Cataluña: «¡A por ellos!» versus «Marxem!» («¡Nos vamos!»)

Miguel Muñiz

Adelanto a beneficio de la lectora o lector; el título original de este texto: Cataluña 2012-2020. Las izquierdas atrapadas entre el “Marxem!” (¡Nos vamos!) y el “¡A por ellos!”, describe su enfoque, y casi su contenido; por ello quienes tienen una opinión formada sobre el asunto pueden ahorrar un tiempo precioso prescindiendo de su lectura.

Fue en 2012 cuando se produjo la eclosión; personas que trabajábamos como voluntarias en activismo social de base fuimos interpeladas sobre lo necesario que era alinearnos en clave nacional. No fue una sorpresa, desde hacía meses en gran cantidad de rotondas de las carreteras de Cataluña habían aparecido mástiles con nuevas banderas, banderas sobre cuya colocación nadie había preguntado a los habitantes de los municipios en que se hallaban las susodichas rotondas; y en los ayuntamientos se iban aprobando mociones sobre cuestiones nacionales que no habían figurado en los programas municipales de algunas candidaturas que les daban apoyo; mociones que se plasmaban en adhesiones en plafones metálicos en el límite municipal. Antes habían aparecido los mapas: si en un municipio las elecciones daban mayoría a las fuerzas identificadas con una versión del hecho nacional, aunque fuera por un solo voto de diferencia, el territorio del municipio en cuestión quedaba pintado de un color en el mapa; el resultado eran mapas casi monocromáticos, en los que se perdían unas minúsculas manchas de municipios de color diferente. Las cosas estaban así; aunque no se pensaba que esas cuestiones, propias de la política partidista, llegarían hasta el asociacionismo de base.

Como es lógico, la petición para definirnos provenía de compañeras o compañeros que participaban en las entidades y sentían hondamente la causa nacional. Se trataba de que el colectivo se adscribiese a una entidad patriótica de reciente creación, que aspiraba a integrar en su seno a todo el tejido asociativo de Cataluña.

La petición era legítima, pero lo novedoso ―en sentido negativo― era la imposibilidad de debatirla o analizarla. Es decir, que si se razonaba sobre la inoportunidad de introducir la cuestión nacional en colectivos que trabajaban sobre conflictos o problemáticas que, en muchos casos, desbordaban los marcos nacionales, se respondía con juicios de intención hacia la persona, o personas, que expresaba las objeciones en el sentido de que, en realidad, lo que sucedía era que estaba(n) alineada(s) con el nacionalismo enemigo.

A lo largo de 2013, 2014, 2015, 2016 y 2017, la dinámica de adhesión, pronunciamiento o toma de partido en clave nacional se extendió a casi todos los ámbitos de la vida social de Cataluña, y llegó al nivel familiar. La exigencia nacional se formulaba, al comienzo, en términos ambiguos (derecho a decidir, derecho a votar, derecho a ser normal, etc.), pero pronto derivó en una llamada a la secesión del resto de España porque, se decía, esa era la voluntad del pueblo de Cataluña. Y si se expresaban objeciones, preguntas, dudas…, sobre qué ventajas e inconvenientes implicaba la secesión; o se analizaba a qué clases sociales de Cataluña beneficiaba, y cuáles eran las perjudicadas, la cuestión derivaba rápidamente hacia una cierta violencia expresiva.

La dinámica llegaba a su máxima expresión en las llamadas redes sociales; el uso del correo electrónico en los foros era ilustrativo; mensajes con argumentaciones detalladas, que contenían enlaces a documentos y textos aclaratorios, se convirtieron en malditos; es decir, que si en el debate participaban patriotas activos de la secesión, era muy probable que cualquier argumentación, por muy razonada y documentada que estuviese, recibiese como contestación una lista de descalificaciones sobre lo que a juicio del, o de la, patriota de turno era España; la lista finalizaba, si el intercambio de mensajes era en catalán, con un inapelable: “Marxem!”, o con su equivalente en el caso del castellano: “¡Nos vamos!”.

Las justificaciones del “Marxem!/¡Nos vamos!” mencionaban hechos que resultaban chocantes, por ajenos a lo conocido de la historia y la realidad social y política de Cataluña y del resto de España. Así, se informaba, por ejemplo, de que, desde hacía un mínimo de 300 años, Cataluña intentaba integrarse en España, intentos sólo contestados con desprecios y violencia; que, en realidad, la Guerra Civil española no fue tal, sino que había sido una guerra de España contra Cataluña; que millones de personas, emigradas desde varios territorios para trabajar allá donde se concentraba el crecimiento económico (Madrid, Bilbao, Valencia, Barcelona, etc.), habían sido, en el caso de Cataluña, acogidas; por ello, y como agradecimiento al pueblo que las había acogido, debían apoyar la secesión ya que sus derechos ciudadanos no venían de su trabajo como contribución al enriquecimiento material de Cataluña, sino de su identidad; que España era sinónimo de oscurantismo, fascismo, incultura, ignorancia, opresión, genocidio indígena, fanatismo religioso y caciquismo, mientras que los pueblos oprimidos por esa España, eran un dechado de virtudes, armonía, solidaridad, democracia, justicia y civismo, etc.; si el patriota estaba muy motivado incluso informaba de que quienes habían emigrado a Cataluña para trabajar eran colonizadores lingüísticos, voluntarios o involuntarios, enviados por el franquismo para conseguir la desaparición del idioma catalán.

Una relación exhaustiva de ese tipo de informaciones no tiene sentido. La realidad era que se había construido un enemigo al que el pueblo catalán se enfrentaba de forma pacífica, sonriente, cívica y democrática. Y todo lo que cuestionaba la construcción de ese enemigo era una manifestación de apoyo al enemigo.

Por eso, si se exponían datos que contradecían esas informaciones se entraba en una espiral de agravios comparativos. Recordar cosas como la participación de las clases acomodadas y dominantes de Cataluña en la gobernabilidad de España durante los siglos 19 y 20; recordar que gran parte de esas mismas clases apoyaron al franquismo en la Guerra Civil española, o que se beneficiaron económicamente de la dictadura; recordar que Madrid y otros lugares de España habían sido referente internacional de resistencia ante el fascismo; que la inmigración se había producido en toda España, y que había sido repelida por el franquismo en Cataluña en sus etapas iniciales (devolviendo inmigrantes a sus lugares de origen); que el terror y la destrucción ligados al colonialismo eran comunes a toda Europa, o que ilustres catalanes habían cumulado su riqueza en América Latina mediante el expolio o el comercio de esclavos; recordar que también existe oscurantismo y violencia religiosa en Cataluña, y el auge que tuvo durante las guerras carlistas; demostrar que el idioma catalán, que se presentaba como en trance de desaparición inmediata, es el determinante en la escuela pública, e idioma único en todos los niveles de la administración, y en toda la comunicación vinculada a ésta (hecho considerado históricamente excepcional, según varios gobiernos de la Generalitat),etc.; todo ello no servía de nada ante los arraigados sentimientos de agravio del pueblo catalán, imposibles de concretar y cuantificar.

Porque por encima de realidades sociales, plurales y conflictivas, por encima del resultado de investigaciones históricas, sociales y políticas, estaba el pueblo; un pueblo entendido no como sujeto formado por clases sociales con contradicciones e intereses contrapuestos, sino como bloque unido; el pueblo se definía por su voluntad de ser, y por su reivindicación de un derecho a decidir sin ningún anclaje jurídico, un derecho que se invocaba como mecanismo de usar y tirar; ya que ninguna de las elaboraciones legales que se iban conociendo de la futura estructura de la Cataluña separada del resto de España, hacía mención al derecho a decidir como parte de su normativa. El tal derecho a decidir caducaba una vez cumplida su única función: justificar la secesión.

Para amparar la legitimidad de la secesión se construyó un marco político al uso. Así, cualquier persona podía declararse de derechas o de izquierdas, liberal o conservador, anarquista, sindicalista, comunista, socialista, socialdemócrata, nacionalista, soberanista, catalanista, independentista..., incluso españolista agradecido al pueblo catalán (hasta se creó una asociación al respecto) siempre que apoyase la secesión; incluso se inventó un oxímoron que se difundió ampliamente: el independentista que no era nacionalista.

Como la voluntad del pueblo catalán debía concretarse, el gobierno de la Generalitat decidió convocar una consulta sobre el futuro político de Cataluña, prescindiendo de lo que opinaron los partidos contrarios a ella y sin buscar ningún tipo de consenso previo. Había prisa. Tras una intensa campaña de propaganda para que el pueblo se manifestase, el 9 de noviembre de 2014 (9N) sucedió lo que se esperaba: la casi totalidad de participantes en la consulta fueron personas que apoyaban la secesión; el resto, la gran mayoría, se quedó en casa. La sociedad daba muestras de un molesto pluralismo.

Pero la interpretación que hicieron los grupos convocantes del resultado del 9N fue curiosa: ignoraron la falta de participación mayoritaria y, basándose sólo en el amplio apoyo de sus partidarios, proclamaron que era necesaria una salida política. Para ello convocaron, el 27 de septiembre de 2015, unas elecciones autonómicas que calificaron de plebiscitarias, en las que, si la mayoría de votantes apoyaba a las fuerzas partidarias de la secesión, se avanzarían etapas para llevarla a cabo.

Y volvió a repetirse lo previsible: los grupos políticos partidarios de la secesión obtuvieron un amplio respaldo que se tradujo en mayoría parlamentaria, pero no llegaron a sumar la mayoría de votos ni tenían, lógicamente, una mayoría social detrás. Y aquí se lio. En lugar de detener el proceso se decidió, nuevamente, ignorar el molesto pluralismo político y social del pueblo. Y como para los nacionalismos pueblo no hay más uno, se decidió que la mayoría parlamentaria bastaba para comenzar el proceso de secesión, al que se fijó un plazo máximo de 18 meses.

A medida que la fractura social y la tensión en Cataluña por la cuestión nacional fue creciendo se produjeron dos fenómenos que eclosionaron en 2017. El primero, una parte de la sociedad catalana que desde 1980 se mostraba indiferente o pasiva ante la cuestión nacional, comenzó a manifestar un cierto activismo nacionalista español; la expresión más visible fue que barrios de ciudades dónde no se había expresado nunca patriotismo españolista comenzaron mostrar una cierta proliferación de banderas españolas en los balcones. Aquí es necesario apuntar que en pueblos y zonas urbanas con mayoría de patriotismo catalanista se desplegaba, desde 2012, una abrumadora escenografía de banderas, murales y pancartas a favor de la secesión.

El segundo fenómeno se produjo en 2017, al llegar la tensión patriótica al máximo nivel; cuando la mayoría del Parlament derogó de facto la Constitución y el Estatut de Autonomía, y rompió los procedimientos legales para imponer unas llamadas leyes de desconexión; y cuando el gobierno central reaccionó torpemente, reforzando las dotaciones de algunos municipios de Cataluña con policías y guardias civiles trasladados desde otros lugares de España, tratando de impedir la máxima expresión de esa secesión en forma de referéndum unilateral convocado por la Generalitat para el 1 de Octubre; los patriotas activos del españolismo despidieron a las unidades que partían con un inapelable: “¡A por ellos!”.

Entre el “Marxem!” y el “¡A por ellos!” transcurre la historia de Cataluña en este 2020; porque se trata de expresiones arraigadas en una de las peores ideologías generadas por la cultura occidental en los siglos 19 y 20: el nacionalismo; los nacionalismos, mejor dicho. Como el monstruo mítico de la Hidra de Lerna, cuando un nacionalismo resulta impugnado (aquí no hay cabezas que cortar) surgen dos, o más, que ocupan su lugar.

Pero, dejando a un lado la mitología, y en la perspectiva de este 2020 en que parece que se inicie una etapa diferente, cabe hacerse una pregunta retrospectiva: ¿No existía ninguna opción política al margen de los nacionalismos español o catalán? ¿Una opción que impugnase con igual contundencia el “Marxem!” y el “¡A por ellos!”? ¿Qué decían las izquierdas que habían sido importantes en Cataluña y en el resto de España durante décadas, y que eran históricamente críticas con los nacionalismos? ¿No tenían un discurso propio fuera de alinearse, de diversas maneras, en el enfrentamiento entre banderas?

Responder estas cuestiones obligaría a un repaso de la historia de España desde la muerte del general Franco hasta 2012; enumerando contrastes, zonas oscuras y logros, lo que convertiría este texto en un libro. Y ya hay demasiadas publicaciones sobre el asunto. Pero también hay una anécdota que explica muchas cosas.

El 21 de diciembre de 2014, el líder de una nueva fuerza política emergente, surgida del movimiento 15M, dio su primer mitin en Barcelona. Ante una representación destacada de figuras de las consideradas izquierdas, y en presencia de miles de partidarios, en un momento cumbre de su intervención gritó: “¡Yo no vengo a Cataluña a levantar muros o fronteras! ¡Vengo a tender puentes!”.

El grito cosechó una gran ovación, pero no tuvo ni una sola consecuencia práctica. La interpretación más benevolente del hecho puede concluir que el líder no se había documentado bien antes de gritar; porque los muros y fronteras que denunciaba ya se habían ido levantando, de manera silenciosa y paciente, por parte de ambos nacionalismos, catalán y español, desde 1990 y 1996, respectivamente. Lo necesario era empezar a demolerlos. Pero esa demolición, entre muchos otros temas, era algo de lo que ni en Cataluña ni en España tocaba hablar, nunca, desde 1975, había tocado hablar de eso.

Acabemos con una nota optimista. Reírse de los monstruos nacionales es arriesgado, porque los patriotas saben que la risa les da su auténtica estatura y suelen ponerse agresivos. Sobre el monstruo nacionalista español ya existen muchas formas de reírse entre las llamadas izquierdas; la cuestión es que, sobre el otro monstruo, el nacionalista catalán, casi no existen.

En diciembre de 2019 se presentó un libro, Estàvem cansats de viure bé (Estábamos cansados de vivir bien), una selección de los artículos que publica semanalmente en el Diari de Girona el periodista Albert Solé. El título, según se explica en lo que podría denominarse el prólogo, surgía de una frase escuchada casualmente por el autor, con la que dos viejos pescadores de Girona concluyeron la conversación que mantenían sobre la situación actual de Cataluña.

Debería editarse una traducción al castellano del libro, aunque parte de los matices y la fina ironía del autor se pierdan por la gran calidad y riqueza expresiva, ausente de cultismos, del catalán en que escribe Albert Soler. Debería editarse porque es una manera, acaso la única, de abordar el supuesto conflicto. Comenzar a reírse de ambos monstruos.

Sirva este cierre como homenaje a la capacidad de Albert Soler para retratar magistralmente el egoísmo social que encubre el uso, abusivo y excluyente, de la palabra pueblo.

26/1/2019

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