Antonio Antón

Superar la identidad emocional

Las identidades no están constituidas solo por afectos y/o razones. Particularmente, es así en la identidad de género, más aún si atendemos a las mujeres concretas. Ello llevaría a una identidad ‘emocional’ o ‘racionalista’, ambas culturalistas. La identidad no solo deviene de la subjetividad, componente fundamental del ser humano y su emancipación, sino que expresa y está mediada por la relación social concreta, por el comportamiento y la interacción, más o menos profunda y prolongada, de individuos y grupos sociales; por las costumbres, experiencias y aspiraciones comunes; por la cultura en sentido amplio, no solo por ideas o sentimientos sino también por prácticas relacionales, hábitos similares o complementarios y trayectorias compartidas.

La sedimentación histórica de todo ello, junto con la experiencia social y los proyectos vitales en un contexto específico, conforman los movimientos sociales, en particular el movimiento feminista, así como los grandes sujetos colectivos y los procesos emancipatorios, nacionales y civilizatorios. La identidad colectiva es inseparable del sujeto social, de su práctica relacional, vivida, sentida y pensada. Los procesos de identificación y pertenencia suponen reconocimiento de sí mismo y de otros sujetos y, al mismo tiempo, diferenciación, cooperación y competencia. La identidad colectiva, la pertenencia a un grupo social, no necesariamente es excluyente, puede ser pluralista, integradora y cooperativa; permite la convivencia y la colaboración en tareas y proyectos comunes.

La insuficiencia de la dicotomía razón/pasión

La modernidad y el liberalismo no apuestan solo por el individuo racional y libre sino también por sus pasiones y emociones, especialmente en su versión nacionalista (o imperialista). Por tanto, su alternativa no son solo los afectos, tal como afirman intelectuales posmodernos. Esa idea del sentido alternativo de lo emocional y el deseo no es válida ni en la fundación del liberalismo ni en el actual neoliberalismo postmoderno que utiliza el consumismo y la realización del deseo posesivo como expresión y fuente de mercantilización y ganancia capitalista. 

El postmoderno Michel Foucault es el intelectual que más ampliamente ha justificado los deseos como motor de la vida y expresión del poder. Tiene una amplia influencia en el pensamiento feminista que conviene evaluar desde un enfoque crítico y realista, todavía más ante la relevancia actual del movimiento feminista y su acción igualitaria-emancipadora.

Me centraré en este autor, enmarcándolo en las corrientes ideológico-políticas más generales. Si, como dice, los deseos son la base de la política, pero están construidos por el poder ¿no es una contradicción esperar que el desarrollo de esos deseos sea la base de la liberación propia y el autorreconocimiento? Con ese determinismo político-institucional se cerraría un círculo fatalista de la impotencia transformadora, ya que no habría arraigo o encaje con la sociedad, con las relaciones sociales reales y su cambio práctico a través de la interacción sociopolítica y cultural.

Esa relación deseo/poder puede servir para el tratamiento psicoanalítico particular, siempre que el analista tenga unos criterios interpretativos realistas y la comprensión de una dirección liberadora adecuada. Pero en términos sociológicos, más complejos y con una interacción multidimensional y a distintos niveles y grupos sociales, la debilidad analítica, estratégica y normativa que produce esa unilateralidad del enfoque emocional genera más incapacidad transformadora.

Sobre todo, en su aplicación al campo político genera confusión analítica y, especialmente, estratégica y de alianzas para el cambio de progreso y la vertebración y gestión del poder institucional. ¿El desarrollo de los deseos de la gente (o demandas, aun con la politización o la articulación por una élite discursiva, según Laclau), es lo que conforma la estrategia democratizadora, emancipadora e igualitaria de la mayoría subalterna? ¿Los campos de alianzas se establecen, por un lado, en el bloque llamado populista, basados en los ‘deseos’ del pueblo y, por otro lado, en el bloque llamado tradicional, supuestamente basado en ‘razones’ de la oligarquía? ¿El campo común compartido de los afectos como eje central es el que debe compartir el populismo de izquierda, junto con el feminismo emocional y la extrema derecha pasional? ¿Y no comparten ese factor emocional con el neoliberalismo?

La respuesta es que lo emocional o la simple expresión de los deseos, en abstracto o de forma espontánea, no es un indicador suficiente para definir una estrategia política emancipadora o una actitud de progreso ante el poder establecido sobre las que establecer objetivos y alianzas. Es una insuficiencia del pensamiento postmoderno, compartida por la ambigüedad sustantiva del enfoque populista. Hay que precisar el sentido de cada emoción, su vinculación con determinada racionalidad y su funcionalidad contextual e histórica según la posición social y el proyecto de sociedad de la gente que la encarna.

Por tanto, la identificación basada prioritariamente en los deseos no necesariamente facilita la igualdad, ni expresa el campo común o la intersección de las diversas identidades en la conformación de sujetos colectivos con el objetivo de la emancipación popular y humana. Falta clarificar una característica clave de su contenido sustantivo: Qué afecto o emoción; qué razón o discurso, y como se combinan ambos. Y para definirlos solo caben dos caminos complementarios: Uno, el de la realidad relacional a cambiar con un proyecto social; dos, el de la actitud ética global o universalista, basada en los grandes valores (republicanos o democráticos) de igualdad, libertad y solidaridad. De ahí se construye la práctica social y la subjetividad, ambas componentes de una renovada identidad o pertenencia colectiva multidimensional para un proceso emancipador.

El deseo, la emoción, los afectos o la pasión, y también la razón, las ideas y las aspiraciones, son ambivalentes en su sentido ético, pueden ser buenos y/o malos. Igualmente, en su sentido político: democrático-igualitarios y emancipadores-solidarios o autoritarios-desiguales-segregadores. Son conceptos abstractos que definen una actividad humana. Pero su carácter y su sentido lo adquieren según la posición social, la práctica relacional y el proyecto concreto de la persona o fuerza social que los encarna; es decir, según su configuración como sujeto colectivo de acuerdo con el contexto y su vinculación a una ética universalista: derechos humanos, democracia, justicia social.

Un concepto clave de esta interacción entre identidad y sujeto es la ‘experiencia’ vivida e interpretada (E. P. Thompson) en el que se incluye la situación y la relación social de la gente, con sus necesidades, agravios y desigualdades, así como su respuesta práctica, su actitud y su comportamiento mediados por la cultura acumulada y el sentido de la justicia, junto con el contexto, los condicionamientos estructurales e institucionales, los equilibrios entre fuerzas sociales y los impedimentos y las oportunidades de cambio.  

La pugna entre los dos enfoques, por una parte, el racional (o moderno) y, por otra parte, el emocional (o postmoderno) hunde sus raíces en polarizaciones clásicas en el interior del liberalismo y la modernidad, empezando por el racionalismo francés (Descartes) frente al empirismo británico (Hume), hasta la contienda entre la Ilustración francesa (republicana-estatista-racionalista) frente a la alemana (nacional-romántica); en el siglo XIX continuó la pelea del positivismo liberal contra el romanticismo emotivo. En el plano nacional la pugna se estableció entre el estatismo hegemónico (y el imperialismo o el actual europeísmo dominante), con la justificación racional, jurídica y política cosmopolita o universalista, y el nacionalismo subalterno (o soberanismo proteccionista), con su legitimidad mitológica, cultural y sentimental de carácter particularista. Por último, ya en el siglo XX la tensión se establece entre la modernidad, hegemonizada por la racionalidad liberal, frente a la posmodernidad pasional, el estructuralismo determinista frente al posestructuralismo subjetivista.

Esa dicotomía razón/pasión tampoco expresa bien los ejes y las tendencias del conflicto sociopolítico entre las fuerzas democráticas e igualitarias de progreso, con sus diversas razones y afectos, su arraigo popular-nacional y su ética universalista, y las del poder establecido y su dominación, junto con la deriva nacionalista y segregadora de derecha extrema. También en el campo político, esa polarización es insuficiente y acarrea desorientación analítica y estratégica.

Ambivalencia de las emociones (y las razones)

Ambas facetas de la subjetividad y su interacción son imprescindibles, pero no en abstracto sino explicitando su sentido igualitario-emancipador (o su contrario) según la realidad a la que se enfrentan, el contexto, su trayectoria y su finalidad. Dicho de otra forma, hay razones y existen emociones progresivas y regresivas, democráticas y autoritarias, emancipadoras u opresivas y, éticamente, buenas y malas. Su elección constituye un dilema moral y político basado en la autonomía humana.

Una síntesis de esa falsa dicotomía razón/emoción ya la realizaron los fundadores británicos del liberalismo hace más de dos siglos tras la dura pugna cultural, moral, económica y política de los dos siglos anteriores: el deseo y la imposición del beneficio propio con la fuerte apropiación económica y de poder revestido de racionalidad económica (la prosperidad pública), frente al bien común popular, por un lado, y los privilegios del Antiguo Régimen reaccionario, por otro lado. Esa combinación específica de esos tipos de razón, pasión y poder, aun con conflictos y grietas, ha creado el capitalismo moderno, con sus Estados y gobernanza, incluido dos guerras mundiales, la precarización y desigualdad masivas y la insostenibilidad ambiental. Pero sigue imparable, sin apenas frenos. Y en ello estamos, con la particularidad del neoliberalismo financiarizado y posmoderno, de apariencia individual más libre, emotivo y ‘deseante’, pero con mayor control y subordinación ciudadana al poder establecido.  

Por tanto, aunque esa pugna pasión/razón tiene múltiples aspectos parciales de interés y hay que valorarlos según cada contexto histórico y el sentido y el proyecto de cada fuerza social que los encarna, hay que superar ambos enfoques unilaterales. Se deben recoger los componentes positivos de ambas facetas y tradiciones: romántico-sentimental/racionalismo ilustrado. Especialmente, cuando han estado compartidas por expresiones populares y las experiencias de las mayorías ciudadanas en los conflictos democrático-igualitarios: la importancia de los valores democráticos y republicanos en el mundo de la vida, la interculturalidad y la articulación institucional y convivencial, así como la de una subjetividad realista, crítica, solidaria y cooperativa.

En particular, el republicanismo, la tradición democrática más avanzada, es insuficiente por la dimensión formalista que le suele dar a la igualdad, debiendo ser más sustantiva y real respecto de todas las estructuras de dominación, no solo económicas sino también sociales y patriarcales de subordinación real; y además tiene un componente estatista, en su versión jacobina, centralizador en lo nacional y no demasiado pluralista. También existen tradiciones positivas en distintos movimientos populares y en otras corrientes progresistas o de izquierda democrática, con la necesidad de su conveniente renovación y adaptación y la superación de sus inclinaciones socioliberales y burocrático-autoritarias. El acento principal, no obstante, debe estar en la elaboración de un renovado pensamiento crítico y realista vinculado a esos objetivos transformadores igualitarios-emancipadores y la sostenibilidad medioambiental del planeta.

Por último, entre las izquierdas se suele hacer un paralelismo sobre la relación entre subjetividad y relaciones sociales y económicas bajo la pugna y el ascenso de la burguesía frente al Antiguo Régimen y los retos actuales de las capas democrático-populares y feministas frente al bloque de poder dominante. La diferencia sustancial de los dos procesos es la distinta especificidad del poder y el carácter de la fuerza social emergente. Esa tradición moderna valora adecuadamente que, durante varios siglos, en el desarrollo del capitalismo, la penetración burguesa en las instituciones y el cambio social y cultural se establecía desde dentro de la propia economía, con nuevas relaciones mercantiles y productivas, cuyo control le facilitaban nuevas estructuras de poder estructural. La lucha político-cultural o la voluntad general eran más fáciles de conformar para el cambio político.

Sin embargo, hoy día, en esta fase neoliberal y globalizada, el control económico e institucional del bloque de poder establecido, a pesar de la participación popular y la regulación democrática, es mucho mayor. Las fuerzas emergentes no pueden asentarse en grandes estructuras económicas e instituciones propias decisivas, autónomas del poder económico y estatal. El llamado tercer sector, el cooperativismo o la cogestión son muy limitados, frágiles y dependientes. La gestión político-institucional alternativa es más dificultosa y limitada. El riesgo de repetir esquemas y caer en el idealismo es más fácil.

Así, las capas dominadas, sin apenas relevante control económico y político-institucional, tienen que profundizar en sus capacidades y fortalezas: masividad y densidad de sus vínculos y prácticas sociopolíticas con fuerte desarrollo democrático, es decir, asociacionismo popular, participación pública, activación cívica o contrapoder sociopolítico y en instituciones representativas. Eso es lo que le proporciona la base para cierta estabilidad en la participación popular y su representación social y política en las instituciones del Estado o en el área pública de la economía, siempre en pugna con las tendencias neoliberales, privatizadoras y monopolizadoras del poder. Esa infravaloración de la activación democrática de la mayoría social y la fragilidad del poder institucional de las izquierdas y fuerzas alternativas si no se asienta en esa participación cívica masiva, junto con la sobrevaloración de la capacidad transformadora de la simple gestión institucional, es lo que no ha valorado suficientemente la socialdemocracia de la tercera vía y el eurocomunismo del compromiso histórico, ambos en crisis. 

Por tanto, en esta fase, el ritmo del cambio político y el económico es asimétrico. Como las fuerzas alternativas de progreso están en condiciones de mayor desventaja posicional en las estructuras económicas y de poder, les es más fundamental ese componente sociopolítico ventajoso de su inserción democrática. Y la subjetividad popular y su articulación cívica es todavía más importante, pero en la medida que está enraizada en una fuerza social alternativa. Lo decisivo para el cambio es construirla ya que está basada en una nueva dinámica práctica de la gente progresiva o democrático-igualitaria-solidaria que refuerza la propia subjetividad. Los discursos no tienen solo una función instrumental; los valores cívicos y la cultura popular democrática y de justicia social se enraízan en la experiencia relacional y las necesidades sociales y dan soporte a la acción colectiva transformadora.

La pareja de objetivos convencionales, participar o controlar las instituciones y construir la voluntad general por una élite, suele infravalorar el aspecto principal: la conexión y activación democrática masiva, a veces desconsiderada como movimiento social impotente o instrumentalizada como electorado receptor para la legitimación de una determinada élite representativa.

Habrá que volver al principio de realidad, a la práctica social, el sentido de la justicia y la voluntad transformadora de la gente subalterna. En todo caso, y vinculado a la debilidad de las fuerzas alternativas de progreso, están los límites de una teoría crítica democrático-igualitaria y emancipadora a desarrollar. Pero es mejor valorar el problema que engañarse con falsas soluciones, apelando a emociones sin definir.

La identidad colectiva es inseparable del sujeto social

La identidad, personal y grupal, es inseparable de la posición social y su experiencia vital y relacional. Los procesos de identificación colectiva, de pertenencia compartida a un grupo social diferenciado, se vinculan con la conformación sociohistórica de los sujetos sociales, siempre en interacción y recomposición.

Su configuración y su evolución no dependen solo de la transformación de la subjetividad, las mentalidades y el deseo, sino de la existencia de una voluntad de cambio, junto con el despliegue continuado e interactivo de su práctica social: sociopolítica, económica, cultural, étnico-nacional, de género-sexo. Se trata de superar, de forma realista y multilateral, la dicotomía convencional entre sujeto/objeto o bien necesidad/libertad, sin caer en determinismos ni en voluntarismos.

Por otro lado, la identidad es el resultado del pasado (y el presente) de la persona, de sus vivencias y relaciones sociales; pero también incorpora sus proyectos e ilusiones que modelan sus comportamientos inmediatos. No tiene razón Sartre cuando afirma que la identidad es solo expresión del pasado y que el futuro es libertad; aunque lo que somos no nos determina, la identidad no es fija ni nos restringe, la vamos cambiando y regula nuestra libertad de acción y pensamiento. Tampoco es acertada la idea de que la identidad se construye hacia adelante, no hacia atrás; se priorizaría el criterio hegeliano, supuestamente inscrito en su ley histórica, del deseo o la aspiración a la plenitud humana (autorrealización) como base de construcción identitaria. Parafraseando a Simone de Beauvoir, la mujer se hace (por su relación social experimentada, pensada y proyectada); no nace, pero tampoco depende solo del futuro y sus ilusiones. Su identidad forma parte de su devenir real y su interacción colectiva. 

Además, todo individuo y grupo social tiene diversas identidades, más o menos complementarias, desiguales en su importancia, asimétricas en su combinación y jerarquía interna y variables en su impacto expresivo en cada momento y circunstancia. O sea, se produce una suma, equilibrio inestable o integración más o menos coherente de sus identidades, con el despliegue de variadas representaciones, subjetividades y funciones sociales. La identidad recoge los rasgos psicológicos de un individuo o colectividad, pero también las características posicionales y culturales que permiten el autorreconocimiento y el reconocimiento de los demás; es decir, expresa el sentido de pertenencia a un grupo social, hacia dentro y hacia fuera del mismo. Esa actuación prolongada, compartida y reconocida conforma el sujeto social.

Por último, la combinación de distintas identidades parciales, fuertes o débiles, y la expresión de cada combinación de ellas en el tiempo, en cada individuo y grupo social, ofrece unas características identitarias en el sentido más concreto: étnico-nacionales, de sexo-género y clase social, o de grupos específicos con distintas opciones y preferencias. Pero están ligadas a una situación e identificación más general en dos planos diferentes.

Uno, en la pertenencia sociopolítica a una comunidad política, desde el punto de vista de sus derechos y deberes cívicos, independientemente de sus características particulares: es el sentido de una ciudadanía política compartida, que puede ser multinivel, local, nacional o estatal, europea, mundial.

Otro, la pertenencia a la humanidad, a nuestra especie, como rasgo común de las personas de todo el mundo, con unos derechos humanos fundamentales compartidos por toda la población y una identificación común como ser humano. Y, especialmente, en su ejercicio sociopolítico y cultural según los contextos. No se trata solo de cierto cosmopolitismo y un universalismo ético existente en todas las personas, sino que esos componentes se integran también junto con los demás en la identidad y el carácter del sujeto y pueden tener un mayor o menor impacto en su carácter, su comportamiento y sus aspiraciones.

Por tanto, la combinación en cada individuo y grupo social de esa multiplicidad identitaria, con el peso diferenciado de cada componente según qué procesos, incluidos los más generales de la ciudadanía y la pertenencia humana, ofrece un panorama no estrictamente fragmentado de su identidad, como gran parte de las ciencias sociales asegura; ni tampoco unificado, como otra parte afirma al intentar meter la realidad diversa en supuestas categorías homogeneizadoras, insensibles a esa diversidad. El conjunto de identidades asimétricas configura distintas expresiones unitarias en (des)equilibrios diversos y en transformación.

El concepto de interseccionalidad apunta a ese análisis, aunque hay que evitar quedarse en una simple descripción o una constatación formalista de la multiplicidad identitaria. Hay que comprender sus interrelaciones internas para explicar su impacto normativo, relacional o sociopolítico, es decir, su configuración como sujeto activo.

Mi interés es poner el acento en la capacidad articuladora, conformadora o transformadora de los seres humanos y sus relaciones a través de su experiencia vital, multidimensional e interactiva. La sociedad es diversa. Las relaciones sociales, sin reducirlas a relaciones de poder o de dominación, también son ambivalentes; el sentido político o ético de las interacciones humanas expresa la pugna y la colaboración de proyectos individuales y colectivos en procesos relacionales multidimensionales y en diferentes niveles.

En definitiva, las grandes identidades tradicionales, especialmente las derivadas de las relaciones machistas, la subordinación y precarización popular y los reajustes étnico-nacionales, con sus jerarquías valorativas, están en crisis y cambio, y hay una nueva pugna por su nueva conformación, su interrelación interna y su papel: desde la reacción defensiva y fanática de las anteriores identidades, a la reafirmación en identidades parciales o fragmentadas. La construcción de nuevas identidades y, sobre todo, de los nuevos equilibrios, personales y grupales, de su heterogeneidad, es lenta e incierta y exige realismo, reconocimiento, tolerancia, negociación, mestizaje y convivencia; en resumen, respeto al pluralismo, capacidad integradora y talante democrático.

Por tanto, hay que superar el pensamiento posmoderno, fragmentario e individualista, así como la rigidez unificadora y esencialista de algunas teorías modernas y premodernas, sean asimilacionistas ante la diversidad o prepotentes respecto de las minorías. En ese sentido, la identidad de género es fundamental para las mujeres, como expresión de su situación específica de discriminación y su demanda de igualdad y emancipación, a integrar con sus otras identidades en una pertenencia diversa y conectada con una identidad cívica, más general, democrático-igualitaria y solidaria.

En resumen, hay que superar la política basada en las emociones o en la simple racionalidad abstracta y, en particular, también un feminismo o una identidad de género solo emocional y/o solo racional. La posición social y la experiencia relacional y cívica son fundamentales; las condiciones, intereses, trayectorias y necesidades sociales configuran un punto de partida para la emancipación. Los sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista, expresan una particular combinación de emociones, razones, estatus social, experiencia relacional y proyectos de vida. La igualdad, la libertad y la solidaridad siguen siendo referencias universalistas y transformadoras.

 

[Antonio Antón es profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid]

25/3/2019

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