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Joan Busca

Populismo, gobernanza y política alternativa

I

Hace tiempo que el populismo se ha convertido en un mal sueño para las castas políticas en el poder; o al menos el adjetivo se aplica a todas aquellas propuestas que se salen de las reglas del juego dominante. El renacer del “populismo” se inició en Latinoamérica con los triunfos sucesivos de Chávez, Correa, Morales, el matrimonio Kirchner, etc., pero ahora está llegando a la vieja Europa, y la victoria del Movimento Cinque Stelle en las elecciones italianas ha hecho sonar todas las alarmas del poder.

No soy un experto en el tema y me voy a mover, por tanto, por un campo minado. Solo me atrevo a exponerlo en esta sección para aficionados que mientras tanto me permite cubrir. La aplicación del calificativo “populista” tiene sin duda un toque peyorativo, despectivo y hasta cierto punto antidemocrático, pero hay algunos rasgos de estos movimientos y líderes que ciertamente me resultan inquietantes. En primer lugar, por su acendrado personalismo, siempre he pensado que el socialismo y la democracia solo tienen sentido si son plurales, si mucha gente es protagonista, si los cargos son efímeros y la gente es capaz de asumir roles distintos a lo largo del tiempo. Uno siempre ha pensado que una sociedad aceptable es aquella en que la gente está informada y tiene opciones de reflexión y debate, en que se justifican las medidas adoptadas y se realiza un escrutinio atento de sus efectos e impactos, en que la rectificación es el resultado de la evidencia experimental. En segundo lugar, también por el tono a menudo mesiánico de sus propuestas. Un tono que a menudo deja fuera de campo las contradicciones y las complejidades de la realidad. La propia tradición de la izquierda radical ha estado contaminada por el peso de líderes carismáticos, por la simpleza de las respuestas; de ahí mi prevención frente a los movimientos en que predominan el liderazgo personal y la acción sin debate. Pero estos —el personalismo, la proclama acrítica, la negación de la mediación— son rasgos que se pueden encontrar en un abanico muy variado de registros políticos, y no tiene sentido incluir en el mismo saco de los populistas a los grupos de extrema derecha xenófoba que proliferan en muchos países europeos que a estos “neopopulismos” que incorporan muchas demandas de izquierdas. El nerviosismo que suscitan los líderes latinoamericanos o Beppe Grillo (o la CUP catalana) me parece menos una preocupación por sus formas (al fin y al cabo existe una larga tradición de compadreo del establishment europeo con populistas de derechas y con cosas mucho peores, como mostraba la presencia del dictador tunecino Ben Alí en la Internacional Socialista) que el temor a que sus demandas y exigencias conduzcan a desarrollar políticas que quebranten las reglas del juego de lo permitido por las élites dominantes. Lo sabemos desde los tiempos de la Trilateral: lo que preocupa a dichas élites es demasiada democracia, demasiada igualdad, no su ausencia. La gobernanza a la que se refieren no es la de permitir un proceso pacífico de autogestión social, sino el mantenimiento de privilegios y cotas de poder intocables. Desde este punto de vista, este “neopopulismo” de izquierdas es, a la vez, un síntoma de los tiempos y un reto.

II

Ciertamente, explorando las cosas que plantean estos nuevos movimientos sociales o políticos (Cinque Stelle, Piratas, Indignados, etc.), uno piensa que hay demasiadas inconcreciones y contradicciones para que esto acabe representando una alternativa real al poder del capital. En cierta medida me atrevería a decir que estos movimientos son, sobretodo, un resultado del fracaso de la experiencia socialista clásica y de los cambios sociales generados en las sociedades capitalistas en la fase neoliberal. Son un producto de la situación actual. Por una parte, el fracaso del modelo soviético ha generado el descrédito de los grandes proyectos del pasado. Puede alegarse que muchas de las viejas ideas son útiles, que deben ser analizadas, que siguen vigentes. Pero lo cierto es que la revisión debe ser importante en planos muy diversos —el de la gestión económica, la participación política, las libertades individuales— y que difícilmente puede esperarse que la vieja izquierda tradicional vuelva a recuperar su predicamento de antaño.

Las sociedades capitalistas maduras han cambiado en muchos aspectos, y esto se refleja también en las formas de la política. Hoy existen amplias capas de población con educación superior o, simplemente, con un amplio acceso a fuentes de información. Una población que el consumismo ha elevado a la cota de “individuo que toma decisiones”, decisiones que en muchos casos están pensadas para producir efectos a corto plazo. Una población que ha visto fragmentarse e individualizarse sus condiciones laborales y que en bastantes casos habita en espacios que tampoco ofrecen un cauce comunitario. Una población que en los últimos diez años ha experimentado a la vez el cinismo y la impotencia de las élites políticas, y que a menudo es incapaz de entender el lenguaje críptico y vacío en el que se desenvuelve el teatro político. Y una población que experimenta día a día una degradación de las condiciones de vida y una ausencia de respuestas que permitan mejoras tangibles a corto plazo.

Existen las condiciones para que gane audiencia quien centre sus críticas en la casta dominante, quien recoja puntos del programa que parezcan soluciones fáciles a los conflictos planteados. Soluciones a menudo elaboradas por esta misma gente. Creo que, en definitiva, se trata de movimientos que recogen muchas de las frustraciones sociales de la gente en un contexto de ausencia real de un proyecto alternativo global. En este espacio, a lo que queda de la izquierda tradicional la dejan fuera de juego su conservadurismo, su respeto a las formas y, a menudo, su falta de audacia.

Y, en cambio, sigue siendo más necesario que nunca un proyecto político que articule la reflexión serena, el proyecto pensado con la acción combativa, la denuncia y el ataque frontal (parafraseando al psicólogo Daniel Kahneman, una izquierda que articule el pensar rápido y el lento, la respuesta meditada y la iniciativa enérgica). Creo que muchos de estos movimientos son expresivos de la situación, pero que corren el peligro de perderse en vías sin salida. Sin embargo, una izquierda alternativa que recoja esta situación debe ser capaz de navegar en estos mares. Básicamente, en dos planos fundamentales, ofrecer una respuesta clara a los males de las políticas del capital (lo que no es incompatible con mantener buenas demandas reformistas) y practicar una forma de actuación que dé confianza a la gente y se desmarque de los viejos modos de la política institucional y de las organizaciones bajo el control de la cúpula.

III

El desafío es difícil, pero la situación requiere tratar de explorar esta vía de combinar lo mejor de la vieja experiencia de la izquierda y las demandas democrático-radicales que expresan en parte estos neopopulismos. En España ello es esencial para ayudar a quebrar el régimen que instauró la transición y que cada vez resulta más evidente que aquello se configuró como una nueva versión, puesta al día, de la vieja Restauración borbónica, cambiando conservadores y liberales por peperos y socialistas y realizando algunas concesiones a las intensas demandas sociales. Hoy este régimen está quebrado en casi todos sus componentes —la casa real, los partidos del poder, las respuestas a las necesidades sociales, el cinismo de las élites económicas—, pero la forma en que se desarrollará esta crisis no está escrita. Mucho dependerá de cómo sepamos responder a la misma y conseguir que de la misma salgamos con un sistema institucional favorable a la mayoría o con una nueva versión de gobierno autoritario conservador. Por esto es tan urgente que sepamos encontrar puentes de relación entre una alternativa reflexiva y las demandas radicales, pero a veces inmaduras, que expresan estos nuevos movimientos.

28/2/2013

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