Sin novedad en el euro

Ramon Boixadera i Bosch

La Comisión Europea presentó el pasado 6 de diciembre una propuesta sobre el futuro de la Eurozona. En ella, Bruselas intenta recuperar algo de terreno frente a los países acreedores (véase: Berlín) a la hora de dirigir la política económica de los países intervenidos. En efecto, las dos principales medidas propuestas (la transposición del Tratado de Estabilidad Fiscal al acervo europeo y la creación de un Fondo Monetario Europeo a partir del actual Mede) sitúan a la Comisión en el sillón de mando para sancionar e imponer rescates financieros a los Estados Miembros: no en vano, se propone que el Comisario de Economía actúe también como presidente del Eurogrupo.

La propuesta fue torpedeada por el Consejo Europeo prácticamente desde su presentación. Pero la principal baza de la Comisión es, seguramente, la debilidad de sus aliados. La caída libre en la popularidad de Macron, las contradicciones de la socialdemocracia alemana (de retorno a una gran coalición) y las tristes perspectivas electorales del establishment italiano conspiran para que Merkel acepte algún tipo de compromiso con el que apuntalar su Gobierno y sus alianzas en la periferia europea. Algunos guiños de la Comisión (mantener el veto alemán en las decisiones del Fondo Monetario Europeo y plantear una mayor condicionalidad en el uso del presupuesto europeo) dibujan los contornos de una negociación posible.

Merkel debería temer las consecuencias futuras de un triunfo total del nacionalismo mercantilista del Norte frente al europeísmo agonizante del Sur. Se habla ya, por ejemplo, de una posible candidatura de Weidmann al BCE tras la retirada de Draghi en 2019, alentada por los elementos más conservadores de la derecha alemana. Weidmann, antiguo colaborador de la canciller y actual presidente del Bundesbank, se ha opuesto repetidamente a las intervenciones del BCE para estabilizar los mercados de deuda pública o para ofrecer liquidez al sector bancario: lo que le ha valido un lugar de honor en la prensa de su país. Sin embargo, esta postura acabaría teniendo costes más elevados para los países acreedores que la política seguida hasta ahora. En primer lugar, porque la imposibilidad de recurrir al crédito del banco central (posición inédita en el capitalismo moderno) implica la exacerbación de cualquier crisis financiera en un Estado Miembro, con el evidente efecto contagio sobre el resto. En segundo lugar, porque su consecuencia inevitable, la ruptura de la zona euro, supondría una grave amenaza para la hegemonía del capital alemán en las economías del continente.

El arte del imperio es el arte del equilibrio: el futuro de la Eurozona pasa por la capacidad de los dirigentes alemanes de acomodar el fortalecimiento del nacionalismo económico en su país con los intereses de los capitales europeos, que desean completar la desregulación y privatización de las economías nacionales a través de la integración en el espacio (monetario) europeo.

Un futuro en el que, en cualquier caso, no hay un lugar para la izquierda. 

29/12/2017

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