La insensatez de la división

Juan-Ramón Capella

El 15 de enero se cumplieron cien años del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, fundadores del partido comunista alemán, inducido por los dirigentes de la socialdemocracia alemana en el gobierno, Ebert y Noske. Esos dirigentes derechistas del partido socialdemócrata alemán condenaron así a los que habían sido sus compañeros de partido.

No se pretende ahora referir las posiciones políticas y teoréticas principalmente de Rosa Luxemburg, de las más importantes dentro de la tradición marxista. (En la entrega de enero de la revista El Viejo Topo y en otros lugares de mientras tanto encontrará el lector material para informarse mínimamente.) Aquí, en cambio, se propone una reflexión sobre las consecuencias de aquellos asesinatos sobre el movimiento comunista y socialista.

La socialdemocracia alemana había acabado votando los créditos para la guerra interimperialista (1914-1918), que enfrentaría entre sí a millones de trabajadores conscriptos de varios paìses, en contra de lo acordado por la II Internacional. El partido socialdemócrata alemán había salido de la guerra debilitado moralmente y trastornado políticamente. Sus dirigentes asumieron en la República de Weimar la defensa de un orden contrarrevolucionario. Luxemburg y Liebknecht se opusieron a esta política socialista al fundar la Liga Espartaquista, y por eso aquellos dirigentes, Ebert y Noske entre otros, dejaron que les mataran y después de su asesinato miraron para otro lado. 

Con estos antecedentes se entiende que Lenin impusiera, tras la Revolución de Octubre, sus 21 condiciones a los partidos que quisieran afiliarse a la III Internacional. Una de esas condiciones era la subordinación de las direcciones nacionales del movimiento a las directrices de la III Internacional en Moscú. No se podía confiar en dirigentes políticos como los de la socialdemocracia alemana. Pero eso tuvo como consecuencia que partidos importantes que hubieran querido adherirse a la III Internacional, como el partido socialista italiano, no lo hicieron para preservar su autonomía. El ala izquierda, entonces, del últimamente mencionado se rebeló para fundar, con Bordiga y Gramsci, el Partido Comunista de Italia, que se afilió a la Internacional Comunista (Gramsci diría más tarde que esa escisión había sido un error). Otros partidos también se dividieron, hasta crear la gran división (a veces nominal), entre socialdemocracia y comunismo.

Y desde entonces para la izquierda, cualquier izquierda política (y a veces metapolítica), hasta la más diminuta, opta por la división cuando una parte de ella se queda en minoría.

El gen de la división, que crea una multitud de cabezas de mosquito (o de chorlito) en la izquierda, ha ido a dar en resultados nefastos, el principal de los cuales, histórico, fue hacer posible la llegada de Hitler al poder. Pero no solo ese. A quienes se quedan en minoría en un partido de izquierda no se les ocurre ya aguantar; aguantar y esperar a que el tiempo le quite la razón a la mayoría y se emprenda otra política. Sobre todo no aguantan si de algún modo han quedado peligrosamente atrapados en la profesionalización política.

Cuando oigo hablar de sorpasso —de un grupo de izquierda a otro—, a estas alturas, procuro conservar el equilibrio mental. Porque, si el tal más que hipotético sorpasso tuviera algún sentido no retórico —esto es, si hubiera verdadero sorpasso en la opinión social y no en un ocasional cómputo de mayorías institucionales, lo primero que habría que hacer, de producirse, es ofrecer a los sobrepasados la integración. Buscar la unidad en la diversidad. Creo que dividirse es siempre malo, por mucho que parezca ser una renovación. Con democracia y sin personalismos la división se puede evitar, y por eso hay que hacer cuanto se pueda por evitarla. Hay que tratar de comprender las posiciones de los nuestros que no son las nuestras. Porque seguro que contienen, aunque sea una chispa, de bondad político-social.

Vivimos tiempos en que hay que imponer varias transiciones. Unas al plazo más corto posible —recuperar la redistribución hacia abajo del producto social, por la disminución de las desigualdades; debilitar al máximo las estructuras patriarcales—. Cuando las máquinas desplazan a los trabajadores de los puestos de trabajo, hay que obligar al empresariado a tributar por esas máquinas: o trabajo o subsidio, pues todo el mundo ha de poder vivir.

Otras transiciones han de ser impuestas al plazo que sea y como sea, porque son absolutamente necesarias, como la transición a una economía sostenible. Ese es uno de los tres ejes de una política de izquierda, y probablemente a la larga el eje principal.

Las riñas de gallos más o menos parlamentarias no son de recibo, pues asuntos como los mencionados, en especial la transición energética, desgraciadamente no parece que vayan a avanzar por el camino de la racionalidad, sino que serán objeto de luchas encarnizadas porque implican que los grupos sociales dominantes difícilmente podrán mantener su sistema de privilegios adquiridos.

Las organizaciones de derechas, cuando consiguen una brizna de poder, la emprenden contra el feminismo y contra los más débiles, hoy los inmigrantes —que a nadie dañan por inmigrar, ni le quitan el pan a nadie, y que además son quienes sostendrán la seguridad social el día de mañana—; les atacan sin más objetivo que el de mantener o crear jerarquías sociales. Hay que imaginar con viveza, entonces, cómo guerrearán los de arriba, y los de abajo a quienes logren engatusar, para defender sus privilegios amenazados por el cambio de época que supondrá el inevitable futuro no consumista. Un futuro que se impondrá dramáticamente, por shock, si no se consigue racionalizar políticamente la transición a una economía sostenible.

Empieza un tiempo nuevo. Se trata de multiplicar y no de dividir. Hay que orientar a la sociedad hacia estos cambios y conquistar la hegemonía cultural y política que haga posible su realización.

Ahí se quede quien quiera pelearse por un plato de lentejas.

24/1/2019

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