Michael T. Klare

Las guerras por la energía se calientan

Seis enfrentamientos y conflictos recientes en un planeta que va hacia la hiperactividad energética

El conflicto y la intriga por los suministros valiosos de energía han sido características del paisaje internacional desde hace mucho tiempo. En cada década desde la Primera Guerra mundial se han librado grandes guerras por el petróleo y han estallado enfrentamientos más pequeños cada pocos años; un estallido o dos en 2012, entonces, formarían parte de una situación normal. En su lugar, vemos ahora todo un cúmulo de choques relacionados con el petróleo que se propagan por todo el globo, involucrando a una docena de países, y cada vez aparecen más. Consideremos esos puntos de inflamación como señales de que entramos a una era de conflictos intensificados por la energía.

Desde el Atlántico hasta el Pacífico, desde Argentina a las Filipinas, hay seis áreas de conflicto —todas vinculadas a los suministros de energía— que han creado noticias solo en los primeros meses de 2012:

• Una guerra en gestación entre Sudán y Sudán del Sur. El 19 de abril, fuerzas del recientemente independizado Estado de Sudán del Sur ocuparon el centro petrolero de Heglig, una ciudad otorgada a Sudán como parte de un acuerdo de paz que permitió que los sureños se independizaran en 2011. Los norteños, basados en Jartum, movilizaron sus propias fuerzas y expulsaron a los sudaneses del sur de Heglig. Desde entonces han estallado combates a lo largo de la frontera en disputa entre los dos país, acompañados por ataques aéreos contra ciudades en Sudán del Sur. Aunque los combates todavía no han llegado al nivel de una guerra hecha y derecha, los esfuerzos internacionales por negociar un alto el fuego y una solución pacífica de la disputa aún no han tenido éxito. Este conflicto es suscitado por numerosos factores, incluyendo disparidades económicas entre los dos Sudanes y una permanente animosidad entre los sureños (que son en su mayoría africanos negros y cristianos o animistas) y los norteños (en su mayoría árabes y musulmanes). Pero el petróleo —y los ingresos producidos por el petróleo— sigue siendo lo más importante. Cuando Sudán fue dividido en 2011, los más prolíficos campos petroleros terminaron en el sur, mientras el único oleoducto capaz de transportar el petróleo del sur a los mercados internacionales (generando ingresos) permaneció en manos de los norteños. Han estado exigiendo “aranceles de tránsito” excepcionalmente elevados —entre 32 y 36 dólares por barril en comparación con una tasa común de 1 dólar por barril— por el privilegio de llevar el petróleo del Sur al mercado. Cuando los sureños se negaron a aceptar tasas semejantes, los norteños confiscaron dinero que ya habían cobrado por las exportaciones de petróleo del sur, su única fuente significativa de fondos. Como reacción, los sureños detuvieron por completo la producción de petróleo y, al parecer, lanzaron su acción militar contra el norte. La situación sigue siendo explosiva.

• Enfrentamiento naval en el mar del Sur de China. El 7 de abril, un buque de guerra filipino, el Gregorio del Pilar, de 115 metros, llegó a Scarborough Shoal, una pequeña isla en el mar del Sur de China, y detuvo a ocho barcos pesqueros chinos que estaban anclados, acusándolos de actividades ilegales de pesca en aguas soberanas filipinas. China envió rápidamente dos de sus propios barcos de la marina al área, afirmando que el Gregorio del Pilar estaba acosando barcos chinos en aguas chinas, no filipinas. Finalmente se permitió que los barcos pesqueros partieran sin más incidentes y las tensiones han disminuido algo. Sin embargo, ninguna de las partes ha mostrado alguna inclinación a abandonar su pretensión a la isla, y ambas partes siguen enviando barcos de guerra al área en disputa. Como en Sudán, múltiples factores impulsan este enfrentamiento, pero la energía es el motivo dominante. Se piensa que el mar del Sur de China contiene grandes depósitos de petróleo y gas natural, y todos los países que lo rodean, incluyendo China y las Filipinas, quieren explotar esas reservas. Manila reivindica una “zona económica exclusiva” de 200 millas náuticas que va desde el mar del Sur de China hasta sus costas occidentales, un área que llama mar Filipino Occidental; las compañías filipinas dicen que han encontrado grandes reservas de gas natural en el área y han anunciado planes de iniciar su explotación. Reclamando como propias las numerosas pequeñas islas dispersas por el Mar del Sur de China (incluida Scarborough Shoal) Pekín ha reivindicado la soberanía sobre toda la región, incluidas las aguas reclamadas por Manila; también ha anunciado planes de perforar en el área. A pesar de años de conversaciones, todavía no se ha encontrado ninguna solución a la disputa y es probable que haya más enfrentamientos.

• Egipto corta el flujo de gas natural a Israel. El 22 de abril la Corporación General de Petróleo egipcia y la Compañía Propietaria de Gas Natural egipcia informaron a funcionarios energéticos israelíes que “ponían fin al acuerdo de gas y compra” bajo el cual Egipto había estado suministrando gas a Israel. Esto tuvo lugar después de meses de manifestaciones en El Cairo por los jóvenes manifestantes que lograron deponer al autócrata Hosni Mubarak y que ahora buscan una política exterior egipcia más independiente, menos obligada hacia EE.UU. e Israel. También sucedió después de numerosos ataques contra los gasoductos que transportan el gas a través del desierto del Néguev a Israel, que los militares egipcios han parecido incapaces de impedir. Ostensiblemente, la decisión fue adoptada como reacción a una disputa de los pagos israelíes por gas egipcio, pero todas las partes involucradas la han interpretado como parte de un esfuerzo del nuevo gobierno de Egipto por demostrar más distancia del régimen depuesto de Mubarak y su política de cooperación con Israel (alentada por EE.UU.). La conexión de gas fue uno de los más significativos resultados del tratado de paz de 1979 entre los dos países, y su anulación señala claramente un período de mayor discordia; también puede causar escasez de energía en Israel, especialmente durante los períodos máximos de demanda en el verano. En mayor escala, el corte sugiere una nueva inclinación a utilizar la energía (o negarla) como una forma de guerra política y coerción.

• Argentina expropia YPF. El 16 de abril, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, anunció que su gobierno expropiará un 51% de las acciones de YPF, la mayor compañía petrolera de la nación, que estaba en poder de la corporación española Repsol YPF. La expropiación de su subsidiaria argentina se ve en Madrid (y otras capitales europeas) como una importante amenaza que hay que combatir. El ministro de Exteriores español, José Manuel García Margallo, dijo que la acción de Kirchner “rompe el clima de cordialidad y amistad que ha presidido las relaciones entre España y Argentina”. Varios días después, en lo que se informa constituye solo el primero de varios pasos de represalia, España anunció que dejará de importar biocombustibles de Argentina, su principal proveedor, lo que significa casi 1.000 millones de dólares al año para los argentinos. Como en los otros conflictos, este choque está impulsado por numerosas necesidades, incluida una poderosa línea nacionalista proveniente de la era peronista, junto al aparente deseo de Kirchner de reforzar su posición en los sondeos. Igual de importante es la necesidad de Argentina de derivar más beneficios económicos y políticos de sus reservas de energía, que incluyen los mayores depósitos del mundo de gas pizarra. Mientras su antiguo rival Brasil consigue inmenso poder y prestigio por el desarrollo de sus reservas de petróleo del presal, la producción de energía argentina ha languidecido. Puede que Repsol no sea la culpable, pero evidentemente muchos argentinos creen que, con YPF bajo control gubernamental, ahora será posible acelerar el desarrollo del patrimonio energético del país, posiblemente en colaboración con un socio extranjero más agresivo como BP o ExxonMobil.

• Argentina revitaliza la crisis de las Malvinas (Falklands). En una Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, del 15 y 16 de abril, Argentina solicitó una nueva condena del hemisferio de la continua ocupación británica de las islas Malvinas (llamadas Falklands por los británicos). Logró un fuerte apoyo de todos los países presentes, con la excepción (previsible) de Canadá y EE.UU. Argentina, que dice que las islas forman parte de su territorio soberano, ha estado planteando este tema desde que perdió una guerra por las Malvinas en 1982, pero ha acelerado recientemente su campaña en diversos frentes denunciando a Londres en eventos internacionales e impidiendo que los cruceros británicos que visitan las Malvinas se detengan en puertos argentinos. Los británicos han respondido reforzando sus fuerzas militares en la región y advirtiendo a los argentinos de que eviten acciones apresuradas. Cuando Argentina y el Reino Unido libraron su guerra por las Malvinas, había poco en juego con la excepción del orgullo nacional, la posición de los respectivos dirigentes de los países (la primera ministra Margaret Thatcher contra una junta militar impopular), y unas pocas islas con escasa población. Desde entonces, las apuestas han aumentado inconmensurablemente como resultado de recientes estudios sísmicos de las aguas que rodean las islas que indican la existencia de masivos depósitos de petróleo y gas natural. Varias firmas energéticas basadas en el Reino Unido, incluyendo Desire Petroleum y Rockhopper Exploration, han iniciado perforaciones mar adentro en el área y han informado de descubrimientos promisorios. Argentina afirma que los descubrimientos se encuentran en su territorio soberano y que las perforaciones en el lugar son ilegales; los británicos, evidentemente, insisten en que es su territorio. Nadie sabe cómo se desarrollará esta crisis potencial, pero no se puede excluir una reedición de la guerra de 1982, esta vez por la energía.

• Las fuerzas de EE.UU. se movilizan para la guerra contra Irán. Durante todo el invierno y principios de la primavera, pareció que un choque armado entre Irán e Israel y/o EE.UU. era casi inevitable. Ninguna de las partes parecía dispuesta a ceder en las demandas cruciales, especialmente respecto al programa nuclear de Irán, y se consideraba poco realista cualquier sugerencia de una solución de compromiso. Hoy, sin embargo, el riesgo de guerra ha disminuido un poco, por lo menos durante este año electoral en EE.UU., mientras finalmente se han iniciado conversaciones entre las principales potencias e Irán, y porque ambas partes han adoptado posiciones (ligeramente) más flexibles. Además, los funcionarios estadounidenses han estado limitando el discurso bélico y personalidades en las comunidades militar y de inteligencia israelíes se han pronunciado contra acciones militares impulsivas. Sin embargo, los iraníes siguen enriqueciendo uranio, y dirigentes de todas partes dicen que están totalmente dispuestos a emplear la fuerza si las conversaciones de paz fracasan. Para los iraníes, esto significa bloquear el estrecho de Ormuz, el estrecho canal por el cual pasa cada día un tercio del petróleo que se comercializa en el mundo. EE.UU., por su parte, ha insistido en que mantendrá abierto el estrecho y, si fuera necesario, eliminará las capacidades nucleares iraníes. Sea para intimidar a Irán, prepararse para un evento real, o posiblemente las dos cosas, EE.UU. ha estado aumentando sus capacidades militares en el área del golfo Pérsico, colocando dos grupos de batalla de portaaviones en el vecindario junto con una variedad de capacidades de ataque aéreo y anfibio. Se puede discutir la medida en la cual la antigua enemistad de Washington con Irán está motivada por el petróleo, pero no cabe duda de que la actual crisis afecta fuertemente las perspectivas de suministro global de petróleo, a través de las amenazas de Irán de cerrar el estrecho de Ormuz en represalia por futuras sanciones contra las exportaciones iraníes de petróleo, y la probabilidad de que cualquier ataque aéreo contra instalaciones iraníes llevará al mismo resultado. En todo caso, es indudable que los militares estadounidenses asumirían el papel principal en la destrucción de las capacidades militares iraníes y la restauración del tráfico de petróleo por el estrecho de Ormuz. Es la crisis impulsada por la energía que no desaparecerá.

La energía impulsa al mundo

Todas estas disputas tienen una cosa en común: la convicción de las elites gobernantes en todo el mundo de que la posesión de activos energéticos —especialmente depósitos de petróleo y gas— es esencial para sostener la riqueza, el poder, y el prestigio nacionales. No se puede decir que sea un fenómeno nuevo. A principios del siglo pasado, Winston Churchill fue posiblemente el primer líder destacado en apreciar la importancia estratégica del petróleo. Como Primer Lord del Almirantazgo, convirtió los barcos de guerra británicos del carbón al petróleo y luego persuadió al gabinete para que nacionalizara la Anglo-Persian Oil Company, predecesora de British Petroleum (ahora BP). La busca de suministros de energía para la industria y la guerra jugó un rol importante en la diplomacia del período entre las guerras mundiales, así como en la planificación estratégica de las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. También explica el impulso a largo plazo de EE.UU. para seguir siendo la potencia dominante en el golfo Pérsico que culminó en la primera Guerra del Golfo de 1990-1991 y su inevitable secuela, la invasión de Iraq en 2003.

Los años desde la Segunda Guerra Mundial han visto una variedad de cambios en la industria energética, incluido un cambio en muchas áreas de la propiedad privada a la propiedad estatal de las reservas de petróleo y de gas natural. En general, sin embargo, la industria ha logrado entregar cada vez más combustible para satisfacer las necesidades en permanente crecimiento de una economía que se globaliza y una población mundial en expansión y en rápida urbanización. Mientras los suministros fueron abundantes y los precios se mantuvieron relativamente asequibles, los consumidores de energía en todo el mundo, incluidos la mayoría de los gobiernos, estuvieron generalmente satisfechos con el sistema existente de colaboración entre leviatanes energéticos privados y de propiedad estatal.

Pero esa ecuación energética cambia ominosamente a medida que el desafío de abastecer de combustible el planeta se hace más difícil. Muchos de los gigantes yacimientos petrolíferos y de gas que calmaron la sed de energía del mundo en el pasado se están agotando rápidamente. Los nuevos campos que son incorporados para tomar su lugar son, en promedio, más pequeños y más difíciles de explotar. Muchas de las fuentes más promisorias de energía —como las reservas de petróleo “presal” de Brasil en lo profundo bajo el océano Atlántico, las arenas bituminosas de Canadá, y el gas pizarra estadounidense— requieren la utilización de tecnologías sofisticadas y costosas. Aunque los suministros globales de energía siguen creciendo, lo hacen a un ritmo más lento que en el pasado y continuamente no logran satisfacer la demanda. Todo esto lleva a la presión ascendente sobre los precios, causando ansiedad en los países que carecen de reservas interiores adecuadas (y alegría en los que las tienen en abundancia).

Hace tiempo que el mundo se ha bifurcado entre estados con exceso de energía y los que tienen un déficit de energía; los primeros tienen enormes ventajas políticas y económicas por su condición privilegiada y los segundos se esfuerzan considerablemente por escapar de su posición subordinada. Ahora, esa bifurcación parece más bien un precipicio. En un entorno global semejante, es probable que aumenten la fricción y el conflicto por reservas de petróleo y gas que conducen a conflictos energéticos de todo tipo.

Volviendo a considerar las seis disputas por energía en abril, se puede ver en cada caso una clara evidencia de esas fuerzas subyacentes. Sudán del Sur está desesperado por vender su petróleo a fin de adquirir el ingreso necesario para hacer partir su economía; Sudán, por otra parte, resiente la pérdida de los ingresos del petróleo que controlaba cuando la nación seguía unida, y parece estar no menos determinado a mantener todo el dinero del petróleo del Sur que pueda en sus manos. China y las Filipinas quieren ambos el derecho de desarrollar reservas en el mar del Sur de China, e incluso si los depósitos alrededor de Scarborough Shoal resultan limitados, China no está dispuesta a ceder en cualquier disputa localizada que pueda debilitar su reivindicación de la soberanía sobre toda la región.

Egipto, aunque no es un gran productor de energía, busca evidentemente el empleo de sus suministros de petróleo y gas para una máxima ventaja política y económica, una actitud que seguramente será copiada por otros proveedores pequeños o medianos. Israel, muy dependiente de importaciones de energía, debe volverse ahora a otros sitios para obtener esos suministros vitales o acelerar el desarrollo de yacimientos de gas mar adentro en disputa, recientemente descubiertos, una acción que podría provocar nuevos conflictos con el Líbano, que dice que se encuentran en sus aguas territoriales. Y Argentina, celosa de la creciente influencia de Brasil, parece determinada a extraer más ventajas de sus propios recursos energéticos, incluso si eso significa el aumento de las tensiones con España y Gran Bretaña.

Estos son solo algunos de los países involucrados en importantes disputas por la energía. Cualquier enfrentamiento con Iraq —sea cual sea la motivación— llevará a poner en peligro el suministro de petróleo de todos los países importadores, provocando una importante crisis internacional de consecuencias imprevisibles. La determinación china de controlar sus reservas de hidrocarburos mar adentro ha llevado a conflictos con otros países con pretensiones en el mar del Sur de China, y a una disputa similar con Japón en el mar Chino del Este. Disputas semejantes relacionadas con la energía también se pueden encontrar en el mar Caspio y cada vez más en regiones del Ártico libres de hielo, debido al calentamiento global

Las semillas de conflictos energéticos y el riesgo de guerra simultáneo en tantos sitios sugieren que entramos a un nuevo período en el cual protagonistas estatales clave se sentirán más inclinados a utilizar la fuerza —o la amenaza de fuerza— para lograr el control sobre depósitos valiosos de petróleo y gas natural. En otras palabras, nos encontramos en un planeta que se dirige hacia la hiperactividad energética.

 

[Este artículo, publicado originalmente en TomDispatch.com, ha sido traducido del inglés por Germán Leyens para Rebelión. Michael T. Klare es profesor de Estudios sobre la Paz y la Seguridad Mundial en el Hampshire College y autor del libro recién publicado The Race for What’s Left: The Global Scramble for the World’s Resources (Metropolitan Books)]

 



17/6/2012

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