La gran incertidumbre

Cuaderno pandémico: 2

Albert Recio Andreu

I

La situación económica ha entrado en una situación de enorme desconcierto. Sólo los que tienen certidumbres fijas son capaces de hacer pronósticos claros, aunque la mayoría acabarán siendo desmentidos por la realidad. Tengo la sensación de que estamos viviendo una situación parecida a la de la mitad de los setenta, donde no fuimos capaces de entender la situación y el neoliberalismo acabó por imponerse.Sabemos que cada coyuntura tiene sus especificidades. Que la situación de partida nunca es la misma. Y que no podemos extrapolar conclusiones. Pero, viendo lo que ocurre en las últimas semanas, me parece interesante revisitar el pasado.

Para empezar, un repaso breve a lo que viene ocurriendo desde el inicio de la pandemia en el campo económico. La crisis económica de 2020 tiene un origen diferente a otras crisis. Básicamente, la actividad económica se paró porque muchos gobiernos adoptaron una política de confinamiento extremo, como nunca antes se había hecho. Es difícil saber que habría ocurrido si se hubiera adoptado un enfoque liberal de mantener todo abierto. Es probable que el caos sanitario hubiera generado otro colapso, y al final de alguna u otra forma la pandemia habría acabado teniendo un efecto paralizador. En todo caso, el parón no había sido provocado por alguno de los habituales detonantes estructurales de las economías capitalistas (sobreinversión, deuda financiera, falta de demanda solvente, etc.). Por ello, podía pensarse que, a medida que las medidas restrictivas fueran desapareciendo, la actividad económica iría recuperando su nivel de pre-crisis, aunque los ritmos serían distintos según sectores y países (sobre todo por su diferente tipo de especialización). De hecho, en parte es lo que ha ocurrido. En todo caso, el parón generaría un fuerte endeudamiento, tanto de empresas y particulares como del sector público. La deuda privada se genera por el hecho de que una parte de empresas y personas tienen obligaciones fijas de pago, independientes de su nivel de actividad (el caso de los alquileres es el más obvio) y, cuando dejan de tener, ingresos la única salida es endeudarse.

En el caso del sector público, el endeudamiento es la combinación de una caída de la recaudación ligada a la de la actividad económica (y, también, a políticas voluntarias de reducción o aplazamiento para ayudar a empresas y particulares), así como al incremento del gasto generado por todas las acciones tomadas para hacer frente a la emergencia. Para evitar que la crisis de endeudamiento se convirtiera en un factor agravante de la situación, las autoridades monetarias reforzaron sus políticas de crédito masivo y barato. Algo habían aprendido de los duros costes sociales de las políticas de austeridad adoptadas en 2010. Todo resultaba bastante lógico: el soporte financiero permitirá recuperar en tiempo breve la actividad, la recuperación ayudará a reducir el endeudamiento, y el nuevo plan de inversiones generará una espiral de crecimiento.

II

Pero, en los últimos meses, el panorama se ensombrece. Asoman elementos anunciadores de nuevas dificultades. Uno, el muy tradicional en la dinámica capitalista, la amenaza de la quiebra de una gran corporación, en este caso la inmobiliaria china Evergrande, que amenaza con generar una nueva crisis financiera que en primer lugar pondrá a prueba la capacidad de respuesta del régimen burocrático chino. Los problemas generados por la combinación de especulación inmobiliaria y endeudamiento son endémicos, y tienen una enorme capacidad de generar crisis recurrentes más o menos duras (una especie de virus económico para el que no parece haber vacunas).

Otro elemento resulta mucho más novedoso, aunque no inexistente hasta ahora: una crisis de suministros que está bloqueando parte de la recuperación. Hasta ahora se ofrecen explicaciones ad hoccomo la saturación de las fábricas chinas de chips, la recuperación súbita de la demanda que no se puede satisfacer a corto plazo, los problemas generados en el mercado laboral británico por las políticas migratorias restrictivas… Y se promete que es sólo cuestión de tiempo para que se solucione. La incertidumbre está en saber si efectivamente se trata de un cuello de botella temporal o, al contrario, expresa un problema estructural de fondo. La respuesta optimista presupone que la saturación es un problema que se va a solucionar a medida que se eliminen las colas de pedidos provocadas por el parón de la producción o, en el caso británico, las autoridades introduzcan medidas flexibilizadoras en su política migratoria. A más largo plazo, nuevas inversiones y políticas laborales para atraer personas a las actividades saturadas resolverán definitivamente la cuestión. La versión “pesimista” es de los que argumentan que estamos ante una primera expresión de la crisis de oferta que genera la caída de la extracción de petróleo y las tensiones en otros mercados de productos minerales. La cosa aún se puede complicar más si alguno de los desastres generados por la crisis climática se traduce en problemas de abastecimiento de algún alimento básico. Las tensiones en el mercado del gas y su impacto sobre los precios de la electricidad serían otro aspecto de la misma crisis ecológica. Aunque, en este último caso, las tensiones de suministro pueden verse reforzadas por la configuración oligopólica de muchos mercados eléctricos, así como por las posibles maniobras especulativas de fondos de inversión en los mercados de derechos de CO2.

Es difícil discernir hasta qué punto la situación actual es sólo una tensión asociada a la recuperación o es ya una manifestación de un problema más estructural. Pero, sea cual sea la razón, lo que es evidente es que su impacto se traduce en freno a la actividad económica e inflación (aunque un 3% de inflación sería considerada peccata minutahace 3 o 4 décadas, cuando eran habituales niveles superiores o muy superiores al 5%). No estamos ante la estanflación de los setentas, pero quizás nos acercamos. Y reaparecen otras figuras olvidadas como las gasolineras cerradas en Reino Unido.

III

Que reaparezca una crisis financiera es algo probable dado el elevado grado de endeudamiento global (y el papel desestabilizador de los mercados financieros). Que resurja la inflación puede ser aún más complicado dada la relación que mantienen los gestores macroeconómicos con el tema. No podemos olvidar que el neoliberalismo se impuso como respuesta a un proceso de estanflación relativamente corto. Unos años antes, en 1969, Milton Friedman había planteado en la conferencia inaugural de la reunión anual de la American Economic Society el problema de la estanflación como resultado inevitable de la incapacidad de las políticas keynesianas. Su hipótesis se basaba, fundamentalmente, en los particulares supuestos psicológicos que utilizan los economistas neoclásicos (más o menos individuos omniscientes capaces de prever el futuro). A mitades de los 70 sonó la flauta, el crecimiento del precio del petróleo (en gran parte asociado a la creación de la OPEP y algunas nacionalizaciones) generó una situación de estanflación (paro e inflación) que pareció corroborar la hipótesis del conservador economista de Chicago. Y favoreció un cambio de orientación tanto en los gestores macroeconómicos como en la academia. El neoliberalismo estaba en marcha, aunque es obvio que en su triunfo jugaron muchos otros factores. Aunque el debate económico de hace una década ha mostrado que lo que ocurrió en aquella década tuvo poco que ver con lo planteado por Friedman, el mal ya estaba hecho. En un período muy posterior, en 2008 y en plena crisis financiera, volvieron a aparecer tensiones en el mercado petrolífero y una cierta inflación. Ante esto, el Banco Central Europeo adoptó un incremento de los tipos de interés como medida antiinflacionaria, que no hizo otra cosa que reforzar la crisis al disparar el coste de las hipotecas y endurecer el crédito a las empresas.

La economía convencional siempre ha tenido problemas para entender la relación entre actividad económica y naturaleza. En el plano más general es obvio que la idea de crecimiento sostenido choca con la realidad de un planeta finito, con las leyes físicas básicas y con la complejidad de interacciones de los hábitats naturales. Pero también en lo pequeño, como reconocer que cuando se produce una tensión en un mercado de materias primas no estamos ante un caso de inflación general, sino ante un problema específico que hay que plantearse en otros términos. Tratar de resolver el problema de la energía con medidas macroeconómicas a menudo acaba generando daños adicionales y deja el problema de origen sin respuesta. Es uno de los grandes males derivados tanto de los defectos estructurales del enfoque económico dominante como de las presiones y la ignorancia de la inmensa mayoría de élites empresariales.

Por todo ello, la situación actual añade nuevas preocupaciones: que la crisis de suministros sea afrontada como un mero problema de inflación, o una nueva política de austeridad que agrave las condiciones de vida de mucha gente. Y, con todos estos elementos, está el riesgo de que se deje sin afrontar lo que realmente expresa la crisis de suministros: el declive de la energía fósil, el agotamiento de recursos y, también, una división internacional del trabajo y un modelo tecno-productivo que favorecen la generación de sobresaltos.

La mala solución en los setentas devino en neoliberalismo. Ahora las cosas aún pueden ir a peor. Equilibrar el peligro de barbarie exige, con urgencia, tener alguna alternativa.

29/9/2021

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