Chernóbil 2016 en Ucrania, sus alrededores y en España

Miguel Muñiz

A treinta años en el pasado, el recuerdo de Chernóbil se diluye en un alud de imágenes y palabras convencionales, tan repetidas y tan alejadas de lo que supuso entonces y supone hoy, que parece inútil el esfuerzo de ir más allá de ellas. Pero de eso se trata, y a eso vamos.

La tónica informativa que ha marcado este 30 aniversario se puede sintetizar en la nota de prensa de la agencia EFE sobre el discurso pronunciado por el secretario general de las Naciones Unidas: grandes palabras abstractas y enumeración de tópicos; en paralelo, banalización [1]. Los correspondientes reportajes dejan entrever cosas importantes detrás de los tópicos oficiales. Solo dos ejemplos; primero, la cúpula, la gigantesca cubierta en construcción para tapar definitivamente la central, que se espera instalar en 2017 y que acabará con la conocida imagen del edificio y su chimenea, dándole un aspecto más neutro y futurista; se informa de que la cúpula permitirá evitar la fuga continuada de elementos radiactivos. Pero cualquier persona que haya seguido las noticias de cada aniversario recordará que eso fue lo mismo que se dijo en su día del revestimiento con el actual sarcófago. No es políticamente correcto informar de que no existen soluciones, mejor marear al lector con un baile de millones de euros de la Unión Europea dedicados a la cúpula, así se evitan cuestiones incómodas: ¿qué ha pasado con las fugas radiactivas continuadas durante estos 30 años? ¿cuál es su magnitud? ¿adónde han ido y van? ¿qué efectos tienen sobre la salud de los habitantes de las zonas cercanas y sobre el mundo?

El segundo ejemplo es la reaparición de los liquidadores. Ni se conoce su número exacto ni interesa conocerlo; de tanto en tanto, se mencionan unas fantasmales 800.000 personas, y se añade a la cifra la historia de tal o cuál caso concreto. En este 30 aniversario los liquidadores (se supone que una parte de los aún supervivientes) han reaparecido como protagonistas secundarios: varios reportajes indican que sus protestas por la retirada de diversas prestaciones sanitarias por parte del gobierno de Poroshenko, ese líder ucraniano tan solícito con las exigencias liberalizadoras de la Unión Europea, podían deslucir los actos de recordatorio del 30 aniversario [2]. Tras los liquidadores se dibuja borrosamente la sociedad más afectada, lo que plantea otras preguntas molestas: ¿qué pasó, o está pasando, con los liquidadores que no eran ucranianos, dado que en el antiguo sistema soviético acudieron a combatir el incendio personas desde toda la Unión?, y, sobre todo, ¿que pasa con las personas afectadas por la radiación que no son liquidadores?, ¿cuántas son hoy?, ¿qué enfermedades padecen?, ¿cuántas son en Bielorrusia (Belarus), el territorio más afectado, en Rusia y en la propia Ucrania? Evidentemente, la concreción de las protestas de los liquidadores o el resultado de las mismas (si se han dado) no ha merecido tratamiento en las informaciones posteriores al 26 de abril.

En el año 2013, en Belarus se publicó un estudio estadístico que mostraba cifras impresionantes de personas adultas, niños y niñas, enfermas, o que recibían atención médica a consecuencia de Chernóbil [3]; y según un estudio de la OMS de 2014, Belarus es uno de los países del mundo con un mayor nivel de alcoholismo [4], parece ser que la culpa es del gobierno, que no promueve un “estilo de vida saludable”, ¿el alcoholismo no tiene relación con la degradación social que supone vivir en una sociedad marcada por la catástrofe nuclear?, y ello, a pesar de que Belarus cuenta con varios miles de centros públicos de tratamiento del alcoholismo en los que se ayuda a quienes acuden a ellos con un salario y promoción profesional; “se ven obligados a hacer un trabajo”, según el artículo. Definitivamente, Belarus no está en la lista de países buenos.

Si hablamos de Ucrania, a poca gente le sonará el nombre de Qimiao Fan, el director regional del Banco Mundial para Belarus, Moldavia y Ucrania; el 6 de abril de 2015, poco antes de acabar su mandato y ser nombrado para parecidas responsabilidades en otro lugar del mundo, el señor Fan publicaba un artículo en que se hacía eco de que el promedio de vida en Ucrania se hallaba 11 años por debajo de la media europea, al tiempo que reconocía, y esto es curioso, que Ucrania tiene un 40% de los hospitales y camas de hospital por encima de la media de la UE. Lógicamente, para el señor Fan el problema de la baja esperanza de vida provenía de una “ineficiente adjudicación de recursos”, para lo que planteaba la necesidad de “la participación del sector privado en el sistema de salud; introducción de un nuevo modelo de financiación, incluyendo los sistemas de seguros públicos y privados; y la redefinición de un marco regulador para determinar la situación jurídica de los órganos e instituciones”, música de sobras conocida en la que no tiene cabida ni Chernóbil, ni la situación de guerra virtual existente en el país [5]. Por cierto, en Ucrania también se bebe mucho, aunque menos que en Belarus.

Sobre Rusia mejor no decir nada.

Estas breves cuestiones en torno al 30 aniversario de la segunda peor catástrofe nuclear de la historia no puede eludir la situación del tema atómico en España. Y es que, yendo más allá de las correspondientes notas de prensa, actos y artículos de opinión, el 26 de abril ha sido el escenario elegido para dar publicidad a documentos relacionados con los reactores atómicos de por aquí.

Por una parte el Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA) ha presentado un documento con una propuesta de cierre ordenado, urgente y escalonados de los siete reactores que aún funcionan en España [6]. El MIA es un órgano de reciente creación que responde, en parte, a la preocupación que ha despertado en una parte de los partidos políticos y organizaciones sociales de Portugal el estado de la central atómica de Almaraz (Extremadura), su degradación y las implicaciones de un eventual accidente. Aunque los casos de Chernóbil y Fukushima ofrecen abundante evidencia sobre el tema, parece que aún cuesta aceptar que la proximidad o lejanía geográfica tiene un peso muy relativo en las repercusiones de una catástrofe atómica. Cuesta asumir realidades que contradicen la percepción visible.

Por otra la formación política Podemos, o acaso sería más adecuado decir EQUO (una especie de partido-fundación integrada en ella), ha presentado un plan para un apagón nuclear en 2024, y ha registrado en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley sobre la cuestión [7], lo que será un acto casi simbólico en una legislatura casi finalizada, un acto que se puede interpretar más en clave electoral que de búsqueda de efectividad política real.

No corresponde a este artículo entrar en el análisis del contenido de ambos textos y sus implicaciones. Pero su coincidencia temporal muestra una de las peores situaciones que se pueden plantear ante el conflicto de la renovación de los permisos de funcionamiento de las centrales atómicas en España entre el 2020 y el 2021: el uso de la energía nuclear como elemento para marcar perfil propio, social, electoral o político, ignorando el dato de que el rechazo a lo atómico es socialmente transversal, y de que un frente de negociación político es insuficiente para avanzar hacia la denegación real de la renovación de permisos entre el 2020 y el 2021, y con el agravante de aprovechar una fecha mediática: la escasa cobertura informativa de ambos acontecimientos (MIA y EQUO-Podemos), en medio del alud de reportajes clásicos sobre Chernóbil, es la mejor prueba de lo poco acertado de la iniciativa.

 

Notas

[1] http://www.eldiario.es/sociedad/ONU-recuerda-desastre-Chernobil-aniversario_0_509549987.html; sobre la banalización de Chernóbil véase http://www.sirenovablesnuclearno.org/txernobil/txernobil201630anys.pps .

[2] http://www.eldiario.es/sociedad/Ucrania-recuerda-catastrofe-protestas-liquidadores_0_509199735.html

Presentación del documento cierre de nucleares. MIA. 25 de abril.

[3] El informe «PUBLIC HEALTH IN THE REPUBLIC OF BELARUS (2009-2013) Statistical book» ha «desaparecido» de internet y no ha sido reemplazado por ningún otro informe de un valor equivalente. Puede descargarse una copia en http://sirenovablesnuclearno.org/txernobil/PUBLIC%20HEALTH%20IN%20THE%20REPUBLIC%20OF%20BELARUS%202009%202013%20Statistical%20book.pdf. Según dicho informe, Belarus tenía una tasa de pacientes con neoplasmas malignos de 2.639 personas por cada 100.000 habitantes en el año 2013; Rusia, tenía una tasa de 2.018 en la misma categoría y en el año 2012, y Ucrania una tasa de 2.319 el mismo año 2012. Para hacernos una idea comparativa digamos que el país del grupo con una tasa menor era Tayikistán, con 110 casos por cada 100.000 habitantes en 2012; y que Belarus, Ucrania y Rusia, por este orden, ocupaban los tres primeros lugares de casos registrados entre todos los países de la antigua Unión Soviética.

[4] http://belarusdigest.com/story/who-belarusians-are-heaviest-drinkers-world-17958 .

[5] http://www.worldbank.org/en/news/opinion/2015/04/06/ukraines-health-system-time-for-change .

[6] http://www.infolibre.es/noticias/politica/2016/04/25/ong_piden_cierre_las_centrales_nucleares_espanolas_para_evitar_mas_victimas_48898_1012.html.

o http://www.europapress.es/sociedad/medio-ambiente-00647/noticia-antinucleares-piden-cierre-escalonado-nucleares-espana-antes-2024-20160425144056.html .

[7] http://www.publico.es/politica/presenta-plan-apagon-nuclear-2024.html. Es necesario mencionar también la resolución aprobada por unanimidad en la Comisión de Energía del Parlament de Catalunya, en la sesión del 14 de abril, a la que se ha dado publicidad también en torno al día 26 de abril, pero su contenido responde a una lógica diferente que exige un análisis muy alejado del contenido de este artículo. Para conocer su texto y el debate relacionado se puede leer http://www.parlament.cat/document/altres-publicacions/168688.pdf , punto 2.

  

[Miguel Muñiz es miembro Tanquem les Nuclears-100% EER, y mantiene la página de divulgación energética http://www.sirenovablesnuclearno.org]

28/4/2016

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