Jóvenes infelices

A propósito de "Los niños salvajes" (2012), de Patricia Ferreira

Antonio Giménez Merino

El nuevo film de la siempre competente directora Patricia Ferreira (Sé quién eres, El alquimista impaciente, Para que no me olvides), aborda sin medias tintas el tipo de humanidad en que nos hemos convertido. Narra la soledad interior de tres adolescentes que pasan su tiempo entre el instituto y entretenimientos como los graffiti, los audiovisuales o el botellón: unos jóvenes cualquiera de nuestro tiempo. Está claro en todo el film que una rabia contenida se ha apoderado de ellos, y ésta acaba manifestándose violentamente en los tres casos, sin que nadie —ni los jóvenes mismos— parezca entender nada.

Es la crónica de un fracaso colectivo que ya anticipó Pier Paolo Pasolini hace varias décadas, en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Entonces, la actitud rebelde de una generación de jóvenes contestatarios parecía vaticinar un gran tiempo de esperanzas. Pero el pensador italiano se fijó en una nota común a la primera juventud socializada en la era consumista, entre la que se contaban los estudiantes del 68: la voluntad de romper con los valores que habían estructurado hasta entonces un mundo regido por los bienes escasos. Y la descripción que nos dejó de dicha juventud resulta sorprendentemente aplicable a los jóvenes de los que ahora nos ocupamos.

Pasolini prestó atención a la violencia (no sólo simbólica) que caracterizó el comportamiento de muchos jóvenes italianos. Por ejemplo, a la proliferación de agresiones homicidas por pandillas, tratadas en la crónica de sucesos de entonces como fenómenos marginales: «Mi experiencia privada, cotidiana, existencial —que contrapongo una vez más a la insultante abstracción e imprecisión de los periodistas y de los políticos que no viven estas cosas— me enseña que ya no hay ninguna verdadera diferencia en la postura ante la realidad, y en el comportamiento consiguiente, entre los burgueses del Parioli y los subproletarios de los arrabales. La misma enigmática cara, sonriente y gris, pone de manifiesto su imponderabilidad moral (su estar suspendidos entre la pérdida de los viejos valores y la fallida adquisición de otros nuevos: la falta absoluta de cualquier opinión sobre la propia “función”). […] ¿Qué es lo que transformó las “masas” de jóvenes en «masas» de criminaloides? Lo he dicho y repetido más de una decena de veces: una “segunda” revolución industrial, que en Italia es la “primera”; el consumismo, que ha destruido cínicamente un mundo “real”, transformándolo en una irrealidad total, en la que ya no hay elección posible entre el bien y el mal. De ahí la ambigüedad que caracteriza a los criminales, así como su ferocidad, producto de la falta absoluta de cualquier tipo de conflicto interior tradicional. Para ellos no hay elección entre el bien y el mal; aunque de todos modos ha habido una elección: se ha optado por el endurecimiento, por la ausencia total de piedad.» [«Dos modestas proposiciones para eliminar la criminalidad en Italia» (18.10.1975), Cartas luteranas, Trotta, Madrid, 1997, pp. 130-131.]

Pasolini ponía el dedo en la llaga. La libertad que gozaron aquellos jóvenes —hoy padres de una nueva generación de chicos— para vivir sus propias juventudes no expresaba en realidad una verdadera autonomía. Se manifestó en un conjunto de comportamientos con grandes dosis de irracionalidad —en el lado peor a través de actos de coerción como agresiones homófobas o la violencia política, en el mejor mediante formas espontáneas, aunque perecederas, de contestación política, y por en medio mediante la mera obediencia ciega a los estímulos de la producción industrial en masa de sentimientos de carencia—. Se trataba de las primeras generaciones europeas llegadas a adultas en un mundo que ofrecía un amplio abanico de bienes-salario que transformaron gradualmente el trabajo en un medio para alcanzar un estatus, y no en el espacio de conflicto donde las personas también podían encontrar la dignidad y una forma de integración con los demás. Pasolini no dudó en declarar su «cesación de amor» hacia aquellos «jóvenes infelices» cuyo imaginario asociaba los sistemas de integración social de sus padres con un indeseable mundo de bienes escasos. La nueva representación hedonista de la vida era la manifestación de un tumor que no iba a hacer más que extenderse, al cortocircuitar la transmisión de la experiencia entre generaciones.

Los futuros hijos de aquellos hijos estarían condenados, como en las tragedias griegas, a arrastrar la culpa de sus padres. Sin embargo, autocríticamente, Pasolini llegó a la conclusión de que su propia generación, ocupada en las luchas políticas consecutivas al fascismo y la construcción de una democracia avanzada en Italia, había presenciado adormecida el nacimiento del consumo de masas, sin percibir el poder simbólico que esto confería al capitalismo. Por seguir la analogía, una Mente griega estaba haciendo coincidir el destino de la humanidad con el viejo sueño de la burguesía, sin que nadie lo percibiera: «Si cierro los ojos y pienso en la historia de la burguesía, veo que dicha historia se configura según un diseño coherente. Como en una tragedia griega. Hay un Nous, una Mente que crea, transforma y destruye las formas de vida en función de sus propias necesidades […] La Mente realiza una serie de operaciones a escala mundial con las que tiende a absorber todas las culturas otras (como son las culturas populares) en el gran flujo de la cultura burguesa. Lo cual sirve para hacerlas entrar económicamente en el ciclo de la producción y el consumo.» [«Il futuro é già finito» (8.3.1973), Interviste corsare, Atlantide, Roma, 1995, pp. 212-213].

La modernización italiana reposó sobre una constitución surgida de un consenso republicano muy avanzado, de una hegemonía cultural de la izquierda, y de una participación política intensa, lo que colocó al país en condiciones de construir un verdadero estado social. Pero mientras la apología del crecimiento a cualquier precio no hizo más que crecer, en el mundo del trabajo se fue registrando una constante despolitización y asimilación del credo de «la clase media» Un proceso similar al que luego han seguido países como España o que, en estos momentos, se está produciendo en Brasil. En palabras de Pasolini, el nuevo imaginario colectivo de los italianos se fue colonizando gradualmente por «la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por la cultura de las clases dominantes».

Trasladando al film de Ferreira el discurso generacional de Pasolini, la clave de la violencia juvenil de Los niños salvajes hay que buscarla en las familias, protagonistas secundarias de la trama. Los padres de los chavales rondan la cincuentena, es decir que alcanzaron la edad de sus hijos en torno a la muerte de Franco. En aquella España de finales de 1970 la subjetividad de las clases trabajadoras se había transformado: empezaban a sentirse los efectos de una profunda restructuración sobre sectores estratégicos (siderurgia, minería, textil) y la televisión representaba la permisividad de los nuevos tiempos, induciendo a los trabajadores a transgredir la cultura tradicional de la obediencia, la disciplina, la austeridad y también del compromiso político. Todo ello sobre un lecho social o bien habituado al conformismo por temor hacia la dictadura y su intensa labor de represión de los 40 años anteriores, o —por el lado de quienes sí se habían enfrentado a todo eso— sobre la desmoralización que siguió a las excesivas concesiones del PCE de Carrillo a la nueva legalidad constitucional pactada con el viejo régimen. Luego, como es sabido, llegaron la entrada en la OTAN y los programas neoliberales de la mano de los gobiernos de Felipe González, así como el ingreso de España en la comunidad económica europea y la afluencia de dinero para la modernización del país. Durante ese tiempo se consolidó el conformismo de la población y la creencia general en que el bienestar económico había venido a España para quedarse.

Consecuentemente, pensar que los jóvenes españoles de finales de los setenta y de los ochenta tuvieron una educación verdadera en valores democráticos es emplear la autocomplacencia en grandes dosis. Como refleja bien el film de Ferreira, llegados a adultos aquellos jóvenes hoy parece que lo ignoren todo. No han pasado por nada parecido a una liberación sexual real, pues se siguen rigiendo por el patrón patriarcal. En el film vemos a un padre deprimido por el mal rendimiento de su negocio. A otro que modula sus emociones en función del mayor o menor éxito de sus negocios. Y a un tercero, dueño de un gimnasio, que trata de hacer de su sensible hijo un campeón de kick-boxing, educándole, como en los otros casos, en la ley de la competición social. Los tres tratan de ejercer constantemente su poder sobre sus mujeres y sobre sus hijos: sobre las primeras ninguneándolas o a través del poder económico —de modo que las madres aparecen como seres fracasados, incapaces de hacer frente a la educación de sus hijos (para eso está el instituto que pagan)—; sobre los chavales, juzgando todos sus actos desde la propia moral. Ferreira retrata a una generación, la representada por los padres, de personas infantilizadas que han hecho suya la idea del éxito (o del fracaso rotundo) como única vara de medir la vida de las personas.

Además, hay otros padres distintos en el film: los profesores del instituto, presos también de sus propias desgracias vitales y de su estrés, que proyectan sobre los alumnos adolescentes. Las dos instituciones (familia y escuela) juegan aquí una partida de ping pong, trasladándose la una a la otra la responsabilidad de la falta de sentido del deber de los jóvenes, de su indisciplina. Se nos pone así ante los ojos el fracaso de nuestro sistema educativo, y Ferreira escudriña con acierto la causa subjetiva de ello.

Da vértigo pensar que son ya varias las generaciones que han crecido con estos valores. Que se piensan a sí mismas como tolerantes y culturalmente avanzadas por haber gozado de unas libertades mal entendidas, por haber tenido una juventud relativamente acomodada donde la música y los pasatiempos, con las formas modeladas para cada tiempo por la industria cultural, acaparan siempre la atención. Gentes que se han beneficiado de las prestaciones públicas sin tener la menor conciencia de que no son instituciones naturales. Y por todo ello incapaces de comprender las formas de vida que envuelven a sus hijos, los temores y la rabia de la nueva juventud.

La nueva generación de jóvenes que con razón se quejan del legado que les hemos dejado han de ser también capaces de entender lo que explica el film de Ferreira. Resistir no es refugiarse en el propio ego. Nadar a contracorriente de la opinión de tantos padres de que rebelarse no es más que algo propio de la juventud pasa por aprender a interactuar socialmente. Las posibilidades de cambio que han descubierto en los medios tecnológicos muchos jóvenes —de las que aún estamos aprendiendo quienes no lo somos tanto— no pueden sustituir el deber común a todos de participar en nuevos modos de hacer política y de mudar los modos mismos de vivir, que necesariamente han de dar la espalda al hedonismo descerebrado que expande la industria del audiovisual. Los jóvenes, como muchos padres, han de perder el miedo a la política, abrazándola desde abajo. Para seguir siendo jóvenes también mañana.

29/6/2012

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