Notas sobre el Hirak argelino

Nedjma Benaziza

El rechazo al poder actual en Argelia parece alcanzar niveles sin precedentes; la referencia continua a la palabra revolución, una revolución para cambiarlo todo, ha madurado al hilo de las manifestaciones, y esto a pesar de la desafección hacia la vida política mantenida por el régimen. Esta paradoja de la irrupción de las masas en la escena política merece que nos detengamos en ella para comprender la mutación que experimenta la relación con lo político entre las generaciones jóvenes en Argelia, en el marco del movimiento actual.

Los partidos políticos en Argelia, en particular los que se dice que son de la oposición, atraviesan una profunda crisis: crisis de modelo, profesionalización de la política y separación de las clases populares, crisis ideológica y, por fin, desfase total con respecto a las nuevas formas de compromiso de la juventud e implicación de algunos con el sistema, lo que los ha desacreditado por completo a ojos de los/as argelinos/as. A pesar de la urgente necesidad de una organización del movimiento popular actual, los partidos de la oposición no han demostrado aún su capacidad para acompañarlo. Parece que la vieja forma política de la práctica partidista, heredada del siglo anterior, ya no se adapta a las nuevas características de la sociedad y a las subjetividades de las generaciones más jóvenes y va camino del agotamiento en lo que se refiere a las formas de luchar por una transformación profunda de la sociedad.

Sin embargo, nunca ha sido tan fuerte la necesidad de la práctica política. Desde finales de los años 90, se constata en Argelia un aumento de la protesta social, y numerosos actos de contestación, calificados de «disturbios» en lugar de «revueltas» con el fin de minimizar el alcance del desafío al régimen, han visto la luz: movimiento de la primavera bereber, movilización de las familias de víctimas de grupos armados islámicos y de desapariciones forzadas de la década negra, movimientos de diversos grupos profesionales —docentes, médicos, abogados...—, revuelta de las poblaciones del sur en torno al tema del empleo y el desarrollo y contra la explotación del gas de esquisto, movilizaciones estudiantiles y universitarias, fenómeno de la Harga [emigración clandestina], etc. En paralelo al compromiso partidista, desde hace años se desarrollan múltiples formas de compromiso político: asociaciones, sindicatos independientes, redes de luchas, experimentos diversos, …; las modalidades son múltiples, pero su expansión es evidente. Se prueban, se buscan y se sedimentan múltiples formas de hacer política. Se esbozan alternativas cuyos contenidos encajan y convergen, aunque sin llegar aún a unirse.

Estas nuevas formas de movilización se encuentran hoy en la contestación actual, se ejercen y se manifiestan incluso desde el otro lado del Mediterráneo, en la Plaza de la República en Francia, donde han nacido varios colectivos desde el comienzo del movimiento del 22 de febrero en Argelia.

Estos movimientos sociales deben ser entendidos como una forma de resistencia a las políticas que llevan a cabo quienes ostentan el poder aquí y en otros lugares para hacer pagar a los pueblos las repercusiones y las consecuencias de la crisis multiforme del capitalismo, crisis económica y financiera, social, ecológica y política. Argelia, el país más grande de África y con una riqueza significativa, está hoy en el corazón de esta crisis. El desafío, por tanto, es más que nunca poder trazar una salida a la crisis que rompa con el sistema liberal y capitalista, portador de desigualdades e injusticias.

Sin embargo, a la vez que se produce esta proliferación, estos nuevos modos de participación no evitan la división, la fragmentación, a veces la competencia, incluso cuando sus objetivos son similares. ¿Es este estado de cosas inherente al período histórico en el que nos encontramos —donde lo viejo tarda en morir y lo nuevo se esfuerza por nacer— o es necesario buscar a cualquier precio una convergencia ilusoria? ¿Cómo participan los diferentes y múltiples «ladrillos» elaborados por los movimientos sociales en una construcción plural de un proyecto alternativo?

¿Cómo operar en estas condiciones una recomposición real de la vida política en Argelia, hacia una superación o renovación de la forma y de la práctica partidista? Tras el colapso de los países de Europa del Este y el fracaso de un modelo burocrático que ha dado la espalda al ideal comunista, y ante el auge de la preocupación por la democracia y el respeto por los derechos humanos, ¿es posible reconstruir una utopía y llevar un mensaje de emancipación y transformación social y económica?  

¿Cómo situar la demanda de justicia para las familias víctimas de la violencia ciega, ya sean del poder como de los grupos armados islámicos, en el centro de las luchas actuales y convertirla en una palanca para la construcción de un Estado de derecho, condición insuperable para la construcción de esta democracia tan reclamada, e iniciar un cambio real en la naturaleza del régimen autoritario y depredador? 

En este nuevo contexto histórico, la acción revolucionaria debe hacer que brote lo que está despertando, descifrar y poner al descubierto todos los subterfugios que en este momento despliega el sistema establecido para desviar las luchas e impedir a éstas iniciar una verdadera reflexión para dibujar lo que puede ser la sociedad argelina del mañana. Lo que necesitamos, en efecto, es «detectar los estallidos alegóricos de un estado de cosas diferente, la maduración imperceptible y hasta inmemorial de las semillas del tiempo, las erupciones subliminales y subterráneas de formas de vida y de relaciones sociales completamente nuevas» [1], para liberarnos de la obsesión por el presente, para imaginar otro futuro y empezar a ponerlo en marcha a través de luchas en lo posible coordinadas. 

Por «una visión de lo político encantada por la utopía», tal es el lema del Manifiesto de los nueve intelectuales antillanos, de enero e 2009, en medio de la huelga general de Guadalupe. También será nuestro leitmotiv.  

Retomando los términos de este magnífico Manifiesto:

«Apelamos por tanto a esas utopías en las que lo Político no se reduzca a la gestión de miserias inadmisibles ni a la regulación de las brutalidades del "mercado", sino que encuentre su esencia al servicio de todo lo que confiere alma a lo prosaico, yendo más allá o instrumentalizándolo lo mínimo posible.

Apelamos a una política con altura de miras, a un arte político, que instale al individuo, su relación con el Otro, en el centro de un proyecto común donde reine lo que la vida tiene de más exigente, más intenso y más brillante, y por tanto más sensible a la belleza.» 

Nota:

[1] Fredric JAMESON, «L’utopie comme méthode», en Stathis KOUVÉLAKIS, Y a-t-il une vie après le capitalisme?, París, Le Temps des cerises, 2008, pp. 179-191 [N.d.T.: Disponible también en https://www.contretemps.eu/utopie-methode-jameson/]. 

8/10/2020

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