Rafael Poch de Feliu

¿Un trumpetazo del Apocalipsis?

Los beneficios ocasionados al mundo por el presidente broncas no compensan sus daños.

Las enormes polémicas alrededor de las incoherencias y brutales teatralizaciones de Trump, alrededor de la leyenda macartista de su antipatriótico y subterráneo juego con Rusia que explicaría su victoria electoral, y de otras distracciones, han conseguido difuminar aquello en lo que el presidente de Estados Unidos está siendo extraordinariamente consistente y catastrófico; su negacionismo del calentamiento global, su belicismo mimando al complejo militar industrial y aprobando una doctrina nuclear aún más peligrosa e insensata que las precedentes, su favor a los beneficios de los más ricos, sus apoyos incondicionales a los desmanes y violaciones de Israel, su política de cuadros, nombrando a dementes belicistas como John Bolton en puestos claves de su administración, y su denuncia del acuerdo nuclear alcanzado con Irán.

Al lado de todo eso, sus improbables avances con Corea del Norte y sus esfuerzos para una mejora de relaciones con Rusia para concentrarse más y mejor en apretarle los tornillos a China, son poca cosa. Además, es muy improbable que prosperen.

Por su propio estilo, Trump será difícilmente objeto de confianza. ¿Quién podría confiar en un acuerdo con quien se ha desdicho del alcanzado y firmado con Irán en julio de 2015? Nadie en su sano juicio. Desde luego no el régimen de Corea del Norte, que ya llegó a un acuerdo de desarme nuclear con la administración Bush en septiembre de 2005 que los Estados Unidos violaron a continuación en sus principales preceptos. Tampoco Putin, que constata que cuanto más retórica amistosa le dedica Trump, tanto más fuertes son las sanciones y las presiones militares de Estados Unidos contra Rusia.

El presidente broncas va acumulando un gran resentimiento global en su contra. Su retirada del acuerdo de comercio con los países del Pacífico ha decepcionado a Japón y a otros socios ribereños acostumbrados a seguir la estela de Estados Unidos. El acuerdo se cerró de todas formas, en marzo de 2017, pero sin Estados Unidos, y Japón firmó demostrativamente a continuación otro acuerdo comercial con la Unión Europea en julio de 2018. El abandono del acuerdo con Irán y las subsiguientes amenazas de sanciones a las empresas europeas, han contrariado a los socios europeos, ya irritados por las nuevas exigencias de Estados Unidos en la OTAN y por la infame retirada del acuerdo del clima.

El desorden incrementado que Trump ha introducido con todo esto en el mundo y con su pelea interna en Washington, solo es una buena noticia en lo que tiene de desgaste y desprestigio de la potencia americana, es decir en el principal factor de guerra en el mundo de hoy (trece guerras desencadenadas por Estados Unidos al precio de 14 billones de dólares en los últimos treinta años, en la cuenta facilitada en la ultima conferencia de Davos). Como ha dicho Immanuel Wallerstein, “tenemos suerte que Trump sea tan estúpido de golpear de forma tan brutal a su propio campo”. Pero los riesgos y perjuicios en todos los demás frentes son demasiado concretos como para nivelar la balanza. Sobre todo cuando no sabemos cuanto durará Trump. Podemos suponer que, desgraciadamente, la paralizante pelea interna en Washington no será eterna.

De momento, las nuevas brechas en la OTAN, en la economía occidental o en el G-7,  que son buenas noticias para la estabilidad y paz del mundo, no compensan los desastres apuntados en belicismo, Oriente Medio, o el clima, pongamos por caso. Un conflicto armado con Irán, cuya consecuencia inmediata sería el cierre del estrecho de Ormuz y la interrupción de un flujo petrolero vital para Europa y Asia Oriental, podría ser aun más catastrófico que la última guerra de Irak. Aún más, depende cómo evolucione en Washington la presión institucional interna contra Trump, por ejemplo si se llegara a la perspectiva de un procedimiento de destitución, desencadenar una guerra podría ser el gran recurso salvador de este bufo personaje. Después de todo, Bill Clinton bombardeó Sudán con misiles en agosto de 1998 para difuminar la declaración, aquel mismo día, de Mónica Lewinsky. ¿Por qué no podrían organizar unos fuegos artificiales aún más grandiosos personajes como Bolton o Trump, en su búsqueda de una solución para sobrevivir?

 

[Fuente: Blog del autor]

14/9/2018

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