Neolaborismo

Albert Recio Andreu

I

La gente de izquierdas andamos animados. Acumulamos tantas experiencias frustradas que cualquier buena noticia se convierte en un brote verde o la vemos directamente como un árbol crecido. El elemento desencadenante de esta oleada de optimismo la ha generado, en primer lugar, Yolanda Díaz. Con su trabajo serio y firme en el Ministerio de Trabajo y Economía Social. Con sus intervenciones mesuradas en el Congreso de los Diputados. Con su propuesta de generar una nueva especie de “Frente Amplio” de izquierdas que vaya más allá de Unidos Podemos. Y, también, porque todo esto se refleja en un buen posicionamiento en las encuestas.

Un punto de partida que ha tenido continuidad en el encuentro de Valencia, donde Yolanda Díaz compartió escenario con Mónica Oltra, de Compromís, Mónica García, de Más Madrid, Fátima Hamed Hossain, del ceutí Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía, y Ada Colau, de los Comuns. Algo que apunta a que la construcción de un espacio político de mayor alcance que Unidas Podemos quizá tenga una oportunidad. Aunque la ausencia de las líderes de Podemos (Ione Belarra o Irene Montero) abre algunos interrogantes. Y a la semana siguiente la conferencia de Comuns en Barcelona repitió un formato parecido, donde Alberto Garzón de Izquierda Unida sustituyó a Fátima Hamed Hossain y donde Ione Belarra hizo acto de presencia por videoconferencia. Son actos que recuerdan algún tipo de misa laica. Más simbólicos que efectivos. Más para convencidos que para el público en general. Pero hacía falta un encuentro de este tipo, donde la gente se volviera a encontrar, tras meses de reunirse en pantallas, y donde se generara un mínimo de buen rollo básico para seguir trabajando. En la reunión de Comuns, además, se representó una imagen de reconstrucción de puentes con el movimiento sindical que en otras épocas se notaba en falta. Y, asimismo, era obvio que quedan lejos las tensiones generadas en el momento de mayor auge del procés.

No se trata solo de una cuestión de líderesas e imágenes icónicas. Desde bastantes ámbitos se destaca además que se apunta a un neolaborismo como eje estratégico. Un proyecto político que por una parte rescataría una agenda de reformas en favor de derechos laborales y sociales en las línea ya seguida de los ERTE (que realmente han contribuido a aminorar el impacto sobre el empleo del desplome de la producción), o la ley de raiders que regula las condiciones de trabajo en las plataformas y que se trata de mantener en la reforma de la legislación laboral, la ley de la vivienda y otras. Y, por otra parte, se sustentaría en un proyecto de “Green New Deal” de cambios en las estructuras productivas para alcanzar objetivos de control del calentamiento global, de la contaminación etc. Se supone que estos nuevos proyectos productivos servirían a la vez para reducir el impacto ambiental y para crear empleo. Y por tanto orientarían la actividad económica en una clave de sostenibilidad y calidad social. Desde el plano de la acción política el proyecto es atractivo. Le ofrece a la gente un horizonte social relativamente optimista, promete empleos (no sólo en la economía “verde”, también en el eje de los cuidados), servicios públicos de calidad, innovación tecnológica… La movilización social exige siempre que la gente piense que lucha por algo que puede lograr. Y se trata de una propuesta que además tiene la capacidad de dar una respuesta a algo que para muchas personas (los impactos de la crisis ecológica) es visto como una amenaza o una imposición tecnocrática. Es además el tipo de proyecto que permite soldar una alianza entre ecologismo y sindicalismo, pues en teoría todo el mundo puede encontrar satisfacción a sus demandas o a sus percepciones.

II

Que un proyecto bueno se materialice depende de muchas cosas. Empezando por las disputas burocráticas y cainitas a que tan dada está la gente izquierdosa. La presencia de bajo nivel de Podemos en los últimos actos puede ser un síntoma. Llevamos demasiado tiempo asistiendo como espectadores a peleas de egos como para temer que vuelvan a repetirse.

Siguiendo por las brutales campañas de la oposición política, mediática, empresarial que va a desencadenarse (posiblemente incluida la del propio PSOE) para evitar que el proyecto cuaje. Lo hemos constatado por ejemplo en casos como el de Pablo Iglesias o Ada Colau. Una parte del optimismo de los Comuns es que se ha asistido a una guerra sucia contra Ada y los suyos que de momento ha acabado en un aparente fracaso: una concentración de un par de miles de personas tras una campaña de “movilización” y unos buenos resultados en las encuestas. Pero que una campaña fracase no garantiza que otras mejor diseñadas no puedan tener éxito. Sobre todo cuando no hay ningún indicio de que el mundo empresarial esté dispuesto a aceptar reforma alguna que ponga en serio sus privilegios. Hay un cierto olvido de que el capitalismo keynesiano de la postguerra se desplegó con nacionalizaciones, fuertes impuestos y expansión de la sindicalización.

Y, sobre todo, porque a pesar de lo dicho anteriormente, el proyecto de Neolaborismo y Green New Deal puede enfrentarse a problemas serios y perder de vista cuestiones que vale la pena tener en cuenta. No es que quiera echar agua al vino por ganas de hacerme el listo. Es porque creo que cuando mejor conciencia se tenga de las dificultades más fácil será soslayarlas.

III

Todos los proyectos optimistas se basan en suponer que seremos capaces de mantener elevadas cotas de bienestar simplemente transformando el modelo productivo. La visión capitalista de la transición ecológica se basa en suponer que con ayuda de la tecnología se cambiará el modelo de aprovisionamiento energético y en los países desarrollados podremos seguir viviendo más o menos como hasta ahora. El Green New Deal bebe en gran medida de estas ideas, aunque obviamente introduce cambios tecnológicos y productivos más profundos y aboga por reformas sociales igualitarias.

Pero hace tiempo que numerosos estudios nos alertan de que las nuevas energías renovables son menos eficientes en cuanto a generación de energía neta y que las tecnologías que las hacen posibles requieren suministros de materiales escasos en el planeta. También que la crisis ecológica no se limita al problema del calentamiento, ya de por sí muy grave, sino que incluye una panoplia de cuestiones entre las que destacan la caída de fuentes de energía convencional barata (y de otros metales), la destrucción de la biodiversidad y su posible relación con plagas, pandemias y crisis alimentarias, los problemas relacionados con el agua, el crecimiento demográfico… Alguna de estas crisis se entrelaza con otras; por ejemplo, el agotamiento de energía fósil y materiales puede dificultar aún más el desarrollo de las energías renovables… La conclusión es que no hay espacio para una transición ecológica que no signifique una reestructuración fuerte de las formas de producción, consumo y organización social que obligan a diseñar propuestas políticas más sofisticadas.

No es sólo una cuestión de diseño. Dado el contexto de capitalismo neoliberal en el que estamos inscritos lo más probable es que el tipo de tensiones en las que se manifiesta la crisis ecológica se traducirán primero en impactos sobre precios como mecanismo racionador, o en tensiones en sectores productivos específicos. Un par de ejemplos pueden aclarar las dos cuestiones.

Los intentos de reducir la presencia del automóvil para reducir la contaminación urbana se centran en la creación de Zonas de Bajas Emisiones (que impiden la circulación a los vehículos más contaminantes) o en la implantación de peajes urbanos. Ambos, en el fondo, apuntan al racionamiento vía precios, pues eso lo podrán eludir los que tienen dinero para asumir el peaje o para comprarse un coche con una etiqueta compatible. Los pobres van a ser los excluidos. El segundo ejemplo es también elocuente: la transición hacia el coche eléctrico (que tiene también el problema del precio) y, aún más, la implantación de un modelo de movilidad donde el coche juegue un papel secundario o marginal, que supone cambios inevitables en el sistema productivo y hace ineludible el cierre de plantas obsoletas a menos que exista la posibilidad de reconvertirlas. En la pasada asamblea de los comunes, saltó el tema de Mahle, una planta de componentes de automoción que anuncia el cierre por obsolescencia del producto. Es posible que la multinacional mienta y se trate de una mera deslocalización. Los votos que en la asamblea apoyaban mantener la planta expresaban un viejo sentido obrerista, solidario, anticapitalista. Pero ciertamente una transición verde exige una mutación muy completa de los sistemas productivos que no se puede canalizar con defensas numantinas. Una transición verde exige tener ideas y propuestas que ayuden a la transición de las plantas y centros de trabajo y de las pautas de consumo. Ahí es donde un proyecto serio basado en la gente corriente debe trabajar más. Y donde hay más puntos que hagan que el conflicto interno genere rupturas y tensiones.

Hay muchos otros focos de tensión. La complejidad y jerarquización de las clases asalariadas, donde persisten condiciones laborales y sociales muy diversas, —por ejemplo entre empleados públicos, técnicos, y obreros manuales— apunta a otro tipo de conflictos que explican en gran parte la explosión del sentimiento de clase. No es solo una cuestión de generación de identidades más o menos culturales o psicológicas: es, sobre todo, una cuestión de base material, de los procesos de socialización (en base a la experiencia familiar y educativa, de la pertenencia a una determinada comunidad nacional) y de las condiciones de la vida laboral. Que están también presentes en las percepciones que predominan en los debates políticos.

Dirigir y orientar una organización de izquierdas requiere un nivel de sofisticación intelectual y político mayor que el de cualquier tiempo pasado. Las propuestas simples como la que plantea el neolaborismo y el Green New Deal tienen la ventaja que su simplicidad las hace comprensibles. Tienen el peligro de descalabrarse en cuanto se materialice alguna de sus limitaciones.

IV

Hay que aprovechar las olas de optimismo. Anima a la participación, a la movilización, genera energías. Lo vivimos en la transición, donde al menos se consiguió bloquear el proyecto neofranquista. Lo vivimos tras el 15-M cuando no sólo se consiguieron triunfos importantes en las municipales sino que también se ha consolidado un suelo electoral de izquierdas mayor que en el pasado. Hay por tanto que alentar que este repunte actual tome fuerza. Destacar sus peligros y contradicciones sirve para preverlas y tratar de eludirlas. Por esto es tan necesario que seamos capaces de combinar las buenas sensaciones con un debate racional, pausado, que permita afinar el proyecto.

26/11/2021

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