Por alusiones

José Manuel Barreal San Martín

Ante los problemas que se han generado en diversas comunidades de España ante los recortes en la enseñanza pública y el aumento de horario al profesorado de secundaria, y la consiguiente puesta en pie de guerra del colectivo afectado, surgen viejos fantasmas que ponen en tela de juicio a todo el sistema público de enseñanza, teniendo a los profesores y profesoras como punta de lanza del desprestigio, tanto personal como profesional. Como aun estando jubilado me siento aludido, expondré algunas consideraciones al respecto.

Fui maestro de Enseñanza Primaria en la escuela pública y  funcionario. No es mi intención aquí mostrar arrepentimiento ni dar explicaciones del trabajo que como tal desempeñé durante treinta y seis años, como tampoco del sueldo que durante esos años recibí. Sirva este preámbulo para quienes en tertulias o columnas de prensa se dedican a desprestigiar, con el atrevimiento de los estultos al colectivo de enseñantes.

Fui un trabajador como cualquier otro. Maestro de escuela tras un considerable esfuerzo de estudio y trabajo, así como de gasto económico de mis padres. Accedí a un trabajo para toda la vida. Hoy, desgraciadamente, no ocurre lo mismo en ningún sector laboral, pero obviamente yo no tengo la culpa. Por haber tenido ese trabajo fijo y hoy una jubilación no voy a pedir perdón. Si alguno lo esperaba, siento decepcionarle. Lo dicho no es obstáculo para que tanto en mi vida activa, como ahora en la “pasiva”, siga reivindicando trabajo estable, digno y bien remunerado para todo el mundo.

En  aquella época reivindicábamos que en los centros de enseñanza pública hubiese más personal enseñante para que los profesores y profesoras atendiesen mejor al  alumnado diferente y así elevar la calidad de la enseñanza, es decir, lo mismo que ahora se pide. Tenía, como ahora, dos meses de vacaciones, y pienso que todo trabajador debería tenerlos. Así como menos  horas de trabajo. Quería, junto con el resto de compañeros y compañeras, que nos incrementasen el sueldo. Lo mismo, para todos los trabajadores y que  el trabajo y la riqueza esté equitativamente repartido.

Me siento orgulloso de haber sido maestro de escuela y del alumnado que tuve el privilegio de atender. No fuimos, no son los profesores, como ahora parece, culpables de las desdichas de esta país, al igual que tampoco lo son otros colectivos de trabajadores. Los culpables tienen nombres y apellidos, son aquellos que nos criminalizaban y continúan haciéndolo desde los púlpitos políticos. Son los que, cada vez más ricos, hacen al pueblo más pobre; los que ponen al profesorado en la diana de sus rebuznos porque la escuela pública les estorba y el profesorado es un obstáculo en el camino de lapidar el servicio de enseñanza público de calidad como un derecho universal,  precarizando de paso el trabajo del profesorado. Son, en definitiva, los que deterioran los centros públicos con los recortes de profesores y de medios; aumentando las ratios y desmantelando la atención a la diversidad; convirtiendo en guetos a la escuela pública y buscando, premeditadamente, el desprestigio del servicio público. Para privatizar después.

El curso pasado y los anteriores, la derecha ponía altavoz a aquello de  “que vivimos en una sociedad sin alma donde la juventud no respeta ni a los maestros”, hasta la saciedad lo dijeron, y sectores del profesorado aplaudían que se les otorgase “esa autoridad”. Ya la tienen. Sin embargo, aquellos que jaleaban al profesor lanzan ahora la mayor campaña de desprestigio y acoso sobre la profesión docente  de la que se tenga recuerdo en el estado español. Y es precisamente  la derecha y “sus mayores”. No la juventud “deseducada por la LOGSE” como gustan algunos decir y escribir. Ahora resulta que ya no son ese gremio que había que hacer respetar. Ahora, no solo no hay que respetarlo, sino que hay que ponerlo en la diana mediática, convertirlo en enemigo público número uno, y mostrar a todo el mundo los privilegios y la cara dura que hay en cada uno de nuestros profesores y profesoras.

Sin embargo, pese a quien pese, el profesorado es el corazón de la educación, si él deja de latir, el país se va a hacer puñetas. Así de claro. Y no me refiero a huelgas, sino a la desgana que todo esto lleva al trabajo en el aula. Necesitan autoridad, claro está, pero no se obtiene con una ley. Se construye y se gana desde el reconocimiento social. Ahora, alguien, algunos, se empeñan en destruirla.

13/10/2011

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