De precios y suministros

Albert Recio Andreu

I

La economía actual se parece cada vez más a una de estas series que tanto enganchan al personal. Cada poco tiempo nos depara un nuevo giro imprevisto que sorprende, en primer lugar, a los presuntos expertos. Podemos estar de acuerdo en que la covid era difícil de prever. Pero no ha sido ni la primera ni la última sorpresa. Hoy he participado en un pequeño debate y el punto en común de todos los que han intervenido, de distinto enfoque intelectual e ideológico, ha sido que no éramos capaces de formular previsiones claras dado el elevado nivel de incertidumbre en el que nos movemos. Hace unos meses la preocupación principal de la profesión era cuándo y a qué velocidad se iba a recuperar la economía. Y ahora, cuando la recuperación tomaba cuerpo, surge el problema de la inflación y la falta de suministros, en especial de componentes electrónicos (aunque también se apunta a algo más convencional como la falta de transportistas).

Hay una cierta relación entre inflación y falta de suministros. A corto plazo, cuando la demanda excede de lo que los oferentes pueden aportar los precios suben. Puede producirse una suerte de subasta. Aunque para explicar los precios la teoría convencional de la oferta y la demanda no es muy satisfactoria, puede funcionar en casos concretos de oferta rígida y demanda creciente. Pero es solo la explicación de un epifenómeno; para entender toda la dinámica se requieren análisis más profundos.

II

En la fijación de los precios corrientes, los que tenemos que abonar cada vez que efectuamos una compra, intervienen múltiples factores. Basta tener en cuenta que pagaremos un precio distinto si compramos en la semana del Black Friday, en la semana siguiente o esperamos a las rebajas. O si lo hacemos en la tienda de un amigo o somos clientes fidelizados de una cadena comercial. O si adquirimos una botella de vino en una bodega o en un restaurante (hace pocos meses, en un restaurante el precio del mismo vino que compro habitualmente en mi bodega habitual se multiplicó por cinco). Explicar con precisión los precios es casi imposible. Pero contamos con aportes teóricos que nos ayudan a entender elementos esenciales de los mismos. A mi entender esta base teórica se inicia en la teoría del valor trabajo de Ricardo y Marx, se perfecciona en la teoría de precios de producción de Piero Sraffa y se le incorpora un componente más empírico en la idea del grado de monopolio de Michael Kalecki (para mí Sraffa y Kalecki son parte de esa gran tradición intelectual inspirada en Marx). La conclusión de este proceso intelectual es que los principales determinantes de los precios son las condiciones técnicas de producción y las relaciones sociales y de poder de trabajadores y empresarios, incluyendo en ello el poder desigual entre distintas empresas. Quizás en algunos casos habría que añadir el papel de las regulaciones públicas, pero estas son a menudo el resultado de luchas sociales o entre grupos empresariales y pueden caber en el esquema anterior. Creo que este planteamiento ofrece pistas sobre la situación actual.

Hay dos pistas cruciales de lo que está ocurriendo. Una tiene que ver con el aumento de costes en la extracción de materias primas minerales. La producción de metales y energías fósiles tiene costes desiguales en función de las condiciones técnicas. No es lo mismo extraer petróleo de un yacimiento situado a poca profundidad que hacerlo en la zona ártica o escurriendo pizarras bituminosas. Y lo mismo vale para los metales. Si se agotan los mejores yacimientos los costes crecen. Y eso podría estar ocurriendo en la extracción de petróleo, de carbón y de otros muchos minerales. Por ejemplo las minas metálicas de Huelva se cerraron hace unos años porque se habían agotado las mejores menas. Con la demanda actual de metales al alza algunas se han vuelto a explotar pero con costes de extracción más elevados.

Este planteamiento en el largo plazo es claro. A corto plazo no está claro que el coste de extracción crezca de forma continua y por tanto no es evidente que siempre sirva para explicar la evolución de los precios. Sobre todo porque los mercados de materias primeras se articulan a través de mercados financieros en los que siempre existe un componente especulativo. En todo caso lo que parece obvio es que mientras el modelo productivo demande grandes cantidades de energías fósiles y metales debemos esperar futuros incrementos de precios que reflejarán, en parte, los crecientes costes de extracción.

La segunda pista es, a corto plazo, posiblemente más fiable: estamos asistiendo a un cambio en las relaciones de poder económico que se refleja en un cambio de precios. De hecho el detonante de la inflación de los años setenta se inició cuando la OPEP trató de imponer un cambio en las reglas del juego del mercado petrolífero mediante subidas de precio a sus clientes. Esto podría estar ocurriendo ahora en otros productos y reflejaría un cambio de condiciones en los mercados de muchos productos, especialmente la electrónica. Tras años de deslocalización de la producción hacia los países asiáticos la producción de muchos bienes está casi completamente en manos de algunos países asiáticos (China en particular). Lo descubrimos dramáticamente al inicio de la pandemia cuando la llegada de aviones con mascarillas procedentes de China, se usó, incluso, como un mecanismo publicitario de alguna impresentable presidenta autonómica. Mientras en la fase inicial de la globalización las empresas europeas estaban en condiciones de imponer precios favorables basándose en los bajos salarios, ahora el monopolio que han alcanzado las empresas chinas se traduce en nuevos precios más favorables a sus intereses. Y está alteración del poder relativo entre empresas occidentales y orientales se refleja en los aumentos de precios de muchos productos. En el caso de la electrónica hay que contar además con que en muchos casos las empresas orientales tienen un cuasi- monopolio de la producción de componentes esenciales. Ello se debe a que las condiciones técnicas y los elevados costes de muchos de estos procesos solo resultan rentables si la producción mundial se concentra en unas pocas fábricas. Lo que a su vez les concede un enorme poder de negociación ante un importante aumento de demanda.

El éxito chino o coreano no se ha basado sólo en bajos salarios. También en la producción en grandes cantidades, lo que permite explotar economías de escala. Y el resultado final de concentrar una enorme cantidad de producción en unas pocas factorías no es solo una reducción de costes: también la oportunidad de que sus empresarios adquieran un enorme poder económico y exploten su poder de monopolio. Nada nuevo. Marx ya intuyó las tendencias a la concentración y centralización del capital. Durante gran parte del siglo XX el tema de los oligopolios y los monopolios jugó un importante papel en el debate político y económico. Pero el neoliberalismo y gran parte de la ortodoxia académica consiguió minimizar su importancia durante largo tiempo (justo en el período en el que asistíamos a una enorme concentración de capital). Pero esta es una pista importante de lo que está ocurriendo, con múltiples variantes: la de los crecientes precios de los suministros, la de las manipulaciones de todo tipo que realizan los colosos de internet o la de las regulaciones de precios en los mercados de bienes y servicios públicos, como hemos presenciado en el caso de las tarifas eléctricas o del agua.

III

La crisis de los suministros puede tener alguna conexión con lo comentado hasta aquí, pero también hay que considerar otros factores.

La explicación convencional, relativamente optimista, es que se trata de una situación coyuntural provocada por la dificultad de responder a corto plazo a una demanda que se ha activado súbitamente después de meses de paralización. O sea, más o menos una teoría de cola: hay que tener paciencia hasta que nos llegue el turno, pero todo llegará. No es una explicación vacua. Tiene que ver con cuestiones que a menudo pasa por alto la economía convencional (o que sólo recuerda cuando busca una explicación ad hoc para lo que no consigue explicar con el simplista modelo de la oferta y la demanda). En particular, con algo tan simple como que todo proceso productivo requiere tiempo y que los únicos mercados que pueden funcionar de forma instantánea son los que sólo tratan de activos inmateriales (como los mercados financieros). Y es cierto que reactivar una actividad cuando ha estado parada lleva tiempo y no hay una respuesta automática.

Lo que olvida este planteamiento es que las formas actuales de producción llevan años generando problemas de suministros. La razón no es otra que el cambio de un modelo de gestión basado en la regulación vía existencias (las empresas producían a ritmos estables, almacenaban la producción y la iban vendiendo a medida que tenían demanda) a una organización basada en la producción “instantánea”: se produce a medida que hay demanda. Este cambio de modelo tiene, desde el punto empresarial, ventajas en dos campos. En primer lugar ahorra a los empresarios los costes de mantener existencias invendidas (espacios de almacenamiento, financiación, etc.). En segundo lugar les protege sobre los futuros cambios en la demanda: si esta cambia y un determinado producto deja de tener salida no se encuentran con existencias acumuladas de un producto que no podrán vender. No es casualidad que el modelo se iniciara en la industria automovilística: almacenar coches es costoso y en un mercado donde proliferan la variedad de versiones de cada modelo es mejor ir variando la producción en función de la variante que tiene salida. Las empresas automovilísticas tienen además un elevado poder sobre su compleja red de suministradores a los que imponen condiciones que les permiten desplazar sobre ellos los costes del ajuste (por ejemplo forzándoles a tener existencias para hacer frente a cambios súbitos de demanda). El modelo resulta eficiente a condición de que toda la cadena de suministro, que incluye no sólo a los productores de componentes sino también al sistema de transporte y logística, funcione como un reloj. No es difícil advertir que existen numerosas incidencias que pueden generar “cuellos de botella” de origen diverso: problemas en una planta de componentes, fallos en la red de transporte (como ilustró el portacontainers embarrancando en el canal de Suez, pero que otras veces ha ocurrido simplemente en algún episodio de nevada…). El hecho de que gran parte de la producción mundial esté esparcida por el planeta y se requieran muchos elementos finales para llegar a un producto final no hace más que aumentar las posibilidades de desajuste (hace unos años, un sindicalista de una planta multinacional del Vallés Oriental me contó que la empresa estaba parada y planteaba un ERTE por la falta de un suministro de lejana procedencia; la gente del comité descubrió que el producto tenía un sustituto local que producía una empresa que no formaba parte de la red de suministradores y los miembros del comité se presentaron a negociar con este componente alternativo para ejemplificar lo irracional de la organización de la cadena de aprovisionamiento). En una economía gestionada con existencias el impacto de la recuperación habría sido menor que el actual. En muchos casos el proceso productivo puede quedar bloqueado sólo con que falle uno de sus componentes, sea este electrónico, mecánico o cualquier producto químico necesario para alguna fase. Sin sal no se puede fabricar más que pan sin sal.

Queda considerar por último que los problemas en algunos suministros básicos se derivan de la falta de materias primas ligados a la caída en la producción de minerales. El caso del petróleo es especialmente importante porque además de ser una fuente energética, los derivados del petróleo son materias primas para muchos tipos de productos. Y las condiciones técnicas de conversión del crudo en diversos tipos de materias primeras no es la misma según las características del crudo, cómo ha explicado muy bien Antonio Turiel en su blog The Oil Crash.

IV

Casi siempre los problemas importantes son la combinación de diversas causas entrelazadas. Identificarlas bien es la única forma de encontrar respuestas que puedan ser efectivas. En los dos problemas que ahora dominan la esfera económica sugiero que se combinan aspectos de coyuntura posiblemente inevitables, con otros derivados de un modelo de organización productiva que favorece la generación de cuellos de botella, con la existencia de estructuras oligopolistas y monopolistas que desatan conflictos distributivos, y con la emergencia de carencias de materiales básicos que expresan la crisis ecológica. Y que, por tanto, una respuesta adecuada pasa por reformular la organización de la producción y adaptarse a las limitaciones de un planeta finito y por desmontar las estructuras de poder económico que distorsionan los procesos productivos y están en la base de muchas desigualdades. Aunque la conclusión es bastante obvia no es seguro que vaya a ser operativa. No sólo porque las élites capitalistas seguirán apoyándose en la explicación de coyuntura con la esperanza de que escampe el mal tiempo y no haya que enfrentarse a cambios profundos. También porque los mismos movimientos sociales tienden a considerar solo una explicación que cuadre con su propia tradición. Los movimientos de respuesta al aumento de precios se concentran en la explicación “oligopólica” (incluida en ella la lucha sindical en torno al poder adquisitivo de los salarios), y a los ecologistas les atrae más la del agotamiento de suministros. Para tener una respuesta fuerte es necesario que combinemos las tres cuestiones y formulemos propuestas de transformación que incluyan a la vez una reducción de nuestro gasto natural, una reorganización de la producción y el debilitamiento del poder económico. 

28/11/2021

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