Arístides Mínguez

Adiós, muchachos; adiós, alumnos míos

La clase queda vacía. Abro las ventanas para que se disipe el olor a humanidad. Huele a tigre en celo, como diría mi padre, que también se curtió por más de cuarenta años en escuelas públicas. Es lo que tiene trabajar en salas abarrotadas de seres humanos que oscilan entre la pubertad y adolescencia, con la revolución hormonal y psicológica que conlleva.

En breve, tras el recreo, entran los de cuarto. Mi pesadilla: son treinta y seis. No me caben. Tenemos que colocarlos en grupos de tres para que compartan dos mesas. Es un colectivo endiablado: cinco son repetidores, tres han pasado con todas las asignaturas pendientes de tercero de la ESO por imperativo legal. A bastantes les importa un bledo sacarse el curso: vienen aquí porque se lo pasan mejor que en la calle, tienen a sus colegas y flirtean con las mozas o mozos de su edad, pero estudiar…, que estudien otros. Total, para acabar en el paro o arrancando alcachofas como sus padres… Los hay, en cambio, que quieren estudiar, que ven en los estudios, en el sacrificio y disciplina que llevan implícitos, la única salida para una vida digna. Con mucha frecuencia, sus compañeros nos impiden dar clase con normalidad. Demasiadas interrupciones, llamadas de atención continuas, riñas o sermones para que cambien de actitud. Inútiles.

He llegado a implorarles que me dejen hacer mi trabajo. Que respeten a sus compañeros. Que me respeten a mí. Que tengan consideración a las horas de preparación que he tenido que echar en casa para poder darles una clase en condiciones. Callan cinco minutos, pero, al cabo, alguno gasta una broma estúpida y toda la clase cacarea como en un gallinero, riendo la guasa del gallito. Tomo asiento, derrotado, cada vez con más ganas de llorar y de someterme. Me miro en los ojos prístinamente azules de Lidia, que se compadece de mi impotencia. Observo a Sara, cuyo padre abandonó Marruecos con toda su familia y se desloma en almacenes, obras o carreteras para darles estudios a sus niñas del alma. Agacho la cabeza y embisto como un toro hacia la pizarra. Y me fajo por esos muchachos míos que no se han rendido como los otros, a los que aún puedo transmitirles algo de cultura, de educación, de humanidad.

Me paro de vez en cuando. Intento reenganchar a alguno de los díscolos. A veces los dioses me conceden captar el interés de uno, aunque sea por unos fugaces instantes. Otros, en cambio, duermen sobre los pupitres. Pero son mis muchachos: no los puedo dejar arrumbados así como sí.

Para más inri, tengo a tres alumnos con necesidades educativas especiales (ACNEE). Esas criaturas no son iguales que los demás. Necesitan una atención personalizada y constante, un especialista que les saque el mayor provecho posible, no que los dejen “tirados” en medio de una clase repleta. Por ley, un niño ACNEE debía computar como tres alumnos “normales”: así, si se aplicara ésta, mi clase sería de cuarenta y dos personas. Y eso, hoy por hoy, es una ilegalidad. Pero los caciques de siempre se pasan sus propias leyes por la entrepierna y, con los recortes, aumentan el número de alumnos por aula y reducen el número de profesores, tanto de apoyo como los del resto.

Los chupatintas, que llevan años sin pisar un aula pública y que son alérgicos a la tiza, envían a los inspectores, que muchas veces parecen comisarios políticos, a apretar aún más las tornas y a seguir recortando. En mi centro pretenden reducir el número de alumnos ACNEE, porque computan, como es lógico, más que el resto. Mi director, que es de los pocos que no se baja los pantalones ante el despotismo de los tecnócratas, les dice a los inspectores que, si les parece, organizamos una peregrinación a Lourdes, ahora que tenemos a ministros tan píos, a ver si la Virgen obra el milagro. Y hace que los niños que tienen síndrome de Down sanen de éste, o que recuperen la vista los dos ciegos que tenemos, o que, bebiendo las aguas benditas, les desaparezca el autismo o el Asperger a otros.

Yo también me atrevería a sugerirles que nos repartiéramos a estas criaturas y les mandáramos a algunos a esos colegios tan fantásticos que segregan por sexos y son tan bien tratados por los miembros del Gobierno.

Me dicen que los inspectores tienen instrucciones, aparte de seguir recortando en personal, de abrir expediente a todos aquellos que levantemos la voz ante los desmanes que sufrimos. Ante quienes denunciemos que se están cerrando aulas en centros públicos, sobre todo en ciclos formativos, los estudios más solicitados ahora mismo, a la vez que se está potenciando que ese mismo tipo de enseñanza sea ofertada en centros privados o concertados. En los que matricularse cuesta cuatro mil euros.

Así, en septiembre, las aulas de bachillerato se llenan de jóvenes que no han podido matricularse en un ciclo formativo público porque han reducido escandalosamente la oferta, y que no tienen el dinero para inscribirse en esos centros privados o concertados que están naciendo como champiñones al albur de la nueva ola privatizadora del Partido Popular, empeñado en inflar la burbuja académica (y sanitaria). Jóvenes que no tienen interés alguno en estudiar bachiller, a los que han impedido con los recortes hacer el ciclo que deseaban, jóvenes que se dedican a vegetar en aulas públicas, con abulia y desesperanza.

Reviso, contrito, el puñado de cuadernos y fichas por corregir. Observo que me voy a tener que quedar sin dar tres de las lecciones programadas. Las últimas semanas, conforme van aumentando las temperaturas, están más insoportables que nunca y me resulta un empeño de gigantes poder explicar la materia y corregir con ellos las actividades que les ayuden a asimilar lo visto en clase. Cada vez con más frecuencia, pienso que me he equivocado en mi profesión, que veintitrés años de experiencia no sirven de nada. Menospreciado y humillado por una panda de gobernantes incompetentes, que me han rebajado más del treinta por ciento de mi sueldo, para nada. Infravalorado por unos alumnos y familias que me ven como un enemigo por intentar hacer de ellos personas de provecho, de bien.

Y los (supuestos) mamones de la Consejería y del Gobierno central, con la monserga de la austeridad (para sanar los dispendios y derroches que han causado ellos mismos o sus jefes) amenazan con elevar el número de alumnos a treinta y nueve en ESO y a cuarenta y cuatro en bachillerato. ¡Hatajo de inútiles arrogantes, que no tienen ni idea de lo que significa dar una clase en un centro público, con un alumnado tan heterodoxo, y en condiciones de una precariedad y hastío extremo en el funcionariado! ¡Panda de ganapanes que se gastan casi cuatro millones de euros en pizarras digitales (¿a qué presunto amiguito de qué presunta empresa han presuntamente favorecido comprándole en estos tiempos de crisis estas ingentes partidas?), después de haber dejado sin extra a sus trabajadores, después de no haberles pagado a los centros el dinero para mantener encendida la calefacción o el aire acondicionado, si lo hubieren, después de haber dejado sin beca, sin comedor a centenares de alumnos!

¿Cómo demonios voy a poder hacerme yo cargo de treinta y nueve adolescentes, teniendo que enseñarles cinco materias diferentes, para una de las cuales ni estoy cualificado ni a la Consejería le importa un comino?

De repente, me viene a la cabeza Paco. Este chaval, cuando entró con doce años al centro, era carne de horca, un delincuente en potencia: una familia rota, demasiadas malas influencias en la calle. Costó trabajo, mucho, enderezarlo, pero entre todos los compañeros consiguieron encauzarlo. Se ha titulado limpio en segundo de bachiller. Hoy estará examinándose de selectividad. Estoy orgulloso de él: es un ejemplo de lo que una persona puede hacer con su vida gracias a su tesón y bajo la guía de unos profesores que se impliquen con él, más allá de lo esperado.

Pero me acongoja ver hundidos a esos profesores que dieron la cara por Paco y que hicieron de él un hombre honesto. Me entristece verlos (y verme) sin el brillo en los ojos, sin la ilusión y vocación que se supone inherente a esta profesión. Me desuela ver a compañeros, con mucho que dar todavía en la enseñanza, acogerse a la jubilación anticipada porque están hartos de que los mamarrachos del Gobierno los puteen, de que los traten como a escoria.

Pienso en los cientos de alumnos que han pasado por mis manos. En las huellas que mutuamente nos hemos dejado. Los veo como lo que son, seres humanos en efervescencia, llenos de sueños, proyectos e ilusiones, pero también de traumas, complejos y problemas. Los veo como personas, no como cabezas de ganado, tal y como los considera el nuevo Gobierno ultraliberal, que todo lo mira con la estólida mente de un avaro con ideas mercantilistas. A estos mercaderes tanto les da si en un aula hay treinta como cuarenta: para ellos no son personas, son sólo cifras, gastos, no inversión en seres humanos que hagan una España mejor que la que los últimos gobiernos de inútiles, zascandiles e inmorales les han legado. “Gastos” que hay que recortar.

Mi drama es que no puedo dejar de ver a mis alumnos como personas. Que en ellos veo a Soufiane, al que trajeron de Marruecos con ocho años, sin hablar ni una palabra de español. Tiene graves carencias de base, pero con su empuje, su voluntad, su disciplina ha llegado hasta primero de bachiller. Le va a costar, pero en su familia le han inculcado que debe aprovechar los recursos que el Estado pone a su disposición y ser digno de ellos con su esfuerzo. Colabora en cuantas actividades le proponga: lo mismo baila un rap con sus pequeñajos que se aprende un poema de Sófocles o de Kavafis para recitarlo en una actuación. Hizo llorar a todo el auditorio cuando, en la despedida a su profesora de Francés que lo acogió al llegar a los doce años al centro y veló por él como una gallina por sus polluelos, dijo, en su lengua trabada, con una inocencia e ingenuidad digna de admiración a sus diecisiete años, todo lo que le tenía que agradecer a esta docente. He de cortarle a veces las alas, pues, guapo y deportista como es, se pavonea como pavo real. Pero me admira observar cómo vela por su hermano menor, pues su padre para poco por casa, ya que trabaja donde le sale, ora en Francia, ora en Lérida. Es el primero en ofrecerse voluntario para hacer las tareas.

Me siento orgulloso de él. Como de mis otros estudiantes magrebíes, sobre todo de mis chicas. Me siento honrado de ser docente de Sara: adora a su progenitor, que trabaja como un mulo en obras y almacenes para darles estudios superiores y no duda en enfrentarse a los retrógrados de su comunidad, que lo critican por dar una educación occidental a sus hijas. Me entristece ver llorar a Sara porque algún cenutrio español se mete con ella por ser musulmana y la llama terrorista. Ella, una persona de una educación y una sensibilidad exquisita, que te da las gracias por haberla escuchado y consolado de sus cuitas. Ella, que puede dar lecciones de buena educación, de compromiso, de denuedo y disciplina al animal de bellota que la llama “mora terrorista”, por muchos genes hispanos de pura cepa que tenga aquél.

Pienso en Carolina, a la que no he dado clase nada más que un año, cuando ella tenía trece. Pero, desde entonces, sigue conmigo haciendo teatro y participando en cuantos rodajes en defensa de las Humanidades hagamos. ¡Qué bien queda en pantalla esa sonrisa suya! Carolina, a la que un cáncer le robó a su padre hace tres años. Carolina, cuya madre, Manoli, una heroína anónima de la vida pero de mayor talla moral y humana que muchos de los que ocupan la primera plana de los diarios, me confiesa que está muy agradecida porque su hija encontró refugio y consuelo a su dolor (adoraba a su padre y estaba muy apegada a él) en nuestro grupo de teatro Cervae Artifex.

Pienso en mis otros leones del teatro: Cristina, Ángel, Álvaro, Abdul y Raúl. En los que puedo confiar ciegamente, por los que estoy dispuesto a partirme la cara para garantizarles un futuro digno a sus cualidades.

Con ellos y con otros muchachos, con mis alumnos, con mis zagales he compartido buenos y malos momentos, dentro y fuera del aula. Les he abroncado cuando no se esforzaban y tiraban la toalla a la primera, como si estudiar fuera fácil y no requiriera un esfuerzo constante e ingrato, pues no se ve compensado a corto ni medio plazo. Les he intentado hacer ver que son la esperanza de una España mejor, que no cometan los errores que nuestros antecesores y nosotros hayamos podido cometer. Les he insistido que de entre ellos han de salir los notarios, los médicos, los ingenieros del futuro.

Me he tenido que tragar la rabia cuando Paco me interrumpió, como si bromeara, diciendo que ésos están estudiando en el colegio privado de élite, donde, ¡oh, curiosidad! , trabajaba, sin haber sido capaz de sacar una oposición, el inepto que gobierna desde hace lustros mi castigada comunidad. Colegio que siempre ha sido especialmente tratado y beneficiado. Paco decía que ellos, los que estudiaban en nuestros colegios e institutos públicos, como mucho llegarían a ser los jardineros o butaneros de aquellos otros. Indignado, pero viendo que, de seguir así las cosas, va a tener razón, he dicho que luchen para ser lo que ellos quieran ser, no lo que los otros, los que tienen padrinos y manejan el cotarro, quieren que sean.

Con mis zagales hemos rodado, junto con el director Pedro Pruneda, dos vídeos en defensa de las Humanidades, amenazadas por la barbarie ultraliberal y economicista que defiende el infame Wert y su cabildo de meapilas fascistas. Rodamos primero Gracias, Grecia, con el que conseguimos emocionar a la madre Hélade y salir en varios medios nacionales e internacionales. Jamás olvidaré las caras que ponían mis alumnos al verse en estudios de radio o televisión, lo ilusionados que estaban, la carita de pasmo que se les quedó al ser agasajados en la residencia oficial del embajador griego en Madrid, como deferencia por haberle rendido tributo a Grecia.

Con ellos acabamos de rodar, con el impulso arrebatador de mi compañera Paty, un vídeo en defensa ahora de la Filosofía, a la que también quieren mutilar. ¿Cuándo aprenderán estos talibanes merkelianos y aznaristas que lo que España necesita es más ética y menos religión?

Miro, entristecido, las aulas que se van vaciando. Intento recordar las caras de los que se han ido a buscar su destino fuera de estos muros. Siento nostalgia. Pero también rabia e impotencia, porque no he podido dar todo lo que podía a las personas que la sociedad ha puesto a mi cargo. Porque no puedo más, porque me siento incapaz para tener más alumnos que este año y tener que prepararme más asignaturas para las que no he sido formado. Porque ellos tienen derecho a contar con profesores especialistas, motivados, ilusionados y comprometidos.

Porque a mi alrededor, entre mis compañeros, sólo veo caras desoladas, derrotadas, desilusionadas. Porque están destruyendo con los recortes la educación pública. Porque mis alumnos, mis zagales, mis hijos sólo pueden contar con ésta para labrarse un camino en la vida.

Cierro las persianas. Apago las luces, mientras me despido de los que han sido mis muchachos. Y, ya casi sin fe, ruego a mis dioses que me concedan las fuerzas suficientes para seguir amando esta profesión e intentar dar lo mejor de mí a los chicos que me encomienden en el futuro. Pero sé, para mi desgracia, que los dioses nos han abandonado y sólo nos han dejado a los chupacirios de Wert y Rajoy, a los tecnócratas de Merkel y Bruselas. Y ellos sólo creen en el dios Mercado. Para ellos, mis alumnos, mis hijos, sólo son carroña.

Adiós, mis muchachos; adiós, alumnos míos. Gracias por haberme enseñado tantas cosas, gracias por hacerme creer que, con algunos de vosotros, los bárbaros no podrán y que España aún tiene esperanzas.

Os prometo que intentaré luchar con dientes y empellones, si falta hiciere, para que podáis elegir vuestro rumbo en la vida y no os obliguen a emigrar de vuestra España, ni os fuercen a ser las putas y chaperos de los millonarios que vengan a Eurovegas, ni los lacayos de los alemanes, holandeses, nórdicos y británicos que practican el turismo basura y tratan a los españoles (a los mediterráneos todos) como el basurero de la Troika.

 [Fuente:  lacolumnata.es, 18 junio 2013]

 



18/6/2013

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