Elvira Cámara Pérez y Samuel Martín-Sosa Rodríguez

Cuatro verdades y una mentira tras dos meses de encierro

¿Conoces el reto “cuatro verdades y una mentira” que tanto ha pegado este confinamiento? Te proponemos una versión ecosocial con vistas al futuro, para ver donde nos ha dejado la crisis sanitaria de la Covid-19.

En estas semanas de confinamiento se ha escrito —y hemos leído— multitud de reflexiones desde el análisis ecosocial y ecofeminista en torno a la crisis de la COVID-19. ¿Puede que se hayan escrito más artículos sobre el coronavirus en dos meses que sobre el cambio climático en dos años? Desde luego, pocas veces los cuidados han sido tan nombrados y comprendidos por gran parte de la sociedad como en estos días.

Hemos ido de la desorientación inicial hasta la incertidumbre, y no la que nos produce cambiar de fase, sino la que va más allá; la que arroja un futuro que, si no se hacen las cosas bien, da miedo. A nivel social, esta crisis nos ha hecho cuestionarnos algunos referentes que parecía estaban fuera de toda duda. ¿Sigue valiendo la forma en la que interpretábamos el mundo hasta ahora? ¿Podemos seguir aplicando el mismo diagnóstico sobre el estado del planeta y la sociedad? Y las recetas para una transición a otra forma de vivir, ¿siguen siendo las mismas?

Ahora que entramos en las fases de desescalada hacia lo que han llamado “nueva normalidad” se va disipando la niebla en el camino y, de alguna manera, recuperamos nitidez en la visión. Vamos poco a poco confirmando algunas certezas, aunque a veces nos cuesta distinguir entre verdad y mentira, como en uno de los retos más seguidos durante en confinamiento. Así que, os proponemos un juego: encontrad la mentira entre estas verdades. Vamos allá.

En caso de pandemia, la clase social es un factor de riesgo (y en la crisis socioeconómica que vendrá detrás, también)

Se ha repetido hasta la saciedad que este virus ni entiende de clases sociales, ni diferencia entre personas. Hay bastante verdad, pero también es cierto que hay factores que incrementan las posibilidades de contagio (y su gravedad); entre ellos, la clase social a la que pertenezcas y los recursos (públicos y privados, institucionales y comunitarios) a tu disposición. La crisis sanitaria dejó claro, desde muy pronto, que exacerba vulnerabilidades preexistentes. Se ha cebado en los barrios de menor renta, con cuatro o cinco veces más casos que en los de alto nivel socioeconómico. Está claro que no es lo mismo teletrabajar que tener que acudir cada día a un empleo en el que se pone en riesgo tu salud; o vivir en un piso pequeño donde si hay una persona contagiada es imposible el aislamiento. Las desigualdades sociales tienen un impacto directo sobre nuestra salud y nuestra vida. Son injustas y se podrían evitar.

La industria fósil aprovechará esta crisis para salvarse de la suya

Dejar los combustibles fósiles bajo tierra es la única receta para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. Eso lo sabe hasta el Papa de Roma, otra cosa es que a quienes están en el negocio les interese ponerlo en práctica. Son recursos que se agotan, que cada vez cuesta más trabajo (y dinero) extraer y además, están en el punto de mira: una regulación seria y decidida a cumplir los objetivos climáticos les dejaría fuera del tablero de juego. Su rentabilidad en el mercado es cada vez menor y en gran medida la industria se sostiene gracias a las ingentes cantidades de dinero público que recibe en forma de subsidios diversos. Por si fuera poco, la crisis desatada por el coronavirus ha reducido en un tercio la demanda mundial del petróleo y bajado su precio. Es el mercado, amigo. Pero la industria fósil está muy acostumbrada a que los gobiernos les paguen la fiesta, y no va a renunciar tan fácilmente a ello. No es la única: industrias como la de la aviación o el automóvil también buscan ser rescatadas y varios gobiernos ya lo están haciendo sin condiciones ambientales.

La pandemia ha puesto de manifiesto (todavía más) la vulnerabilidad del sistema

La crisis sanitaria provocada por la irrupción de la COVID-19 es el resultado de un sistema que transgrede los límites planetarios. No ha sido una casualidad, ni un ataque de un enemigo invisible. Debería tratarse como una advertencia de la debilidad de un sistema globalizado, caracterizado por una hipermovilidad e hiperespecialización, que antepone la rentabilidad económica a la vida y que, llegado el momento, ni siquiera es capaz de suministrar las mascarillas que necesitamos. Un modelo que se sostiene en la fantasía de que podemos vivir de espaldas a la naturaleza e ignora la delicada situación en la que nos encontramos. En esta crisis, hemos visto a mayor escala la debilidad de nuestros servicios públicos: el deterioro causado por años de recortes en sanidad, por la privatización de residencias geriátricas y, en general, la precarización e invisibilización de todos los trabajos (remunerados o no) asociados al cuidado de la vida.

La crisis climática y de biodiversidad sigue siendo el mayor reto de la humanidad

La COVID-19 ha desplazado a la emergencia climática de las noticias, pero la crisis climática y de biodiversidad no ha desaparecido y sigue su curso. Al mismo tiempo que una tercera parte de la población mundial estaba confinada en casa, en el mes de abril se alcanzaban las temperaturas más altas para ese mes desde que hay registros. Algunos estudios apuntan que las emisiones de gases de efecto invernadero caerán en torno al 5% por el parón económico, y sin embargo la ciencia indica que es necesario reducir a un ritmo aún superior. Y además, estas reducciones se están produciendo impuestas por las circunstancias sin ningún tipo de planificación y consideración hacia la justicia social y climática. Por su parte, la ciencia muestra como la destrucción a marchas forzadas de la biodiversidad está detrás de la multiplicación de pandemias víricas en los últimos 30 años. A pesar de ello, las amenazas se multiplican cada día, poniendo en riesgo la resiliencia de los ecosistemas y las bases materiales de la vida. La crisis del coronavirus, por increíble que parezca, se queda pequeña comparada con la magnitud de estas crisis sistémicas, por lo que sacarlas de la agenda política es como hacer la táctica del avestruz.

Esta crisis marca un punto de inflexión hacia la transición ecosocial

A priori, un vistazo histórico a lo ocurrido tras crisis pasadas no permite ser halagüeño respecto al devenir ecológico. Tras la crisis de los años 30 se disparó el consumo de petróleo y comenzó el proceso conocido como la “gran aceleración”, que multiplicó los impactos de la actividad humana en la naturaleza. La crisis económica y financiera de 2008 fue el preludio de una nueva aceleración de la emisión de gases de efecto invernadero; a pesar de que los gobiernos para entonces ya llevaban casi dos décadas golpeándose en el pecho sobre la necesidad de descarbonizar la economía. Sin embargo, esta crisis es diferente, porque la percepción social hacia los impactos sociales y ambientales de nuestro modelo económico ha cambiado. Las numerosas manifestaciones de los últimos meses en relación a la emergencia climática demuestran que este cambio ya está en marcha; y estos días en que hemos visto animales silvestres colonizando las calles de pueblos y ciudades han decantado la balanza hacia la convicción general de la sociedad de que por este camino vamos hacia el abismo. Existe hoy un clamor popular mayoritario a favor de un cambio de modelo que exige poner la vida en el centro y abandonar un sistema guiado por la avaricia que deja a cada vez más gente atrás. Un clamor que ya está de hecho forzando cambios políticos para virar el rumbo de forma drástica. En definitiva, la crisis ha sido la puntilla que está permitiendo colocar las piedras de esta nueva senda que ya estamos empezando a recorrer.

¿Has adivinado la mentira?

No hay que confundir los deseos con la realidad. La crisis del coronavirus solo será una oportunidad política si así se disputa. Y disputar los cambios sistémicos necesarios para hacer posible otro mundo, requiere de una presión social sin precedentes que hoy (aún) no existe. Requiere no de una marea sino de un tsunami en defensa de los servicios públicos. De un clamor popular en favor de una transición justa hacia otros empleos y hacia actividades económicas que tengan en cuenta los límites planetarios. Asumir de forma colectiva la justicia social y climática como marco narrativo de referencia. Es necesario un esfuerzo titánico por redimensionar dentro de esos parámetros todas las esferas de la sociedad. Ni de lejos los cambios vendrán solos. La tarea es enorme, pero ¿qué mejor proyecto colectivo que un futuro que no deje a nadie atrás?

 

[Fuente: El Salto]

26/5/2020

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