El Coyote

Pujol y la Alcaldesa

Parece que en un listado más o menos oficial del independentismo acerca de los iconos de Cataluña, al lado de los monasterios de Poblet y Montserrat, de los castellers, del Barça, etc., y de Maciá y Companys, faltaría más, se incluye a Jordi Pujol.

Nada más demostrativo que la ceguera ante la realidad —si no se trata de ensalzamiento de cierta realidad catalanísima, l’avara povertà— que la inclusión como icono de Cataluña del capo de una familia de delincuentes por fas o por nefas. No importa lo que hagas si eres de los nuestros: eso es lo que quiere decir esta curiosa iconología.

Mis esperanzas de que bastaría un largo período en que los catalanes sensatos hicieran ver a los independentistas su error político y sobre todo social se han desvanecido por completo. Llevan demasiado tiempo obteniendo resultados favorables con su raca-raca para que volver a la razón y a la lógica sea algo que contemple su imaginación. Van a tratar de seguir con la misma música. Ho tornarem a fer, decía desafiante ante sus jueces uno de esos “dirigentes” que han llevado a sus propias gentes al abismo.

De modo que están profundamente equivocados, además de ser institucionalmente estúpidos, gestos como el de esa alcaldesa de Barcelona que cuelga el lacito amarillo de un balcón del Ayuntamiento de la ciudad y que permite propaganda política del independentismo en bienes de propiedad municipal. Ignora a la mitad de los barceloneses que piensan —pensamos— que la prisión preventiva para unos políticos golfos que engañaron a sus seguidores haciéndoles creer que la independencia catalana estaba al alcance de la mano, que además han enfrentado socialmente a la mitad de los catalanes con la otra mitad, y que de rebote han suscitado el renacimiento del nacionalismo fascista españolista —cosas, las tres, que no están tipificadas en el código penal— bien merecen de por sí una prolongada estancia en la cangrí, pues por fortuna han pasado los tiempos en que por menos de eso se fusilaba o se guillotinaba. Que además hayan cometido delitos contra la seguridad del estado es civilmente menos importante que lo anterior. Hay que dar las gracias, pues, a los magistrados del Tribunal Supremo, por anticiparles una larga temporada de reflexión. De momento, la descuentan.

Volviendo a la alcaldesa barcelonesa, la estulticia del lacito y la propaganda no hace más que prolongar una cadena de estupideces. ¿Recuerdan cómo inició su mandato, queriendo eliminar la nomenclatura monárquica de la ciudad? En vez de memoria histórica, borrar la historia. Sólo ha conseguido retirar, algo es algo, la estatua de Antonio López, el negrero. La de Cambó, financiador de los bombardeos italofranquistas sobre Barcelona, sigue en la misma calle y ella tan pancha.

Y no digamos nada de las ocurrencias de la alcaldesa: rompe con el Psc y ahora tiene que irle con sonrisas a Collboni. A Valls ni le agradece los votos que la han hecho institución. Tampoco ha sido cortés con el Jefe del Estado —eso parece muy progre (en el sentido que tiene ahora la palabra progre), pero es tirar piedras sobre el propio tejado—. Seguramente ha recibido una educación mediocre y por eso no distingue entre su posición personal como vecina (nada se opone a que cuelgue lacitos amarillos en el balcón de su casa) y su posición como alcaldesa. Su dotación política, atesorada cuando se contraponía de verdad a los desahucios, no dará para un tercer mandato. Para eso ella y quienes la apoyan tendrían que ponerse las pilas, esto es, ponerse al servicio de los vecinos sin distinción, ayudando a los más necesitados, sí, pero también levantando la moral de los barceloneses en el plano simbólico, hecha unos zorros por el empecinamiento independentista de esos convecinos que no van a ninguna parte. Lo malo es que ni saben por donde empezar, y tratarán de distraer a los barceloneses con el dichoso tranvía por la Diagonal (¿no sería más práctico por el puerto y la estación de Sants?).

Lo que no tiene nombre es que la alcaldesa, a pesar de su apoyo a la petición de libertad para los famosos procesados, haya tenido que soportar los insultos soeces, sexistas, cargados de mala fe, de los independentistas congregados ante el Ayuntamiento. Eso les ha retratado. Que la alcaldesa electa se haya visto en semejante trance no es en absoluto de recibo. En esto tiene todo el apoyo de quienes en otros planos no estamos de acuerdo con ella. ¡Vergüenza para ERC!

27/6/2019

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