Monotonía... tras los cristales

José Manuel Barreal San Martín

 

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales

 

... Son los primeros versos del poema "Recuerdo infantil" de Antonio Machado,  que la maestra, ya  jubilada, recuerda en su paseo matinal. Recuerdo que le viene cuando se detiene a contemplar la llamada "nueva normalidad escolar".

Mira con asombro la escena escolar que se abre ante sus ojos. Una fila de niñas y niños, colegiales como los de Machado, todos con la obligada mascarilla, ella también la trae, miden su distancia física con el brazo derecho extendido a tocar el hombro del compañero o de la compañera que tiene cada uno delante.  Por un momento, los recuerdos le vienen con fuerza a la mente. Una escena, que creía perdida en el tiempo, se le aparece como una gran fotografía en blanco y negro, en ella se está viendo cuando era una pequeña colegiala en la escuela nacional y tenía que marcar esa distancia, del mismo modo que ahora contempla a las niñas y niños que esperan su entrada en el colegio. La escena marca una diferencia con la actual. En aquel tiempo, ella con el brazo un poco más levantado, tenía que entonar canciones que no le da la gana recordar. Hoy los niños y las niñas, reflexiona, viven otra vida, otras situaciones menos oscuras que ella.

Volviendo a la realidad que tiene delante, y con gesto dubitativo, observa la monotonía del paso infantil, la poca gracia en el gesto y la seriedad con la que afrontan la situación  que les viene impuesta por un virus, que a esa edad no les preocupa.

No es una actitud asumida en libertad. Está confeccionada, automatizada. Vienen leídos de casa, también de la propia escuela. Se fija en una niña que pica al compañero que tiene delante, quiere algo..., tal vez  un hola. Pero él, rechaza la invitación a romper el protocolo. Es así. El virus lo exige y la salud, también.

Y en el aula, ¿cómo se desenvolverán?, se pregunta. A la luz de algunas noticias y fotografías de prensa, sabe que todos tienen que estar mirando al frente, dándose la espalda. Igual que en aquella escuela que hace unos minutos rememoraba, donde la colaboración entre los niños y las niñas, era nula y hasta perseguida. La solidaridad se rompe con la organización frontal en el aula.

En su época de actividad como maestra ella y  algunos compañeros y compañeras, cuestionando la organización del aula insolidaria, rompían esa frontalidad de las mesas,  en la que la espalda era la referente. Deshacíamos  el "orden establecido", colocando los pupitres bien en grupos, bien en asamblea; hasta su mesa magistral desaparecía, convirtiéndose en una más con el resto. Ahora,  se ha vuelto a  momentos que para nada son ejemplos de escuela incluyente y democrática: prohibido compartir material; lugares previamente asignados en el comedor y autobús escolar; prohibido moverse en el aula. En algunos centros las mesas se han fijado al suelo con tornillos. El recreo, que ahora va de "grupos burbuja", de convivencia estable, los llaman, parece más un velatorio que un lugar de esparcimiento y socialización. Lo de "convivencia", suena más a broma que a realidad. Pero es así. No hay opción B.

Bueno, he salido a caminar, se dice, colocando la mascarilla que a veces se le cae. No es momento para debilidades nostálgicas. Continúa su paseo. Inevitablemente, la realidad la invade. Piensa que la covid-19 está ahí, azotando sin que se le vea un final a medio plazo. Un virus, que se está cobrado cientos de miles de vidas por todo el mundo. Por ello, en su profana opinión, le parece evidente que es preciso tomar medidas y seguro que las normas en la enseñanza son pertinentes, ella no las discutirá. Pero, también le parece evidente el retroceso que se está dando en derechos y libertades. Una regresión que entiende fácil de aplicar por parte de quienes tienen ese poder y el privilegio de hacerlo, es decir el poder político;  pero que siendo así, no debería quedarse en esa facilona acción. Tiene que ir acompañada necesariamente de fuertes inversiones en la sanidad pública. No hay que esperar a que esto pase. Pasó la primera ola y en la actual nos hemos encontrado con lo mismo o parecido: la precariedad de la sanidad.

Hay que volver, lo más inmediatamente que se pueda, a la escuela de las risas; al recreo del juego y de las voces. A la camaradería entre compañeros y compañeras. Al aula activa y no medio moribunda.

Qué diría el maestro Juan de Mairena (piensa la maestra jubilada). Seguro que recurriría a su alumno predilecto y le preguntaría:

—   ¿Comprende usted, señor Martínez?

—   Creo que sí.

—   Salga usted a la pizarra y escriba (la maestra se concede una pequeña licencia), no se resigne al discurso de que ya nada será igual. “Tengo que luchar”.

—   Muy bien, señor Martínez.



22/10/2020

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