Crispación y complejidad

Albert Recio Andreu

I

Hace años, hacer políticas de izquierdas era relativamente sencillo. Bastaba situar reivindicaciones básicas, muchas de ellas fáciles de entender por una amplia mayoría de personas, y organizar movilizaciones en defensa de las mismas. No es que fuera fácil; teníamos que hacer frente a muchos impedimentos. La represión, a menudo brutal, fue una constante a lo largo del tardofranquismo y la transición. Pero también la modestia de nuestros medios, la falta de activistas (aunque hubo un momento a mitad de los setenta que esta cuestión parecía solventada), nuestras rencillas internas y nuestro sectarismo. Pero, al menos, la definición de las políticas era relativamente simple y facilitaba la organización. Así se hicieron fuerte los dos grandes movimientos de la transición, el movimiento obrero y el vecinal (con muchas conexiones entre sí, pues las mayores luchas vecinales se desarrollaban en los barrios obreros, y la conexión entre activistas de ambos lados era sólida)

Hoy la situación es mucho más complicada, y se ha ido enrareciendo por muchos elementos. La derecha ha conseguido imponer unos modelos de actuación que vacían toda posibilidad de debate democrático. Han aprendido las técnicas de los medios de comunicación. Lo más parecido a un debate parlamentario son los pseudo-programas-polémica que  emiten las televisiones, sea en su versión vidas de famosos (Telecinco), en su versión política (la Sexta), o las tertulias futbolísticas. Lo importante no es el debate, sino el eslogan y la contundencia. Y sus expertos en comunicación han aprendido a usar con eficacia los nuevos sistemas de comunicación digital, donde Twitter es el rey. La propaganda, los bulos y las denuncias invaden el ágora e impiden cualquier posibilidad de democracia deliberativa seria. En algunos casos hay un deliberado ataque de demolición ad personamque obliga a sus víctimas a perder tiempo en cuestiones triviales, y puede llegar a generar más de una paranoia. Por ejemplo, Pablo Iglesias y Ada Colau pueden escribir un libro con todas las intervenciones en su contra.

Esta práctica política no es nueva, ni tampoco exclusiva de la derecha. Despreciar al oponente, situarlo en un terreno de ilegitimidad, acosarle sin tregua, ha formado parte del arsenal de instrumentos que se han usado desde siempre en la lucha política. Lo de que la guerra es la política por otros medios refleja bien esta realidad. El nacionalismo, por ejemplo, es un espacio favorable a tratar al oponente de extranjero, de antipatriota. Este fue el mecanismo que utilizó el macartismo para destrozar los avances progresistas del periodo anterior: el sindicalismo militante y la izquierda cultural. Es lo que practican en nuestro país la gente de Vox, del PP o de Junts per Catalunya, y que llevó a un extremo el entorno etarra. O es lo que llevó a cabo el estalinismo con sus opositores. Lo nuevo es ahora la existencia de nuevas tecnologías y conocimientos que permiten una penetración mucho mayor de estas políticas de acoso y derribo, de pura fuerza y amedrentamiento.

II

El uso de estas estrategias y mecanismos siempre ha sido deleznable y maligno. Pero en la situación actual es aún peor porque muchos de los problemas a los que tiene que hacer frente la política son enormemente complejos, y exigen soluciones que incluyen una enorme variedad de instrumentos y aproximaciones. Ello, de forma especial, en aquellos ámbitos que tienen que ver con las respuestas a la crisis ecológica, y que suelen afectar directamente a la vida cotidiana de mucha gente. Se simplifica la política al tiempo que los problemas y las soluciones se vuelven más complicados.

Lo hemos visto en el caso de la pandemia, y lo constatamos en muchas otras situaciones. Expongo ejemplos de mi experiencia vital. Hace cincuenta años, la lucha vecinal se centraba en la conquista de unas demandas básicas: escuelas, ambulatorios, zonas verdes, urbanización de espacios degradados, etc. La única oposición que uno se encontraba era la de los automovilistas, que veían con recelo que un solar que usaban para aparcar pasara a tener otro uso. Pero era una resistencia poco consistente, porque era fácil mostrar que el beneficio colectivo era muy superior al coste privado. Aún hay muchos campos donde las cosas son así de sencillas: las exigencias de mejora en la sanidad pública, la reducción de la ratio entre profesores y alumnos, etc. Pero, junto a estas cuestiones “tradicionales”, surgen otras cuya solución es mucho menos sencilla, donde el campo para conflictos entre el vecindario está abonado, y donde las propuestas de izquierdas reciben mucho menos apoyo.

El campo educativo es un buen ejemplo de ello. Reivindicar escuelas no es lo mismo que discutir sobre el modelo educativo. Para quien ve la educación una mera palanca para el ascenso social de su prole, la existencia de discriminaciones en el acceso cobra un valor positivo (lo que explica la persistencia de muchas escuelas concertadas o los sofisticados mecanismos de selección que se advierten entre escuelas públicas de un mismo barrio). Más difícil aún es saber qué modelo educativo es mejor. La primera vez que tomé conciencia de que el tiempo de la reivindicación fácil tocaba a su fin fue el día que un airado grupo de vecinos y vecinas tomó por asalto el local de la Asociación de Vecinos para afearnos que reivindicáramos un centro de Formación Profesional en un solar próximo a sus casas. Lo consideraban un equipamiento conflictivo donde se concentraría la escoria social del barrio. Esto en un barrio donde solo una minoría de jóvenes cursaba bachillerato.

Hoy los problemas complejos proliferan. En la convivencia y uso del espacio público, en las nuevas formas de movilidad, en el conflicto con determinadas formas de ocio juvenil… Ninguno tiene soluciones sencillas, y la que suele obtener más apoyo —el palo y tente tieso— es la que peor funciona. Y esta misma complejidad favorece la demagogia de los que siempre tienen a mano un mecanismo automático para resolverlos.

Los ajustes a los que obliga la crisis ecológica son un nuevo espacio para que crezcan este tipo de conflictos. Lo estamos viendo ya con las propuestas de restricción al automóvil, así como en la implantación de nuevos modelos de recogida de basuras con el objetivo de incrementar el reciclaje. La experiencia de Barcelona es significativa: allí donde se implanta una nueva política de este tipo surge un conflicto. La derecha local (en Barcelona ciudad, Junts per Catalunya es el agente más activo en este campo, pero no el único) está especializada en provocar broncas. A veces generando extrañas coaliciones a las que se suman otras fuerzas de la oposición y grupos radicales, para quienes el enemigo siempre es el que está en la administración (para algunos radicales, el mayor enemigo siempre es la izquierda más próxima, un campo donde la CUP y algunos sectores anarquistas construyen parte de su estrategia). Y los movimientos vecinales y asociaciones diversas que dan soporte al proyecto se suelen encontrar en un campo minado, donde se requiere una enorme capacidad para salir airosos. De una parte, se enfrentan a agresivas campañas que tratan de frenar todo cambio real en la gestión urbana, y de paso debilitar al Ayuntamiento. De otra, ocurre que la implementación de estas novedades casi nunca se ha desarrollado adecuadamente, hay mucho campo de mejora, de diálogo con la población, de información y participación. Son tiempos para movimientos sociales sofisticados, que tengan cuadros que manejen buena información, que sepan trabajar sin tensionarse con reacciones de diverso tipo. De interpelar al mismo tiempo al poder y a la oposición. Y esto es más fácil de explicar que de desarrollar.

III

Yolanda Díaz, la ministra que ha conseguido mayores aciertos y levanta mejores expectativas, anuncia su voluntad de levantar un proyecto de país. Le deseo lo mejor. Pero soy escéptico con el resultado que pueda alcanzar. Tuvimos coyunturas mejores y se perdieron. En casi todas partes, la izquierda transformadora tiene problemas. Posiblemente porque las formas tradicionales de la izquierda, el gran programa transformador, la construcción de una gran alianza (que siempre se acaba rompiendo por la excesiva presencia de culturas sectarias, egos maleducados, impaciencias y, también, aspiraciones malsanas de algunos) es insuficiente para superar todos los condicionantes estructurales en contra. Y ahora la situación apunta a peor, porque la complejidad a la que me he referido hace que en muchas ocasiones las propuestas sensatas corran el peligro de la incomprensión.

Una reconstrucción exige no sólo un proyecto, del que solo se tienen algunos ladrillos, sino la generación de un volumen de cuadros sociales (en la organización política y en los movimientos sociales) suficiente en número y con capacidad de trabajar con la complejidad y dar respuestas a una variedad de desastres sociales. De generar redes y alianzas y minimizar los conflictos internos. No es tarea fácil, ni está claro que se entienda. Podemos trató de resolver la cuestión organizativa mediante un modelo plebiscitario que ni forma cuadros ni ha solventado los viejos problemas de liderazgos, consolidación orgánica y sensatez democrática. No es sólo una cuestión de cuadros, es también la de pensar los mecanismos de intervención, la forma en cómo se difunde el discurso, la generación de un verdadero proceso social democrático. Si la llamada de Yolanda Díaz sirviera para situar estas cuestiones, sólo por eso valdría la pena. Y si, además, implicara mejorar en alguno de estos campos, el resultado sería extraordinario. Hay que empezar por aplacar la crispación (especialmente la que se genera en el entorno próximo) y entender que la complejidad exige respuestas y formas de trabajo a la altura de los tiempos.

30/9/2021

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