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Elena Plaza

Un movimiento obrero sobre tacones

La historiografía tradicional ha invisibilizado a las mujeres, de ahí la importancia de la historia con perspectiva de género. Ésta es una máxima de la que hablan los historiadores Rubén Vega o Claudia Cabrero Blanco. Este mismo concepto historiográfico es el que ha considerado al movimiento obrero como «específicamente masculino», como reseña la propia Cabrero Blanco, en espacios como la política económica, la lucha armada o los movimientos de oposición y resistencia. De ahí que la actuación femenina se omite o minimiza por aquello de que los hombres ocupan los espacios públicos (política, cultura, sociedad) y las mujeres los privados (hogar y familia).

Esa imagen es potenciada durante el franquismo con la idea de las mujeres como ángel del hogar, un papel en el que tuvo un papel preponderante la Sección Femenina, y que diferenciaba entre las buenas mujeres, esposas y madres que correspondían a este patrón, y esas otras malas, empeñadas en ocupar espacios que no les correspondían y que, en Asturias, se ejemplificaron en las mujeres obreras: las carboneras y las mujeres del carbón (diferenciando entre las que llegaron a trabajar en la mina y las esposas, hijas, madres… de mineros), las del textil, les cigarreres o cualquier otro sector combativo y transgresor por no corresponder a los roles de género, incluidas las mujeres de presos en los años de la dictadura. Las mujeres también han sido, son, sujeto activo del cambio histórico.

Dice Mercedes Yusta que las mujeres tienen un carácter específico: la rebeldía individual, el compromiso familiar, la acción colectiva. Y no desde un punto necesariamente feminista, pero sí desde luego femenino, también en relación con ese papel de madres o esposas que reclaman ese derecho atribuido por la sociedad patriarcal. En el compromiso de las mujeres se entremezcla lo personal con lo político, lo familiar con lo individual y a menudo el parentesco.

Puede que muchas sean apolíticas o sin una conciencia política clara, pero la situación que viven las lleva a desarrollar conciencia política y feminista en muchos casos. Y desde luego la conciencia de la desigualdad. El hecho de la invisibilidad de las mujeres facilita su papel en determinadas situaciones, como las mujeres del carbón como enlaces, en la clandestinidad de los movimientos de izquierdas, en las huelgas mineras…, es decir, que son subestimadas. La historiadora Rita Thalmann define este fenómeno como una «infravaloración del riesgo«, que tiene su origen en la consideración de que una mujer, simplemente por el hecho de serlo, corre menos peligro que un hombre frente a la represión. La realidad fue muy distinta, como así lo demostraron las mujeres de los mineros que fueron represaliadas o las obreras de Confecciones Gijón (conocida como IKE por la marca de las camisas que producían) y los toletazos recibidos por parte de las fuerzas de seguridad del Estado que acabaron con algunas de ellas en el Hospital de Cabueñes.

La resistencia de las mujeres, dice Claudia Cabrero, se plantea como un complemento a la acción masculina y se concibe en función de ésta. En este sentido coincide Rubén Vega cuando afirma que «solemos identificar el movimiento masculino de los obreros o la Revolución del 34, como una revolución sólo de mineros, al igual que las huelgas del 62, donde ellos son claramente protagonistas. Pero no son los únicos. En el caso de las mujeres hay mucha atención que reciben de forma subsidiaria, como la reciben en general en la historiografía, donde aparecen como coprotagonistas o fuerza auxiliar. Ahora lo vemos de una manera muy diferente, hay que ser conscientes de que hay que tener en cuenta a las mujeres».

Vega habla de una dependencia o subsidiariedad en un doble sentido. Por un lado porque la propia estructura socio-económica hace que los hombres tengan trabajos asalariados más o menos bien remunerados y ellas, en cambio, están sumidas en economías que también son importantes dentro de la economía familiar pero que corresponde a un plano informal: las mujeres de los mineros tienen un huésped en casa para el que cocinan, friegan, hacen la comida… toda esa mano de obra soltera que emigra a las cuencas mineras, también atienden un huerto, ganado o lo que sea cuando viven en zona rural. «Se buscan la vida de muchas maneras, con un puesto en la plaza o en los días más duros recogen solidaridad en las plazas de los pozos. Quienes protagonizan la conflictividad son los mineros y si ellos paran hay huelga, si paran ellas no hay nada».

Esta economía informal es absolutamente esencial en períodos difíciles. «Su propio cuerpo puede ser su medio de vida, no sólo por la prostitución, sino como amas de cría, lavanderas, cocineras, limpiadoras, cuidando niños ajenos y trabajando en el servicio doméstico y teniendo que dejar a sus propios hijos, vendiendo en el estraperlo en la posguerra (yendo a Castilla a buscar trigo o garbanzos), escondiéndose de los controles policiales, jugándose las multas. De mil maneras diferentes las mujeres se buscan la vida. O las mujeres de preso. Se volvían esenciales en la economía o administrando la miseria, la escasez absoluta, sacrificándose, resistiendo como pueden», relata Rubén Vega.

El historiador reconoce que «las mujeres son una fuerza de apoyo que se convierte muchas veces en indispensable. Son decisivas en muchos conflictos, extienden los conflictos de una forma muy singular porque se hacen fuertes en el rol de mujeres, de amas de casa, esposas, madres, hijas de mineros, y afean la conducta de los hombres que no son lo bastante hombres porque ellas siendo mujeres son más valientes; se vuelven subversivas. Hay una transgresión de los roles cuando son ellas las que salen formando piquetes desafiando a los hombres y diciéndoles sois unos gallinas y tirándoles maíz. Y se vuelven muy importantes en la solidaridad, en la actividad clandestina y en la movilización».

Pero también en la actividad legal antes de la guerra hay esa dependencia que era doble desde el punto de vista de los roles sociales que cumplen y de las organizaciones en las que militan. «Son organizaciones de hombres y en último extremo los hombres mandan en todo», explica Vega, que hace especial hincapié en la última huelga minera de 2012: «las mujeres del carbón se organizaron de forma autónoma, no aceptaron tutela de nadie, tomaron sus propias decisiones, elaboraron sus propios discursos, un discurso muy conscientemente femenino, no voy a decir feminista, de no obedecemos a nadie ni atendemos a nadie, ni dependemos de nadie. Eso generó roces con los sindicatos mineros, que no encajaban eso ni bien ni mal, pero no tuvieron más remedio que tragar. Ellas se organizaron totalmente de manera autónoma siendo también, en cierto sentido, una forma de apoyo porque la huelga duró lo que duraron los mineros en huelga: el día que los mineros volvieron a trabajar la huelga terminó, evidentemente; pero sí tuvieron una voz propia, diferenciada, muy consciente y con un planteamiento muy diferente del de los hombres: para empezar con una organización propia, autónoma y unitaria, no dividida por filiaciones ni sindicales ni políticas. Y también con un discurso que tenía que ver con lo social, con el territorio, lo colectivo y que pensaba menos en lo material, económico, prejubilaciones… y más libre, porque al final los mineros estaban sometidos a directrices sindicales funcionando de una forma bastante rígida, y ellas tenían una voz más autónoma, propia».

El desarrollo de las conciencias de clase y feminista

Lo que sí es común a todas estas mujeres es la clarísima conciencia de clase, tanto en las que se movilizan de manera subordinada respecto a los hombres como las que lo hacen de forma autónoma. «Esa frontera entre los explotadores y los explotados, la idea de solidaridad de clase la tienen clarísima y la ejercen con mucha contundencia. Lo que no hay durante mucho tiempo es conciencia feminista; no es que no exista el feminismo obrero, pero en las cuencas mineras asturianas nunca cala demasiado y luego la dictadura franquista se vuelve muy irrespirable: hay cosas mucho más elementales y más inmediatas que forman parte de su agenda, pero conciencia de clase tienen mucha», afirma Vega.

Cuando las diferentes situaciones a las que se vieron sometidas, ya sea en primera persona o segunda, desarrolla en ellas la conciencia sindical, se desarrolla plenamente una conciencia de la injusticia, de la desigualdad, la explotación y de la necesidad de actuar y responder colectivamente ante las desigualdades. De hecho, como señala el propio historiador, «cuando tienes una experiencia de ese tipo ya no eres la misma persona. Eso no sucede en los contextos de guerra, donde no es fruto de una conquista de una conciencia previa, sino de una necesidad. Pasa con las milicianas en la guerra civil española: son pocas y acaban siendo echadas del frente y el ejército porque se acaba imponiendo la idea de que ése no es sitio para las mujeres, o cuando las mujeres trabajan en las fábricas al ser los hombres movilizados al frente y estos regresan».

En cuanto a la preponderancia del discurso de clase sobre el de género, «en el discurso teórico, el socialismo es igualitario, y eso implica no sólo la abolición de las clases, sino también la igualdad entre hombres y mujeres. Cómo se lleve eso a la práctica ya deja mucho más que desear. El discurso general es fácil, y además la idea es que cuando llegue el socialismo se van a resolver las desigualdades entre hombres y mujeres. El socialismo va a ser el curalotodo de nuestros males, no sólo de clase, sino también de género, pero llevar eso a la práctica en el día a día… La sociedad es machista, los obreros son machistas, por supuesto, y las mujeres en su inmensa mayoría también lo son. Muchas de las mujeres que militan no tienen esa pulsión de reivindicar como mujeres o van desarrollando la conciencia de forma más o menos embrionaria, pero siempre con miedo a romper la unidad, una tensión que es universal respecto al movimiento obrero».

Vega señala que, a pesar de figuras como Flora Tristán, Alexandra Kolontai, Emma Goldman y otras, «las organizaciones obreras fueron de hombres pensando con cabeza de hombres y las reivindicaciones de las mujeres siempre podían esperar, eran prescindibles, no era la prioridad. Y eso es una constante en el movimiento obrero. Hubo un movimiento obrero feminista, un feminismo de clase, pero no son la corriente mayoritaria: ni lo fue el feminismo obrero dentro del feminismo en su conjunto, ni lo es ahora. Hay dificultad de conciliar las dos cosas aunque a priori se podría pensar como lo formuló Flora Tristán: la desigualdad es la causa y, si queremos conseguir una sociedad igualitaria, tenemos que conseguir la igualdad de clase y de género».

«Si hablamos de conflictos obreros recientes en Asturias las de IKE, Obrerol-Monza, mujeres del carbón, nunca se definieron a sí mismas como feministas. Había feministas entre ellas, seguro que sí, y quien desarrolló conciencia feminista en el transcurso de los conflictos porque sí desarrollaron una conciencia muy clara de que tenemos problemas por ser mujeres, tenemos problemas que los hombres no tienen. Cuenta Ana Carpintero, extrabajadora de IKE y pareja de Morala, líder de los astilleros, que cuando Morala estaba quemando una barricada nunca pensaba qué voy a poner para comer hoy, y ella sí; existe una mala conciencia de estar desatendiendo otras obligaciones. Nunca se autodefinieron como feministas, pero sí fueron desarrollando conciencia de tener problemas específicos como mujeres y reivindicaciones específicas como mujeres».

El propio conflicto de IKE obliga a afirmar que el salario y el puesto de trabajo de las mujeres vale tanto como el de los hombres: no es prescindible, no es complementario, es necesario. El hecho de tener que rebatir esos argumentos con los que disparan desde distintos lugares reafirma que existan los mismos derechos a la independencia económica, a conservar el puesto de trabajo o en otros conflictos, donde había plantillas mixtas, a impugnar la idea de que si hay despidos, las primeras que se van son las mujeres, los hombres tienen que mantener una familia. «Eso da conciencia feminista, pero el feminismo incluye muchas más dimensiones que ellas a veces no desarrollan tanto, que no está entre sus prioridades. Entre ellas hay feministas, claro que sí, pero colectivamente no pueden ser etiquetadas de feministas», explica Vega.

Rebeldías cotidianas

En el movimiento obrero protagonizado por mujeres lo que sí se da es una transgresión de roles, con más o menos importancia según el contexto histórico en el que se enmarque, pero que tiene su peso en la conflictividad llevada a cabo por las mujeres. Comenta Rubén Vega que «tiene mucho que ver con la resistencia y con la carga que asumen de yo saco adelante a los guajes, a la familia. El marido no está cumpliendo el rol que corresponde por razones de militancia, pero ella sobrevive y hace que sobreviva la familia en situaciones muy difíciles».

Ese rol no es sólo del paternalismo o la burguesía, sino también del movimiento obrero. «El salario de los hombres es el ingreso que mantiene a la familia y las mujeres son las que reproducen la fuerza de trabajo: les mantienen limpios, bien alimentados y atendidos sexualmente, y además sacan adelante a los hijos que van a ser la mano de obra futura. Y les apartan del chigre. Se fomentan los valores familiares por esta idea de, si está casado y la mujer se ocupa de él, estará mucho menos en el chigre. Eso desde el punto de vista de la burguesía es rentable, pero también desde el punto de vista del movimiento obrero porque justifica reivindicaciones salariales más altas de los hombres para mantener a las mujeres en casa y tener una vida más cómoda para los hombres. El paternalismo tendría otra dimensión que es la gestión de la mano de obra femenina, cuando hay mujeres trabajando. Donde hay mano de obra femenina encuentras sistemáticamente una política que discrimina a las mujeres y que las trata de forma paternalista: es casi inevitable que en una fábrica con mano de obra mayoritariamente femenina la dirección sea masculina», afirma Vega.

Las estrategias de lucha de las mujeres y su acción colectiva en la conflictividad social ponen de manifiesto que su cultura de resistencia y proceso de conciencia social, política e incluso femenina tiene múltiples dimensiones, como destaca Claudia Cabrero Blanco. Por un lado pone en cuestión la división entre lo público y lo privado porque alteran y redefinen esas fronteras (convierten las casas en lugares de reunión, el mercado en lugares de agitación política y las puertas de las cárceles en puntos de encuentro). Se sirvieron de esos estereotipos, como decía también Vega, como el supuesto desinterés por la política, el derecho al pudor para esconder el estraperlo o pasar las bolsas de propaganda. Así disfrazaron su resistencia y la introdujeron en el discurso público.

Por otro lado replantean conceptos básicos como los de oposición política y resistencia, dando lugar a una redefinición del término resistencia desde una óptica masculina a otra más feminizada. Esto tiene que ver con lo que James Scott denomina la infrapolítica de los desvalidos: un repertorio de actitudes o estrategias que pasan a menudo por formas insignificantes, pero que atacan desde abajo al poder dominante y también entraña riesgos y peligros.

En la transgresión de este rol femenino hay también un cuestionamiento al Estado, según desarrolla Temma Kaplan, «por no permitirles desarrollar su conciencia femenina en virtud a ese rol tradicional de la división sexual del trabajo. Si el Estado no cumple, por ejemplo en épocas de escasez, con los momentos duros de la reindustrialización o de la represión franquista en las cuencas, no se puede pedir lealtad a las mujeres. El quebrantamiento de esos derechos lleva a desarrollar una conciencia política que da lugar a la aparición de las redes de solidaridad y las acciones de protesta relacionadas con la defensa de la vida en su más pleno sentido».

Sheila Rowbotham lo define como el fenómeno de las «mujeres en movimiento»: mujeres que actúan conjuntamente para alcanzar objetivos comunes y, aunque no sean feministas, el hecho de tomar iniciativas y el actuar unidas repercute directamente sobre su conciencia femenina.

Las obreras del textil

Durante una década, la que abarca de 1984 a 1994, las trabajadoras de Confecciones Gijón, elevadas sobre sus tacones, maquilladas y con los peinados característicos de la época, tomaron por asalto un buque mercante, le cantaron las mañanitas diariamente (lo que hoy llamaríamos escraches) a Pedro de Silva, todo un presidente autonómico, y a la por entonces consejera de Industria Paz Fernández Felgueroso, se encerraron en la embajada de Cuba en Madrid, se encadenaron a la locomotora del Talgo Gijón-Madrid-Alicante, pasearon un burro con el cartel de Administración, crearon un partido para presentarse a las elecciones municipales, quemaron neumáticos y armaron barricadas y se defendieron con agujas de coser tamaño industrial de los antidisturbios. Amén de organizar un sistema de convivencia que les permitió vivir cuatro años en una fábrica sin agua corriente ni calefacción. Se ejemplifica con las barricadas de la naval o los mineros, pero ¿quién se acuerda de ellas?

Las obreras del textil, y en especial las de IKE, protagonizaron una lucha muy singular. El conflicto de IKE era un conflicto largo y tenaz cuando cerró la fábrica, pero es que fueron capaces de resistir cuatro años con la fábrica cerrada, ocupándola. Le llamábamos encierro pero técnicamente no lo era porque entraban y salían y había turnos e iban rotando, pero mantuvieron la ocupación durante cuatro años, lo que indica una determinación muy extraordinaria para hacer algo así. Y convirtieron la fábrica en un lugar donde se cohesionaron entre ellas, donde desarrollaron conciencia, planificaron las acciones, donde hay un trabajo de ayuda mutua, crían a los guajes, organizan unos encuentros feministas y están todo el tiempo dando caña, movilizándose», rememora Rubén Vega.

La historia de IKE es la historia de una profunda transformación personal donde las trabajadoras tenían una gran dependencia emocional del dueño, oriundo de la zona de Los Oscos, y que recibía a muchas mujeres de esta zona en un claro sistema paternalista.

El textil es un sector feminizado y precario, que se caracteriza por las pésimas condiciones de trabajo, el paternalismo del jefe y las discriminaciones específicas que vivían por ser mujeres. Se da una fuerte presencia de economía sumergida, lo que supone una individualización de las trabajadoras y por tanto indefensión en contraposición a la acción colectiva y las redes de solidaridad que proporcionan la cultura de la fábrica.

Cuenta la historiadora Nerea González de Arriba que «las trabajadoras del textil forjaron un carácter contestatario y un pasado de luchas dentro del movimiento obrero y de la propia lucha por los derechos de las mujeres». Su revuelta las llevó a conseguir hacerse con la propiedad del inmueble y el dinero de su venta se repartió entre todas las trabajadoras que de otro modo nunca hubieran conseguido.

Estas mujeres se enfrentaron a la policía, al poder político, a varios empresarios, jueces, sindicatos mayoritarios y a sus propias familias. Mujeres de mediana edad, sin mayor implicación política en una empresa sin demasiada tradición sindical. Lo más sonado fue la ocupación de la fábrica, pero durante muchos años todos los martes y jueves se manifestaron protagonizando acciones llamativas frente a imprecaciones machistas del tipo «mejor estabas en casa fregando».

Al ser conflictos que se alargaron en el tiempo e intensos, reflejan cómo las mujeres tuvieron que romper los moldes socialmente impuestos. Su participación activa las llevó a ocupar la esfera pública, a que se visibilizaran como sujetos políticos, a que transgredieran las identidades conformadas por el género. Esto suponía romper con el rol de feminidad impuesto a las mujeres y cómo la acción colectiva puede extender sus efectos al ámbito familiar, a lo privado y a las relaciones sociales. Esto en la época franquista suponía un castigo contra aquellas que contravenían esa feminidad impuesta de ángel del hogar.

Menos conocidas son las trabajadoras de Obrerol-Monza, que no protagonizaron una movilización tan espectacular o con tanta repercusión, pero que fueron con más conciencia y más combativas porque protagonizaron también conflictos duros que no eran puramente defensivos. «Las de IKE estaban intentando salvar sus puestos de trabajo, las de Obrerol pelearon por cuestiones de dignidad, por cuestiones de derechos, tuvieron dos huelgas muy duras y muy largas, sufrieron mucha represión y resistieron mucho tiempo», afirma Vega. Obrerol sigue existiendo todavía pero es una existencia zombie, una tapadera para importar ropa de China, a la que ponen una etiqueta de made in Spain.

Carboneras y mujeres del carbón

Afirma la periodista Aitana Castaño que su libro Carboneras es una excusa para hablar de muchas mujeres, «un colectivo que existe pero que se obvia y no se cuenta su historia. La historia siempre la contaban los ricos y cuando la cuentan los pobres, sigue siendo la de los hombres».

Dice que la cuenca es un matriarcado, a pesar de que los años 60 son machistas, como el resto del Estado, pero en el caso de las zonas mineras asturianas, no son patriarcales: «el poder de las mujeres está en la sombra. Hay viudas de minero muertos en la mina o por la silicosis, hay un trabajo de cuidados importante, y los paisanos lo sabían. Son un tótem, siempre hay una mujer al frente de todo». De ahí que este libro sea un homenaje a las carboneras que trabajaron lo mismo que los hombres y cobraron la mitad y que vieron que las enfermedades profesionales de la mina no estaban reconocidas para ellas. «Son esas mujeres que se pegaban con quien fuera, incluso con el paisano en la plaza del pozo para que no se gastara la paga en el chigre».

Castaño habla de solidaridad y también de sororidad, «fundamental para la supervivencia», mientras aclara que las historias que cuenta son ficciones basadas en realidades que se repitieron por todas las cuencas mineras, que muchas mujeres se reconocen en ellas y que da una imagen de lo que supone ser de la cuenca, ser mujer del carbón: «el poder del colectivo está por encima de todo, incluso de ti. Eso te enseña ser de la cuenca: el camino de la reivindicación, la unión, y no la huelga en sí, que es el golpe de efecto».

Habla de mujeres combativas que consiguieron reunirse con el mismísimo arzobispo de Oviedo, «que no se reunía ni con los mineros», o la visita que tuvo que hacer el ministro franquista del Movimiento José Solís, apodado La sonrisa del Régimen, para apaciguar ánimos en la época de los deportados a Castilla.

«Era una sociedad muy masculinizada, pero el movimiento feminista y asociativo fue muy fuerte aquí. El paisano tenía mucha importancia porque era el minero, pero ellas consiguieron ser dueñas de su espacio en un país donde no pasaba eso«. Se refiere a las asociaciones de amas de casa que funcionaban de manera diferente a la imagen estereotipada que hoy se pueda tener de ellas, «mujeres que hoy tienen 80 años y que llevan 40 organizando espacios fuera de casa sin que un paisano les dijera nada».

Esa sororidad de la que habla las lleva a apoyarse unas a otras, a conseguir que el grupo fuera fuerte y se enfrentaran a quien hiciera falta y se defendieran entre ellas, amén de organizar cajas de resistencia, redes de solidaridad, servir de enlaces. Ellas son el baluarte fundamental en las huelgonas mineras de los años 60 que se extendieron por otros núcleos fabriles de todo el Estado. Son las mujeres de los mineros las que dejaron su impronta a la hora de liderar el movimiento obrero y daban la cara ante las autoridades políticas y religiosas. Y sufrieron violaciones, arrestos o murieron al cabo del tiempo a causa de las hostias recibidas.

«Pasaron mucho más de lo que nos imaginamos. Fausto Sánchez siempre destacaba la labor de las mujeres, que sufrieron físicamente lo mismo que los hombres. Pero ellas también estaban fuera (de las cárceles o del monte) y sufrían el menosprecio de la sociedad al ser mujer de rojo«, señala la periodista, que añade que «ésa es la parte de la lucha obrera que no se tiene en cuenta, y eso que estaban muy comprometidas con las ideas. Repartían Mundo Obrero y eran enlaces con los fugaos, que acabaron en los años 40, y hasta los 70 no se legalizó el PCE. Sin las mujeres no hubiera funcionado dando alojo durante la clandestinidad».

Castaño deja claro que la labor de las mujeres «permitía vivir. Era un movimiento silencioso porque no podía ser de otra manera, pero hoy las podemos dar voz. Y este paso es mucho más de lo que nos podamos plantear».

«Elegí a las carboneras que eran como la cúspide de todo, pero representan a las mujeres de toda la cuenca porque están criadas en lo mismo y anteponen el bienestar de los suyos. Es una mujer muy poderosa, y había una en cada casa. Y aquí tenían las herramientas o la coyuntura que se lo permitía ser».

Otros sectores feminizados

Carboneras y textiles «se llevan la parte del león», afirma Rubén Vega. Pero hay otros colectivos con cierta representación, como les cigarreres en Gijón. «En realidad hasta la Guerra Civil los sectores del trabajo industrial femenino son las cigarreras, personajes de mucha presencia en Gijón, las obreras textiles (La Algodonera, La Sombrerera y otras fábricas textiles) y las conserveras, éstas dispersas por toda la geografía litoral asturiana, en cada puerto hay una o varias fábricas de conservas». La división sexual del trabajo está aquí muy presente: ellos a la mar y ellas enlatando, reparando redes o vendiendo pescado.

La Tabacalera llegó a ser bastante grande, con centenares de trabajadoras, que «eran muy singulares en todos los sentidos»: por el número, por el emplazamiento en el casco viejo, que son mujeres independientes desde el punto de vista económico, obreras asalariadas y cualificadas, con su propia organización, su propia sociedad de resistencia, no estaban integradas en ningún gran sindicato de clase pero eran solidarias con el sindicalismo de clase. Es decir, «tienen organización propia y al mismo tiempo no son ajenas al movimiento obrero, y tienen mucha presencia social».

Protagonizaron motines en el siglo XIX y huelgas en el XX. «Desde el punto de vista de la protesta social, de la conflictividad, de la organización, de la solidaridad y también de personajes muy presentes en la vida local, con una personalidad fuerte, son fácilmente identificables. En el período más reciente pierden mucha de esa presencia, son muchas menos, tienen mucha menos importancia social y económica y entran en un proceso de reducción de tamaño casi vegetativo, se van jubilando, no se contrata, se va mecanizando mientras ellas se descualifican siendo menos fuertes en el mundo reivindicativo. Finalmente cierra la fábrica y algunas se trasladan y otras se prejubilan o se quedan y desaparecen con poca resistencia comparado con lo que fueron, seguramente porque eran pocas y envejecidas», desgrana el historiador.

Otro ejemplo es la Fábrica de Loza de San Claudio, con mucha mano de obra femenina, que «explica San Claudio y difícilmente la localidad se entendería sin la fábrica, sino que sería una aldea como muchas otras de Oviedo. También hay vida sindical, hay conflictividad y hay resistencia al cierre, pelean y tienen una presencia notable y son víctimas de la deslocalización».

Estos sectores siguen existiendo en la Transición pero desaparecen en el período reciente en un proceso de reestructuración, deslocalización y desmantelamiento. «Fábrica de Tabacos cierra a principios de este siglo, fábricas de conservas queda alguna pero en la mayoría de los puertos ya no hay y el textil de forma casi testimonial. Respecto a las 6.000 trabajadoras textiles que llega a haber en la mitad de los 70 ahora queda muy poco y de lo poco que queda parte en economía sumergida y no hay ninguna fábrica grande», relaciona Vega.

La historiografía tiende a identificar, según explica Cabrero Blanco, oposición con militancia política y a considerar que la lucha armada es la única forma de resistencia que merece reconocimiento. Las herramientas de la resistencia civil, la que protagonizan las mujeres, en palabras de Jacques Semelor, «no son las armas, sino instrumentos inmateriales como el coraje, la versatilidad, la habilidad para manejar situaciones de riesgo, el uso de la palabra, la denuncia, el insulto… y, en consecuencia, sus acciones suelen ser menos espectaculares». «Pero no por ello las movilizaciones femeninas son menos significativas», concluye la historiadora.

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Memorias culturales de la industria es un archivo del proyecto de investigación Cambio sociocultural, memoria, patrimonio e identidades en contextos de desindustrialización de la Universidad de Oviedo. Aborda el estado del patrimonio ligado al trabajo industrial en Asturias y recaba rasgos identitarios de comunidades basadas en el trabajo industrial. En su producción han colaborado la Fundació Cipriano García y Nortes.

[Fuente: Público]

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2022

En rigor, no tomamos decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros.

JOSÉ SARAMAGO
Todos los nombres (1997)

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