Fascismo y ultraderecha

Albert Recio Andreu

I

Estamos en tiempos de grandes batallas. Al menos en Madrid, que a veces se confunde con España. Del “Comunismo o Libertad” hemos pasado al “Fascismo o Democracia”. Nos hace sentir jóvenes. Nos retrotrae a los años setenta, cuando luchábamos para acabar con la dictadura, y bastantes soñábamos con un horizonte comunista. Corremos el riesgo de interpretar la situación con ojos del pasado. Conviene que entendamos qué tienen en común la situación actual con las pasadas luchas antifascistas, y qué cosas han cambiado para entender adónde movernos. 

El fascismo histórico fue producto de un cúmulo de situaciones específicas: La Primera Guerra Mundial; su brutalismo; sus enormes costes humanos y la mala forma como las potencias ganadoras se impusieron — con unas condiciones que, lejos de apaciguar, alentaron conflictos futuros (lo explicó Keynes, que en esto mostró una enorme intuición)—. La Guerra misma era producto de una arraigada cultura militarista que traducía el conflicto político en belicismo (en 1914 todos los estados mayores pensaban que iban a ganar, y que el conflicto duraría poco). Y una (también arraigada) cultura colonialista y patriotera que veía al otro como enemigo a liquidar (los “pogromos” antijudíos habían sido recurrentes antes del Holocausto). El fascismo fue también una reacción de las clases altas y los pequeños propietarios a la revolución rusa y a las revueltas obreras que proliferaron en varios países europeos. España no participó en la gran Guerra, pero tuvo su episodio bélico, de enorme brutalidad, en Marruecos (antes en Cuba). También tuvo unas élites muy reaccionarias y un conflicto social sangrante. El miedo a la revolución, o simplemente a la pérdida de algunas prebendas, se combinó con el poso de culturas reaccionarias preexistentes en la configuración del fascismo español. 

Algunos de aquellos rasgos y condiciones históricos han cambiado y otros persisten. La cultura militarista, al menos en Europa occidental, está en franco declive, en especial en la izquierda. La mayoría de movimientos sociales son pacifistas, y ha desaparecido, casi del todo, la cultura de lucha armada que aún estuvo presente en décadas pasadas. La revolución no está en el horizonte, en parte desalentada por el fracaso del experimento soviético. No hay ninguna seguridad que este desaliento se vaya a mantener, pero al menos no parece que una revolución esté en el horizonte cercano. 

El fascismo clásico, su cultura de los uniformes, su pulsión territorial, persiste sólo en grupos minoritarios. Lo que sí persiste con fuerza es una nueva extrema derecha que recoge muchos aspectos de la vieja tradición y la traduce a la nueva situación. Su peligro estriba, precisamente, en su cambio de envoltorio. Y en el error que puede suponer responderle con las viejas políticas. Los principales elementos de continuidad se encuentran en su desprecio y odio manifiesto a todo lo que está fuera de su entorno. Un odio clasista, sectario e inculto. Un desprecio que se traduce en brutalidad en las formas, en el uso sin complejos de mentiras y falsas acusaciones, en su inmisericorde tratamiento del resto. A veces de tal intensidad que es difícil de percibir por los que vivimos en un espacio diferenciado. Sólo detectable cuando tenemos ocasión de relacionarnos con la otra cara del espejo. En mi caso, por ejemplo, cuando en algún viaje me he presentado como profesor de universidad, lo que me ha servido de camuflaje para que pensaran que era “de los suyos”, o cuando alguien ha llegado a mi despacho universitario con poca información de quien tenía enfrente. La declaración más explícita me la hizo un alumno —piloto de Iberia, de familia militar— al que le adapté la fecha de un examen y que tras debatir amablemente concluyó que “no pensaba que hubiera gente de izquierdas tan buena persona”. 

Este comportamiento, al menos en España, no se limita a la extrema derecha de Vox, sino que es común a buena parte del PP. También, en Catalunya, a sectores de la derecha catalana, como puede comprobarse con los exabruptos conocidos de personajes como Marta Ferrusola, Heribert Barrera o el ex president Torra. Controlan palancas de poder, recursos, medios de comunicación, y los utilizan sin piedad para imponer su poder. Esta nueva derecha comparte con la vieja derecha fascista (que abarcó toda la derecha europea, no solo en Alemania, también en democracias como Francia o Reino Unido) una obsesión racista que antes se concretaba en poblaciones largamente asentadas, y ahora se orienta más en la nueva inmigración extracomunitaria. También en esto hay concordancias entre la derecha española y catalana; la primera se focaliza en musulmanes, subsaharianos y latinos, la segunda en cualquiera de procedencia castellonohablante, aunque vale la pena recordar que el primer partido racista que alcanzó alguna presencia institucional —Plataforma per Catalunya— nació en alguno de los feudos de la derecha catalana y su fobia era anti-musulmana y anti-africana). 

En sus objetivos finales hay también continuidad. La de imponer un marco institucional que mantenga sus privilegios y margine al resto. La apelación a lo nacional, al “nosotros-ellos”, tiene clara función instrumental orientada a neutralizar y dividir a parte de sus víctimas. Es un truco con una larga tradición de éxitos. Lo utilizó la derecha estadounidense con el macartismo, y lo usa hoy la derecha española con el constitucionalismo. En otros casos, la cuestión es mucho más variada. Es cierto que en toda la extrema derecha pululan sectores ligados al integrismo religioso, que a veces pueden ser muy letales, pero en otros muchos casos esta derecha acaba siendo mucho más tolerante porque sabe que los tiempos del capitalismo consumista se contradicen con el rigorismo religioso. El Trump abusón, mentiroso y depredador sexual es más representativo de esta nueva derecha que cualquier meapilas del Opus Dei. 

Y, en España, esta nueva derecha, más peligrosa socialmente, la representa más un personaje como Díaz Ayuso que los brutos de Vox. En todo caso, su papel en la función será secundario, puede que en algún momento genere tensiones peligrosas, que consigan imponer alguna de sus estrafalarias y dañinas propuestas, pero no van a tener, en el contexto actual, el protagonismo esencial. El peligro no es el abrazo de Vox al PP, el peligro es la hegemonía del PP trumpista, del Junts per Catalunya trumpista. El peligro, en definitiva, es la hegemonía de esta nueva ultraderecha, a la vez autoritaria y dicharachera, elitista, depredadora, defensora del empleo para los de casa. 

Basta evaluar lo que han representado los períodos de mayoría absoluta del PP para verlo: el desprecio a la oposición, la derogación de derechos sociales, la creación de circuitos educativos y sanitarios segregados, la gestión de la Covid… Una orientación que puede reforzarse si, como es posible, se reproducen los períodos críticos más allá de la Covid. Candidaturas a que ello ocurra hay unas cuantas: una nueva crisis de la deuda, una crisis energética profunda… Y su opción es sencilla y previsible, dejar que una parte creciente de la sociedad se despeñe para que siga su fiesta. Solo hay que mirar a muchas sociedades americanas del Norte y del Sur para saber de qué va el modelo. 

II

Hay que reconocerle a Pablo Iglesias la osadía y la oportunidad de realizar dos maniobras orientadas a sacudir el proceso electoral de Madrid. Cuando decidió presentarse a las elecciones y cuando se fue del debate en la SER, señalando que no era un proceso electoral normal, sino que la convocatoria formaba parte de un proyecto reaccionario muy peligroso. La apelación a la amenaza fascista tiene la virtualidad de activar a una parte de la izquierda. Particularmente a la base electoral de Unidas Podemos, que participa de una cultura política en la que el antifascismo ha constituido un elemento esencial. El fascismo en todas sus variantes representa una de las experiencias más execrables de la historia humana, y cuenta con una enorme profusión de productos mediáticos que lo ilustran (posiblemente sea el fascismo español el que ha conseguido camuflar mejor sus crímenes), por lo que permite generar reacciones en muchas personas poco politizadas. Y si hace falta recordarlo, ahí están a diario las provocaciones de Vox y las salidas de tono de la propia Ayuso. 

Es más dudoso que plantear la batalla en los términos de parar al fascismo vaya a ser suficiente para generar una movilización de los sectores de la clase obrera tradicionalmente abstencionista. Se trata de una situación endémica, de gente cuya experiencia vital está marcada tanto por una vida laboral y social zarandeada por muchas vicisitudes, como por una ausencia de experiencia y cultura política. Que posiblemente no se siente especialmente amenazada con la situación actual, que no percibe que se esté ante una situación de cambio particularmente radical. Sólo en situaciones donde está percepción de que hay un “peligro extremo”, real o simplemente percibido, puede provocarse un cambio de actitudes (cómo sí ocurrió en Catalunya en las dos elecciones regionales que se plantearon como un plebiscito independentista y que llevó, como reacción, a mucha gente a votar a Ciudadanos; a veces la gente opta por agarrarse a un clavo ardiente). No está clara que esta sea la situación de Madrid, a menos que en el paquete del fascismo se incluya toda la experiencia de la gestión sanitaria, la segregación educativa, el problema de la vivienda, etc. 

A largo plazo, es aún más dudoso que situar la batalla en torno al fascismo vaya a ser la línea más útil para contrarrestar a la extrema derecha. Corremos el peligro de que nuestra historia, la cultura recibida, nos impidan pensar en una respuesta adecuada a los tiempos y eficaz frente a este nuevo monstruo autoritario. La nueva ultraderecha vive de combinar viejas culturas reaccionarias —el machismo, el racismo, la xenofobia, el autoritarismo patriarcal—, de explotar temores frente a situaciones nuevas —la inmigración extranjera, el feminismo, el ecologismo— y de explotar el malestar causado por el neoliberalismo y la globalización capitalista —el desempleo, la precariedad, el vaciamiento del mundo rural—. La construcción de esta amalgama se reduce a explotar lo nacional como el espacio donde resolver estos malestares y ofrecer una propuesta de gestión reaccionaria sobre todo contra todo lo que se percibe como enemigo de lo nacional. 

Hay muchos campos donde este discurso tiene posibilidad de calar. Aunque es cierto que en España este discurso tiene más predicamento en las clases altas (no sólo en Madrid, también en Barcelona), pues es funcional a sus intereses, el combate real debe dirimirse en el resto de la sociedad, en especial en los sectores obreros más desfavorecidos. Y por eso lo prioritario es detectar estos núcleos de conflictos y darles respuestas adecuadas. También en eso la ausencia de políticas bien diseñadas se echa en falta. En muchos terrenos. Por ejemplo, las nuevas políticas del coche —justificadas para reducir la contaminación y basadas en establecer zonas de bajas emisiones y promover la compra de coches “limpios” (un mero eufemismo)— va a suponer un agravio comparativo para la gente con rentas bajas y menor capacidad adquisitiva en una sociedad donde el vehículo privado se considera un bien universal. Sin una política que combine una penalización más efectiva a todo tipo de coches (lo que exige una gran campaña cultural) y buenas políticas de movilidad y urbanismo que representen alternativas reales, las políticas pretendidamente ecológicas pueden generar otra masa de resentidos dispuestos a dejarse engatusar por la extrema derecha. 

Hace demasiado tiempo que, con su demagogia, la nueva extrema derecha gana adeptos en muchos países. No se puede entender ni como un fenómeno pasajero ni como un retorno a una vieja nostalgia fascista. Tampoco como un espacio coherente. Es más bien una suma de descontentos, de miedos y de frustraciones guisados con viejas ideas reaccionarias, y reconstruido con una retórica pseudo-utópica de lo nacional. Con variantes según cada lugar. Frente a ello, la vieja retórica de la izquierda resulta bastante ineficiente, sobre todo porque no suele ir acompañado de políticas reales que ayuden a transformar la situación. También porque no ayudan muchas veces a generar una autoestima y una autonomía de acción a los sectores que más padecen las lacras del sistema. El discurso sobre la vulnerabilidad, sobre la necesidad de cualificación de la gente con pocos estudios, refuerzan estigmas y no ayudan a que la gente que los sufre se movilice en otras direcciones. 

Hay que plantearse en serio la lucha contra la ultraderecha moderna. Y no nos podemos limitar a centrarnos en el espantajo del fascismo. Se requiere una intervención en muchos niveles. En desarrollar políticas bien pensadas, inclusivas allí donde se tiene poder. En reconstruir redes sociales en los barrios, pueblos y lugares de trabajo donde vive la gente que puede ser víctima potencial de esta ultraderecha. Por decirlo de una forma un poco brusca: hacen falta más sindicalistas y cuadros vecinales y locales que activistas en movimientos identitarios (se pueden defender muchos derechos básicos en esos lugares, a menudo con más posibilidades que encerrados en pequeños colectivos). Hay que generar movimientos que expresen el valor positivo de la gente, como ha conseguido el “Black Lives Matter”. Y, en este sentido la pandemia ha sido una oportunidad de mostrar que la gente corriente, la “poco cualificada”, la ignorada, es la que se ha demostrado esencial para impedir que la tragedia se convirtiera en hecatombe social. No es ni fácil ni inmediato. Ni contradictorio con plantear batallas como la actual de Madrid. Pero es necesario para frenar una deriva social que hace demasiados años que está presente, y frente a la que las respuestas tradicionales han tenido poca capacidad de contrarrestar. 

Todo esto deseando, sinceramente, que el día 4 de mayo en Madrid las encuestas fallen y la vieja y la nueva ultraderecha resulten derrotadas.

 

 

 

 

29/4/2021

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