Sube la tensión

Albert Recio Andreu

Hay una tensión latente bajo las mascarillas y los confinamientos. Se puede observar siguiendo las redes sociales. Tiene grados y motivos diversos. Hay muchas razones que la generan. No es necesariamente un cabreo político, si bien hay sectores de la derecha que simplemente no pueden soportar la mera existencia de un Gobierno de izquierdas, aunque sea tan moderado como el actual. Pero esta es simplemente una parte inevitable.

La tensión a la que me refiero es la que tiene que ver con la marcha de la pandemia; con el brutal cambio que ha supuesto para la vida cotidiana de mucha gente; con el cierre de establecimientos de los que dependen los ingresos de mucha gente; con las colas en los centros de la salud; con las personas que no pueden comunicarse con sus familiares confinados en residencias; con la incertidumbre sobre el futuro del empleo, que afecta a mucha gente; con el miedo a la nueva oleada de desahucios y el hambre; con la sobrecarga de trabajo y la falta de medios en los centros de salud y los centros escolares; con el aislamiento social. Todo el mundo tiene alguna razón para el cabreo, aunque las causas inmediatas que los alimentan son muy variadas, y se entrelazan con las desigualdades sociales. Hay también miedo, sobre todo entre la gente mayor.

En este cabreo hay razones objetivas: el deterioro y las carencias de los servicios públicos, la inseguridad económica, la salud. Otras tienen que ver con la dificultad de entender la fragilidad de nuestra vida cotidiana, de nuestra entera organización de la vida y la economía; con el desconocimiento de las mil y una anomalías que pueden “gripar” su funcionamiento; con las pulsiones de una sociedad consumista en la que aparentemente todo tiene una respuesta fácil, casi inmediata, a corto plazo. Una sociedad cada vez más configurada por las grandes plataformas, las Amazon, las Facebook, las Google que ofrecen respuestas inmediatas a caprichos y preguntas. Seguramente, un estudio sociológico bien hecho mostraría que las razones de la tensión son diferentes según los grupos sociales, las edades y los niveles culturales, pero su efecto agregado puede ser peligroso.

No se trata sólo de lo que pueda capitalizar la extrema derecha, aunque el peligro no es despreciable. Muchos de los cabreos son incompatibles con las propuestas cazurras de Vox, aunque hay otras que pueden resultarle complementarias. El cabreo puede devenir en explosión virulenta, pero también en pasividad. Traducido en términos de política convencional, puede dar lugar a abstención, a voto de orden y, minoritariamente, a una dispersión del voto hacia opciones de izquierda minoritarias. Y la combinación puede traducirse en una nueva regresión política; una combinación que permitió, por ejemplo, el triunfo de Trump. En otras palabras, puede traducirse también en enormes dificultades para los movimientos y las organizaciones que trabajan y luchan por extender los derechos y reducir las desigualdades e irracionalidades.

Evitar que haya cabreo es imposible; llevamos demasiados meses con nuestras vidas alteradas. Pero sí que es necesario impulsar iniciativas para que esta olla a presión no acabe explotando, y en esto se debe trabajar desde el frente institucional y desde los movimientos sociales.

Algunas cosas son elementales. Las medidas que necesariamente se aplican molestan a mucha gente, y lo que se echa en falta es una explicación que permita entender la racionalidad que hay detrás. No vale decir que son recomendaciones de los expertos, que simplemente se apela a un argumento de autoridad (un argumento al que demasiadas veces recurren los propios especialistas, muy en especial los del área de salud). Es necesario explicar por qué se adopta la medida, qué se espera conseguir con ella. Compartir las dudas propias. Ya sabemos que esto no lo van a hacer ni Díaz Ayuso ni el Govern provisional que tenemos en Cataluña, pero sí que lo debería hacer la izquierda allí donde gobierna. Reducir el cabreo exige compartir la reflexión sobre lo que se está haciendo.

Existe también la necesidad de minimizar los costes, especialmente para la enorme masa de damnificados sin grandes ingresos. Algunas cosas, como los ERTE, han funcionado, pero han dejado fuera a mucha gente. Y se ha constatado que falta músculo organizativo para dar respuestas con la rapidez que requiere la situación. Mejoras en los servicios públicos y en los sistemas de protección son tan urgentes como esenciales para combatir el malestar.

Los movimientos sociales debemos esforzarnos en difundir racionalidad, en nuestros discursos y en la organización de la necesaria solidaridad. Luchar contra la entropía social que generan el confinamiento y la crisis. Desarrollar respuestas cooperativas que palien tensiones y canalicen las respuestas hacia las transformaciones sociales que pueden efectivamente minimizar los efectos de esta crisis global (por el espacio y por la cantidad de cuestiones afectadas). Hemos llegado muy frágiles a esta pandemia, pero no podemos dejar de trabajar para que la oleada de rencor que se está cociendo acabe por sepultarnos.

30/10/2020

Sitio elaborado con Drupal, un sistema de gestión de contenido de código abierto