El activista indiscreto

Perra vida

La muerte de un perro a manos de un policía calentó la red. Por elevación hasta la alcaldesa fue considerada culpable de tamaño crimen. Ya se sabe, cuando la red se calienta los efectos colaterales son impredecibles. Tanto calentamiento acabó con una importante concentración ante el Ayuntamiento. Y es que hay mucha gente de buen corazón que no soporta ningún maltrato a los animales, especialmente a los que son de familia. Y un crimen no puede tolerarse. Las circunstancias del suceso no están claras, en la red sólo se vieron imágenes del animal muerto, no de lo ocurrido antes. Si pasamos a la narrativa la cosa es más compleja. Según la guardia urbana el disparo fue un efecto reflejo del policía ante un perro que ya le había mordido y lo volvía atacar. Muestran incluso la existencia de un ataque anterior del mismo perro a otra persona. Los animalistas en cambio aseguran que el perro era totalmente pacífico, que su “propietario”, una persona que vivía en la calle, era igual de bueno que el animal y que todo es una patraña de la Guardia Urbana para cubrir al asesino, quien ya ha sido objeto de una denuncia penal. Con el maltrato animal no hay que tener ninguna tolerancia.

Hace tiempo que los amigos de los perros andan movilizados. Suelen arrogarse la superioridad moral que estos días han exhibido en abundancia. Y como lobby no dejan de presionar para conseguir más espacio urbano para que los animales campen a sus anchas. Una superioridad moral que es más una muestra de egocentrismo consumista que de otra cosa. No está nada claro que mantener animales encerrados en pisos, a los que sólo se saca a pasear unas pocas horas al día, sea una muestra de trato decente. Los perros han sido una animal funcional en el mundo rural, pero en el mundo urbano son un bien de consumo más que otra cosa, un bien posicional promocionado por el creciente negocio generado alrededor de las mascotas (veterinarios, industria alimentaria, farmacéuticas, etc.). Al fin y al cabo entre un humano y un animal doméstico lo que predomina es una relación amo-esclavo, más o menos edulcorada, pero no libre. Y se es aún mucho menos cuidadoso con el buen trato animal en su conjunto, puesto que el crecimiento de la población canina forma parte de la creciente plaga humana, del uso de los recursos planetarios en función de los intereses, caprichos, de una sola especie. A escala planetaria la proliferación de mascotas es una parte del proceso de destrucción de biodiversidad y presión sobre los recursos. Incluso a escala local hay indicios de que el gran número de mascotas que acaban siendo abandonadas presiona a los espacios naturales cercanos a las ciudades y genera importantes problemas a ecosistemas ya sometidos a múltiples presiones.

A menudo, tampoco el civismo que se exige para los perros tiende a practicarse frente al vecindario. La proliferación de la fauna canina ha comportado una creciente colonización de los espacios libres de la ciudad. En el mejor de los casos, el del propietario “cívico” comporta una competencia por el espacio. En el peor, se convierte en la generación indiscriminada de residuos que ensucian las calles (e incluso afectan a espacios infantiles de los parques). La Guardia Urbana y los tan denostados políticos locales saben de primera mano que este es el primer problema de convivencia, el que genera más reclamaciones individuales. Cuando este problema se plantea a los propietarios de perros se reciben dos tipos de respuestas. La de los “cívicos” que se responsabilizan de la recogida de las “cacas” suele ser la de echar balones fuera, responsabilizar a los demás de su mal comportamiento, reducir la cuestión a un tema de actitud personal (otra vez la superioridad moral) y desentenderse de la cuestión global. La de los “incívicos” a menudo es muda, por temor a las represalias. Y cuando en algunos barrios autoridades y vecindad han acordado y llevado a cabo equipamientos para el ocio canino la respuesta es casi siempre la misma —que son insuficientes, que están mal ubicados— y el resultado es un bajo nivel de uso.

La autoridad moral de los animalistas es más miopía e individualismo consumista que preocupación ambiental. La proliferación de mascotas, especialmente perros, es más un producto de la última oleada consumista que de necesidades serias de la población. Y hay que plantearlo en estos términos, en que se trata de una proliferación que tiene un elevado impacto ambiental y social. Y que por ello debe avanzarse hacia una regulación restrictiva. Empezando por ejemplo por introducir tasas locales que tiendan a cubrir los costes de la gestión del sistema (recogida de excrementos, gestión de espacios, gestión de perreras…).

Implantar una política de este tipo supone sin duda abrir la puerta a otro movimiento reactivo reaccionario (en este caso bien organizado por mucha gente de pasta propietaria de animales con pedigrí). Pero es inevitable. Si lo que buscan los animalistas es airear su superioridad moral, pueden satisfacerla apostando por una cultura ecológica más amplia, por ofrecer a los animales un hábitat realmente adecuado y por ser respetuosos con el urbano en el que residen.

30/12/2018

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