Viviremos peor que nuestros padres

Cuaderno pandémico: 1

Albert Recio Andreu

1. Recopilatorio y justificación 

Desde la crisis de 2008, tengo la costumbre de presentar mis notas económicas como parte de un cuaderno bianual. Mera costumbre. Al principio, darles nombre era sencillo, pues apuntaba a las diferentes fases de la crisis. Hace dos años, los principales analistas económicos daban la crisis por superada. Pero había mucha incertidumbre en el ambiente, debido a la proliferación de puntos de tensión que podían provocar una nueva sacudida. Por prudencia no aposté por ninguno de ellos, sino que decidí nombrar a mi cuaderno ‘de augurios’, indicando que estábamos ante un campo minado de malos presagios, sin un punto de acuerdo sobre los más probables. Ello se debe a que una cosa es detectar una falla sistémica y otra saber cuándo ésta se activará (lo explicó muy bien el economista norteamericano Lester Thurow en su obra Corrientes peligrosas, de 1983). Y, al final, la nueva crisis la detonó una causa imprevista, pero no improbable: la pandemia del coronavirus. 

Pestes y pandemias han ocurrido a lo largo de la historia. Pueden considerarse parte de la interacción de la especia humana con su entorno. Pero la actual pandemia del coronavirus, su rápida expansión, las reacciones que ha provocado, y sus impactos sanitarios, sociales y económicos, han estado mediados por la particular estructura económica e institucional de las sociedades capitalistas. En gran medida ha significado un chequeo a la capacidad de adaptación ante una dinámica dramática. Es una primera entrega de lo que puede ocurrir cuando se planteen otras previsibles situaciones de crisis. Por eso, al final he optado por titular el nuevo cuaderno con el adjetivo pandémico. No sólo porque la pandemia sigue presente, con inquietantes rebrotes. También porque lo vivido en ella, en cierta medida, prefigura lo que ocurrirá en los próximos años. 

2. Una crisis persistente 

La crisis económica de la pandemia tiene un origen diferente a las anteriores. En la mayoría de crisis, el detonante es el propio funcionamiento de la economía capitalista, con especial importancia de la actividad financiera. La crisis económica actual se originó por las medidas adoptadas por los gobiernos para frenar la expansión de la pandemia cerrando temporalmente una buena parte de la actividad económica corriente. Es posible que si no se hubieran tomado estas decisiones la propia pandemia hubiera acabado generando una situación parecida (por ejemplo, con una elevada incidencia de muertes y contagios, actividades como el turismo se hubieran resentido de todas formas), pero es difícil saber si el impacto hubiera sido el mismo. Por otra parte, el parón gubernamental ha sido desigual, debido tanto a las presiones de los sectores empresariales afectados como a las propias dudas de los Gobiernos sobre el impacto económico y social. En todo caso, el hecho de que el parón hubiera sido decretado desde arriba, fuera del ámbito empresarial, generó el convencimiento que bastaba con controlar la enfermedad a niveles tolerables para que la actividad económica recuperara rápidamente su tono anterior. Y, por tanto, todas las demandas de los sectores empresariales han estado orientadas a buscar soluciones sanitarias inmediatas (las vacunas) y a una regulación que les exima de responsabilidades en caso de agravarse la situación. 

Hay que reconocer que, en parte, este planteamiento ha funcionado. La rapidez en la producción y distribución de las vacunas podría considerarse un éxito sistémico, al que han cooperado muchas instituciones de investigación sin ánimo de lucro, grandes empresas (no sólo farmacéuticas, la logística ha tenido un papel importante) y los sectores públicos de diversos países. Un éxito que tiene una importante cara B, tanto en la desigual distribución de la vacuna (que expresa muy bien la naturaleza de un orden internacional desigual) como en las prácticas monopolísticas de las empresas productoras. La mayoría de actividades han recuperado su anterior nivel, aunque persisten fuertes tensiones en aquellas más afectadas por la movilidad de personas como el turismo internacional. Se trata de una recuperación que afecta de forma muy desigual a sectores, países y grupos de personas y que, sobre todo, tiene muchas interrogantes abiertas. 

En el plano macroeconómico sobrevuela la cuestión de la deuda pública y privada. El endeudamiento privado está en el núcleo de muchas crisis capitalistas. Y el endeudamiento público se convierte en un problema para todo el mundo cuando los liberales exigen políticas de ajuste, como ocurrió en 2010. El endeudamiento público ha sido la contrapartida de las políticas de sostenimiento de rentas y del gasto orientado a atajar la crisis sanitaria. En muchos casos, estas políticas han resultado insuficientes. Por su propia configuración, las políticas de soporte social han dejado fuera a bastante gente, la que tiene un estatus social más precario: inmigrantes irregulares, personas con empleos irregulares que no permiten el acceso a determinadas prestaciones, etc. Y los gastos de la pandemia se han mostrado insuficientes para mantener en buen funcionamiento unos servicios públicos que ya venían golpeados por los sucesivos recortes y privatizaciones. En este contexto, una nueva tanda de políticas de ajuste sería demoledora. La única forma de hacerle frente es planteando la necesidad de una reforma fiscal que mejore a la vez la recaudación y la justicia distributiva, y un replanteamiento tanto de las políticas de bienestar (en una orientación más inclusiva) como de las relaciones entre actividad pública y empresa capitalista. 

Los mensajes más optimistas están chocando con otro de los muchos problemas de una economía mercantil. La recuperación está siendo frenada en muchos sectores por falta de suministros básicos. Hay varias razones para que ello pueda ocurrir, aunque habitualmente escapan a muchos economistas teóricos porque sus modelos no contemplan, entre otras cosas, que la producción requiere tiempo. La visión dominante es, de hecho, la de una economía inmaterial que basa su análisis más en el comportamiento de las bolsas que en la actividad real. Ahora que hay otro problema no previsto, se trata de buscar un culpable externo. De nuevo, como con el coronavirus, los malvados son los chinos que se han dedicado a acaparar y nos dejan en la estacada. Es lo habitual: cuando el mercado no funciona como esperan sus defensores, el fallo es provocado por alguien externo: el Gobierno, los sindicatos, los trabajadores, los chinos, etc. 

Hay, en cambio, muchas razones para que estos problemas se produzcan, aunque según su origen serán más o menos graves. La más simple es que cuando la producción se ha parado cuesta tiempo recuperar el nivel de actividad. En muchas ocasiones, además, las crisis provocan que las empresas o las personas que han perdido clientes o empleo se busquen la vida en otra parte y ya no están disponibles para responder a la demanda recuperada. Esto ocurre por ejemplo en la construcción; tras cada crisis profunda, una parte del personal especializado abandona el sector y cuando la actividad se recupera los empresarios se quejan de la falta de personal especializado. Los problemas de coordinación entre empresas se han acrecentado con el modelo productivo implantado en la fase neoliberal, donde la externalización de procesos y el desarrollo de cadenas productivas globales ha generado una intensa trama de centros especializados, ha aumentado la importancia del transporte y la logística. El capitalismo actual está expuesto a problemas parecidos al que padecen los flujos sanguíneos cuando diversas alteraciones provocan la aparición de trombos y derrames. Con esta especialización tan compleja se pretende buscar un ahorro de costes basado tanto en explotar las desigualdades regulatorias de diferentes países (leyes laborales, impositivas, regulaciones ambientales…) como en explotar al máximo economías de escala (plantas especializadas muy grandes que abaratan los procesos de producción). Y, además, en esta política de reducción de costes se pretende una producción sin acumular existencias, lo que refuerza las urgencias para recibir los suministros en el momento preciso. Hace años que este modelo está sobre presión. Lo experimentamos al principio de la pandemia cuando faltaban productos sanitarios básicos y nadie era capaz de producirlos. Tardó tiempo normalizar la situación, y ahora el mismo problema se está repitiendo en muchos otros sectores. 

Cabe aún una tercera posibilidad. La que apuntan los trabajos sobre la crisis energética y la de materiales. Las limitaciones en el suministro de petróleo y la dependencia que las nuevas tecnologías tienen de una serie de metales y “tierras raras” genera enormes tensiones en la producción de una serie de componentes y, en este caso, es probable que anime a procesos de acaparamiento por parte de algunos países y empresas (algo nada sorprendente visto lo que han hecho los países occidentales con el acopio de vacunas). Si es este el caso podríamos estar ante un problema estructural que, si se insiste en responder a la crisis climática con un mero cambio en las tecnologías productivas —sin cuestionar la lógica del crecimiento—, sólo se agravará. Es difícil saber el grado en que los problemas actuales de suministro son coyunturales o hemos entrado en una nueva fase de la crisis ecológica en la que se manifiesta una carencia de materiales. Para los economistas formados en la vieja tradición marxista es difícil responder de forma tajante a esta cuestión vista la experiencia de principios del siglo pasado, cuando prominentes autores estaban convencidos que el derrumbe del capitalismo era inminente y no había forma de generar nuevos procesos de acumulación. Es una cuestión de prudencia en el corto plazo, aunque es obvio que la posibilidad de mantener indefinidamente un modelo de producción y consumo como el actual es imposible y en algún momento la crisis de materiales va a plantearse abiertamente. 

En todo caso, la pandemia de la Covid-19 mostró todas las debilidades de la economía y la sociedad actual, y hay que tomar la crisis de suministros como otro avance de los problemas que en el futuro dominarán la economía mundial. 

3. Vivir peor o vivir diferente 

Toda proyección de futuro tiene que ver con la experiencia pasada, con la información disponible y con los presupuestos de los que se parte. Muchos jóvenes que consideran que el futuro va a ser peor parten de su experiencia vital en el mundo laboral y en el “mercado de la vivienda”, de la información que reciben de los expertos —especialmente en el tema de las pensiones— y en su propia consideración del buen vivir. Esta última en parte generada en la propia situación familiar y en parte provocada por todas las distopías que promueven las sofisticadas políticas de marketing. No se puede generalizar, en un mundo dominado por importantes desigualdades sociales la experiencia vital es muy diversa. No es lo mismo la de alguien que ha vivido en una familia con padre y madre en empleos profesionales que la de una de clase obrera tradicional o la de un inmigrante procedente de un país pobre. Posiblemente todos ellos han experimentado la realidad de un empleo precario, pero también en esto hay clases. En el corto plazo, la pandemia ha afectado más al empleo juvenil por dos razones fundamentales: la primera, que no se han creados nuevos empleos. La segunda, que algunos segmentos laborales configurados como empleos juveniles están entre los más afectados por la situación (restauración, ocio, comercio en grandes superficies, monitores de actividades educativas, etc.). Pero esto es una coyuntura y lo que cuenta es lo que va a ocurrir después. 

En este pesimismo vital predomina una visión conservadora de la buena vida, que es la que ha dado hegemonía al capital en las sociedades más ricas, las del núcleo capitalista (y sin duda imperialista). Y la misma que en parte alimenta la variante del desarrollo chino. Un modelo basado en un sostenido crecimiento del consumo de bienes materiales propiciado por un continuo incremento de la producción y sustentado por un cambio técnico y científico, una sociedad de la abundancia que deja pálida la vieja utopía de Jauja. Este aumento del bienestar material se combina con el crecimiento de los buenos empleos, de los empleos de altos salarios, que conceden fuerte reconocimiento social, que permiten una agradable realización personal, que incluyen horarios y vida laboral que dejan un importante espacio al ocio. Una “utopía” que sólo funciona para una minoría de la población humana y que conduce a un verdadero desastre social. 

La mayor objeción al modelo proviene de su base material, de la imposibilidad de universalizar un consumo de energía y materiales en un planeta finito, de los peligros que la persistencia del crecimiento tiene para las condiciones que permiten la persistencia de la especia humana (y de otras muchas). Nos lo ha recordado estos días, de forma dramática, el último informe del IPCC sobre el cambio climático. Y lo apuntan los diferentes informes sobre la crisis energética y de materiales. Si la buena vida consiste en consumo desaforado, efectivamente no es posible esperar vivir como ha vivido una fracción de la especie humana, que ha sustentado su bienestar en una depredación ecológica insostenible. Que no ha tomado en cuenta que una parte de los aumentos de productividad no se han debido a la mejora en el conocimiento humano, sino en un mero despilfarro de una energía barata y relativamente fácil de obtener. 

Pero si por el lado material el modelo no es sostenible, tampoco lo es en sus aspectos sociales. Los trabajos creativos, prestigioso, y bien pagados se sostienen porque debajo hay una gran masa de trabajos repetitivos, desprestigiados, mal retribuidos (o gratuitos, como es el trabajo doméstico). En los países ricos muchos resultan invisibles, se realizan en países lejanos, o simplemente no se quieren reconocer. La promoción social de una parte de la sociedad se ha producido a costa de generar una enorme masa de empleos mal pagados, de actividades temporales orientadas a satisfacer necesidades limitadas en el tiempo, con políticas migratorias que favorecen condiciones laborales insoportables… Esto tampoco es generalizable. Y es un modelo vital sólo alcanzable por una fracción de la población. 

Es obvio que el capitalismo tiene que mucho que ver en ello. Que el modelo económico y social que se impuso a partir de la Revolución Industrial, las reglas del juego que se han ido consolidando a través del tiempo, a escala nacional e internacional, tienen un papel central en esta historia. Que sin cambios estructurales es imposible hacer frente a la crisis ecológica cada vez más evidente. Pero, para que estos cambios sean posibles, se requiere también que al menos una fracción importante de la población asuma su necesidad y defienda un proyecto social diferente en clave ecológica y social. Y esto es cada vez más urgente. 

Hay que aceptar que realmente vivirán “peor” que algunas pocas generaciones de los países ricos. Que el viejo modelo era sólo para unos pocos y para poco tiempo. Y que, en cambio, es posible reorientar la organización social, las formas de producir y consumir, las relaciones entre humanos, de forma que se garantice a todo el mundo un nivel básico de consumo, participación social y trato igualitario. Un cambio que requiere buenas propuestas en muchos campos. Porque sin proyectos alternativos la vieja distopía seguirá imponiéndose, generando, a la vez, pasividad, pesimismo e irritación social. El espacio idóneo para que se impongan propuestas netamente reaccionarias.

30/8/2021

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