El Lobo Feroz

Fauna

Los asnos tienen mala prensa. No parecen ser, desde luego, tan inteligentes como los caballos. Pero son fuertes, resistentes. Cuando se empeñan en algo no les mueve ni Dios.

Estos días hemos tenido diversos concilios de asnos. Había un grupo esperanzador, al que al principio todos admirábamos. Y, como suele suceder en los grupos, en él se daba un orden de picoteo. Llevaba la voz cantante el de la cola más larga, pero había otro que también destacaba: parecía un burrito joven y bueno, aunque la verdad es que no podía ver tres en un burro. Pero se nos mostraba como el burrito que todos quisiéramos adoptar.

Sin embargo el encanto indiscutible se rompió tan pronto como el de la larga cola empezó a soltar rebuznos. Que quería superar al grupo de las mulas, ser más que ese grupo —bastante numeroso y antiguo, por cierto; o sea, un grupo muy resabiado—, y que en el picoteo del pienso se pedía para sí mismo aunque modestamente un lugar muy destacado, el segundo, ya que las mulas resultaron ser más que los asnos y esa era la dura realidad.

Mulas y asnos discutieron sobre si galgos o podencos y al final el pienso se lo llevó un grupo trufado de cleptócratas: el grupo de las serpientes aladas, aunque no les duró mucho.

Para seguir informando acerca de los principales grupos, es preciso hablar del grupo de los caballos. Éstos son en realidad un grupo muy dividido y vuelto a dividir, pero entre ellos ha surgido un joven pero sabio caballo blanco empeñado en volver a reunirlos a todos; lo tiene difícil —no imposible—, aunque cuando empezó a avanzar en esta dirección apareció —faltaba más— un caballo resabiado empeñado en ser montado por un juez, y ambos, caballo resabiado y juez, pretendían ser seguidos por otros, formar un grupúsculo más e ir… Bueno: no se sabe adónde; las malas lenguas dicen que quieren integrarse con honores en el grupo de las mulas. O venderles algo si hiciera falta. En fin, cada uno tiene sus preferencias y cabra con mucho ego tira al monte.

Volvamos al grupo de los burritos. Cada vez que el de larga cola abría la boca se creaba un grupo disidente. Para el espectador externo el motivo de la disidencia no se veía, pero sí se veían los subgrupos. El caballo blanco, que había asociado su grupito al de los borricos con la intención de formar a la larga un grupo amplio, aunque unos piafaran y otros rebuznaran, cada uno a su manera, pero que entre todos impusieran al grupo de las mulas el principio general de no soltar coces contra ellos sino trabajar junto con ellos, hacía un trabajo de Sísifo que nadie le iba a agradecer. Como si nadie viera más allá de su pequeño nicho ecológico; tampoco nadie parece advertir que a muy corta distancia espera atrincherado un grupo de zorros macronistas apoyado por los zorros del Ibex 35; que está también, aunque de capa caída, el grupo hipócrita y demagógico de las serpientes aladas, y aún más allá un grupo de cocodrilos sedientos de sangre, en la onda de Trump, Bolsonaro, Macri y el Frente Nacional francés.

Existe por otra parte un grupo de las moscas cojoneras, que quiere independizarse de todos los demás (de los que tienen cojones y los que no, estos últimos siempre pensando en recurrir a la policía y a los bomberos). Las moscas cojoneras parecen haber enloquecido (si es que estuvieron cuerdas alguna vez) y cuantas menos van quedando —pues ahora muchas prefieren buscar su golosina en partes menos pudendas— más se empeñan en ser tratadas de igual a igual por todos los demás, por el conjunto, incluidas las moscas no cojoneras, de todos los grupos. El griterío exigiendo privilegios, por todas partes, es indescriptible.

Además de estos grupos están la flora y el resto de la fauna naturalmente a ras de tierra. La flora, históricamente sometida y menospreciada, hace esfuerzos desesperados para no ser menos que nadie; esfuerzos y objetivos justos. El sector fauna, en el que, entre otras alimañas peligrosísimas (así lo creen los macronistas, las serpientes aladas y no digamos los cocodrilos) de diverso pelaje, estamos los Lobos Feroces como yo, apoya los esfuerzos y los discursos de la flora, porque a estas alturas del partido está claro que la desigualdad es uno de los males peores (y ¡leche!, tutti quanti viviríamos mucho mejor si se acabara el sexismo) y los esfuerzos del caballo blanco. El autoproclamado sector fauna, por otra parte, está bastante desesperado con los burritos, tan despistados que a veces parece que quieren ayudar a las moscas cojoneras; y más desesperado aún con el burrito joven que ha empezado a discutirle en serio al de la larga cola el orden de picoteo en el más oportuno de los momentos. En fin: pintan bastos con la americanización de la política, pues el jefe de los mulos, de paso puesto a las órdenes de Trump, opta por un pepular deportista para disputarle la alcaldía de Madrid a Manuela Carmena, el mejor regalo —la alcaldesa—que les ha sido dado a los madrileños desde la época del (ejem) Viejo Profesor.

Parece como si los problemas de cada día y los de todos los días se hubieran desvanecido con el olor a fritanga de elecciones. El sector moscas cojoneras lo tiene guapo con la legge trufa que es el sistema electoral catalán, pero también lo tiene chungo si se alían zorros y serpientes con la ayuda inestimable de los cocodrilos, dispuestos a usar el DDT (sobre el que nada dice la constitución). En estos tejemanejes electorales, en que todos los profesionales buscan desesperadamente su pesebre, perdemos el tiempo, y hasta las ganas de fornicio. Un día seguirán las discusiones sobre las listas electorales y nos caerá encima, de golpe, el gran pedrusco de la crisis ecológica; entonces, como apunta Sempere, no habrá otra que aprender por shock.

7/2/2019

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