuestra tarea no es sólo explicar el mundo, sino cambiarlo. Como marxistas, usamos nuestro análisis del mundo como base para determinar qué hacer. Primero preguntamos: “¿qué está ocurriendo?”; y a continuación: “¿qué debemos hacer?”.

Cuando formulamos esas preguntas hoy en día, todos somos muy conscientes de que, a pesar de que la necesidad de la revolución es algo que se nos presenta de una forma muy clara, somos una minoría, no sólo en el marco de la sociedad en general, sino incluso dentro de la izquierda y del movimiento ecologista. Como escribió el estudioso marxista Fredric Jameson, vivimos en un tiempo en el que, para la mayoría de personas, “es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”. La mayoría de los activistas verdes no ven el capitalismo como su principal problema; o, si lo hacen, no creen que una revolución ecosocialista sea posible o deseable. Así pues, la tarea principal a la que nos enfrentamos no es proclamar la revolución desde cada esquina de las calles, sino más bien encontrar formas de trabajar con el número más amplio y variado posible de personas en el actual estado de la cuestión. La marxista latinoamericana Marta Harnecker ha expresado esta idea de la siguiente manera: “Ser radical no consiste en promover los eslóganes más radicales, o en llevar a cabo las acciones más radicales… Ser radical consiste más bien en crear espacios en los que amplios sectores puedan unirse y luchar. Porque nosotros, como seres humanos, crecemos y nos transformamos en la lucha. Entender que somos muchos y que estamos luchando por los mismos objetivos es lo que nos hace más fuertes y nos radicaliza”.

A través de las luchas por el cambio podemos sumar a nuestra causa a personas a las que, a día de hoy, les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No podemos generar de forma artificial un apoyo mayoritario, pero, afortunadamente, podemos contar con el capitalismo y el imperialismo para que nos ayuden. Hace ya tiempo, Marx y Engels afirmaron que lo que la burguesía produce es, antes que nada, sus propios sepultureros. En 2011, vimos cómo los futuros sepultureros del capitalismo entraron en conflicto directo con gobiernos autoritarios, con el imperialismo y con los programas capitalistas de austeridad en países tan diversos como Chile, España, Grecia, Túnez, Egipto, Gran Bretaña o incluso los Estados Unidos. No podemos predecir en qué lugar van a producirse las luchas de masas, o qué formas van a adoptar. Es algo que no está bajo nuestro control. Los mejores eslóganes del mundo no son suficientes. Pero el capitalismo sí hará que sucedan. La verdadera pregunta sobre la próxima radicalización es: ¿se apagará y se extinguirá, o será capaz de avanzar y, en última instancia, de desafiar al propio capitalismo?

El movimiento que necesitamos

No existen garantías absolutas. El marxismo no es determinista. La revolución ecosocialista no es inevitable. Sólo ocurrirá si la gente decide de manera consciente que es necesaria y emprende el camino apropiado para llevarla a cabo. En 1848, Marx y Engels plantearon una alternativa: la lucha de clases conduciría o a una “reconstitución revolucionaria de la sociedad en su conjunto”… o a la “ruina común de las clases en liza”. En este siglo de crisis medioambiental, la ruina compartida por todos, la destrucción de la civilización, es una posibilidad muy real.

Un factor —en mi opinión, el factor concreto más importante— que determinaría ese resultado sería el papel que van a desempeñar las personas que se encuentran en esta sala y otras personas como vosotros en todo el mundo. Revueltas espontáneas como las que hemos visto en Europa y en el norte de África a lo largo de 2011 son inevitables, pero no son, por sí mismas, suficientes para dar vida a “una administración revolucionaria cuyo objetivo definido y consciente será el de preparar, por todas las vías posibles, a la vida humana para una civilización ecológica”. Eso no se logrará a menos que consigamos crear, previamente, un movimiento organizado con una visión clara y un programa ecosocialista que sea capaz de tender puentes entre la rabia de millones de personas y el comienzo de la revolución ecosocialista. Encuentros como este pueden ser parte del proceso de construcción de ese movimiento.

No cuento con una hoja de ruta sobre cómo construir el movimiento que necesitamos. En realidad, una de las lecciones que podemos aprender de los errores del socialismo del siglo XX es que los planes de talla única, dictados de forma centralizada, para la construcción de movimientos siempre fracasan. Más que una hoja de ruta, permitidme que sugiera cuatro características que los movimientos comprometidos con el ecosocialismo deben compartir para tener probabilidades de éxito.

1. Los ecosocialistas desarrollarán y aplicarán el análisis y el programa del ecosocialismo. Esto puede parecer obvio, pero es muy importante. A lo largo del último siglo, muchos marxistas trataron de congelar el marxismo. Tras la muerte de Marx, o de Engels, o de Lenin, o de Trotsky, o de Mao —cada grupo tuvo su propio punto final—, su marxismo dejó de desarrollarse. A partir de ese momento, sin importar cuál fuera la situación, todo lo que tenían que hacer era consultar los textos sagrados. Todas las respuestas estaban allí. Algunas organizaciones de la izquierda siguen haciendo eso hoy en día. Ese abordaje es completamente ajeno al marxismo, que nos proporciona un método, pero no todas las respuestas. Ni siquiera nos ofrece todas las preguntas. A lo largo de sus vidas, Marx y Engels estudiaron los descubrimientos científicos, tecnológicos y de todo tipo y aprendieron de las luchas de su tiempo. Utilizaron ese nuevo conocimiento para expandir, profundizar o cambiar sus conclusiones políticas. El ecosocialismo debe seguir su ejemplo. No hay, y no habrá, un programa ecosocialista perfecto e inmutable, ni tampoco un documento al que podemos señalar y del que podamos decir: “Ahí está, no hacen falta más cambios, ya sabemos qué hacer en todas las circunstancias posibles”.

Una tarea clave para los ecosocialistas en cualquier lugar del mundo es tomar los puntos de partida que el ecosocialismo ofrece hoy en día y empezar a construir a partir de ellos, usando tanto el método del marxismo como los mejores trabajos científicos de nuestro tiempo y las lecciones aprendidas en las luchas por el cambio. A partir de ahí, debemos aplicar nuestra nueva comprensión a un amplio abanico de lugares y circunstancias. Esta tarea es difícil porque nos exige pensar, comprender nuestras situaciones y dar una respuesta apropiada y creativa, y no limitarnos a repetir una y otra vez los mismos eslóganes caducos. Sólo de esa manera el ecosocialismo será capaz de contribuir de forma efectiva a salvar el planeta

2. Los ecosocialistas serán pluralistas y abiertos. Otra lección que podemos aprender del siglo XX es que los grupúsculos socialistas monolíticos no se convierten en movimientos de masas. Se estancan y decaen, se pelean y se desintegran, pero no cambian el mundo. Así que quiero dejar claro que no os estoy empujando a salir corriendo de esta sala y crear otra nueva secta. El ecosocialismo no es una organización separada, sino un movimiento para conseguir sumar a los individuos y grupos rojos y verdes existentes a la perspectiva ecosocialista. Nuestros programas ecosocialistas definen quiénes somos, son el pegamento que nos mantiene unidos. Pero en el seno de ese amplio marco debemos entender que ninguno de nosotros tiene el monopolio de la verdad y que ninguno cuenta con la llave mágica que abrirá la puerta del reino ecosocialista. Sin duda tendremos desacuerdos sobre muchas cuestiones y nuestros debates serán vigorosos. Pero si estáis de acuerdo en que no puede haber una auténtica revolución ecológica que no sea socialista ni una auténtica revolución socialista que no sea ecológica, entonces lo que nos une es más importante que nuestras diferencias. Necesitamos construir un movimiento ecosocialista democrático entre todos.

3. Los ecosocialistas serán internacionalistas y antiimperialistas. En el seno del extenso movimiento ecologista, los ecosocialistas deben ser la voz más fuerte en favor de una justicia climática global. Todos los ecologistas serios deben ser internacionalistas, aunque sólo sea porque los ecosistemas no respetan las fronteras nacionales. Es más: no existen soluciones nacionales para el cambio climático. La lucha debe hacerse país a país, pero únicamente el cambio internacional podrá salir vencedor. La comunicación internacional y la solidaridad son absolutamente esenciales. Pero para aquellos de nosotros que vivimos en los países ricos, en los países imperialistas, nuestro internacionalismo tiene que ir mucho más allá.

Se ha dicho muchas veces que las personas del Sur global y las comunidades indígenas de todos los rincones del mundo son las víctimas primarias del cambio climático y de otras formas de destrucción medioambiental. Lo que no se dice tan a menudo, pero resulta incluso más importante, es que los principales criminales medioambientales son “nuestros” capitalistas en el Norte. Ello conlleva una especial responsabilidad de los ecosocialistas de los países ricos de combatir las políticas de nuestros gobiernos y de las empresas radicadas en nuestros países. Hoy en día, los combates más importantes por la justicia ecológica están teniendo lugar en el llamado Tercer Mundo. Lo mínimo que nosotros, en los países imperialistas, podemos hacer es dar publicidad a esos movimientos y mostrar el rol que desempeñan en ellos nuestros capitalistas locales. Y además:

• Debemos mostrar nuestra solidaridad de la manera más concreta que podamos.

• Debemos dar especial énfasis y apoyo a las demandas planteadas por el Acuerdo de los Pueblos de Cochabamba.

• Debemos exigir a nuestros gobiernos apoyo financiero para la adaptación al cambio climático, incluyendo el desarrollo de una agricultura ecológicamente responsable.

• Debemos exigir transferencias directas de tecnologías relacionadas con las energías renovables y con otros sectores relevantes, de manera que los países más pobres puedan alcanzar el desarrollo económico sin contribuir al calentamiento global. (Quiero subrayar que, a menos que logremos eso, y hasta que ocurra, nadie en el Norte tiene derecho a criticar las opciones energéticas y de desarrollo adoptadas por los gobiernos y los movimientos progresistas del Tercer Mundo).

 • Debemos oponernos a las llamadas soluciones de mercado y a la mercantilización de la naturaleza. Eso incluye el rechazo al comercio de derechos de emisión en todas sus formas.

 • Debemos dar la bienvenida en nuestros países a los refugiados climáticos, ofreciéndoles oportunidades de vida decente y plenos derechos humanos.

4. Los ecosocialistas construirán movimientos por un mundo mejor y participarán activamente en ellos. Finalmente, y por encima de todo, los ecosocialistas serán activistas. Debemos frenar el impulso ecocida del capitalismo todo lo posible y revertirlo cuando se pueda, de modo que obtengamos todas las victorias posibles frente a las fuerzas de la destrucción. Como ya he dicho, nuestros dirigentes no cambiarán voluntariamente, pero la oposición de las masas puede obligarles a actuar, incluso en contra de su voluntad.

Muchas son las cuestiones medioambientales a las que se enfrenta hoy el mundo, y estoy seguro de que los ecosocialistas estarán activos en una amplia variedad de campañas. Pero el alcance y la potencial destructividad de la emergencia climática hacen de ésta la cuestión más importante, y debemos concederle la máxima prioridad. Nuestro objetivo debe ser el de unir a todos —socialistas, liberales, verdes, sindicalistas, feministas, activistas indígenas...—, a todos los que estén dispuestos a exigir a los gobiernos que actúen de forma decidida para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Y, al mismo tiempo, necesitamos unir a las fuerzas que entienden la necesidad de ir más allá de las batallas defensivas, y sentar las bases de un movimiento que pueda, de hecho, iniciar la revolución ecosocialista. Afortunadamente, esas dos tareas no están en conflicto. Luchar para obtener triunfos inmediatos frente a la destrucción capitalista y luchar por el futuro ecosocialista no son actividades separadas, sino aspectos de un único proceso integral. A través de combates unitarios para obtener triunfos inmediatos y reformas medioambientales, los trabajadores y los agricultores y los pueblos indígenas pueden crear las organizaciones y el conocimiento colectivo que necesitan para defenderse y promover sus intereses.

Las victorias obtenidas por ellos en combates parciales contribuirán a construir la confianza necesaria para plantearse objetivos más amplios. Y únicamente a través de la construcción de esas luchas y de la participación en ellas el movimiento ecosocialista podrá crecer, ser escuchado por un número cada vez mayor de personas, y lograr finalmente que una revolución ecosocialista sea posible.

El reto al que nos enfrentamos

El Acuerdo de los Pueblos adoptado en Cochabamba expresa de forma elocuente el reto que tenemos ante nosotros:

  1. “La humanidad se enfrenta a un gran dilema: continuar por la vía del capitalismo, de la depredación y de la muerte, o elegir el camino de la armonía con la naturaleza y del respeto por la vida”;
  2. “Resulta imperativo que forjemos un nuevo sistema que restaure la armonía con la naturaleza y entre los seres humanos”;
  3. “Y para que exista un equilibrio con la naturaleza, es necesario que haya equidad entre los seres humanos”.

Ahí, en tres frases, se encuentra la razón para construir un movimiento que aspire a salvar al mundo, la razón para una revolución ecosocialista. Como ya he dicho, no será fácil, pero no se me ocurre una causa más importante y que merezca más la pena. Si trabajamos juntos, podemos acabar con el capitalismo, antes de que el capitalismo acabe con nosotros.

 

[Ian Angus es el responsable de la revista estadounidense Climate and Capitalism. El presente texto reproduce su discurso de apertura para la conferencia “Cambio climático, cambio social”, celebrada en Melbourne, Australia, el 2 de octubre de 2011. La traducción del inglés para mientras tanto es de Sergio Colina Martín]

 

20/5/2012

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