Rafael Poch

Preguntas sobre un presidente atípico

Es una ironía que fuera precisamente François Bayrou, alcalde de Pau y el político centrista de Francia por excelencia, quien definiera a Emmanuel Macron como “el intento de grandes intereses, financieros y otros, que no se contentan ya sólo con tener el poder económico”. Fue hace ocho meses y entre tanto Bayrou se ha convertido en uno de los principales aliados de Macron.

El octavo presidente de la V República que los franceses elegirán hoy en las elecciones más extrañas que ha conocido el país, es un producto nuevo, sin análogo, precisamente porque es un producto. Nunca un presidente había sido vendido a los franceses “como quien vende un paquete de detergente”, dice el filósofo Michel Onfray.

¿Qué supone y anuncia para el país esta novedad? ¿Hay margen para la duda y la sorpresa?

“No hay que insultar al futuro”, dice el veterano exministro socialista JeanPierre Chevènement a propósito de Macron, 39 años, que será el más joven presidente de la historia de Francia.

“Como ningún otro Macron encarna esa tendencia a exaltar la juventud, esa pasión de lo nuevo por lo nuevo, ese espíritu de moverse que forma la estructura de una economía en el seno de la cual la moda no tiene más que una finalidad: hacer pasar de moda para comprar”, dice el publicista Luc Ferry, exministro de Juventud y Educación de gobiernos conservadores.

El nonagenario sociólogo Edgar Morin, una de las voces más venerables de Francia recoge esa misma idea: “Macron simboliza la renovación y la revitalización más allá de un sistema carcomido”.

Morin reconoce que los fundamentos del macronismo  son frágiles: “El mito de Europa es débil, el de la mundialización feliz es igual a cero, y la euforia del transhumanismo sólo está presente entre los tecnócratas”. Lo ideal sería que el futuro presidente “cuestionara los marcos clásicos en los que parece situarse naturalmente: la subordinación de la política a la economía, la reducción de la economía a la escuela neoliberal, el tumor del poder del dinero”. Hay que reconocer, asegura, que de momento Macron no ha propuesto nada parecido a una nueva vía económica, social y política. Sin embargo, nunca hay que insultar al futuro y Morin concede a Macron lo que se llama el beneficio de la duda.

“No es imposible que si deviene presidente aparezca un neoMacron”, dice. Al fin y al cabo, “Juan Carlos fue arropado por Franco para que reinara como franquista, y al revés, en cuanto tuvo el poder llevó la democracia. Gorbachov, puro producto del estalinismo, se convirtió en el destructor del sistema del que salió. ¿Qué saldrá del presidente Macron?”, se pregunta el sociólogo.

Soñar es legítimo, responde enfrentado a ese beneficio de la duda el inclasificable historiador antropólogo Emmanuel Todd, uno de los pensadores más desconcertantes y que va más por libre en Francia.

“Se puede soñar, pero cuando Macron habla de cosas concretas, de economía y demás, habla como un manual”. Hasta ahora Francia ha tenido presidentes que venían del mundo político. Los dos últimos, Sarkozy y Hollande, envolvían sus propósitos en ciertos subterfugios. Con Macron llega un hombre que procede directamente de la cocina de las élites financieras.“ Con él vamos a elegir al representante de Berlín, no al presidente de la República”, dice Todd.

La diferencia de Macron es que “es el primero que lo dice”. Sarkozy hizo lo mismo, pero decía que la culpa era de los árabes; Hollande llegó diciendo: “Soy un hombre de izquierdas”, “mi enemigo es las finanzas”, “cambiaré las cosas con Alemania”.“Macron es el primero que dice: no haré nada,vais a aceptar vuestra sumisión oficialmente, o cerráis el pico o tendréis el horror del lepenismo”, afirma Todd.

Más que dudas, en Todd hay un puro pesimismo. “Lo más probable –afirma– es que con Macron tengamos una acentuación de lo que se ha hecho con Manuel Valls, lo que provocará tensiones y violencia”.

Muy centrado en la demografía y en la antropología histórica regional, Todd avanza dos claves para lo que llama el “conformismo macronista”. Primera: entre 1992 (Maastricht) y el 2015, la edad media en Francia ha aumentado entre 5 y 6 años. “A los viejos se les dice: si queréis mantener vuestras pensiones hay que mantener el euro”. “No es que sean más conservadores, es que les han secuestrado”, explica. Segunda: en la actual sociedad la gente con estudios superiores forma una “oligarquía de masas” que se cuece en su propia salsa y se cree superior. “Es la gente que apoyaba a los Clinton en Estados Unidos, los universitarios partidarios del remain  en el Reino Unido y los jongleurs que oscilan entre izquierda y derecha en Francia. “Esta gente con estudios superiores representaba el 12%; ahora son el 25%. Todo eso sumado, arroja una base para el conformismo macronista que se ha desarrollado enormemente mientras la situación general de los de abajo se ha deteriorado notablemente”.

“Se habla mucho de Le Pen, pero lo que realmente me preocupa es la radicalización de la Francia de los de arriba: quieren gobernar a pelo. Dicen: ‘Vais a tener que obedecer y ya está’. El problema de Francia es la radicalización de los poderosos”, insiste, citando el libro del estadounidense Christopher Lasch (The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy), según el cual las clases privilegiadas nunca han estado tan aisladas de su entorno.

Guerrillero con Che Guevara, prisionero en Bolivia y consejero del presidente François Mitterrand, el filósofo Régis Debray ve en el fenómeno Macron el triunfo de la americanización en Francia.

“La República a la francesa –asegura– ha desaparecido bajo la democracia a la anglosajona. El homo economicus ha sustituido en el mando al homo politicus, como en EE.UU., con una vía exprés del capital hacia el Capitolio. Hemos importado las primarias, la pareja presidencial, se aclama por su nombre a la primera dama, la vida pública se privatiza y viceversa, la imagen suplanta a lo escrito y el show de un telepredicador en éxtasis enardece, con los brazos en cruz, a los fans en trance”.

Toda esa importación, “tiene más que ver con las revoluciones tecnológicas que con los remolinos políticos de Francia”, dice el filósofo.

Para Todd lo que hace al sistema francés menos estable que el alemán, el español y otros es el hecho de que en Francia todavía hay bastantes jóvenes. “En España, Italia, y Portugal, la política que se aplica es desfavorable a los jóvenes, pero hay pocos, mientras que en Francia es igualmente desfavorable y continuamos fabricando jóvenes”. Las turbulencias que augura para Francia se deducen de su demografía. Todd ve en Alemania el problema central y, a diferencia de Debray, ve en el mundo angloamericano más bien un aliado contra aquella.

Una vez que Francia se metió en el euro, invento mixto pero de diseño y sentido alemán, “se acabó”, dice. “Ahora –dice Todd– son los alemanes los que mandan y lo que piensen los franceses no tiene mucha importancia”. Macron es la servidumbre hacia esa realidad.

Según Todd, los alemanes “tienen una racionalidad limitada”. “Hay una inteligencia de gestión de la economía a corto y medio plazo; han tomado el control de la Europa del Este, recuperan la mano de obra cualificada del sur y han logrado unos excedentes comerciales enormes, resuelven problemas técnicos: no producen suficientes hijos y hacen venir inmigrantes... Todo eso es extraordinario, pero no saben pararse. Estoy convencido de que la lógica alemana de destrucción de las economías italiana, española y portuguesa no ha sido accidental”, explica.

La economía francesa “está atrapada en la trampa del euro. La moneda única no puede funcionar en un país que tiene una tasa de fecundidadde dos hijos por mujer. Con Hollande hemos tenido un aumento del paro del 25% y esto va a continuar”, augura. Lo que se perfila para Francia es “estancamiento político, descomposición, violencia difusa y una cierta salida de la historia. Los acontecimientos importantes para la ruptura del sistema ocurren fuera de Francia”, diceTodd.

Los objetivos que Alemania se plantea hoy superan a su potencia y capacidad.“No creo quel os estadounidenses toleren la emergencia de un nuevo sistema alemán tan potente como el suyo. A corto plazo vamos a tener un enfrentamiento  entre el bloque continental alemán y Gran Bretaña a propósito del Brexit. Los antieuropeístas franceses de izquierda están paralizados por su antiamericanismo, porque hasta que no lleguemos a tomar partido entre Berlín y Washington no resolveremos gran cosa: para salir del euro necesitamos la ayuda del dólar”.

 

[Fuente: La Vanguardia]



7/5/2017

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