Enrico Berlinguer

La austeridad (1977)

Conclusiones ante la convención de intelectuales

 

El texto que presentamos aquí es un discurso que, en su momento, no entendió casi nadie. Lo pronunció el entonces secretario general del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer (1922-1984), en 1977. Un año duro. Italia estaba envuelta en un clima tenso, caracterizado por la virulencia de los terrorismos de extrema derecha y de las Brigadas Rojas, por una galopante crisis económica derivada de la subida del precio del petróleo a raíz de la guerra de 1973 entre árabes e israelíes, y por una elevada conflictividad social que no parecía tener una salida progresiva a causa de la rigidez de un sistema político pivotado alrededor de la Democracia Cristiana. En este escenario, Berlinguer presentó una serie de elementos para la reflexión sobre la austeridad como columna vertebral de una futura sociedad profundamente alejada del modelo capitalista dominante y de sus desvalores (despilfarro de los recursos energéticos y materiales, consumismo desenfrenado, individualismo alienante, etc.). Se trataba, pues, de un discurso original y hasta atrevido, ya que era la primera vez que un líder comunista de la Europa occidental ponía el acento en los consumos antes que en los modelos de producción, y por ende añadiendo un punto de vista antropológico a la crítica económica del capitalismo. Pero también hablamos de un discurso que cayó en saco roto tanto en la izquierda italiana (y en el mismo PCI) como en una izquierda europea demasiado centrada en un modelo industrial fordista que, a finales de los años setenta, ya estaba tocado de muerte. En España, los únicos que notaron el potencial político del discurso berlingueriano fueron los redactores de la revista Materiales, quienes en 1978 lo publicaron en formato libro en la editorial homónima. Como es sabido, estos intelectuales capitaneados por Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi abandonarían poco después el proyecto de Materiales para crear mientras tanto, una revista que trabajaría para renovar el ideario comunista en función de los nuevos y acuciantes problemas ecológicos. A diferencia de hoy en día, hace treinta años las ideas contenidas en el discurso de Berlinguer y en los artículos de mientras tanto no sólo no eran moneda corriente en la izquierda política y sindical de nuestro país, sino que en ella hubo quienes las calificaron de utópicas. Pero a veces la historia demuestra que las utopías no son sino verdades avanzadas.

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Ante todo quiero manifestar la satisfacción de la dirección del partido por la respuesta que nuestra iniciativa ha encontrado entre los intelectuales comunistas y entre intelectuales y representantes políticos de diferentes orientaciones, de otras corrientes. La participación y el interés que ha suscitado nuestra convención demuestran su madurez y su oportunidad, de las que ya estábamos convencidos cuando propusimos ponernos a trabajar (volveré luego sobre el significado de esta expresión) por un proyecto de renovación de la sociedad italiana.

El método de trabajo de los comunistas no es el del centro-izquierda

Este ha sido y es el tema principal, la razón y la finalidad de nuestra reunión con vosotros. No nos habíamos propuesto volver a profundizar cuestiones como las de la relación entre política y cultura, entre partido e intelectuales (aunque quisiera decir algo más sobre ellas en la conclusión de mi intervención), sino fundamentalmente abrir un debate sobre el tema concreto que se plantea en la propia convocatoria: cuál puede ser la aportación de la cultura a la elaboración de un proyecto de renovación de la sociedad italiana.

Esta convención ha pretendido ser, y creo que lo ha conseguido, un momento de la construcción de ese proyecto; no creo, pues, que pueda dar lugar a desilusiones, ni por nuestra parte ni por la vuestra. Sólo podría sentirse decepcionado el que, entendiendo equivocadamente el sentido de nuestra propuesta y, más en general, desconociendo el método de trabajo de los comunistas, pensara que el camarada Aldo Tortorella, el camarada Giorgio Napolitano o yo mismo habíamos venido aquí para presentaros poco menos que un plato ya preparado, al que vosotros sólo tendríais que añadir los condimentos o decir si os gustaba o no. Por el contrario, decidimos convocar esta convención antes de llegar, como partido, a un proyecto acabado en sus diferentes partes, por la sencilla razón de que tal proyecto ha de ser el resultado de una investigación y de un trabajo común que tienen una envergadura mucho mayor que el que está realizando y realizará el grupo dirigente de nuestro partido. En efecto, aunque sólo sea para no volver a caer en la experiencia negativa del centro-izquierda, teníamos y tenemos que evitar el error de los proyectos elaborados sólo desde un escritorio.

El camarada Napolitano os ha informado de que la dirección del partido ha constituido una comisión que ya está trabajando en este proyecto, pero ha aclarado también que, antes de que presente sus propuestas a la dirección y al Comité Central del partido, queremos llevar a cabo una verificación de masas de las propuestas a formular, queremos estimular la aportación de todos los que desean comprometerse activamente en el cambio de esta sociedad; queremos, en definitiva, hacer algo que, por su método y por su esencia, no se ha hecho nunca en Italia: llegar a un proyecto de transformación discutido entre la gente, con la gente. Y como para transformar nuestra sociedad no hemos de aplicar doctrinas o esquemas ni copiar modelos ya existentes ajenos, sino recorrer caminos nuevos todavía por explorar, es decir, inventar algo nuevo, pero que esté bajo la piel de la historia, algo maduro, necesario y, por consiguiente, posible, es natural que el primer momento de nuestro trabajo haya sido y tenga que ser el encuentro con las fuerzas que son o deberían ser creativas por definición: con las fuerzas de los intelectuales, de la cultura.

Sólo puede ser ésta, en mi opinión, la forma de proceder del partido más representativa de la clase obrera, es decir, de la formación política que tiende continuamente a realizar la síntesis entre espontaneidad y reflexión, entre inmediatez y perspectiva, y, por lo tanto, también entre clase obrera e intelectuales, entre la fuerza social que es hoy el principal motor de la historia y las capas portadoras de pensamiento, que expresa las acumulación y el desarrollo de la cultura y de la civilización.

Esta convención constituye un primer resultado positivo del esfuerzo que estamos realizando, y que tendrá que continuar intensificándose, entre los intelectuales y en el mundo de la cultura, tanto a través de la desagregación de nuestro trabajo de la que hablaba el camarada Alberto Asor Rosa y que se ha de llevar a cabo por materias, por grandes sectores, como a través de las iniciativas de las que hablaba el camarada Tortorella (especialmente de la iniciativa que ha propuesto y a la que tendremos que prestar gran atención, en el sentido de promover en las instituciones culturales conferencias con un carácter análogo, salvadas las lógicas diferencias, al de las conferencias de producción que hemos impulsado y tendremos que impulsar en las fábricas), o bien por medio de otras iniciativas que susciten la aportación de los obreros, los campesinos, los técnicos, los dirigentes de fábrica, las masas juveniles y sus organizaciones, las mujeres y sus asociaciones.

Dar un sentido y una finalidad a la política de austeridad: pero ¿qué austeridad?

¿Cuál es el origen de la necesidad de ponernos a pensar y a trabajar sobre un proyecto de transformación de la sociedad que indique objetivos y metas a perseguir y alcanzar en los próximos tres o cuatro años, pero que se traduzcan en hechos, disposiciones y medidas inmediatas que señalen su puesta en marcha?

Esta necesidad nace de la consciencia de que hay que darle un sentido y una finalidad a la política de austeridad que es una opción obligada y duradera y, al mismo tiempo, una condición de salvación para los pueblos de Occidente en general, y especialmente para el pueblo italiano.

La austeridad no es hoy un mero instrumento de política económica al que hay que recurrir para superar una dificultad temporal, coyuntural, para permitir la recuperación y la restauración de los viejos mecanismos económicos y sociales. Así conciben y presentan la austeridad los grupos dominantes y las fuerzas políticas conservadoras. Para nosotros, por el contrario, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance.

Es, pues, en base a este enfoque como el movimiento obrero puede enarbolar la bandera de la austeridad. Austeridad es para los comunistas lucha efectiva contra la situación existente, contra la evolución espontánea de las cosas, y al mismo tiempo, premisa, condición material para realizar el cambio. Concebida de esta manera, la austeridad se convierte en un arma de lucha moderna y actualizada tanto contra los defensores de orden económico y social existente como contra los que la consideran como la única situación posible de una sociedad destinada orgánicamente a permanecer atrasada, subdesarrollada y, además, cada vez más desequilibrada, cada vez más cargada de injusticias, de contradicciones, de desigualdades.

Lejos de ser, pues, una concesión a los intereses de los grupos dominantes o a las necesidades de supervivencia del capitalismo, la austeridad puede ser una opción con un avanzado y concreto contenido de clase, puede y debe ser una de las formas en que el movimiento obrero se erige en portador de una organización diferente de la vida social, a través de la cual lucha por afirmar, en las condiciones actuales, sus antiguos y siempre válidos ideales de liberación.

En efecto, creo que en las condiciones actuales es inimaginable luchar realmente y con eficacia por una sociedad superior sin partir de la necesidad imprescindible de la austeridad.

Pero la austeridad, según sus contenidos y las fuerzas que la encauzan, puede utilizarse como instrumento de depresión económica, de represión política y de perpetuación de las injusticias sociales o como ocasión para un desarrollo económico y social nuevo, para un riguroso saneamiento del Estado, para una profunda transformación de la organización social, para la defensa y expansión de la democracia: en un palabra, como medio de justicia y de liberación del hombre y de todas sus energías, hoy postradas, dispersas, desperdiciadas.

Las consecuencias en los países capitalistas del avance del movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo

En otras ocasiones, incluso recientemente, hemos recordado las profundas razones históricas, ciertamente no sólo italianas, que hacen necesaria, y no coyunturalmente, una política de austeridad. Existen varias razones, pero hay que recordar que el acontecimiento más importante, cuyos efectos no son ya reversibles, ha sido y seguirá siendo la irrupción en el escenario mundial de países y pueblos antes coloniales que van liberándose de la dependencia y el subdesarrollo a los que les condenaba la dominación imperialista. Se trata de dos terceras partes de la humanidad que no toleran ya vivir en condiciones de hambre, de miseria, de marginación, de inferioridad frente a los pueblos y países que han dominado hasta ahora la vida mundial.

Este movimiento es extremadamente multiforme y complejo. Son enormes las diferencias económicas, sociales, culturales y políticas que existen tanto en el interior de lo que suele llamarse Tercer Mundo como en sus relaciones exteriores. En especial, en los últimos tiempos se ha ido concretando una tendencia hacia alianzas entre los grupos dominantes de los países capitalistas más desarrollados y los de determinados países en vías de desarrollo, alianzas que perjudican a otros países más pobres y débiles y a todos los movimientos populares y progresistas. No han sido ni son sólo los Kissinger, sino también los Llaman (habréis leído sus recientes declaraciones) los que han seguido y siguen una política de hostilidad contra los Estados y las fuerzas políticas que luchan por la renovación de su propio país, incluidas las fuerzas avanzadas del movimiento obrero occidental.

Hemos de saber captar estas diferencias en el seno del Tercer Mundo y tenerlas en cuenta, pero no hemos de perder de vista el significado general del grandioso movimiento que protagonizan aquellos pueblos, un movimiento que cambia el rumbo de la historia mundial y que va rompiendo todos los equilibrios existidos y existentes, y no sólo los relativos a las relaciones de fuerza a escala mundial, sino también los equilibrios internos de cada uno de los países capitalistas. Con su acción profunda, este movimiento hace estallar las contradicciones de toda una fase de desarrollo capitalista posbélico y produce en determinados países condiciones de crisis de gravedad sin precedentes. Si bien puede ocurrir, como podemos comprobar, que en el interior del mundo capitalista algunas economías más fuertes pueden sacar provecho de la crisis y consolidar su posición de dominio, para otros países económicamente más débiles, como Italia, la crisis se ha convertido ya en una caída más o menos lenta hacia el precipicio.

Sobre el telón de fondo de esta agudización de los conflictos entre países y grupos capitalistas, mal encubierta por frágiles solidaridades, destacan con una nitidez cada vez mayor procesos de disgregación y decadencia que, al tiempo que vuelven cada vez menos soportables las condiciones de existencia de grandes masas populares, amenazan no sólo las bases de la economía, sino incluso las de nuestra propia civilización y de su desarrollo.

No es necesario describir los mil signos en los que se manifiesta esta tendencia que hiere y degrada tan profundamente también la vida de la cultura. Lo que ha de quedar claro para todo el que quiera entender las razones y los objetivos de nuestra política, tanto en el interior de nuestro país como en las relaciones con las fuerzas progresistas de otros países, es que se puede resumir en un esfuerzo de movilización y de investigación para detener esta tendencia e invertirla.

Dos premisas fundamentales para poner en marcha “una transformación revolucionaria de la sociedad”

En mi opinión estamos viviendo uno de esos momentos en los que, como afirma el Manifiesto de los comunistas, en algunos países, como el nuestro, si no se pone en marcha una «transformación revolucionaria de la sociedad» se puede caer «en el hundimiento común de las clases antagonistas», es decir, en la decadencia de una civilización, en la ruina de un país.

Pero sólo se puede poner en marcha una transformación revolucionaria en las condiciones actuales si se saben afrontar los problemas nuevos planteados en Occidente por el movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo, y esto, en nuestra opinión, en la opinión de los comunistas, tiene para Occidente y sobre todo para nuestro país dos implicaciones fundamentales: abrirse a una plena comprensión de las razones de desarrollo y de justicia de estos países y establecer con ellos una política de cooperación sobre bases de igualdad; abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo desarrollo, basado en la artificial expansión del consumo individual, que es fuente de derroche, de parasitismo, de privilegios, de dilapidación de los recursos y de desequilibrio financiero.

Por eso la política de austeridad, de severidad, de guerra al derroche, se ha convertido en una necesidad ineludible para todos y, al mismo tiempo, en la tecla a pulsar para hacer avanzar la lucha por la transformación de la sociedad en sus estructuras y en sus ideas básicas.

Una política de austeridad no es una política de nivelación hacia la indigencia ni ha de proponerse como objetivo la mera supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis. Por el contrario, ha de tener como finalidad —y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— el instaurar la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva.

Concebida así, una política de austeridad, aunque implique (necesariamente, por su propia naturaleza) determinadas renuncias y determinados sacrificios, adquiere al mismo tiempo un significado renovador y se convierte en un acto de libertad para grandes masas sometidas a viejas subordinaciones y a intolerables marginaciones, crea nuevas solidaridades y, al ir acaparando un consenso creciente, se convierte en un amplio movimiento democrático al servicio de una tarea de transformación social.

Precisamente porque es ésta nuestra perspectiva, creo que hay que reconocer que hasta ahora la política de austeridad no se le ha presentado al país, y mucho menos se ha aplicado en la práctica, dentro de este espíritu de conciencia y confianza y no de resignación, y si bien podemos admitir —mejor dicho, tenemos que admitir— que ha habido insuficiencias y oscilaciones del movimiento obrero y de nuestro partido, las deficiencias principales hay que imputárselas a las fuerzas que gobiernan el país.

No pretendo examinar aquí las diversas medidas de política económica que el gobierno ha aplicado o está preparando, ni recordar nuestra actitud hacia las mismas. Son conocidas las posiciones, unas veces favorables y otras críticas, adoptadas por nuestro partido frente a los diversos aspectos de la política económica del gobierno. Por otra parte, como sabéis, en esta misma sala competentes camaradas —en una positiva discusión con representantes de otros partidos e ilustres economistas y en presencia también de representantes del gobierno— trataron el tema del marco económico global y de las intervenciones que han de realizar el gobierno y los partidos.

Falta de vigor y de valentía y estrechez de perspectivas en la política de austeridad del gobierno

Quiero, en cambio, insistir en una crítica de carácter general que los comunistas continuamos formulando contra la actuación del gobierno. En efecto, la política de austeridad sigue estando viciada por la falta de vigor, de valentía y de perspectiva. Por ejemplo: todavía no se ha sabido suscitar el necesario movimiento de oposición de masas contra los derroches. Contra los derroches en sentido directo, que son todavía enormes (piénsese en la energía o en la organización sanitaria) y contra los derroches en sentido indirecto y amplio, como los que derivan del laxismo en las empresas, en el tema educativo y en la administración pública; o como los que han denunciado aquí con especial severidad los profesores Carapezza, Nebbia, Maldonado y otros, que derivan de imprevisiones cuyo peso notamos ya en la actualidad y de enormes errores cometidos en la política del suelo, del territorio y del medio ambiente o de la negligencia en el campo de la investigación. Es necesaria una acción amplísima contra el derroche y por el ahorro en todos los terrenos, y esta acción requeriría el estímulo, la dirección y la iniciativa continua de un gobierno que supiera ganarse el crédito político y moral que es indispensable en la actualidad.

No es casual, por supuesto, tanta deficiencia, pues una acción de este calibre no se organiza solo por medio de la propaganda, que tampoco está a la altura de la necesidades, sino que requiere que se detecten y ataquen intereses creados muy concretos, buena parte de los cuales constituyen la base en que se apoya el sistema de poder de la Democracia Cristiana.

Pero lo que resulta más evidente, y tiene efectos muy negativos, es la estrechez de perspectivas que caracteriza la política de austeridad propugnada y aplicada hasta ahora por el gobierno. Aquí reside la principal diferencia que nos separa de los representantes del gobierno y de los grupos económicos dominantes. En éstos se percibe, en el fondo, un estado de ánimo de rendición, es decir, lo contrario de lo que se necesitaría para que el pueblo asumiera con convencimiento determinados sacrificios imprescindibles. El país necesitaría, para realizar el esfuerzo adecuado, tener unas perspectivas claras, o por lo menos algunos elementos fundamentales de una perspectiva nueva. En cambio, los representantes de las viejas clases dominantes y muchos hombres de! gobierno, en el mejor de los casos se limitan al objetivo de colocar a Italia en los mismos raíles por los que discurría el desarrollo económico antes de la crisis, como si aquellas vías y aquellos modelos de desarrollo pudieran representar todavía un ideal de sociedad deseable, como si la crisis de estos últimos años y de la actualidad no fuera exactamente la crisis de aquel modelo de sociedad (crisis que no sólo se manifiesta en Italia, sino también, aunque en formas diferentes, en otras naciones europeas).

Para nosotros resulta muy clara la razón de esta falta de vigor, de valentía y de perspectiva en la política de austeridad de la que he hablado. En estas deficiencias vemos la evidencia de un proceso histórico caracterizado por la decadencia irremediable de la función dirigente de la burguesía y la confirmación de que esta función dirigente comienza ya a desplazarse hacia el movimiento obrero y las fuerzas populares unidas: naturalmente, a una clase obrera y unas masas populares que demuestren la madurez necesaria para convertirse en la fuerza que dirige democráticamente a toda la sociedad hacia la salvación y el renacimiento. Esto requiere que en las propias filas del movimiento obrero y en sus organizaciones económicas y políticas se aplique con más amplitud y responsabilidad un espíritu autocrítico que conduzca a la superación de las actitudes negativas y distorsionantes, de subordinación o de extremismo, que tienen todavía un peso notable y que dificultan en lo concreto la solución positiva de problemas de inmediata actualidad, como el saneamiento económico, productivo y financiero de la sociedad y del Estado.

No podemos esperar a la participación en el gobierno para presentar un proyecto de renovación, hay que actuar inmediatamente

Para comprometernos en un proyecto de renovación de la sociedad y para lanzar la propuesta de que se empiece a trabajar en su definición, no podíamos esperar a que maduraran en los partidos las condiciones para nuestra entrada en el gobierno. Ésta constituye una necesidad más urgente que nunca, pero mientras tanto tenemos el deber de tomar inmediatamente las iniciativas oportunas, que responden a necesidades de lucha no aplazables del movimiento obrero y a no prorrogables intereses generales del país, en el propio marco político actual, que, a pesar de todas las insuficiencias, refleja los profundos efectos positivos del avance popular y comunista de estos años, especialmente el del 20 de junio de 1976.

La propuesta del proyecto nace también de una necesidad interna del movimiento obrero: la de evitar que no se comprendan bien las razones objetivas, la exigencia de una política de austeridad o que se caiga en el riesgo de acomodarse a la cotidianeidad, de acostumbrarse a la rutina del vivir al día. Ante todo, sin embargo, tiene su origen en una exigencia general de toda la nación, que necesita un horizonte diferente y puntos de referencia concretos.

La fase actual de nuestra vida nacional está, sin duda, cargada de riesgos, pero nos ofrece a todos la gran ocasión para una tarea renovadora. No podemos dejar pasar esta ocasión: es quizás la más importante —dicho sea sin sombra de retórica— que se les ha presentado al pueblo italiano y a sus fuerzas políticas más responsables desde el nacimiento de nuestra república democrática.

Aquí reside una peculiaridad italiana, de este país nuestro, desequilibrado y desordenado pero vivo, cargado de energías, fuente de un gran espíritu democrático, de esta Italia nuestra que es tal vez la nación en la que la crisis ha adquirido mayor gravedad que en otras zonas del mundo capitalista (y no sólo en su aspecto económico, sino también en el político, de amenaza a las instituciones democráticas), pero también en la que mayores son las posibilidades de trabajar dentro de la propia crisis, para convertirla en ocasión de un cambio general de la sociedad.

Nuestra iniciativa no es, pues, un acto de propaganda o de exhibición de nuestro partido. Quiere ser un acto de confianza; pretende ser, una vez más, un acto de unidad, es decir, una aportación que estimula la de otros partidos para iniciar un trabajo y un compromiso comunes, capaces de conseguir una convergencia de todas las fuerzas democráticas y populares. Por su carácter y su intencionalidad unitarios, nuestro proyecto no pretende ser, y creo que no debe ser, un programa de transición a una sociedad socialista: de forma más modesta y concreta, ha de proponerse esbozar un desarrollo de la economía y de la sociedad cuyas características y formas nuevas de funcionamiento pueden atraer también la adhesión y el consentimiento de los italianos que, aunque no profesen ideas comunistas o socialistas, advierten claramente la necesidad de liberarse a sí mismos y liberar a la nación de las injusticias, aberraciones, absurdidades y desgarramientos a los que conduce la actual organización social.

Y el que siente esta preocupación y esta aspiración sincera no puede dejar de reconocer que, para salir con seguridad de las arenas movedizas en las que corre el riesgo de hundirse la sociedad actual, es indispensable introducir en ella algunos elementos, valores y criterios del ideal socialista.

Cuando planteamos el objetivo de una programación del desarrollo que tenga como finalidad la elevación del hombre en su esencia humana y social y no como mero individuo contrapuesto a sus semejantes, cuando planteamos el objetivo de la superación de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un individualismo exasperado, cuando planteamos el objetivo de llegar más allá de la satisfacción de necesidades materiales artificialmente creadas y también más allá de la satisfacción, en las actuales formas irracionales, costosas, alienantes y socialmente discriminatorias, de necesidades que sí son esenciales, cuando planteamos el objetivo de la plena igualdad y la liberación electiva de la mujer, que es hoy uno de los temas más importantes de la vida nacional, y no sólo de ésta, cuando planteamos el objetivo de una participación de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economía, del Estado, cuando planteamos el objetivo de una solidaridad y una cooperación que conduzcan a una redistribución de la riqueza a escala mundial, cuando planteamos este tipo de objetivos, ¿qué estamos haciendo sino proponer formas de vida y de relación entre los hombres y los Estados más solidarias, más sociales, más humanas, que desbordan, por consiguiente, el marco y la lógica del capitalismo?

Salir de la lógica del capitalismo no es sólo una necesidad de la clase obrera o de los comunistas

Estos criterios, estos valores, estos objetivos, propios indudablemente del socialismo, reflejan una aspiración que ya no está limitada a la clase obrera y a los partidos obreros, a comunistas y socialistas, sino que la expresan también ciudadanos, capas del pueblo y trabajadores de otras formaciones ideológicas, de otras orientaciones políticas, especialmente de formación e inspiración cristiana; constituyen una exigencia que se puede ya formular, y se formula en medida creciente, desde áreas sociales mucho más amplias que la clase obrera.

La razón principal por la que consideramos a la crisis como una ocasión reside en el hecho de que los objetivos de transformación y renovación que he mencionado no sólo son compatibles con una política de austeridad, sino que deben y pueden incluirse orgánicamente en el marco de ésta, que es la premisa indispensable para superar la crisis, pero avanzando, no retrocediendo hacia el pasado. En efecto, me parece evidente que tales objetivos contribuyen a configurar una organización social y una política económica y financiera orgánicamente dirigidas contra el despilfarro, los privilegios, los parasitismos, la dilapidación de recursos; realizan lo que deberían constituir la esencia de lo que por naturaleza y por definición es una verdadera política de austeridad. Es más, se podría observar que, de la misma manera que en las sociedades en decadencia van con frecuencia aparejadas e imperan las injusticias y el despilfarro, en las sociedades ascendentes se establece una vinculación entre justicia y frugalidad.

Naturalmente, esta convicción no nos conduce a olvidar, sino a afrontar concretamente los problemas inmediatos, las opciones a realizar, las prioridades a imponer en todos los campos de la política económica, financiera, fiscal o educativa, con el fin de prevenir los riesgos de desequilibrios imprevistos o de bruscos retrocesos y de asegurar el avance, paso a paso, hacia meta de eficiencia y de justicia, de productividad y de civismo. La búsqueda de las relaciones que han de vincular las medidas inmediatas a la puesta en marcha de esta línea de renovación será, sin duda, una de las tareas de más envergadura que tendremos que afrontar, junto con todos aquello que deseen participar en la elaboración de un proyecto acorde con las características y necesidades que hemos tratado de esbozar en sus grandes rasgos.

Nuestro propósito es llegar en pocos meses a la elaboración de un texto que constituya una primera base de discusión y debate, pero también estimular, antes y después de la publicación del texto, un amplio y continuo compromiso de iniciativa y de lucha. Precisamente porque somos conscientes de todas las dificultades de esta tarea, pero también de su necesidad y de su poder catalizador, nos hemos dirigido a vosotros, nos dirigimos a todas las fuerzas intelectuales para que sean protagonistas —como ha dicho Tortorella en su acertada y eficaz exposición del tema— de propuestas e iniciativas encaminadas a revitalizar, a renovar las instituciones culturales (comenzando por la escuela, la universidad y los centros de investigación) y, al mismo tiempo, participen en la elaboración de las opciones globales, y no meramente sectoriales, que han de constituir la base del proyecto.

Un llamamiento tan directo y explícito a la cultura italiana tiene hoy una razón de ser muy concreta: en efecto, como todos sabemos las fuerzas intelectuales tienen hoy en Italia, como en todos los países capitalistas más desarrollados, un peso social muy superar al del pasado, y están orientadas en gran medida en nuestro país en un sentido democrático y de izquierda; sin embargo, al lado de este dato positivo (Giulio Einaudi ha destacado acertadamente esta contradicción) se ha de señalar un elemento negativo, la condición de crisis, de decadencia, de postración, en que han caído nuestras instituciones culturales después de treinta años de poder democratacristiano y de desarrollo social distorsionado y desequilibrado. Y es evidente que ningún movimiento de salvación y renovación general del país puede avanzar sin superar esta crisis, sin resolver esta contradicción, sin un aumento del saber y del amor al saber, sin una renovación de los instrumentos del saber para que la producción de cultura y, por consiguiente, las instituciones culturales, participen también en el saneamiento y en la renovación de toda la sociedad.

Los comunistas italianos por la función autónoma y libre de la cultura: a nadie pedimos obediencias

La forma en que planteamos hoy la función de la cultura en la transformación del país corresponde a una tradición, a una característica del Partido Comunista Italiano, como partido de la clase obrera, como partido democrático y nacional, como gran organismo que también es productor de cultura. Hemos luchado siempre y seguimos luchando por el progreso y la expansión de la vida cultural, pero en nuestra actividad hemos de evitar siempre las intervenciones que pueden minar, siquiera en medida mínima, la autonomía de la investigación teórica, de las actividades culturales, de la creación artística, pues éstas no tienen como condición vital de desarrollo la obediencia a un partido, a un Estado o a una ideología, sino la posibilidad de desplegarse en la libertad y el espíritu crítico más absolutos.

Este planteamiento, que forma parte de la visión más general que tenemos en las relaciones entre democracia y socialismo, se diferencia de la de algunos partidos que están en el poder en los países socialistas; actitudes y comportamientos de poder político como los que conocemos (por ejemplo en Checoslovaquia, donde se ha llegado a acciones de tipo represivo) son para nosotros inaceptables por principio. Interpretando esta posición general del partido algunos camaradas intelectuales han tomado la iniciativa de una declaración pública que consideramos acertada y oportuna. Forma parte irrenunciable de nuestro patriotismo una concepción que indica como tarea del Partido Comunista, de los demás partidos democráticos y de los poderes públicos, si están orientados también en un sentido democrático, la creación, por una parte, del clima político y moral, y, por la otra, de las condiciones materiales prácticas, organizativas, que han de permitir el desarrollo libre y positivo de la investigación, de la iniciativa y del debate cultural.

Pero ni los partidos ni el Estado han de exigir obediencias, imponer concepciones del mundo ni limitar en modo alguno las libertades intelectuales.

Y yo, queridos camaradas y amigos, deseo concluir mi intervención —no sin antes daros las gracias a todos, y especialmente al compañero Giulio Carlo Argan, que ha venido en representación de la ciudad de Roma y de la nueva administración popular romana— con la serena confirmación de nuestro planteamiento, del que no hemos de alejarnos nunca.

30/3/2012

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