La Gauche Divine como precursora del postmodernismo

Francisco Vázquez García

 

A propósito de los libros de Alberto Villamandos, El discreto encanto de la subversión. Una crítica cultural de la Gauche Divine (Laetoli, 2011) y de Mercedes Mazquiarán de Rodríguez, Barcelona y sus "divinos" (Bellaterra, 2012).

                                          

 

Centrada en el análisis de los intelectuales, las revistas y los colectivos que desempeñaron un papel relevante entre el Tardofranquismo y la Transición, la historiografía española había olvidado hasta hace poco ese fenómeno cultural peculiar que constituyó, desde mediados de los sesenta hasta los primeros años de la década siguiente, la Gauche Divine.

El interés renovado por este grupo de creadores de límites difusos, ha procedido principalmente de los Cultural Studies norteamericanos. Ya a finales del pasado siglo y comienzos de éste, algunas hispanistas de la academia estadounidense, como muestran los trabajos de Teresa Vilarós (1998) y de Eugenia Afinoguénova (2003) [1], empezaron a detectar en ciertos motivos, como el “sujeto idiota” o el desencanto por el metarrelato de la Revolución, comentados por intelectuales (Eugenio Trías, Félix de Azúa, Vázquez Montalbán, Juan Marsé) relacionados con la Gauche Divine, una suerte de anticipo catalán de lo que habría de ser unos años más tarde y a escala planetaria, la sensibilidad postmoderna.

En los trabajos de Mercedes Mazquiarán (Universidad de Hofstra, Nueva York) y de Alberto Villamandos (Universidad de Missouri), procedentes también del magma angloamericano de los Cultural Studies, no se trata ya de evocar ciertos temas recogidos por autores próximos a lo que Vázquez Montalbán designó como “izquierda que ríe”, sino de estudiar en toda regla la historia y las realizaciones de este grupo de contornos resbaladizos. La expresión “Gauche Divine”, acuñada por el crítico y periodista Juan de Sagarra en un artículo publicado en 1967 por el diario Tele-eXprés (con motivo de la presentación de la editorial Tusquets), designa a una “bohemia dorada” que floreció en la Barcelona del tardofranquismo. Estaba compuesta por arquitectos, diseñadores, cineastas, fotógrafos, modelos, escritores y editores, y tuvo su principal punto de reunión en la discoteca Bocaccio, abierta por el empresario Oriol Regás en 1967.

Tanto Villamandos como Mazquiarán se empeñan en rastrear, siguiendo la pauta marcada por los trabajos de Afinoguénova y Vilarós, los signos que anuncian —en la estética, en el temple político, en las estrategias intelectuales más o menos compartidas por el grupo— el advenimiento de una precoz sensibilidad postmoderna: escepticismo ante los grandes relatos; ironía frente a compromiso; alternancia y mezcolanza de lo elitista y lo popular; centralidad de la crítica cultural (especialmente de la moral sexual vigente) frente a la crítica de la explotación; fascinación por lo marginal y por los bajos fondos; atracción por lo superficial y por la forma; estetización de la política.

Sin negar la importancia de estos impulsos en el conjunto de las obras y de los protagonistas, nos hubiera parecido más pertinente comprender lo específico de su circunstancia histórica, más vinculada con la contracultura y el momento sesentayochista que con una postmodernidad in nuce, evitando esa obsesión teleológica. Este empeño en encontrar precursores hispánicos del giro postmoderno se explica sin duda por la prevalencia del textualismo y del postmodernismo en ciertos departamentos norteamericanos de Literary Studies.

Metodológicamente está muy presente en ambas monografías el diagnóstico de Fredric Jameson acerca de la “postmodernidad” como configuración cultural correspondiente a la fase del capitalismo tardío, tal como esta había sido descrita por Ernest Mandel en 1972. Este enfoque ya estaba presente en el mencionado trabajo de Teresa Vilarós, aunque ni Villamandos ni Mazquiarán comparten el parecer un tanto despectivo sobre la Gauche Divine, que está presente en la autora de El mono del desencanto. Villamandos adopta un tono ecuánime y distanciado a la hora de valorar los logros del grupo, mientras que Mazquiarán —cuyo estudio comenzó a redactarse en 1999, aunque se editara en 2012— se muestra mucho más complaciente en sus juicios. El primero ofrece además un marco conceptual mucho más elaborado a la hora de organizar el material. Además de al análisis de Jameson, recurre a la sociología de Pierre Bourdieu. Trata de emplazar la Gauche Divine en el “campo” de producción cultural durante el tardofranquismo, describiendo las “estrategias” (estéticas, políticas e intelectuales) desplegadas por los agentes en las luchas simbólicas que aglutinaron al grupo.  

Esta inspiración en la maquinaria conceptual de Bourdieu es por otra parte relativa, más terminológica que de fondo. Que nadie busque en el libro un análisis de los protagonistas seguidos con cierto detalle en las especies de capital que poseían, su estructura y su trayectoria; que no se busque tampoco un estudio fino de las procedencias sociales, mayormente altoburguesas, de los personajes involucrados. De hecho, la exploración se detiene más en los productos que en los productores y está más cerca del análisis textual que del análisis sociológico, pero el recurso a las categorías de Bourdieu permite dotar de coherencia al material organizado, de modo que el hilo conductor del libro se sigue con mucha facilidad.

En la obra de Mazquiarán, lo que se pierde en consistencia conceptual, se gana en la frescura de los datos aportados, pues se puede conocer de primera mano cómo ven el asunto los mismos protagonistas. En efecto, a diferencia de Villamandos, la autora no sólo recurre, eso sí, con menos profusión, al creciente volumen de textos autobiográficos y de memorias editadas por los antiguos “divinos” o por sus adláteres (causa en parte de la de la reactivada curiosidad por este fenómeno). Su estudio se sustenta en una serie de entrevistas realizadas a un total de diecinueve personas ligadas estrechamente al grupo. Comparecen fotógrafos (Colita, Maspons), arquitectos (Federico Correa, Ricardo Bofill, Óscar Tusquets, Salvador Clotas), escritores (Ana María Moix, Vila-Matas, Juan Marsé, Castellet), cineastas (Román Gubern), modelos (Ana Maio, Teresa Gimpera) y editores (Herralde, Beatriz de Moura, Rosa Regás), en una selección de lo más granado del colectivo “divino” o de sus comentaristas.

Otra virtud de esta investigación, que profundiza menos que la de Villamandos en la interpretación del fenómeno, es que sitúa el sesgo vanguardista y transgresor del grupo en la larga duración de la cultura catalana. El primer capítulo del libro localiza por ello las raíces de la Gauche Divine en el espíritu rompedor y cosmopolita de los creadores catalanes contemporáneos, desde la “Renaixença” hasta las vanguardias del siglo XX, pasando por el “modernisme” y el “noucentisme”. Tampoco olvida contrastar, aunque someramente, la sensibilidad del grupo con la de otras bohemias, como la existencialista parisina de los años cuarenta o los beatniks neoyorquinos de los cincuenta, aunque la inspiración intelectual, en particular el recurso a la semiótica estructural, provino sobre todo del Gruppo 63 (Umberto Eco, Gillo Dorfles, etc.) radicado en Milán. Por otro lado, la referencia de Mazquiarán a los orígenes de la Gauche Divine, respaldada por el testimonio de los protagonistas, es más completa que la de Villamandos, aludiendo a espacios de sociabilidad (restaurantes, cafeterías, etc.) constituidos ya a comienzos de la década de los sesenta, esto es, mucho antes de la apertura de Bocaccio.

Como se evidencia, por tanto, la cronología de ambos trabajos dista de ser completamente coincidente. Villamandos emplaza el fenómeno entre 1966-1967 (con la publicación de Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé y con la apertura de Bocaccio) y 1971 (con la exposición fotográfica “La Gauche qui rit”). Mazquiarán en cambio, después de remontarse a los antecedentes del impulso vanguardista barcelonés, fija una geografía pre-Bocaccio que arranca a comienzos de los sesenta. El final de trayecto lo hace coincidir con la celebración del cincuenta cumpleaños de Carlos Barral, en una fiesta que tuvo lugar en 1976. Su trabajo tiene también el mérito de adentrarse en un perímetro más amplio a la hora de considerar las revistas editadas por el grupo. Además de Bocaccio 70, incluye publicaciones como Siglo XX, Arquitectura Bis, Los Cuadernos de la Gaya Ciencia y sobre todo La Mosca, una gaceta cuyo primer número vio la luz en 1967, y que actualmente resulta casi imposible de encontrar.

En conjunto, sin embargo y como queda dicho, la indagación de Villamandos es más sugerente y profundiza más que la de Mazquiarán. El primer capítulo ofrece una adecuada localización de la Gauche Divine en su contexto político (relajación de la censura en el tardofranquismo, ley de Prensa de 1966, proliferación de revistas disidentes, actos de contestación como la “Caputxinada” o el encierro de Montserrat de 1970), económico (despegue de la sociedad de consumo, de la industria cultural y de la imagen, del turismo y de las inversiones extranjeras) y propiamente cultural (aparición de una nueva vía cosmopolita y formalista, situada más allá del arte patriótico promovido por el franquismo y del arte social ligado a la ortodoxia marxista o del arte vernacular auspiciado por el nacionalismo catalán de la época).

El capítulo siguiente se dedica a reconstruir la geografía urbana, tanto real como imaginaria, en la que arraigó el fenómeno: Bocaccio, la “Tuset street”, Cadaqués. Los dos capítulos siguientes se concentran en las aportaciones literarias más destacadas. En primer lugar la aparición del grupo de los “Novísimos” en 1970, señalando la distinción, dentro de él, entre poetas jóvenes y seniors, recomponiendo al mismo tiempo la formidable polémica desatada en toda España (sobre todo en las páginas del semanario Triunfo), a raíz de publicarse la famosa Antología prologada por Castellet. Sigue después un análisis de dos obras representativas: Orades sobre una roca deserta (1967), de Terenci Moix y Momentos decisivos (2000), de Félix de Azúa, esta última explorada por su valor como testimonio retrospectivo.

El otro capítulo dedicado a la literatura examina dos textos que, ubicados en cierto modo en los bordes de la Gauche Divine, funcionan en realidad como contrapuntos críticos de la misma. Se trata de Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé y de Los alegres muchachos de Atzavara (1987), de Vázquez Montalbán. Ambos ponen de relieve la atracción complaciente de los “hijos de papá” por una clase obrera —y “charnega”— construida a la medida de sus ilusiones. Revelan también la crisis del sujeto revolucionario, presentando a unos proletarios fascinados por el consumo.

El capítulo quinto pasa revista a una de las facetas más creativas del fenómeno “Gauche Divine”: el cómic, especialmente la obra de Enric Sió, leída en clave de crítica político-cultural. El libro termina con un capítulo dedicado a ponderar las distintas voces que, de manera retrospectiva, han reavivado el recuerdo de la etapa “divina”. Se trata de algo así como lo que, en términos de Gadamer, podría denominarse su “historia efectual”. Por una parte el continuo goteo de textos autobiográficos que desde la década de los ochenta, con la salida del primer volumen de las Memorias de Barral, se empeñan en regresar a ese momento. En segundo lugar el documental filmado por Joaquín Jordá y titulado El encargo del cazador (1999), que permite evocar el mundo de los cineastas de la escuela de Barcelona. En tercer lugar la exposición fotográfica sobre la Gauche Divine, inaugurada por Mariano Rajoy, a la sazón ministro de Cultura, en el año 2000.

Se llega así a la plena normalización de un movimiento de intención rupturista y transgresora (su mayor aportación según Villamandos tiene que ver con la labor de las editoriales nacidas en su seno) pero cuya memoria histórica la ha acabado convirtiendo, según la doxa neoliberal que estos tiempos recios alientan, en un ejemplo de lo que puede dar de sí la creatividad individual cuando la cultura no es objeto de subvención.

 

Nota

[1] Teresa Vilarós, El mono del desencanto. Una crítica cultural de la Transición española (1973-1993), Siglo XXI, Madrid, 1998; Eugenia Afinoguénova, El idiota superviviente. Artes y letras españolas frente a la “muerte del hombre” 1969-1990, Ediciones Libertarias, Madrid, 2003.

 

[Francisco Vázquez García es catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz. Este trabajo se ha realizado gracias a la financiación de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, dentro del proyecto “Vigilancia de fronteras, colaboración crítica y reconversión: un estudio comparado de la relación de la filosofía con las ciencias sociales en España y Francia (1940-1990)”, referencia FFI2010-15196 (subprograma FISO)]

26/1/2013

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