Coronavirus, vertederos y otras catástrofes

Cuaderno de augurios: 7

Albert Recio Andreu

En las últimas semanas, las páginas salmón de economía parecen haberse trasladado a la sección de sucesos. Los habituales comentarios sobre beneficios, ventas e inversiones se han visto sobrepasados por una sucesión de catástrofes que obligan a mezclar lo convencional con cuestiones habitualmente marginadas: la salud, el clima, la contaminación. Puede que todo sea una casualidad, que la acumulación de sucesos sea solo una mala racha aleatoria, pero estos hechos nos dicen mucho de los problemas de la economía actual, y en este sentido merecen ser analizados.

Covid-19

En pocos días este nuevo coronavirus se ha convertido en la mayor fuente de pánico mundial. Resulta en verdad algo sorprendente dados el volumen de afectados y la tasa de mortalidad. Quizás el miedo esté en la ausencia de vacuna o en el potencial de transmisión, pero si se atiende a lo que hasta ahora han anunciado las instituciones sanitarias no parece que este sea un peligro letal, especialmente cuando se compara con pandemias como el ébola o el sida. Sin embargo, sea un peligro colosal o no, lo cierto es que está consiguiendo que se bloquee una parte de la economía mundial: suspensión de grandes eventos como el Mobile World Congress, problemas en las cadenas de suministros industriales y en el transporte aéreo, caída de las bolsas. No tengo conocimientos suficientes para dilucidar el impacto sanitario, pero lo que resulta patente es que la dinámica económica que ha generado la epidemia nos dice muchas cosas acerca del funcionamiento de la economía mundial.

En primer lugar, el origen del virus parece estar en algún fallo de la cadena alimentaria. No es la primera vez que ocurre. En este caso, es más el resultado de la falta de higiene en procesos tradicionales que un producto de la alimentación industrializada (como ocurrió en el caso de las vacas locas). Es una muestra de que la cadena alimentaria puede tener muchos puntos de tensión.

En segundo lugar, todo apunta a que estamos ante un caso de sobreactuación por parte de agentes importantes, tanto públicos como privados. La radical respuesta de las autoridades chinas más bien ha inducido al pánico que a otra cosa. Forma parte de un estilo de gobierno en un país donde las decisiones autocráticas y los giros políticos bruscos tienen una larga tradición. A esta primera reacción respondieron otros países y, sobre todo, las grandes multinacionales tecnológicas cuando decidieron desapuntarse en cadena del Mobile. Una vez que se produjeron los primeros anuncios de renuncia (la coreana LG y la sueca Ericsson), estaba cantado que el proceso sería imparable. La dinámica del “follow the leader” o el temor al “tonto el último” fue, una vez más, inexorable.

Tengo dos hipótesis para explicar esta desbandada. Una, la que considero más plausible, es la que atribuiría a la responsabilidad social corporativa (RSC); la otra, más “conspirativa”, es la de la lucha competitiva. La RSC forma parte de las políticas publicitarias con las que las grandes empresas intentan a la vez legitimar su actuación y eludir regulaciones serias de sus negocios. Basta visitar las páginas web de la mayoría de las empresas para observar que esto forma parte del modo de actuar en la fase actual del capitalismo (todas las empresas publicitan su compromiso social y ecológico; en cambio, a menudo es imposible entender bien cuáles son sus actividades específicas, dónde están sus plantas y cuáles son sus proveedores básicos). El Mobile, al fin y al cabo, es un escaparate, y anunciar que no se va a participar en él para preservar la salud de los empleados puede constituir un ejemplo de actitud responsable, sobre todo cuando se trata de proteger la salud de grandes directivos. Estas mismas corporaciones, en cambio, suelen esconder y despreocuparse de las condiciones laborales y de salud en las plantas productoras, habitualmente subcontratas (véase, por ejemplo, este artículo). Y es que la RSC va en parte de esto, de dar la sensación de una implicación social para evitar cambios profundos en las lógicas de actuación real. La segunda posibilidad es que la estampida haya sido provocada por las empresas que tenían menos novedades que ofrecer, una pequeña batalla en la lucha global por el monopolio tecnológico. En toda la historia de las TIC, hasta ahora siempre se ha acabado convergiendo en un estándar dominante (algo que ya vivimos con el vídeo y los procesadores de textos, y que ahora se plantea para el 5G). Lo más seguro es que haya un poco de todo y el Covid-19 haya sido el Pisuerga que ha permitido a unos y otros jugar a sus batallas de imagen y guerra interempresarial. Con ello han contribuido a generar la percepción de que estábamos ante un problema de salud de gran envergadura.

Una vez que el miedo se ha desatado, ya está en marcha una cadena de efectos que muestran la enorme fragilidad de la estructura económica mundial. Los cierres de fábricas impuestos por las autoridades chinas bloquean cadenas de suministro mundiales; los controles y el miedo a la infección afectan al turismo mundial y a las compañías aéreas; las bolsas de todo el mundo, siempre tan histéricas y pendientes del corto plazo, responden a la baja... Lo evidente es que un sistema productivo tan especializado e interdependiente tiende a magnificar los problemas locales y se muestra incapaz de desarrollar mecanismos de neutralización de los problemas. Si una epidemia aparentemente de menor virulencia posee esta capacidad de alterar toda la dinámica económica y generar tanta sobreactuación, podemos temer lo peor cuando el factor disruptor sea de mayor potencia (por ejemplo, del tipo de una crisis de suministro energético como la sugerida por Quim Sempere). Y es que el conjunto de la estructura mundial es al mismo tiempo enormemente compleja y brutalmente frágil, incapaz de hacer frente al tipo de problemas que plantea la crisis ambiental en sus variadas facetas. Por el contrario, algunas de las estructuras básicas del modelo, como el sistema financiero, tienden a amplificar la inestabilidad y la magnitud de los problemas.

Esto, que vale para el conjunto, tiene una incidencia específica en ámbitos geográficos concretos, como el que ha afectado a Barcelona con la crisis del Mobile; una crisis que nos da la razón a los que llevamos tiempo denunciando que la creciente especialización turística de la ciudad agrava la vulnerabilidad de la economía local (más allá de los numerosos costes sociales negativos que la actividad genera en multitud de ámbitos: expulsión de residentes, burbuja de alquileres, sobreocupación del espacio público, precarización del empleo, contaminación provocada por cruceros y aviones...). Si la suspensión de un evento de pocos días tiene un impacto tan fuerte, cabe esperar lo peor si esta crisis se expande al conjunto del flujo turístico en los meses venideros.

La dependencia que el MWC genera en Barcelona va mucho más allá de su impacto en la industria turística local. Para las élites de la ciudad, incluidos los medios de comunicación locales, constituye uno de los iconos globales de la ciudad (como el Barça o la Sagrada Familia), y en aras de mantener viva esta imagen de éxito se ha desarrollado toda una conciencia acrítica sobre los impactos de las nuevas tecnologías en general y la telefonía móvil en particular; una visión acrítica que impide desarrollar el tipo de debate sereno sobre los impactos de la expansión del 5G en la salud que está teniendo lugar en otras ciudades del mundo. Es precisamente la implantación descontrolada de tecnologías y actividades económicas impulsadas por grandes multinacionales uno de los factores que conducen a la fragilidad y peligrosidad de nuestro modelo productivo.

Vertederos y residuos

La segunda catástrofe ha sido más local, pero igualmente significativa de los peligros y problemas de la economía moderna. El derrumbe y posterior incendio del vertedero de Zaldíbar, que provocó la muerte de dos operarios y una fuga de contaminantes (furanos, dioxinas), aunque local, no es un tema menor. En diciembre una explosión en una planta de tratamiento de residuos en Montornés del Vallès acabó provocando una contaminación letal del río Besós, provocada por la enorme cantidad de agua que los bomberos tuvieron que emplear para evitar que el incendio se propagara a otras plantas del entorno y se produjera una explosión química de gran impacto.

Ambos casos son significativos de la peligrosidad de los residuos, de los problemas que entraña tratar un conjunto de subproductos que la naturaleza no puede reciclar, que se expanden al ritmo del crecimiento económico y que después nadie sabe cómo tratar adecuadamente. La de los residuos es una industria marginal (siempre lo ha sido el tratamiento de la “mierda”), sujeta a menudo a menos controles de lo deseable, porque todo el mundo que interviene suele saber que no hay una forma limpia de hacerlo.

El caso de Zaldíbar, por ejemplo, ha servido para poner de manifiesto cuestiones tan crudas como la existencia de importantes cantidades de amianto. Hace años que se sabe del peligro de este producto, usado en el pasado de forma profusa como aislante ignífugo y como producto de construcción (la uralita símbolo de las infraviviendas). Sin embargo, se ha hecho poco para eliminarla porque nadie sabe muy bien cómo hacerlo. En una muestra más de cómo beneficios privados acaban convirtiéndose en costes colectivos, Coemac (la antigua Uralita) acaba de declararse en quiebra por no poder pagar las indemnizaciones que han fijado los tribunales. Un ejemplo más de un marco institucional que vuelve irresponsables a los que se benefician de actividades que acaban por ser enormemente lesivas para el conjunto de la sociedad. Y también hemos sabido que Euskadi en su conjunto es incapaz de almacenar y tratar la mayor parte de los residuos peligrosos que genera su industria, por lo que acaban por ser exportados; otra forma de quitarse el muerto de encima y despreocuparse de las consecuencias. El sector de tratamiento y reciclaje actual, simplemente, lo que hace es ayudar a camuflar un problema endémico del actual modelo industrial, generando a su vez nuevos problemas de contaminación. (El pasado fin de semana, el movimiento vecinal del área del Besós, que agrupa a muchos de los barrios con menor renta de la metrópolis barcelonesa, organizó unas jornadas sobre problemas comunes en las que una de las cuestiones fue la de la contaminación, en cuyos problemas locales sobresalen la de dos plantas que incineran residuos.)

Parte del nuevo discurso del capitalismo “ecologizado” es el de la economía circular. Se trata de una idea hasta cierto punto aceptable —la de que los residuos se conviertan en materia prima de la nueva producción evitando la generación de residuos y las necesidades de extracción de nuevas materias—, pero es un discurso limitado por dos razones. La primera es que una economía circular es incompatible con la idea de un crecimiento económico sostenido que requiere de la aportación creciente de unos nuevos recursos externos (por lo que deja de ser circular) que en muchos casos son inexistentes. La segunda es que permitir el reciclaje completo requiere asimismo un tipo de productos que sean totalmente descomponibles en sus elementos iniciales y procesos materiales totalmente reversibles, algo que parece poco realista en muchos procesos químicos y en muchos productos “complejos”. El reciclaje, además, requiere inevitablemente un flujo energético adicional. Si de verdad hubiera una apuesta seria por la circularidad, debería exigirse que todo nuevo producto que saliera al mercado contuviese en su diseño la posibilidad de esta circularidad. En ausencia de este cambio, lo que es cierto es que la generación de residuos, muchos de ellos directa o indirectamente peligrosos, seguirá siendo una constante del modelo industrial y que es necesario poner especial énfasis no solo en las políticas de reducción del uso de materiales y energía, sino también en un mayor control de todo este “pozo negro” que es el tratamiento de residuos.

Y más

Podríamos seguir: por ejemplo, el Gloria y su brutal impacto sobre el litoral mediterráneo (ya golpeado por tormentas anteriores), que pone en cuestión el modelo de urbanización del litoral y de gestión de los cauces fluviales, y la explosión de Iqoxe en Tarragona (uno más de los muchos percances generados por el primer sector de exportación de Catalunya). Pueden entenderse como fenómenos aislados entre sí pero que, desde otra óptica, nos ofrecen una buena perspectiva del actual modelo de gestión económica.

Este inicio de año nos aporta numerosos indicios del tipo de crisis que pueden proliferar en los próximos años. Plantean la enorme inestabilidad económica y social de una organización económica basada en la hiperespecialización territorial y la altísima densidad de flujos de mercancías, dinero y personas (sobre todo turistas y participantes en eventos globales, la parte rica de la humanidad). Avisa de los enormes impactos ambientales del modelo productivo actual, de su peligrosidad y de su insostenibilidad. Muestra que las respuestas propagandísticas elaboradas por los grandes grupos económicos enmascaran la realidad y pueden conducir incluso a respuestas que agraven los problemas (como la histérica reacción ante el Covid), y en todo caso impiden a mucha gente tener un conocimiento cabal del problema.

Todo esto lo sabemos. Mucha gente lleva largo tiempo denunciándolo, y muchos apuntan al capitalismo como la causa principal del problema. Es necesario pero insuficiente. Desmontar una estructura social tan compleja, una locomotora desbocada, exige mucho más. Exige respuestas globales y políticas concretas que avancen en el proceso de cortocircuitar, reformar y abrir vías de cambio a muy diferentes niveles. O sea, no solo criticar sino también ofrecer modelos sociales, reformas practicables e iniciativas comunicativas que reorienten las sociedades actuales hacia cotas de igualdad, bienestar y sostenibilidad universales.

27/2/2020

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