Damiano Tagliavini e Ignacio Sabbatella

Marxismo ecológico: elementos fundamentales para la crítica de la economía-política-ecológica

1) Introducción

La crítica situación ecológica global, evidenciada en los procesos de cambio climático, agotamiento de bienes naturales y degradación ambiental, acompañados de crecientes conflictos socio-ambientales, nos sugiere preguntarnos qué relación guarda con los fundamentos del modo de producción y reproducción capitalista.

A través del presente artículo procuramos exponer la relevancia de la teoría marxista para analizar dicha crisis y contribuir a la cimentación de un marxismo ecológico (en adelante ME), como una novedosa corriente de pensamiento crítico. A pesar de las experiencias fallidas del denominado “socialismo real” en su relación con la naturaleza y de la propensión del capitalismo a internalizar el discurso ambientalista, creemos posible observar una significativa tendencia de algunos pensadores marxistas a incorporar la ecología y de buena parte de los movimientos ambientalistas a radicalizar su praxis política hacia posiciones anticapitalistas.

De esta manera, nos proponemos rastrear aportes en la obra de Marx y Engels, analizar las críticas al marxismo que se realizan desde la Economía Ecológica y, finalmente, enumerar algunos precursores del ME, junto a algunos conceptos que ayudan a entender la relación entre capital y naturaleza.

No pretendemos agotar el tema aquí sino apenas realizar una contribución crítica, planteando la pertinencia del debate y sus potencialidades para la investigación científica y la actividad política.

2) Aportes ecológicos en la obra de Marx y Engels

A pesar de los prejuicios vigentes en el ambientalismo, Marx y Engels analizaron en diversos pasajes los vínculos entre el mundo social y el mundo natural. La distinción analítica que proponemos no debe entenderse como conceptos cerrados e independientes, sino más bien como temas vinculados entre sí.

a) Concepción materialista de la naturaleza

Resulta sugerente comenzar con el trabajo de John Bellamy Foster (2004) quien reconstruye una concepción materialista-dialéctica de la naturaleza en la obra de Marx. Arroja luz sobre tres grandes herencias que han sido descuidadas: el filósofo griego antiguo Epicuro, el químico agrícola Justus von Liebig y Charles Darwin. El primero inspiró una visión materialista de la naturaleza. A partir del segundo construyó una comprensión del desarrollo sostenible. Mientras que de Darwin adoptó un enfoque coevolucionista de las relaciones entre los humanos y la naturaleza. Sin detenernos aquí, señalamos que dicha reconstrucción echa por tierra el prejuicio de la producción intelectual de Marx como ajena al mundo natural.

En sus Manuscritos de 1844, Marx esboza una definición del concepto de naturaleza: "La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza” (Marx, 2004: 112).

En este pasaje se hace evidente que para Marx no existe dicotomía entre el ser humano y la naturaleza. Esta no es algo externo o un mundo exterior. “El hombre no está en la naturaleza, sino que es naturaleza” (Vedda, 2004: xxix). La naturaleza le ofrece al hombre su medio de vida inmediato, así como la materia, el objeto y la herramienta de su actividad vital, es decir el trabajo. Esto nos conduce a plantear una continuidad con su obra de madurez, especialmente en El Capital.

b) Relación trabajo-naturaleza en la producción de valores de uso

En El Capital, Marx señala que la naturaleza es, junto al trabajo, punto de partida de la producción de valores de uso. “En este trabajo de conformación, el hombre se apoya constantemente en las fuerzas naturales. El trabajo no es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es, como ha dicho William Petty, el padre de la riqueza, y la tierra la madre” (Marx, 2000: 10).

Apartándonos de su forma histórica, en toda sociedad el trabajo es el momento de intercambio con la naturaleza, es la actividad con la cual el hombre se apropia de su entorno y lo transforma para satisfacer sus necesidades básicas. En el proceso de trabajo interviene no sólo el trabajo del hombre sino también el objeto sobre el cual se realiza y los medios de trabajo, ambos brindados por la naturaleza. Además, Marx destaca las condiciones materiales que no suelen identificarse en el proceso productivo pero sin las cuales éste no podría ejecutarse. De esas condiciones dependerá la productividad del trabajo y la producción de plusvalía. “Si prescindimos de la forma más o menos progresiva que presenta la producción social, veremos que la productividad del trabajo depende de toda una serie de condiciones naturales. Condiciones que se refieren a la naturaleza misma del hombre y a la naturaleza circundante. Las condiciones de la naturaleza exterior se agrupan económicamente en dos grandes categorías: riqueza natural de medios de vida, o sea, fecundidad del suelo, riqueza pesquera, etc., y riqueza natural de medios de trabajo, saltos de agua, ríos navegables, madera, metales, carbón, etc.” (Marx, 2000: 429) [1].

En su Crítica del Programa de Gotha, Marx refuerza la idea de la naturaleza como parte fundamental de la producción de valores de uso y como primera fuente de medios y objetos de trabajo. La propiedad sobre la naturaleza es la que va a determinar que una parte de la humanidad, que no dispone de ella, deba entregar su fuerza de trabajo a quienes se han adueñado de esas condiciones materiales de trabajo. Se trata de una de las condiciones históricas para el surgimiento de la mercancía fuerza de trabajo en el modo de producción capitalista que desarrollara en El Capital.

c) Separación hombre-naturaleza y campo-ciudad

Desde los Manuscritos de 1844, Marx destaca que el trabajo alienado convierte a la naturaleza en algo extraño al hombre, en un “mundo ajeno”, “hostilmente contrapuesto al trabajador”. En el marco de la apropiación privada, existe una alienación respecto a la naturaleza donde los medios de vida y de trabajo no le pertenecen al trabajador y se le presentan como objetos externos. Por tanto, concluye en los Grundrisse: “Lo que necesita explicación, o es resultado de un proceso histórico, no es la unidad del hombre viviente y actuante, [por un lado], con las condiciones inorgánicas, naturales, de su metabolismo con la naturaleza, [por el otro], y, por lo tanto, su apropiación de la naturaleza, sino la separación entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta existencia activa, una separación que por primera vez es puesta plenamente en la relación entre trabajo asalariado y capital” (Marx, 2005: 449).

La unidad del hombre con la naturaleza no precisa explicación sino su separación. Esa separación es de carácter histórico y es la base sobre la que se asienta la relación capital-trabajo. El trabajador es separado de su “cuerpo inorgánico” al mismo tiempo que el producto de su trabajo se convierte en mercancía apropiada por el capitalista.

El proceso de expulsión de pequeños propietarios y de cercamiento de tierras comunales es el punto de partida de la acumulación originaria. Masas humanas pasan a engrosar las filas del proletariado urbano. Como bien señalan Bellamy Foster (2004) y Foladori (2001) no puede soslayarse el entendimiento que tiene Marx de la separación campo-ciudad consumada en el modo de producción capitalista. La agricultura capitalista se caracteriza por la gran propiedad, el despoblamiento rural y el hacinamiento urbano. Además de ser la causa fundamental de la polución y la depredación, quedan disociadas progresiva y radicalmente las fuentes de la producción de medios de vida y materias primas de los centros de consumo. Es la fractura del metabolismo social con la naturaleza.

d) Degradación de la agricultura por el capital

En el capítulo XIII de El Capital, afirma que el capitalismo degrada ambas fuentes de riqueza, el hombre y la tierra. Al contrario de lo que comúnmente se cree, no sólo investigó las consecuencias de la explotación capitalista sobre el trabajo, sino que también comprendió el daño que el latifundio capitalista provoca sobre la vitalidad del suelo. La gran industria y la gran agricultura explotada industrialmente actúan en unidad, una devastando la fuerza de trabajo y otra degradando la fuerza natural de la tierra. El latifundio capitalista es la raíz de una fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social. El concepto de metabolismo refiere a la interacción entre naturaleza y sociedad a través del trabajo humano y le permite a Marx “dar una expresión más sólida y científica de esta fundamental relación”, señala Bellamy Foster (2004: 245). Es una herencia de la química de Liebig, utilizado en la teoría de los sistemas en el complejo intercambio de los organismos con su medio, que Marx adecua al entendimiento del proceso del trabajo humano y de su fractura en el modo de producción capitalista [2].

El abordaje de la agricultura capitalista había tenido como primer blanco la crítica de la teoría de la superpoblación de Malthus y la teoría de la renta de Ricardo porque en ellas no se explicaba el cambio histórico en la fertilidad del suelo, es decir, la intervención del hombre en ella más allá de la productividad natural [3]. La mano del hombre puede ser tanto un factor de mejora como de degradación del suelo. En este marco, Foladori (1996) recupera la importancia de la teoría marxista de la renta capitalista del suelo como una aplicación de la ley del valor a aquella parte de la naturaleza que puede ser monopolizable. Entrega elementos metodológicos para explicar la degradación del suelo y de los recursos naturales en general. La agricultura puesta al servicio del valor de cambio es la condición de posibilidad de que mayores inversiones de capital entreguen rendimientos económicos crecientes al tiempo que disminuyen la fertilidad natural del suelo. La obtención de ganancias extraordinarias es posible aún con rendimientos físicos decrecientes, hasta que en un momento dado sucede una crisis ecológica (Foladori, 2001).

Por otra parte, Engels en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre planteaba que en el capitalismo lo que prima es siempre la inmediatez, el beneficio inmediato es el único fin del capitalista aislado, sin importar las consecuencias de la producción e intercambio. El capitalista produce sin tomar en consideración el posible agotamiento o degradación del recurso, ni siquiera para una potencial utilización por otros capitalistas.

e) Ampliación del sistema de necesidades y expansión del capital sobre la naturaleza

En un clarificador pasaje de los Grundrisse, Marx da cuenta que la creación de plusvalía absoluta exige la ampliación constante de la esfera de circulación de mercancías. De manera que “la tendencia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma del capital”. La expansión capitalista supone una progresiva conquista de las formaciones anteriores y la abolición de la producción de “valores de uso directos”, con el fin de someter la producción al intercambio. Por lo tanto, “el comercio ya no aparece aquí como función que posibilita a las producciones autónomas el intercambio de su excedente, sino como supuesto y momento esencialmente universales de la producción misma”. A su vez, la creación de plusvalor relativo requiere la ampliación del consumo dentro de la esfera de circulación: cuantitativa, primero; cualitativa, segundo; y, por último, producción de nuevas necesidades, descubrimiento y creación de nuevos valores de uso. Con ese fin, el capital se lanza a “la exploración de la Tierra en todas las direcciones” en búsqueda de nuevas propiedades y nuevos objetos naturales. La naturaleza pierde su carácter divino y es objetualizada en función del provecho útil para la satisfacción de esas nuevas necesidades. Hacia allí se dirige el desarrollo de las ciencias naturales. “El capital crea así la sociedad burguesa y la apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma por los miembros de la sociedad”. La fuerza “civilizadora” del capital destruye tanto las barreras nacionales como las tradicionales y las naturales para convertirse en la primera formación social de escala planetaria. La ampliación incesante del sistema de necesidades humano y la expansión sobre la naturaleza son inherentes al proceso de producción y reproducción capitalista (Marx, 2005: 359-362).

f) Relación hombre-naturaleza en el comunismo

Marx evitó anticiparse al movimiento real existente y son pocas las oportunidades en las cuales se pronunció sobre las características de una sociedad futura. No obstante, en los Manuscritos de 1844 hace alusión al comunismo como la “verdadera solución del conflicto que el hombre sostiene con la naturaleza y con el propio hombre” (Marx, 2004: 142). En cuanto superación positiva de la propiedad privada, el comunismo es, también, superación de la alienación del hombre con respecto a la naturaleza. Para Marx, la sociedad comunista “es la unidad esencial plena del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del hombre y el humanismo consumado de la naturaleza” (Marx, 2004: 144).

Esa concepción de juventud mantiene una continuidad en El Capital, donde adelanta la definición del concepto contemporáneo de “sustentabilidad”, en cuanto a la transferencia intergeneracional de la tierra: "Considerada desde el punto de vista de una formación económica superior de la sociedad, la propiedad privada de algunos individuos sobre la tierra parecerá algo tan monstruoso como la propiedad privada de un hombre sobre su semejante. Ni la sociedad en su conjunto, ni la nación ni todas las sociedades que coexistan en un momento dado, son propietarias de la tierra. Son, simplemente, sus poseedoras, sus usufructuarias, llamadas a usarla como boni patres familias (buenos padres de familia) y a transmitirla mejorada a las futuras generaciones" (Marx, 2000: III, 720).

Es interesante observar los rasgos de continuidad en la obra de Marx cuando establece que aquella formación económica superior debería estar fundada en una asociación de productores. Dicha “asociación” reconstruiría la unidad esencial plena del hombre con la naturaleza, en su formulación de juventud [4], o el “hombre socializado” recompondría la fractura metabólica, en su enunciación posterior [5]. Se desprende de la lectura realizada la insistencia en la eliminación de la propiedad privada y en la disolución de la contradicción entre la ciudad y el campo como condiciones elementales para armonizar al hombre con la naturaleza.

3) Críticas ecologistas al marxismo

A medida que progresan las problemáticas ambientales en la segunda mitad del siglo XX, se desarrollan versiones ecológicas de la economía. Buena parte de sus mentores se ocuparon de criticar la carencia de una preocupación ecológica por parte de Marx. Pese a los aportes que hemos discutido en el punto anterior, existen posturas que rechazan cualquier derivación de la teoría marxista hacia este campo: “... si bien Marx y Engels se mostraron, en ocasiones, preocupados por problemas ecológicos o medioambientales, tales preocupaciones no tienen cabida en su visión global de lo económico y sus formulaciones no aportan el aparato teórico y conceptual que exigiría el análisis de tales problemas” (Naredo, 1987: 174).

Una afirmación más extrema refiere a que “Marx y Engels tuvieron la oportunidad de estudiar el primer intento de marxismo ecológico y que no la aprovecharon” (Martínez Alier/Schlupmann, 1992: 275). Inútil sería advertir el inconveniente que suscita definir a Marx como el primer marxista, así como la pretensión de un “ismo” ecologista para sus mismos mentores. Saliendo de este atolladero gramatical, expondremos algunas críticas que Naredo (1987) Martínez Alier y Schlupmann (1992), Cuerdo Mir y Ramos Gorostiza (2000) realizaron desde la Economía Ecológica [6].

a) Separación valor de uso/valor de cambio

Marx no sólo habría desvinculado “radicalmente” valores de uso de valores de cambio, sino que se habría focalizado en estos últimos. Por consiguiente, situó a la economía fuera del mundo material y contribuyó a afianzar la ruptura que los economistas clásicos hicieran entre lo físico y lo económico (Cuerdo Mir/Ramos Gorostiza, 2000).

Este señalamiento parte de una concepción errónea de la teoría del valor desarrollada por Marx en El Capital. Su teoría es una teoría crítica, una crítica de la economía política clásica. La separación entre valor de uso y valor de cambio no está determinada por la voluntad de Marx sino por la forma sociohistórica que adoptan los productos del trabajo en una estructura mercantil basada en el intercambio entre productores privados independientes y en la división social del trabajo. Lo que debe ser explicado no son los valores de uso en cuanto objetos que satisfacen necesidades humanas en cualquier etapa histórica sino la forma mercantil que adoptan bajo aquellas condiciones y que adquieren un valor en relación a otras mercancías. El valor de cambio no es más que la manifestación de la igualdad abstracta establecida entre al menos dos mercancías. El foco de Marx pasa por el valor y por el develamiento de la cosificación de las relaciones sociales de producción, el fetichismo de la mercancía. Lejos de tratarse de una debilidad, es una de las fortalezas de la teoría marxista. Recordemos, además, que el punto de partida de Marx es el trabajo al mismo tiempo que la naturaleza para explicar la producción de riqueza.

b) Desinterés por la energía disipada

Calcular el grado de eficiencia en términos de disipación o fijación de energía de cada proceso productivo, es una de las orientaciones de la Economía Ecológica. Vista desde el metabolismo socioeconómico, la economía es un sistema abierto a la entrada de energía y salida de calor disipado. El segundo principio de la Termodinámica [7] postula que la cantidad de entropía [8] del Universo tiende a incrementarse con el tiempo tendiendo a la disipación de energía. Según algunos ecologistas, Marx y Engels habrían rechazado esa ley “por considerarla incompatible con su visión del progreso humano e interpretar que tenía implicaciones religiosas” (Cuerdo Mir/Ramos Gorostiza, 2000).

Serge Podolinsky era un socialista ucraniano que planteó la posibilidad de analizar la explotación capitalista a partir de un estudio del flujo de la energía en la agricultura. Su conclusión fue que la productividad aumentaba cuando había una contribución de trabajo humano incrementando la acumulación de energía en la Tierra y que la cantidad de energía acumulada en los productos del trabajo es mayor a la necesaria para la reproducción de esa fuerza de trabajo. Desde la Economía Ecológica se suele criticar a Marx por un supuesto desinterés en estas cuestiones debido a que no contestó las cartas que le envió Podolinsky. El que opina sobre la cuestión es Engels [9], quien plantea que “su verdadero descubrimiento es que el trabajo humano tiene el poder de fijar la energía solar sobre la superficie de la tierra permitiendo que su acción dure más de lo que duraría sin él. Todas las conclusiones económicas que deduce de esto son equivocadas”. Además, plantea que en la industria es imposible todo cálculo energético por lo cual sería “imposible expresar las relaciones económicas en magnitudes físicas”. Engels concluye su comentario diciendo que Podolinsky “ha tomado caminos equivocados porque estuvo tratando de encontrar en la ciencia de la naturaleza una nueva demostración de la verdad del socialismo, y con ello ha confundido la economía con la física” (Marx/Engels, 1973: 33-333).

Bensaïd (2003) plantea que las razones de Engels en su crítica al ucraniano son de dos órdenes: una ideológica y otra epistemológica. La razón ideológica se enmarca en las discusiones de la época sostenidas con el malthusianismo y las visiones apocalípticas con respecto al futuro de la humanidad. La razón epistemológica tiene que ver con el intento que realiza Podolinsky de justificar el socialismo a partir de pruebas científicas: “La lucha de clases nunca es reductible a una querella de expertos, que intervienen para abogar por la inocencia de la técnica” (2003: 489).

c) Ruptura con el ideario romántico

Se remarca una ruptura en la obra de madurez de Marx con las ideas del Romanticismo en relación a la búsqueda de armonía con la naturaleza. Si se define “la visión romántica del mundo como una crítica generalizada de la civilización industrial (burguesa) moderna en nombre de ciertos valores sociales y culturales precapitalistas” (Löwy, 1990: 87), es posible y hasta positivo para Cuerdo Mir y Ramos Gorostiza rastrear en los escritos de juventud de Marx ese ideario. En cambio, en su obra posterior Marx habría quedado preso de una ideología del progreso continuo de la humanidad mediante la ciencia, la técnica y el trabajo. Sin embargo, hemos verificado en El Capital una apreciación inequívoca sobre la destrucción capitalista tanto de la fuerza de trabajo como de la tierra. Su crítica dejó de ser abstracta para tomar un carácter científico con el fin de descubrir los distintos mecanismos de explotación y obtención de plusvalía.

d) Ausencia de una definición de recursos naturales agotables

Otra de las críticas ecologistas hacia el marxismo se relaciona con el agotamiento de los recursos naturales. Martínez Alier y Schlupmann (1992) remarcan la ausencia de un análisis de la reproducción o sustitución de los medios de producción utilizados en una economía basada en recursos agotables, con lo cual no se ponen en consideración la existencia de límites en la “reproducción simple” ni en la “reproducción ampliada”. Así, en Marx el tratamiento de los recursos naturales habría sido más ricardiano que ecológico, centrado en la distribución de la renta más que en el agotamiento y contaminación que no se reflejan a tiempo en los precios. No existiría una preocupación por la asignación intertemporal de los recursos agotables. Sin embargo, cabría preguntarse hasta qué punto podemos esperar que Marx problematizara una situación que no fue visible hasta muchos años después.

De todas formas, cabe destacar que en la carta de Engels a Marx sobre el asunto Podolinsky se advierte una preocupación por el despilfarro de energía y reservas naturales. Asimismo, en otra carta, Marx [10] realizaba un comentario elogioso de los estudios de Karl N. Fraas [11], quien según él habría demostrado que como resultado del cultivo, y en proporción a su intensidad, desaparece la ‘humedad’, tan deseada por el campesino, y empieza así la formación de estepas. Agrega Marx que el cultivo sin control, y acompañado de desforestación, puede dejar tras de sí desiertos (Marx/Engels, 1973: 199).

e) Progreso indefinido de las fuerzas productivas

Uno de los aspectos de la obra de Marx que ha sido el más criticado por el ambientalismo es el desarrollo indefinido de las fuerzas productivas. De allí se derivan las más aferradas etiquetas acusatorias: “modernista” y “productivista”. Martínez Alier y Schlupmann plantean que “los marxistas posteriores deberían haber modificado la noción de “fuerzas productivas” a la luz de la crítica ecológica de la ciencia económica, pero han existido obstáculos epistemológicos (el uso de categorías de la economía política clásica) e ideológicos (la perspectiva de una transición al comunismo en dos etapas) que lo han impedido” (1992: 276). Bensaïd responde afirmando que la noción de fuerzas productivas no constituye en Marx “un factor unilateral de progreso, independientemente de su imbricación concreta en un modo de producción dado. Pueden tanto enriquecerse con conocimientos y formas de cooperación social nuevas como negarse a sí mismas mudándose en su contrario, en fuerzas destructivas” (2003: 474).

En artículos que Marx escribiera en 1853 sobre la dominación británica en la India es donde rastreamos su versión más modernista, una visión occidental y evolutiva de los procesos sociales. En ellos, a pesar de denunciar las miserias a las que Inglaterra estaba sometiendo al pueblo hindú, concluye que ese es un paso necesario dentro del desarrollo de las fuerzas productivas, y que la introducción de valores burgueses e infraestructura capitalista dentro de la “atrasada” sociedad hindú son una “revolución social”. Aquí le otorga una gran importancia a las condiciones de producción, en especial a las obras de infraestructura que modernizan la estructura productiva.

Por otra parte, en el Manifiesto Comunista, se puede vislumbrar una cierta concepción evolucionista de la historia [12]. En el mismo se describe el papel revolucionario de la burguesía en la historia en cuanto al progreso de las fuerzas productivas y al sometimiento de la naturaleza. Con todo, es una imagen que podemos contraponer a otros pasajes señalados anteriormente y que exhibe las hendiduras de una obra monumental pero no por ello monolítica.

Por último, según sus críticos, Engels habría dado cuenta de una lógica productivista e instrumental con respecto a la naturaleza cuando planteaba que: “El hombre al convertirse en dueño y señor de sus propias relaciones sociales, se convierte por primera vez en señor consciente y efectivo de la naturaleza” (Engels, 1973a: 102).

4) Las aventuras del marxismo ecológico

Habiendo realizado una revisión de las críticas ecologistas, haremos un breve recorrido por aquello que consideramos son los elementos fundamentales para sentar las bases del ME. A lo largo de la tradición marxista encontramos autores que problematizaron la relación de la sociedad capitalista y la naturaleza, y que esbozaron algunas concepciones premonitorias sobre una crisis ecológica causada por la misma.

En el siglo XIX, además de Podolinski, podemos referirnos a William Morris [13], considerado el primer ecosocialista. En la década de 1920, durante los primeros años de la revolución rusa, investigadores soviéticos como D. N. Kasharov [14], Vladímir I. Vernadski [15], Georgii Gause y Vladimir Stanchisky se interesaron por los estudios de la ecología, pero fueron interrumpidos por el stalinismo. Algunos de esos pensadores fueron perseguidos, encarcelados y sus ideas permanecieron ocultas largo tiempo. Eso sucedió con Nikolai Bujarin, “el muchacho de oro de la revolución”, cuyos escritos ecológicos fueron escondidos por Stalin luego de su ejecución en 1938. Una línea de pensamiento que habría contribuido a la transformación del modo de vida fue aplastada por la burocracia soviética, enrolada en el productivismo y la industrialización acelerada. Asimismo, Bensaïd cita al economista austríaco Julius Dickman quien ya había observado en la década de 1930 el “estrechamiento de la reserva de los recursos naturales” debido al desarrollo “irreflexivo” de las fuerzas productivas bajo el capitalismo en detrimento de sus “condiciones de reproducción permanente”, minando las condiciones mismas de existencia humana (2003: 499).

Más notorio fue el trabajo de Walter Benjamin, quien cuestionó la idea del progreso y la noción lineal y mecánica de la historia. La idea de revolución cobraba otro sentido para él: “Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez se trata de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones son el manotazo hacia el freno de emergencia que da el género humano que viaja en ese tren” (2007: 49).

Más cerca en el tiempo, nos interesa destacar a James O’Connor (2001), quien parte del concepto condiciones de producción del capital. Se trata de todo aquello que compone el marco de la producción capitalista y que no es producido como una mercancía aunque es tratado como si lo fuera. Uno de sus componentes es la naturaleza. La propia explotación capitalista puede generar problemas de agotamiento o encarecimiento de esas condiciones y es cuando se pone en juego una crisis de subproducción. Por lo tanto, O’Connor considera la relación con la naturaleza como la segunda contradicción del capital.

En otra contribución significativa, David Harvey (2007) introduce el concepto acumulación por desposesión para dar cuenta de la persistencia de los mecanismos depredadores, violentos y/o fraudulentos del capitalismo que Marx y el marxismo adjudicaban a una etapa primitiva u originaria.

En relación a la continua expansión del capital sobre la naturaleza, es sugerente el concepto subsunción real de la naturaleza al capital (Sabbatella, 2010). El régimen capitalista no sólo incluye a la naturaleza sino que también la subordina a los designios de la producción de plusvalor.

Como respuesta a la crisis ecológica causada por el capitalismo, surge un movimiento político que pretende reformular la visión tradicional del socialismo. Michael Löwy y Joel Kovel lanzaron un Manifiesto Ecosocialista en donde plasman algunas ideas que aquí trabajamos en un programa de acción política. Para Löwy, el ecosocialismo es una alternativa civilizatoria radical que opone al progreso destructivo capitalista “una política económica basada en criterios no monetarios y extraeconómicos: las necesidades sociales y el equilibrio ecológico” (Löwy, 2010).

Aunque no podremos avanzar aquí en sus respectivas contribuciones al ME, cabe mencionar a otros pensadores como André Gorz [16], Alfred Schmidt [17], Wolfgang Harich [18], Manuel Sacristán [19], Ted Benton [20], Barry Commoner [21], Paul Burkett [22] y Elmar Altvater [23]. Son muchos los nombres y probablemente hayamos incurrido en omisiones importantes, pero en ese caso estaríamos más cerca aún de comprobar que no hay tal divorcio entre el marxismo y la ecología. Es necesaria una mayor sistematización que instituya un cuerpo teórico más robusto y, en ese sentido, el presente artículo representa apenas un primer peldaño.

5) Reflexiones finales

Hemos constatado fehacientemente que el mundo natural es uno de los puntos de partida en la teoría de Marx. No obstante, en el desarrollo posterior adquiere un carácter fragmentario y secundario respecto a la contradicción fundamental del modo de producción capitalista entre capital y trabajo. Tampoco podemos desconocer cierto optimismo en relación al desarrollo de las fuerzas productivas y la inexistencia de límites naturales. Por tanto, una traducción automática de Marx a la ecología contemporánea no alienta un conocimiento e investigación sobre los nuevos problemas ecológicos. La degradación de la tierra producto del mismo sistema capitalista había sido adelantada en numerosos pasajes de su obra, pero la misma no es suficientemente esclarecedora de las consecuencias que traen aparejados el agotamiento de otros bienes naturales y la contaminación ambiental.

Nuestra propuesta de trabajo se dirige, entonces, a abrir nuevos campos de investigación a partir de una concepción materialista de la naturaleza, cuyo pilar básico sea el estudio las relaciones sociales de producción y reproducción capitalistas. A tal fin, es necesario recuperar la fortaleza de la ley del valor, del fetichismo de la mercancía y del trabajo alienado. Son los elementos fundamentales para la crítica de la economía-política-ecológica en la edificación del aparato conceptual del ME, el cual debe ser ampliado, complementado y/o profundizado por los aportes contemporáneos en el marco de la crisis ecológica sin precedentes que atraviesa la humanidad. En ese sentido, el ecosocialismo se presenta como la nueva corriente política para el siglo XXI.

No queremos encontrar todas las respuestas en Marx, sino en la reconsideración y reformulación de sus categorías. No es nuestro interés un “Marx verde” sino un Marxismo Ecológico. No pretendemos hacer hablar a Marx sobre el cambio climático o sobre el régimen energético capitalista basado en combustibles fósiles, sino reapropiarnos de la crítica de la economía política para facilitar la crítica de la economía-política-ecológica.

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Notas

[1] James O’Connor desarrolla en profundidad el concepto de condiciones de producción basándose menos en este pasaje de El Capital que en los Grundisse.

[2] Bellamy Foster destaca que “el concepto de metabolismo, con sus nociones asociadas de intercambios materiales y acción reguladora, le permitía expresar la relación humana con la naturaleza como una relación que incluía las “condiciones impuestas por la naturaleza” y la capacidad de los seres humanos para afectar este proceso [...] y le proporcionaba a Marx un modo concreto de expresar la noción de la alienación de la naturaleza (y su relación con la alienación del trabajo), que era fundamental en su crítica a partir de sus primeros escritos” (2004: 245).

[3] Al respecto, Marx habría sido más influido por el economista político escocés James Anderson quien atribuyó la existencia de una renta diferencial principalmente a los cambios históricos en la fertilidad del suelo (Bellamy Foster, 2004).

[4] “La asociación, desde el punto de vista de la economía política, aplicada a la tierra y el suelo, divide la ganancia del latifundio y es la primera en realizar la tendencia originaria de la división, a saber, la igualdad, porque ella produce la relación afectiva del hombre con la tierra de manera racional y ya no mediada por la servidumbre, la dominación y la mística estúpida de la propiedad, en tanto que la tierra deja de ser un objeto de mercantilización y se convierte nuevamente, mediante el trabajo y el goce libres, en una propiedad del hombre verdadera y personal (Marx, 2004: 101).

[5] “La libertad en ese terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza, poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego; que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana” (Marx, 2000: III, 759).

[6] La Economía Ecológica es “una crítica ecológica de la economía convencional, [...] nuevo enfoque sobre las interrelaciones dinámicas entre los sistemas económicos y el conjunto total de los sistemas físico y social” (Van Hauwermeiren, 1998). Esa corriente académica interdisciplinaria suele ser definida como “la ciencia de la gestión de la sustentabilidad” ya que estudia al sistema económico como un sistema abierto en relación con el sistema natural y los flujos de energía. Su crítica se fundamenta en el estudio de los límites ecosistémicos del desarrollo económico. Algunos de sus principales referentes son Nicholas Georgescu-Roegen, Herman E. Daly, Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo.

[7] La Termodinámica es una rama de la Física que estudia los intercambios y transformaciones de energía en forma de calor.

[8] Mediante el concepto de entropía, el cual mide el grado de orden o desorden de un sistema, la termodinámica postula la irreversibilidad de los procesos de utilización de la energía.

[9] En una carta dirigida a Marx el 19 de diciembre de 1882 (¡tres meses antes de la muerte de Marx…!).

[10] Carta de Marx a Engels del 25 de marzo de 1868.

[11] Botánico alemán (1810-1875) La obra a la que se refiere Marx es El clima y el mundo vegetal a través de los tiempos, una historia de ambos (1847).

[12] Cabe destacar que al estudiar, en sus últimos años, la realidad de Rusia a partir de un intercambio epistolar con Vera Zasúlich, Marx planteó la posibilidad de un desarrollo alternativo al occidental para ese país. De este modo, esa concepción lineal de la historia no era aplicada por Marx a cualquier situación, sino que dependía del medio en que se desenvolviera.

[13] William Morris (1834-1896). Inglés. Su crítica al capitalismo industrial se basaba en la idea de “trabajo inútil”, es decir, la “producción de una cantidad ilimitada de tonterías inútiles”, lo más barato posible, “para ser vendidas y no para ser utilizadas” (Cuerdo Mir/Ramos Gorostiza, 2000: 88).

[14] Kasharov dirigió un Instituto de enseñanza de Ecología, publicó el primer manual de ecología para la enseñanza (“Ambiente y comunidades”) y colaboró en la publicación de la primer revista soviética de ecología.

[15] Vernadski desarrolló en 1926 el concepto de biosfera. Hizo hincapié en el creciente deterioro del medio ambiente, el cual únicamente podría revertirse mediante un cambio en los hábitos dietéticos y la forma de utilización de la energía.

[16] Gorz, A., “Ecología y libertad” (1977); “Ecología como política” (1979). Planteó el vínculo que existe entre crisis ecológica y crisis de la sobreacumulación, realizando una fuerte crítica al consumismo y el productivismo.

[17] Cf. Schmidt, A., “El concepto de naturaleza en Marx” (1983).

[18] Cf. Harich, W., “¿Comunismo sin crecimiento?” (1978).

[19] Cf. Sacristán, M., “Algunos atisbos político-ecológicos de Marx” (1984).

[20] Cf. Benton, T., “The greening of Marxism” (1996).

[21] Cf. Commoner, B., “The Closing Circle: Nature, Man, and Technology” (1971).

[22] Cf. Burkett, P., “Marx and Nature: A Red and Green Perspective” (1999).

[23] Cf. Altvater, E., “¿Existe un marxismo ecológico hoy? (2003).

 

[Ignacio Sabbatella es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y becario del Conicet-Instituto Gino Germani. Damiano Tagliavini es licenciado en Ciencia Política y director del “Curso regional sobre evaluación y reducción de la contaminación en ambientes acuáticos”. Ensayo publicado originalmente en la revista argentina Herramienta.]

7/2011

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