El Lobo Feroz

Meter la pata

Creo que Gonzo es gallego. En todo caso, un estupendo periodista, lo más inteligente del show de Wyoming y que ahora parece haberse asociado a otro que tal baila, Évole. Los dos mejores entrevistadores del país. Veo la tele cuando Gonzo, que como siempre ha hecho los deberes, le formula a su interlocutor —uno tendente a improvisar— la pregunta siguiente: "¿Por qué el rey emérito es un fugado y Carles Puigdemont un exiliado, que es como llama usted a uno y a otro?" Hubo un momento de silencio, y en tal momento el Lobo que suscribe supo que el pollino, cazado en sus propias redes, iba a meter la pezuña, si es que los pollinos tienen pezuña. Lo hizo. De paso en seguida quedaron insultados los exiliados antifranquistas.

El empeño en meter la pata, o alguna otra cosa, parece una obligación de todo político, pero muy especialmente de los políticos de izquierda. Los de la derecha meten el cuerno. El cuerno hace daño a todos;  la pata, sólo le hace daño al que la mete y a su formación, llena de buena gente que ha de soportar con paciencia a sus propios pollinos políticos. Dicho sea de paso, se trata de pollinos metafóricos, con cualidades metafóricas, porque los auténticos borriquillos, los de verdad, son unos vivientes simpáticos y sufridos, unos mártires que trabajan para los seres humanos siendo compensados por éstos con jarabe de palo. Un poco como el sistema político con la gente, que cuando ésta, que generalmente es mansa y paga con el sudor de su frente los impuestos de los que viven los señoritos electos, en cuanto alza un poquito la voz queda destinada a ser apaleada por la policía. Esto parece ser un principio básico e inmutable, de derecho natural, vaya, de la vida social.

A estas alturas de la vida, cuando uno es lobo viejo al que sus achaques le impiden intervenir como quisiera (¡hermanos achaques, que me protejéis de la contaminación politicista!), la especulación, la duda y las preguntas son lo único valioso que te queda. Uno especula por qué ciertas personas desperdician sistemáticamente la ocasión de callarse. Y si hablan,  por qué no utilizan el galleguismo habitual en el oficio, que sirve tanto para subir como para bajar; sobre todo —sigo especulando— sería deseable que aprendieran a no responder al cuerno con el cuerno: el espectador, al sufrir tanta berrea de cornúpetos, desespera, porque esa degradación va contaminando más y más la vida civil.

Dudo que alguna vez los políticos dejen de prometernos que van a regalarnos un tranvía o una vaca que da leche merengada, o cualquier otra cosa que valga para la pesca de votos. Los políticos profesionales son de los pocos animales que no están en peligro de extinción, camaleones que cambian de color según el momento, la ocasión y el interlocutor.

También son como los melones, que no se sabe cómo van a salir. Cuando uno sale bueno hay que cuidarlo. Pero lo normal no es eso: del melón político suelen salir plantas o bichos trepadores. Además los hay que engañan sistemáticamente a su gente, que desvirtúan las instituciones y las funciones de las que están investidos; que delinquen, vaya, y luego huyen de la justicia; y también hay otros que parecen servidores de por vida de las instituciones cuando en realidad las han estado utilizando para hacerse ricos personalmente. El daño que hacen a la sociedad es muchísimo mayor que el que se cualifica jurídicamente en ambos casos. Son daños imperdonables. Imperdonables. Pero, claro, sus colegas les harán tarde o temprano un hoy por ti y mañana por mí, un do ut des. Un perdón útil de lo imperdonable, una nueva metedura de pata que les retratará debidamente.

Cuando empezamos a aprender colectivamente y por shock lo vulnerables que somos y lo graves que pueden llegar a ser los problemas colectivos, no debemos aceptar que los políticos profesionales, en su salsa, creen más.

Que les zurzan.

 

 

  

 

 

21/1/2021

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