Un pontífice sorprendente

Joaquim Sempere

Desde que el obispo Bergoglio asumió el pontificado de la Iglesia católica muchos le observamos y escuchamos con esperanza, conteniendo a la vez la respiración. En momentos en que el mundo entero se llena de voces broncas que rezuman odio y agresividad, exhiben matonismo y desprecio, niegan las evidencias de las amenazas y parecen regodearse en perspectivas de autodestrucción, resulta balsámico oír la voz del Papa que se reconoce en Francisco de Asís.

El Poverello de Asís es la contrafigura perfecta de esas voces. Lo es en su visión de la Hermana Tierra y en su actitud hacia los pobres. Las dos últimas encíclicas encarnan ambas actitudes: Laudato si’, “Sobre el cuidado de la casa común”, de 2015, y Fratelli tutti, “Sobre la fraternidad y la amistad social”, de 2020. Ambas contienen elementos de filosofía que revelan una atención reflexiva a dos grandes haces de problemas, la crisis ecológica y la desigualdad, pero también indicaciones orientadas a la práctica que, por su concreción, huyen de las vaguedades doctrinales y transmiten una sensación de veracidad y sinceridad. (En lo que sigue cito lo más literalmente posible las palabras del pontífice, con referencia numérica de las respectivas encíclicas a los epígrafes en que aparecen.)

Laudato si’

La “actual crisis ecológica” (§§ 15 y 63) queda caracterizada como un asunto “ético y espiritual” que reclama “compromisos ecológicos” y “virtudes ecológicas” (§§ 64 y 88). La caracterización de la crisis está muy sólidamente documentada (§§ 20-26). Se abre con brillantez: “Esta hermana [la tierra] clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla” (§ 2). La naturaleza se describe como una compleja trama de relaciones. Es, pues, algo más que el escenario de la historia de la Humanidad: hay que reconocerle una vida propia que merece respeto en sí misma. Pero también viene presentada como nuestra casa común (§ 13) y herencia común que nos hermana entre nosotros. De ahí la defensa del principio del “bien común” que se concreta en la defensa del acceso de todos los seres humanos al agua (§§ 27-31) y a los restantes elementos naturales necesarios para la vida humana.

La sinceridad con que se reconoce la gravedad de la crisis ecológica se muestra en el rechazo polémico de quienes “miran con desprecio las predicciones catastróficas” (§ 161). Francisco no se toma a broma esas predicciones. Ni los peligros de guerra asociados a ellas (§ 57). ¿Quiénes son los responsables de esa crisis? Tampoco en este tema se anda el Papa con vaguedades. Los culpables son quienes detentan el poder económico y político, los gobernantes que someten la política a la tecnología y las finanzas y están dispuestos a salvar bancos a toda costa (§ 189); y quienes tienen una confianza ciega en soluciones técnicas (tecnocratismo) y de mercado (§ 109). Acusa a estos responsables de enmascarar los problemas y ocultar los síntomas (§ 26), y de hacer fracasar las Cumbres de jefes de estado (§ 54) con un bajo nivel de implementación de los acuerdos adoptados en ellas (§ 166). El autor de la encíclica muestra conocer el debate decisivo, en el mundo del ecologismo, sobre el “desarrollo sostenible”, con el que se pretende hacer pasar el gato del capitalismo maquillado de verde por la liebre de una supuesta sostenibilidad ecológica: “El discurso del desarrollo sostenible es un recurso diversivo y exculpatorio” que pretende hacer compatible capitalismo y ecología. Y lo dice con una radicalidad sorprendente: los “términos medios” como éste sólo son “una pequeña demora en el derrumbe” (§ 194). Tampoco se detiene ante la palabra maldita: “decrecimiento”. Su propuesta en este punto es valiente: se trata de detener la marcha, poner límites, incluso volver atrás, y “aceptar cierto decrecimiento” (§ 193) y un “modelo circular” que está lejos de haberse logrado. Algunas de sus apreciaciones ecologistas quedan lejos de cierta superficialidad corriente en los medios de comunicación; por ejemplo, el valor que da a la fauna menor y a los insectos (vitales para la fertilidad de los suelos) y el plancton (§ 40) cuando habla de la biodiversidad (§ 34). O la importancia dada a la agricultura familiar y a los campesinos, los eternos olvidados incluso de muchos ecologistas del Norte del planeta (§§ 94 y 129). Frente a la defensa de la gran producción agropecuaria por gobiernos y organismos internacionales, se muestra a favor de la pequeña producción agroalimentaria y la agricultura campesina familiar. Y alerta sobre la manipulación genética (§ 133).

Además de los responsables por acción, los hay también por omisión. La indiferencia de mucha gente impide la solución. La encíclica critica el desinterés, la indiferencia, la resignación cómoda, a veces plasmada en negacionismo (§ 14). Contra esa indiferencia, es de esperar en un líder espiritual de una confesión religiosa como la católica un llamamiento moral. Este llamamiento no puede faltar. Y se parece bastante a los llamamientos ecologistas: hace falta un cambio radical en el comportamiento de la humanidad (§ 4). Sus valores han de ser la sobriedad, la austeridad y el cuidado: cuidado a las personas y al medio ambiente (§ 11), y “ciudadanía ecológica” (§ 211). Lo que necesita la situación creada por la crisis ecológica es una “ética limitadora”. Es fundamental preguntarse qué sea el progreso verdadero y adoptar un “modo alternativo de entender la calidad de vida” que incluya como objetivos centrales el gozo y la paz, una sana humildad, una feliz sobriedad. No hay que despreciar valores aparentemente tan modestos como el valor del descanso y la fiesta. Educación y cultura forman parte importante de la solución (§§ 209-215). Pero lo que vale realmente es la sabiduría, no acumular mera información.

Por supuesto, propone una conversión interior. Pero llama la atención en esta encíclica que no se limite, como cabría esperar, a hablar de responsabilidad individual, sino que añada una dimensión colectiva a la apelación moral. Hace falta, dice, una conversión comunitaria, una acción colectiva. Y como para dejar claro que no quiere pararse en el umbral de la ética individual, llama a construir redes comunitarias e incluso da fórmulas de cómo trabajar. El “movimiento ecológico mundial” no se puede circunscribir, se despliega en “numerosas agrupaciones ciudadanas” (§ 14). Francisco constata que la sensibilidad ecológica crece, pero no alcanza para modificar los hábitos dañinos. Apela a instancias locales, como las cooperativas energéticas y otras asociaciones. En la sociedad germina una innumerable variedad de asociaciones que luchan por el bien común y que comportan intensas experiencias espirituales.

Añade propuestas sugerentes. En las megalópolis, sobre todo en el tercer mundo, los seres humanos viven desarraigados. Pero el hacinamiento se puede convertir en experiencia comunitaria (§ 149), que haga recuperar a las personas su dignidad y su integración social. Salir del desastre ecológico-social no es fácil, pero hay quien lo intenta: “se volvió contracultural elegir un estilo de vida” (§ 108). Y es que el cambio necesario no será posible sin “una valiente revolución cultural” (§ 114).

Su visión de la ciencia y la técnica en esta encíclica es muy equilibrada. En ningún momento trata de reivindicar la fe, ni “junto” a la ciencia ni, menos aun, “frente” a ella. La ciencia tiene su normal carta de naturaleza, y el texto se pronuncia a favor de asumir “los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible” (§ 15). A la vez, muestra sensibilidad en la intervención activa de las poblaciones afectadas por los casos de contaminación o por los proyectos elaborados desde el saber científico-técnico. Por eso, cuando se pronuncia contra una visión simplista del progreso y contra la idea de que la ciencia es neutral no hay sospecha posible de anticientificismo.

Cuando la Laudato si’ aborda los temas sociales inicia la línea de opción a favor de los pobres y la solidaridad que desarrollará más ampliamente en la Fratelli tutti. Para empezar, vincula el cuidado del planeta con la defensa de los “descartables”, los excluidos: hay una “íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta” (§ 16). Como algunos de sus predecesores en el Vaticano, sostiene que la propiedad privada debe subordinarse al bien común (§ 93), pero en su boca estas palabras no suenan a brindis al sol. Como en otras ocasiones ya reseñadas, Francisco huye de la retórica y concreta sus propuestas: a la deuda externa monetaria de los países pobres, impuesta desde el Norte, hay que añadir la deuda ecológica —no reconocida— de los países del Norte hacia los países pobres (§§ 51-52). El diagnóstico es inequívoco: se trata de un “sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso” (§ 52).

La solidaridad que Francisco defiende es, además, intergeneracional. El medio ambiente es un préstamo que se recibe colectivamente y que debe transmitirse igual (§§ 159 y 162). El ser humano se ha de considerar un “administrador responsable” que lo cuida y no un “señor” que lo domina (§ 116). La responsabilidad hacia nuestros semejantes es fundamento de toda sociedad civil (§ 25).

Un ecologista radical ateo hallará una satisfacción inesperada ante tantas coincidencias ideológicas, si bien, como es inevitable, topará con los planteamientos específicamente religiosos, y en particular un intento poco convincente de “salvar” la Biblia (§§ 65-75) en lo que respecta a puntos como el mandato de dominar la tierra (§ 67). También en afirmaciones como la de que Dios hizo a ricos y pobres (disimulada tras la de que “el rico y el pobre tienen igual dignidad”, § 94).

Asimismo, algunos puntos referidos a la demografía, el control de la natalidad y el sexo tenían obligadamente que decepcionar. La Iglesia de Roma tiene sus líneas rojas. Ya muy pronto declara que la población no es el principal problema ni la reducción de la natalidad la solución (§§ 50 y 60). Su rechazo del derecho de aborto es claro, pero discreto: en vez de condenarlo de frente, prefiere subrayar el valor del embrión humano. Pero el tema está ahí en estado latente, como se ve en el hecho de que, pese a su condena inequívoca de la guerra y sus males —más explícita en la segunda encíclica—, en ningún momento dice que las mujeres son sus principales víctimas y que las violaciones a mujeres son una de las mayores desgracias de las guerras. ¿Tal vez para no haber de abordar el problema del aborto en caso de violación? El tema de la identidad sexual se toca de pasada en § 155 con el punto de vista esperable. En general, los temas relacionados con la mujer son la mayor debilidad de ambas encíclicas, porque lo son de la Iglesia católica: ¿para cuándo el sacerdocio femenino?

Fratelli tutti

El ecumenismo es un rasgo muy propio de este pontífice, ya visible en Laudato Si’ y más explícito en Fratelli tutti (§ 2). Suele expresarse sin preferencia de trato a los católicos, que deben asumir una cultura del diálogo (§ 285). La Iglesia de Francisco valora la acción de Dios en las demás religiones y se declara a favor de la libertad religiosa (§§ 277 y 279). Invoca, junto con Francisco de Asís, a Martin Luther King, Desmond Tutu y el Mahatma Gandhi, aunque destaca la aportación de un Charles de Foucauld (§ 286).

Esta encíclica hace suyo sin inhibiciones el lema de la Revolución francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad (§§ 103-104), denunciando el uso torcido de la idea de libertad cuando la “libertad económica” sólo está al alcance de una minoría privilegiada (§ 110). Protesta contra las “causas estructurales” de pobreza, desigualdad y paro (§ 116). Defiende los derechos de los pueblos: “nadie puede quedar excluido, no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla. Así como es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer, es igualmente inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de vida digna y de desarrollo” (§ 121). Y alerta contra los eufemismos: “no caer en un nominalismo declaracionista inefectivo” (§ 188). Se han adoptado resoluciones para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, pero hay millones de personas en condiciones similares a la esclavitud (§ 24). Los estados psíquicos de las multitudes deben tenerse cuenta: soledad, miedos e inseguridad en poblaciones adormecidas y amedrentadas son terreno fértil para mafias (§§ 28 y 209). Sus alegatos contra guerras, atentados, persecuciones raciales y religiosas los resume en una fórmula expresiva: vivimos “una tercera guerra mundial en etapas” (§ 25).

En lugar del deseable mundo abierto, tenemos un mundo de fronteras y una cultura de muros que nos hacen perder el valor de la alteridad. Las migraciones son bienvenidas y anuncian un futuro no monocromático (§§ 27, 37-38, 87 y 100). En el tema de la inmigración de nuevo huye de generalidades que puedan resultar eufemísticas: se requieren “algunas respuestas indispensables, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias. Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos” (§ 130).

El lenguaje de la solidaridad impregna todo el texto. Nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros. Nadie se salva solo. La covid-19 nos enseña que no podemos evadirnos de esta pertenencia común y que debemos cuidarnos unos a otros, sin exclusiones (como ilustra la parábola evangélica del buen samaritano). Se trata de construir un nuevo vínculo social por encima de las fronteras: un nosotros que sea más fuerte que la suma de las individualidades (§§ 35, 54, 137, 32, 56-57, 66, 78). La acogida de los inmigrantes es algo de lo que salen beneficiados tanto quienes llegan como quienes acogen. Son “ofrendas recíprocas” (§ 133).

Para ser real y creíble el amor no sólo debe ser individual, sino manifestarse también “a través de los diversos recursos que las instituciones de una sociedad organizada, libre y creativa son capaces de generar”. En otras palabras, requiere organización, no le basta “la mística de la fraternidad” (§ 165). Francisco, volviendo una vez más a ejemplos tangibles, constata que “[e]n algunos barrios populares, todavía se vive el espíritu del “vecindario”, donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del sentido de un “nosotros” barrial” (§ 152). Caridad y amor han de existir también a nivel civil y político (§§ 180-183). A nivel mundial, hacen falta instituciones internacionales fuertes y organizadas, dotadas de autoridad para alcanzar el bien común mundial frente al hambre, la miseria y la violación de los derechos humanos elementales (§ 172). Pero hacen falta también “agrupaciones y organizaciones de la sociedad civil para paliar las debilidades” de esa comunidad internacional organizada (§ 175). Las grandes transformaciones no se fabrican en escritorios o despachos (§ 231).

La encíclica aborda temas culturales de gran actualidad –ligados a los nuevos medios de comunicación, internet y las redes sociales— alertando de sus trampas: “El cúmulo abrumador de información que nos inunda no significa más sabiduría. La sabiduría no se fabrica con búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se madura en el encuentro con la verdad” (§ 50). “Se suele confundir el diálogo con algo muy diferente: un febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por información mediática no siempre confiable. Son sólo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos” (§ 200).

El golpe duro e inesperado de la pandemia actual ha obligado a volver a pensar en los seres humanos, “en todos, más que en el beneficio de algunos. Hoy podemos reconocer que «nos hemos alimentado con sueños de esplendor y grandeza y hemos terminado comiendo distracción, encierro y soledad; nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad. […] Presos de la virtualidad hemos perdido el gusto y el sabor de la realidad». El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia” (§ 33).

Fratelli tutti termina evocando los grandes temas de la barbarie presente: La Shoah no debe ser olvidada (§ 247), Hiroshima-Nagasaki, persecuciones, tráfico de esclavos, matanzas étnicas nos avergüenzan de ser humanos (§ 248). La guerra no ha desaparecido y es una amenaza constante (§ 256). La encíclica se pronuncia contra la pena de muerte, la prisión preventiva y las reclusiones sin juicio (§§ 263 y 266). Declara particularmente graves las “ejecuciones extrajudiciales”, que son “homicidios deliberados cometidos por algunos Estados o por sus agentes” (§ 267). La cadena perpetua “es una pena de muerte oculta” (§ 268).

Olvidamos lecciones de la historia: sistemas de salud desmantelados. “Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros” (§ 35).

Las palabras de este pontífice vienen, de momento, avaladas por sus actos contra la corrupción y la pederastia. Por su renuncia a vivir en la majestad del Palacio. Esto les da una autoridad adicional. Es cierto que tienen un techo. Y que son sólo palabras. Pero las palabras son fundamentales para ese animal que habla llamado Homo sapiens. Pablo Iglesias tuvo ocasión ya de echárselas en cara a la católica derecha española en las Cortes. Poco o mucho van a marcar un horizonte simbólico que supone aire fresco en el enrarecido clima espiritual de este momento histórico.

27/12/2020

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