¿Moverse hacia dónde?

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Joan Busca

Que en la izquierda hay movimiento es evidente (me refiero al espacio más allá del PSOE que hace años es, como mucho, la izquierda del neoliberalismo). La irrupción de Podemos, por méritos propios y ajenos, ha tenido el valor de generar una serie de dinámicas que han movido a todo el espectro social. Lo que no está claro es hacia dónde acabarán confluyendo.

Hay una situación general de fondo que dificulta la construcción de un buen proyecto social. Ésta no es otra que, por una parte, la evidencia de los muchos fracasos o desastres que acumulan las sociedades capitalistas y su versión neoliberal. Desastres que generan males corrientes a mucha gente y que vía crisis ecológica, promueven mayores males en el futuro. Hay, en la mayoría de activistas y en mucha gente no movilizada, una urgencia por transformaciones profundas, por cambios constatables a corto plazo que claramente afectan a intereses y poderes, a estructuras básicas de las sociedades capitalistas. Pero, al mismo tiempo, el entramado institucional, político y social tejido en los últimos cincuenta años hace muy difícil promover estos cambios con alguna posibilidad de éxito. No me refiero sólo, aunque es crucial, a los mecanismos que emanan de los grandes organismos internacionales, a la Unión Europea, a las instituciones nacionales, sino también a la existencia de capas sociales situadas en los diversos engranajes del sistema y que constituyen los sectores sociales que permiten consolidar, incluso por vía democrática, esta dominación social.

Mi punto de observación habitual es el campo de los científicos y los académicos, un mundo por una parte cada vez sometido a sistemas de evaluación, carrera competitiva, financiación de proyectos y movilidad internacional (entre instituciones iguales) que los convierte en un subgrupo social global, desgajado del resto del mundo. Y aunque en su interior se refuerza una enorme división social entre una superélite y una tropa crecientemente precarizada, prevalecen mecanismos de socialización que refuerzan el funcionamiento de este subsistema social. Seguro que hay otros parecidos, pero uno tiende a hablar de lo que conoce un poco. El resultado es que la revolución, o la reforma profunda, es cada vez más difícil cuando cada vez es más necesaria.

Y esta disonancia entre lo necesario y lo posible es fuente de numerosos problemas. Acrecentados por una cuestión adicional: la inexistencia de un proyecto coherente de alternativa al capitalismo tras el fracaso de la propuesta soviética. Una cuestión que la consideración de la crisis ecológica no ha hecho más que complicar. Que quede claro, soy optimista en cuanto a la posibilidad de desarrollar un modelo social de referencia que haga compatibles democracia, igualitarismo básico, eficiencia social y sostenibilidad. Y hay ideas en muchos sitios que ayudan a pensar esta reconstrucción. Pero aún existe mucha confusión al respecto y a menudo mucha fragmentación a la hora de pensar proyectos que tengan un mínimo de coherencia y viabilidad, al menos en un plazo inmediato.

El resultado de esta confusión e incertidumbre es a mi modo de ver la base estructural que está debajo de los movimientos que estamos presenciando en diferentes puntos del país. Podemos, el actor principal, es un reflejo de esta urgencia por el cambio. En su constitución parecen confluir dos almas —expresadas en las dos corrientes internas— que tienen en común el voluntarismo por el asalto al poder, aunque difieren bastante en muchos aspectos colaterales no menores. El problema principal es que esta urgencia se está traduciendo demasiadas veces en un intento tan rápido de alcanzar el poder que los movimientos tácticos se convierten en la estrategia, y en el que los modos de actuación levantan ampollas en gente próxima. Y donde se pasa por alto la construcción, mejor el trabajo en apoyo, de un verdadero tejido o estructura social, en pos de la victoria electoral. El peligro es que esta política sólo vale si se produce el triunfo, si se pierde se puede generar un enorme desánimo entre una base poco madurada y los desplantes que se han realizado a minorías y aliados potenciales pueden pasar factura. Lo peor, con todo, es que se acabe practicando un tipo de actuación tan sectario como el que se ha criticado a muchos partidos.

El caso de Izquierda Unida y su entorno es distinto. Aquí lo que predominaba era un cierto anquilosamiento político, social e institucional. Y la irrupción de Podemos ha generado dos procesos paralelos: ha avivado una crisis interna, largo tiempo larvada, y ha abierto el peligro de quedar reducida a un espacio marginal (que es un factor que habitualmente agrava la intensidad de la crisis interna). En este proceso existe una oportunidad —la de que la crisis sirva para acabar con el anquilosamiento, promueva nuevos liderazgos, abra debates fundamentales— y un peligro —no hace falta nombrarlo por obvio—. Superarlo implica un enorme esfuerzo de adaptación que pasa incluso por aceptar que se va a pasar un periodo de penuria institucional, por abrir de una vez por todas la estructura a gente nueva o cercana, por ofrecer un modelo organizativo y político más reflexivo en lo estratégico. Sin perder de vista la posibilidad de una refundación con otras fuerzas (todas las que ya aparecen en algunos de los espacios de confluencia) que supusiera un cambio de dimensión político y organizativo. Hay que reconocer que al menos la opción que ha realizado ICV-EUiA en Barcelona al integrarse con mucha generosidad en Guanyem va en esta dirección (o, en otro campo, las propuestas de Alberto Garzón) y por esto hay que intentar que la experiencia (llena de contradicciones, fallos de aprendizaje, alguna incomprensión) sea en conjunto buena, pues a partir de buenas experiencias locales va a ser más fácil reconstruir un proyecto común.

En Cataluña tenemos además una tercera expresión de este malestar, el de la CUP. Más allá de la cuestión nacional catalana, un campo siempre minado que afecta transversalmente a toda la izquierda, lo que diferencia a la CUP es el convencimiento de que el sistema es irreformable y que lo único que vale es la crítica antisistema. Algo muy parecido a lo que conocimos en la década de los sesenta. El capitalismo es sin duda indeseable. Y el campo de las instituciones está lleno de trampas. Pero la crítica abstracta es sólo moral y ninguna izquierda que se precie tiene derecho moral a jugar al todo o nada. Por pequeño que sea el avance, todo lo que permita mejorar las condiciones de vida, la dignidad, los derechos de la gente, merece ser peleado. Es evidente que también en esta lucha está implicada mucha gente de este espectro pero a menudo las construcciones políticas se dedican más a producir espacios sectarios que a tender puentes con lo próximo.

El próximo ciclo electoral promete cambios. En algunas ciudades se experimentarán estas primeras coaliciones “alternativas”. El resultado electoral puede acabar, cuando menos, con el absolutismo imperante. Pero los problemas de construcción de alternativas estarán ahí. Más allá de la opción particular de cada cual lo que nos debería preocupar es lo que considero estructuralmente básico y que puede resumirse en tres cuestiones fundamentales. Primero, cómo abrir alguna vía de escape a la fortaleza neoliberal y mejorar la situación material y social de la gente (incluida la protección frente a la crisis ecológica). Segundo, cómo generar espacios de organización y socialización donde pueda implicarse mucha gente, especialmente la más necesitada de autoconstruirse como sujeto social. Y tercero, cómo empezar a construir una estrategia que permita alguna viabilidad entre la urgencia y la impotencia y que abra ideas viables para un futuro deseable.

28/2/2015

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