El último mohicano

Lo personal es político

“Lo personal es político” fue una de los eslóganes más aireados de Mayo del 68. Siempre me ha parecido ambigua en términos políticos. De hecho, para quienes vivimos la dictadura franquista (en un país donde mandaban los herederos de la Inquisición), siempre supimos que lo personal era político. Pues la represión, en sus múltiples formas, se cebaba en cualquier persona que adoptara comportamientos desviados respecto al régimen. Para muchas personas de mi generación el eslogan se tradujo en una invitación a romper los represivos esquemas de modelo de vida familiar, de sexualidad, de actividad cultural, que habían marcado a la generación que vivió la postguerra. Mucho del movimiento estudiantil radical de finales de los 1960s tuvo que ver con la necesidad de “matar al padre” de muchos cachorros de la burguesía. Fueron sinceros mientras duró, y después volvieron al redil. Todo normal. Sin duda, también lo mejor de esta idea fue que permitió la eclosión del feminismo y de los movimientos de libertad sexual que han constituido uno de los grandes avances sociales de las últimas décadas en términos de libertad, igualdad y fraternidad.

Pero hay muchas otras formas de entender el eslogan. Por ejemplo, a principios de la década siguiente tuve en mi entorno a militantes de algunos de los grupos maoístas que lo traducían en determinar qué comportamientos personales debían tener sus miembros. Uno de mis amigos creo que llego a ver cuatro o cinco veces la película “Queimada”, porque era de las que estaba bien considerada en su entorno. De hecho, no era nada nuevo este intento de construir a un individuo revolucionario obligándolo a seguir una senda vital ordenada desde arriba. Esta fue una de las características que experimentó la Rusia de Stalin, mandando a la basura todo el potencial creativo que abrió la Revolución.

Pero la historia se repite de muchas formas, y los innovadores dirigentes de Podemos nos han abierto otra versión del eslogan con el tema del chalé. De entrada, da la impresión de que la opción de comprarse un chalet en una urbanización de Galapagar supone no sólo desconocer que lo individual es político, sino pensar que lo individual no tiene influencia en la acción política. Especialmente cuando se ocupa una posición donde la exposición pública es permanente. Irse a vivir a una urbanización a 40 km. de la capital, en zona de alto nivel, no es la mejor forma de conectar ni con un electorado mayoritariamente de clase obrera, ni con las sensibilidades ecológicas de otra parte de las bases. Ni, desde luego, mostrar coherencia con lo que se ha estado diciendo. Me imagino qué hubiera ocurrido si mi alcaldesa anunciara que se compra un apartamento en Sant Cugat del Vallés. Más bien, parece es que se ignora el abecé. Un viejo camarada nos recordaba a los jóvenes de entonces que no se puede ser rojo y desconocer por donde cae Fuenlabrada, Cornellà o Sestao. Bueno, quizás esto es lo que ha ocurrido, que hay que saber más geografía.

Pero donde ha estado realmente la innovación es en someter esta decisión individual a la votación de las bases. O sea, legitimar una decisión personal apelando al plebiscito del todo o nada. Esta ha sido siempre una de las formas de chantaje emocional más deplorables (ejercida con argumentos variados: desde el que lucía sus años de cárcel hasta el que convertía cualquier cuestión secundaria en un tema crucial). Del rigorismo moral de mis viejos amigos, donde la política imponía pautas de vida a la gente, hemos pasado a utilizar mecanismos políticos para legitimar comportamientos individuales (y errores políticos de bulto). Y es que seguimos hechos un lío. Es lo que ocurre con los eslóganes imprecisos, que no sabemos cómo aplicarlos.

31/5/2018

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