Laia Soldevila

Entrevista a Lourdes Benería

Entrevista a la economista feminista para hablar sobre desigualdad de género, crisis económica y propuestas para situar la vida en el centro.

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Parecía que detener la economía capitalista era imposible pero, durante los meses de confinamiento, una parte importante del ámbito productivo no se pudo desarrollar.

La dimensión del parón ha sido, efectivamente, muy grande. Necesitaremos tiempo para ver en qué se traduce, pero ya hay quien habla de una caída respecto al año pasado de entre el 8% y el 12% del producto interior bruto español.

En cambio, el ámbito reproductivo, el que se dedica a las tareas del hogar y al cuidado de niños y personas dependientes, no solo no se ha detenido sino que ha sido percibido como más imprescindible que nunca.

Sí, y esto ha afectado más a las mujeres porque son las que cargan con el peso de la gestión familiar y del hogar. Según datos de la Cámara de Comercio, las mujeres hacen, de media, casi dos horas más de tareas del hogar respecto a los hombres. A escala mundial, es mucho peor. La ONU Mujeres dice que el 75% del trabajo doméstico no retribuído lo hacen ellas. Con los años, estos porcentajes se han reducido porque algunos hombres se han hecho más conscientes de su necesaria implicación. Pero, de momento, la cifra no se acaba de revertir.

Hay previsiones, como las del World Economic Forum, que dicen que las mujeres son las que saldrán más malparadas de la crisis que empieza. Esto ya pasó en 2008. ¿Qué aprendimos?

La importancia del trabajo femenino para el sostenimiento de las familias. El 2008 la tasa de paro de las mujeres aumentó mucho. Muchas de ellas tuvieron que reducirse la jornada laboral o tuvieron que dejar los trabajos fuera de casa para atender tareas de cuidado. Lo que pasó entonces fue una copia de las crisis que vivían muchos países de América Latina durante los años 80 y 90. Las políticas de ajuste estructural que, como aquí, recomendaban organismos como el Banco Mundial no eran neutras respecto al género y tenían efectos muy negativos para las mujeres. Los recortes de servicios públicos las afectaban directamente y ahora puede volver a pasar el mismo.

Precisamente la economía feminista quiere superar la visión androcéntrica de los análisis económicos. A pesar de que el término no surgió hasta principios de los noventa, muchas economistas trabajáis en esta dirección desde hace más tiempo. ¿Crees que se han conseguido cambios en el modo de ver económico?

Dentro de la economía feminista hay diferentes visiones sobre la economía. Desde las liberales, que ponen el acento en la igualdad de género sin cuestionar el sistema económico, hasta las más progresistas, que creen que un cambio de sistema nos llevaría más fácilmente a la igualdad. Por lo tanto, el análisis de hasta dónde han llegado las aportaciones que ha hecho la economía feminista dependerá de cada una de estas visiones, aunque creo que hay algunos hitos compartidos.

Por ejemplo?

Se ha conseguido cambiar nuestra visión de la división del trabajo entre hombres y mujeres. El concepto rígido de qué tenía que hacer una mujer (ama de casa) y un hombre (aportar dinero) ha cambiado radicalmente, o por lo menos ya no tenemos aquel modelo que situaba a las mujeres en una posición de subordinación. También ha cambiado nuestra definición de economía, al poner en el centro de sus objetivos la vida de todas las personas y su bienestar, y no el crecimiento del PIB (a escala macro) o la obtención del máximo rendimiento (a escala micro). Además, pienso que la economía feminista también ha puesto de relieve la economía de los cuidados como un aspecto fundamental para conseguir la igualdad de género. El problema de los cuidados es un obstáculo con el que siempre se topa si buscamos la igualdad. Y, finalmente, creo que ahora muchas economistas feministas trabajan en cuestiones de ecología porque es una manera de poner la vida en el centro de nuestras preocupaciones. Hasta hace poco, no era una cuestión prioritaria dentro de la economía feminista, pero por fin ha llegado ¡y con urgencia!

¿Qué propuestas concretas crees que se podrían hacer desde este ámbito para salir de la nueva crisis sin que ello signifique más desigualdad?

Hay que analizar qué supone para las mujeres trabajar en el ámbito productivo y no dejar de asumir las tareas reproductivas. Lo tenemos que mirar desde la macroeconomía y también desde los presupuestos públicos. Cuando apareció la economía feminista, la macroeconomía no la estudiábamos desde este punto de vista porque nos parecía que no era un tema nuestro. Estudiábamos más las cuestiones laborales y las tareas del hogar. Pero después vimos que era muy importante porque las políticas macro también perjudicaban a muchas mujeres. Con esta mirada amplia, yo veo tres líneas. Primero, promocionar sectores que puedan favorecer el trabajo de las mujeres y tener claro qué industrias ponen la vida en el centro, a las cuales se tiene que apoyar, y cuáles no. Segundo, empujar al estado a proteger cada vez más las tareas de cuidado. Por ejemplo, en España no hay bastantes guarderías, es el país de la Unión Europea que tiene menos. Y, tercero, ayudar y repartir el trabajo en la esfera reproductiva.

Precisamente, en los últimos años muchas familias han externalizado algunas tareas reproductivas que han asumido mujeres migradas de manera muy precaria e invisible. ¿Cómo crees que podemos darles el valor que tienen?

La crisis de los cuidados en España empezó en los años noventa, cuando las mujeres se incorporaron de manera masiva al mercado de trabajo. Su implicación en las tareas reproductivas se pudo reducir porque las asumieron, sobre todo, mujeres latinoamericanas. Ahora se sabe mucho más de ellas de lo que sabíamos, pero todavía faltan datos de todo lo que hacen y de lo que ello implica en el ámbito económico. Es el primer paso para dar valor a su aportación. Les cuesta mucho conseguir papeles y esto hace que vivan situaciones de explotación enorme y que no tengan garantizados algunos derechos. En este sentido, creo que es muy importante organizarse. En el sector de la hostelería y los servicios, donde trabaja mucha población migrada, Las Kellys me parecen un buen ejemplo de cómo han conseguido cambios auto-organizándose y haciendo visible su situación.

Muchas de las demandas del feminismo (corresponsabilidad con los hijos, igualdad laboral, mismos derechos sociales, situar la vida en el centro…) son las mismas que ya se hacían hace cuarenta años. ¿Hasta qué punto han avanzado en la práctica estas reivindicaciones?

¡Se han cambiado muchas cosas! Por ejemplo, hace cuarenta años, contabilizar el trabajo no remunerado era algo revolucionario. Yo lo empecé a hacer en un proyecto para la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a finales de los setenta. Me enviaron en Marrakech a estudiar las mujeres rurales y allá vi que ellas trabajaban tanto o más que los hombres sin que su trabajo se contabilizara en el ámbito productivo. Vi claro que no estábamos haciendo un retrato real de la sociedad. Cuando propuse contabilizarlo, se rieron de mí. Implicaba hacer cosas que no se habían hecho nunca: entrar dentro de casa, ver todo lo que hacían las mujeres y ponerle números. Quienes entonces se mofaban años más tarde trabajan con este punto de vista, para el que muchas contribuimos. El libro Si las mujeres contaran que la política neozelandesa Marilyn Waring escribió el 1987 me parece interesante para entender todo lo que estábamos omitiendo. Decía que era muy triste que los países consideraran parte del PIB la producción de armas y, en cambio, no incluyeran el trabajo no remunerado de las mujeres.

La economía feminista habla de poner la vida en el centro. Pero ¿que implica, esto, exactamente? ¿Qué políticas concretas nos podrían encaminar hacia este escenario?

La renta mínima vital del gobierno español, por ejemplo, creo que es un paso. Las familias tienen un pequeño presupuesto para gestionar y, aunque sé que se han destinado pocos recursos, me parece una manera de empezar a poner la vida en el centro. También es importante que los gobiernos garanticen servicios de salud y de educación de calidad independientemente de la renta. Otra línea es reducir las desigualdades sociales. No es aceptable que haya tantos millonarios acumulando tanto porque no dejan que todo el mundo pueda desarrollarse en condiciones. Hay que transferir capital de las rentas altas a las que no tienen mucho o ningún poder adquisitivo, con impuestos a las multinacionales y las grandes fortunas. A escala internacional, estoy a favor de un impuesto como la tasa Tobin para recaudar capital de las transacciones financieras. También habría que gravar el dinero que va a parar a paraísos fiscales, que es mucho. Si lo hiciéramos al 10%, imagínate todo lo que tendríamos para los presupuestos nacionales...

A la hora de cuidar el sostenimiento de la vida, más que nunca hemos que tener presente el cambio climático, que no deja de agravarse. ¿Cómo afecta esto a los planteamientos económicos del crecimiento ilimitado? ¿Puede representar el fin de lo que denominas el homo economicus o el hombre de Davos?

El homo economicus es el modelo que ha hecho que el capitalismo haya crecido tanto y tan rápido desde la revolución industrial. Es quien toma decisiones solo pensando en las ganancias, sin tener en cuenta los efectos de su actividad sobre los demás. El capitalismo está obsesionado con el crecimiento del PIB sin pensar que en su seno se contempla, por ejemplo, la producción de armas o de productos nocivos para el medio ambiente. Se han extraído productos de la tierra pensando que eran ilimitados, y no lo son. Todos estamos amenazados por el extractivismo. Hemos llegado al límite.

¿Qué salidas tenemos a estas alturas?

A mí me gusta la idea del feminismo que dice que la situación que vive la tierra es otro problema de cuidados. A la tierra, como a las personas, la tenemos que cuidar. La población mundial seguirá aumentando y nos tenemos que preparar para cuidar a la gente que haya y no hacer tanto daño al planeta. Yo era partidaria de un crecimiento constante o un crecimiento cero, de que se utilizaran productos no nocivos para la tierra, etc. Pero ahora veo que no será suficiente. Hemos de programar el decrecimiento.

La economía social y solidaria está atenta a su impacto en la sociedad a todos los niveles: económico, laboral, ambiental, de género… ¿Es una buena alternativa?

El cooperativismo me parece un modelo muy interesante: pretende trabajar de forma cooperativa, repartir el beneficio en vez de acumularlo, tener en cuenta las consecuencias de tu actividad más allá de la propia empresa. Las cooperativas funcionan, y no solo aquí: también son una apuesta en América Latina. Ahora bien, de momento, no son una alternativa que atraiga a los grandes negocios. El mundo todavía funciona de otro modo. Las empresas no entienden que no sólo sirven para hacer negocio, sino que también tienen una función social.

Uno de los libros en los que has participado más reeditados y actualizados es el de Gender, developement and globalization. Género, desarrollo y globalización, tres elementos clave que explican el funcionamiento económico de las tres últimas décadas. ¿Cómo se entrelazan y como han evolucionado?

En los años sesenta no se pensaba que el desarrollo pudiera tener un efecto diferente para los hombres y para las mujeres. Fue la economista danesa Ester Boserup quien estudió los efectos en los países más pobres de Asia, África y América Latina, y corroboró que las mujeres habían salido perjudicadas. Algunas tuvieron que volver a casa cuando ya estaban integradas en la economía productiva, por ejemplo. A partir de entonces, muchas de nosotras nos pusimos a estudiar casos concretos de estos efectos y las políticas fueron cambiando. En los años 80 y 90 los estudios giraron en torno a la globalización.

Fue entonces cuando en muchos países se feminizó la fuerza de trabajo.

Sí, las mujeres salieron de casa en muchos casos por primera vez. Yo lo estudié en las maquiladoras de la frontera entre México y los Estados Unidos. Pero la feminización trajo consigo algunas cuestiones controvertidas, como el hecho de que las mujeres fueras elegidas porque trabajaban a precios más baratos. Ahora estamos en un momento en que no sabemos si se producirá una desglobalización. Si por ejemplo Zara decide cerrar las empresas que tiene en Bangladesh, India, etc., y volver a traer la industria a Galicia, es posible que la fuerza de trabajo de estos países se desfeminice. Si esto pasa, habrá que examinar sus implicaciones, especialmente para las mujeres. —Trad. AGM.

 

[Fuente: Crític]

26/8/2020

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