Iván Gómez Beltrán

La Manada homófoba: así funciona la violencia disciplinaria masculina

“Lo que te llaman mientras te matan importa”. Esta frase se ha quedado grabada en mi cabeza en los últimos días, ondeando entre la rabia, la tristeza y la frustración. No solo por la oleada de realidad que supone el asesinato de Samuel, sino por el hecho de que sea necesario seguir insistiendo en la realidad de la cultura lgtbífoba frente a esas voces negacionistas.

Algunos medios de comunicación y representantes políticos insisten en su negativa de calificar con rotundidad el asesinato de violencia homófoba. Les parece más apropiado, amparándose en una falsa neutralidad y búsqueda de veracidad, reducir el discurso político del asesinato a la compasión y la pena silenciando, de esta manera, el contexto de violencia que lo motiva, algo que no sirve más que para preparar el caldo de cultivo de vulnerabilidad de los colectivos que son víctimas de dichas agresiones.

No deberíamos permitir que se tachen elementos importantes de la ecuación, porque entonces dejamos que sean ellos, esos que nos violentan, los que definan de qué estamos hablando y, sobre todo, de qué podemos hablar.

Según los datos del INE, el 83% de los delitos de odio son cometidos por hombres, quienes, sumado a esto, ejecutan las tipologías penales más violentas, por ejemplo, lesiones, robo con violencia o intimidación, daños, coacciones y amenazas.

No es posible separar el asesinato de la dolorosa realidad de que fue un grupo de hombres, una manada más, quienes mataron a golpes a un joven al que le gritaron en repetidas ocasiones “maricón”. No podemos permitirnos olvidar el odio visceral a todo lo alejado de la sacrosanta cisheterosexualidad sobre la que se construye nuestra sociedad. No podemos obviar el poder de la manada, del grupo homosocial masculino y su capacidad aniquiladora, correctiva y controladora. Y es necesario recalcar que esta es una batalla de una guerra mucho mayor en la que el patriarcado se revuelve contra nuestras vidas marcadas por múltiples ejes de opresión.

La interpretación legal no es la única posible

“Lo que te llaman mientras te matan importa”, porque revela la posición de vulnerabilidad en la que ese grupo de asesinos posicionó al cuerpo del joven al ser leído en clave de menor hombría y, por lo tanto, de ser un cuerpo que puede ser sancionado. Samuel fue asesinado no por su orientación, sino por la vinculación social que se establece entre la masculinidad hegemónica y el rechazo visceral de todo aquello que sea interpretado como femenino. Ese “maricón” refiere al género y a la sexualidad y no a la capacidad de amar de nadie. He aquí la poca utilidad de proclamar el “love is love”. No nos matan por nuestra capacidad de amar: nos matan por la subversión de las normas identitarias patriarcales.

No es mi intención realizar un análisis de por qué la articulación legal del delito de odio es pobre, está alejada de la realidad material y social y, sobre todo, nos deja desprovistas de herramientas de protección. Me parece más apropiado recalcar la insistencia machacona con la que la violencia estructural y sobre todo jurídica nos atormenta la existencia. Necesitamos emprender una enorme batalla por la configuración de un entramado legal sólido y efectivo en la protección de las víctimas y, a la par, debemos recordarnos que el que un hecho no sea definido por la legalidad vigente bajo la tipología penal de “delito de odio” no quiere decir que no haya existido o exista violencia lgtbífoba.

Buscamos la racionalidad del delito en una supuesta cadena lógica que en muchas ocasiones termina por ser una justificación encubierta en términos explicativos. El sustrato lgtbífobo se encarga de esto precisamente. La mínima comprensión de los procesos bajo los que se despliega la masculinidad patriarcal nos ofrece un panorama mucho más complejo y eficiente en la explicación causal de los delitos lgtbífobos.

Violencia estructural

Que te llamen maricón un grupo de hombres justo antes de asesinarte con una paliza no es un hecho casual, esporádico o un suceso anecdótico. Hay un ensañamiento identitario, aprendido, cultural y estructural. Es un asesinato producto de un sistema; ejecutado por unos asesinos que colaboraron para acabar con la vida de una persona apoyándose en un sentido común de masculinidad y una autolegitimación basada en aquello que puede ser golpeado hasta la muerte: un maricón falto de hombría.

Es un acto colectivo, no solo porque se hizo en manada, sino porque los significados de su masculinidad, de esa que les daba permiso para acabar con la vida de una persona, también se estaban construyendo en comunidad. De la misma manera, se repiten por nuestro territorio agresiones contra mujeres trans, lesbianas, personas racializadas y contra todos esos cuerpos que han sido definidos como “agredibles” al ser deshumanizados por la normatividad social.

Hablar de la violencia como una estructura es también abandonar la idea de que esta se produce de manera aislada, que es el producto de un individuo específico, de una maldad concreta, o incluso, de una maldad que emana de la propia naturaleza humana. Decir esto es pararnos a pensar sobre cómo estos actos enraizan con aprendizajes culturales, con nuestra socialización de género y con mensajes lgtbífobos con los que se nos moldea a lo largo de nuestras vidas.

Manada y masculinidad

Hace unos días la activista feminista Irantzu Varela señalaba en su Twitter precisamente la masculinidad como un factor fundamental para comprender no solo este asesinato, sino para poner el foco en cómo se ejecutan las diferentes violencias patriarcales: “El último bastión de la masculinidad es la manada. Se dan palmadas en el hombro, se ríen de sus chistes, deshumanizan a las mujeres, se ríen de la gente LGTBIQ y se escudan en una 'clase' a la que no pertenecen. Ellos nos violan y nos matan. Ellos nos pegan al grito de maricón”.

Aun así, sigue sin parecer un buen momento para hablar de la masculinidad. Los medios continúan empeñados en silenciar la naturaleza lgtbífoba de muchos de los delitos, amparándose en una falsa búsqueda de la neutralidad informativa. Y es que es el modus operandi habitual: la palabra “hombre” se obvia cuando se considera estratégicamente innecesaria, tal y como ocurre con la cobertura mediática de las manifestaciones de neonazis y fachas, y con los altercados en los espacios masculinos como el fútbol.

Los datos nos muestran la necesidad de establecer políticas públicas que se orienten a la deconstrucción de la masculinidad de la que emana la violencia. Y, sin embargo, seguimos negando la máxima: o ponemos la masculinidad y los atributos que la configuran en el foco o seguiremos manifestándonos tras el asesinato de algunxs de nosotrxs.

Reclamar la visibilización de la masculinidad no solo es aludir, como menciona Elizabeth Duval (2021), al género como proceso, sino también al género como sistema de dominación, como una estructura ideológica que articula nuestros procesos sociales, legales y económicos.

La invisibilización de la masculinidad a la que nos enfrentamos es profundamente estratégica, porque anulando el concepto del que emana el problema se eliminan e invisibilizan también sus consecuencias, es decir, la violencia patriarcal, lgtbífoba, racista, capacitista, etc. Como menciona la historiadora Gemma Torres: “Cuestionar la masculinidad ha sido una tarea muy difícil porque implicaba no sólo cuestionar la identidad de los hombres, sino todos aquellos significados que estaban adheridos: la nación, el estado el imperio, la diferencia de clase”. Enfrentarnos a la masculinidad en este sentido es poner en cuestión los valores neoliberales a partir de los cuales la neutralidad se ha constituido como un espacio de estabilidad del capital y, por ende, del pacto social.

Con rabia hacia alianzas de futuros posibles

Nos acusan de “politizar” la realidad como si esta estuviera ausente de significados y como si la única manera de presentarse como digerible para el sistema fuera borrando cualquier rasgo de nuestras identidades. Apelar a la neutralidad no es posible en un sistema en el que la desigualdad estructura las posibilidades de nuestras vidas y de su articulación política. Enfrentarnos a este sistema es poner en cuestión la racionalidad occidental cisheteropatriarcal. No debemos consentir la despolitización de las categorías que atraviesan nuestros cuerpos y experiencias y necesitamos que se abandonen lavados de cara a los discursos que nos oprimen, negando nuestros sufrimientos y vivencias cotidianas.

En este contexto convulso apelar a la rabia solidaria es tratar de canalizar ese sentimiento de desprotección e indefensión en la construcción de alianzas que potencien nuestras luchas para así trascender los marcos interpretativos que nos vuelcan a pensarnos y vivirnos en la norma.

[Fuente: El Salto]

11/7/2021

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