Correlación de fuerzas

Albert Recio Andreu

I

Un término tradicional en la cultura política de la izquierda vuelve a estar de moda desde que Unidas Podemos está en el Gobierno. Reaparece cada vez que se adopta una medida que genera controversia. O sea, casi todas las que adopta el Gobierno. Las intervenciones controvertidas del Gobierno (como, por ejemplo, el apoyo servil a la Casa Real) o los recortes a las propuestas legislativas son justificadas por los cuadros de Unidos Podemos por tener una correlación de fuerzas desfavorable. Sus críticos por la izquierda les suelen criticar aduciendo que su acción política, la de sus partidos, la de los sindicatos mayoritarios, frenan las movilizaciones y favorecen una correlación de fuerzas desfavorable a los intereses populares. Un debate que no tiene solución en sí mismo. En el que todo el mundo tiene su parte de verdad pero suele omitir cuestiones esenciales.

En un sistema parlamentario, el poder institucional depende de los resultados electorales (otra cosa son el peso de los poderes no votados, insertados en las estructuras de Estado). Y, en este sentido, es indudable que el peso de Unidas Podemos es limitado tanto en el Parlamento como en el Gobierno. Aunque en algunos casos puede reforzarse con el apoyo de fuerzas próximas (en una compleja amalgama donde podríamos situar desde Más Madrid a las diversas izquierdas de las nacionalidades periféricas) su espacio de acción es limitado. Y su presencia institucional se corresponde bastante a su influencia social real. Creo que el desempeño gubernamental de Unidas Podemos, más allá de aspectos puntuales, responde bastante bien a lo que puede exigirse a un grupo con una representación minoritaria en el Gobierno y el Parlamento.

También es cierto que en el período actual asistimos a una baja movilización social. En parte condicionada por la pandemia. Pero también por un largo proceso de debilitamiento y fraccionamiento de los movimientos sociales. Es dudoso además que la cuestión principal resida en que faltan llamadas a la movilización. Algunos de los sectores más críticos con la izquierda institucional llevan años tratando de impulsar movidas, algunas tan insistentes como la de la Marea pensionista, sin lograr movilizar (excepto en Euskadi, cuya dinámica desconozco) más que a un puñado de fieles y sin generar ningún proceso social. A menudo se confunde movilización con gimnasia activista, reconfortante para quien la practica pero poco eficiente.

La mayor fuerza movilizadora de los últimos años la ha conseguido el independentismo catalán. Se consiguió porque nacía con una importante y densa base social, porque respondía a un momento de cabreo extremo de buena parte de la sociedad catalana (paralelo al generado por las políticas de ajuste que propiciaron la eclosión del 15-M) y porque contaron con un impresionante aparato propagandístico gubernamental. A la hora de la verdad, cuando de la movilización happening se hubiera debido pasar a la verdadera resistencia civil, el movimiento mostró sus debilidades y su poca consistencia. Empezando por la mayoría de sus élites, que colaboraron fielmente con el Gobierno central cuando se aplicó el 155. Y es que lo de las movilizaciones es casi siempre algo de coyunturas y momentos. Como en la otra nota del mes, vuelvo a referirme a Albert Hirschman. En Salida, voz y lealtad (un libro que considero básico para pensar la acción colectiva) constata que las movilizaciones sociales tienden a concentrarse en momentos puntuales, básicamente porque para muchas personas participar en ellas altera de forma brutal su vida cotidiana. Una vida cotidiana formada por rutinas, actividades cíclicas, relaciones estables. Y que es difícil que mucha gente esté disponible para participar en una movilización intensa y sostenida como la que piensan los que siempre achacan a los demás que no favorecen la combatividad de las masas.

II

En sociedades tan complejas como las del capitalismo desarrollado, conseguir una posición política adecuada no puede reducirse a un planteamiento de tipo militar. Temo que en este campo siempre saldremos perdiendo. El poder tiene siempre más fuerza y es más bruto que las masas revueltas. Y no ha parado de reforzarse. El equipamiento de los “grises”, a los que nos enfrentamos en el tardofranquismo, era de risa comparado con el impresionante despliegue de medios de las actuales fuerzas de choque. No hay victorias posibles si nos limitamos a pensar en términos de lucha entre dos fuerzas. Un cambio social de este tipo solo es posible en momentos de enorme debilitamiento y crisis del Estado, como fue el caso ruso en 1917 (o si se cuenta con un importante apoyo exterior). No haberlo entendido es uno de los mayores errores, no el único, del independentismo catalán, que se dejó llevar pacientemente a un callejón sin salida.

La correlación de fuerzas será mayoritariamente desfavorable en muchos campos. Los grupos capitalistas tienen muchos recursos para emplear en defensa de sus intereses. Y cuentan, además con culturas y organización social muy consolidadas en las estructuras del Estado, en la academia científica, en los medios de comunicación y en un entramado de instituciones sociales que reproducen percepciones, visiones del mundo favorables a sus intereses. Cuentan, además, con la propia inercia reproductiva de los diferentes estratos sociales, con el largo adoctrinamiento de nacionalismo excluyente presente en todas las sociedades modernas. Con la resistencia de los valores tradicionales, de los hábitos adquiridos después de décadas de consumismo.

Hay que ser conscientes de ello, de que todas las demandas sociales igualitarias, de clase, de género y nacionalidad, que todas las exigencias de reorientar las sociedades humanas para evitar la catástrofe ecológica tienen frente a sí a una variopinta y resistente estructura defensiva. Y que frente a ella es necesario desarrollar una sofisticada estrategia de respuesta que, seamos sinceros, nos cuesta mucho descifrar.

Tenemos, eso sí, algunas pistas. Una es la enorme necesidad de acumular conciencia a base de un trabajo persistente de producción cultural, de denuncia, de seguimiento de los procesos. Algo que, por ejemplo, ha sabido realizar lo mejor del feminismo, del ecologismo e incluso de movimientos más “tradicionales” como el vecinal o el sindicalismo. Otra es la necesidad de generar estructuras estables de encuentro y relación, donde las personas se apoyan, intercambian ideas, participan de forma cotidiana (ahí está parte de la fuerza que ha mostrado el independentismo catalán y vasco, pero también puede encontrarse en algunos barrios y comunidades locales). Espacios en las que incluso es posible desarrollar propuestas alternativas de gestión social. Una tercera es la persistente presión, desde fuera y desde dentro, de las instituciones sociales para conseguir que avancen reformas y regulaciones. Si algo hemos constatado los últimos años es que no es verdad que todos los partidos sean iguales ni que las regulaciones sean inocuas. Aunque a menudo los avances sean pequeños (y hasta reversibles), no queda otra que seguir intentando cambios en leyes y políticas de gestión.

Y hay también algo que deberíamos haber aprendido. En negativo, para no repetir. Que las clásicas peleas en la izquierda, las denuncias de traiciones, las llamadas a la pureza, nunca aportan nada. Generan resquemores y tensiones. En positivo, que cuando buscamos a nuestro alrededor aliados encontramos a mucha gente diversa con la que desarrollar proyectos. Lo que falta es pensarlos bien, no generar expectativas infundadas y desarrollar proyectos hasta donde sea posible llegar.

La correlación de fuerzas es muy negativa. Cambiarla exige un esfuerzo titánico. Por eso sólo es posible si buscamos, y encontramos, las dinámicas que permitan que mucha más gente rompa con sus hábitos y forme parte de un proceso de cambio ambicioso, igualitario, inclusivo, ecológico, universalista.

29/12/2021

Sitio elaborado con Drupal, un sistema de gestión de contenido de código abierto