Anticapitalismo perplejo

Albert Recio Andreu

I

La invasión de Afganistán significó el inicio de una nueva guerra mundial. Muy diferente a las anteriores, pero igual de cruenta. Ha habido muchos muertos, bombardeos a civiles, destrucción de países enteros, violaciones graves de derechos humanos (Guantánamo, Abu Gharib, Assange etc.). Nada que no haya ocurrido antes. Lo que ha cambiado han sido los escenarios y la mayoría de las víctimas. Salvo algún atentado cruento, la población de las metrópolis europeas y norteamericanas no se ha visto afectada. La han vivido como una guerra a distancia. Sus ejércitos, además, han estado formados por personas con un estatus social precario: negros, chicanos, extranjeros. Nada que ver con la conmoción que, por ejemplo, experimentó Estados Unidos con Vietnam. Aquí casi todos los muertos son “de tercera”, y esto explica que una guerra tan cruenta y larga se haya vivido con tan poca tensión. 

El final de la invasión norteamericana de Afganistán confirma todo lo que en aquel momento plantearon la mayoría de analistas críticos, políticos de izquierda y activistas sociales. La invasión, ni estaba justificada, ni iba a solucionar ninguno de los graves problemas del país, ni iba a tener una salida airosa para EEUU y sus aliados. Las anteriores experiencias de británicos y soviéticos avalaban esta última conjetura. Mucho se especuló con la finalidad de la acción. Se apuntó al interés por controlar un territorio de posible paso de oleoductos o, considero más ajustado, la voluntad de marcar de cerca a China. Aunque, visto el resultado, más bien se apunta a que se trató de una operación de respuesta al 11-S, a la necesidad de recuperar imagen hegemónica y, de paso, utilizar el virtual “estado de guerra” para legitimar las prácticas criminales de todo el complejo de seguridad. Ahora se habla de los yacimientos de tierras raras, pero esto no apareció en el debate inicial. 

La segunda gran operación militar, la guerra de Iraq, obedecía de forma más patente a un objetivo económico clásico: el refuerzo del control sobre el aprovisionamiento petrolero. Así como la protección de Israel, este gran enclave occidental en pleno mundo árabe. Una operación que puso de manifiesto la peor cara de las políticas imperiales: mentiras y falsas justificaciones, destrucción de un país entero, violaciones de derechos humanos… Si a estas dos guerras sumamos el resto de operaciones de la “lucha contra el yihadismo” se constata que el resultado en términos militares puede considerarse un fracaso. Algo parecido a las Cruzadas medievales con las que se iniciaron las incursiones europeas al Medio Oriente. El balance en términos económicos es también desastroso, excepto para los intereses del potente sector del armamentismo y los suministros militares. Sin perder de vista el rentable negocio de los opiáceos, un tema que ya se constató en Vietnam, que reapareció a la fuerza en el ‘Irán-Contra’ nicaragüense y que vuelto a estar presente en el caso de Afganistán. Si el balance se hace desde las economías de los países invadidos o convertidos en teatros bélicos, estamos ante un caso obvio de una acción criminal en todos los sentidos, que ha destruido gran parte de las infraestructuras locales y generado un importante desgarro social: Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Yemen, Mali… 

Tendemos a entender el imperialismo en clave exclusivamente económica. Y es obvio que gran parte de las acciones imperiales tienen este objetivo: control de mercados, de fuentes de recursos básicos, extracción de rentas, etc. Pero estas políticas tienen también otro tipo de objetivos que a menudo hacen olvidar a sus promotores hasta qué punto vale la pena desarrollar ciertas intervenciones. Tiene que ver con la necesidad de hacer valer su poder (algo especialmente promovido por los importantes intereses del poderoso lobby militar-de seguridad), del miedo a perder influencia frente a posibles rivales, hasta de una cierta autorrepresentación mesiánica de la que se nutren las funestas experiencias de la “intervención humanitaria”. Tan mal lo han hecho los grandes líderes occidentales que ni siquiera han sido capaces de organizar una retirada ordenada que salvara vidas afganas. Se constata, de nuevo, que para las potencias ocupantes la población local es mera “morralla”. 

En todo esto, el análisis del viejo y el nuevo antiimperialismo acertó desde el principio. Y el final de la guerra de Afganistán no hace sino confirmar la inmoralidad y la ineficacia de estas operaciones militares. Corroboran que desde la destrucción y la brutalidad no es posible construir nada decente. Y que las movilizaciones y acciones contra las intervenciones armadas tienen todo su sentido. 

II

Donde el análisis se complica es cuando se consideran otros aspectos de la cuestión. El caso más obvio es el del feminismo y los derechos humanos. Nos aterra lo que van a sufrir las mujeres musulmanas con la vuelta de los talibanes al poder. Y la represión que va a caer sobre cualquier actividad considerada pro-occidental. Muchas de las mismas voces que han denunciado la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados claman por una acción exterior en defensa de los derechos de las mujeres y de la población en general. 

La crítica sostenida al imperialismo capitalista a menudo acaba ignorando que el capitalismo no es el único orden social donde prevalece la explotación, la desigualdad, la violencia institucional y el abuso de poder. Gran parte de la historia humana, al menos desde el neolítico, está marcada por la existencia de formas de organización social donde una gran parte de la población sufre abusos por parte de la minoría dominante. El patriarcado, en sus múltiples formas, es una de ellas, seguramente la más extendida en términos espacio temporales. Pero no la única; la esclavitud, las diversas formas de economía de prestaciones (de la que el feudalismo es la versión europea más conocida), han condicionado la vida de millones y millones de personas. La misma historia del capitalismo no puede limitarse al empleo asalariado, sino que en su desarrollo ha contado también con estas otras formas de explotación, especialmente en las colonias. 

Lo presencié en directo en el Sahara Occidental, donde la mala fortuna me obligó a pasar trece meses de servicio militar. La ocupación española no tenía como objetivo directo la explotación laboral de la población indígena, por otra parte escasa y mayoritariamente nómada. Los intereses imperiales españoles se concentraban en la explotación de algunos recursos locales (las minas de fosfatos, el banco pesquero y el sueño, nunca materializado, de posibles yacimientos petrolíferos) y el poder real y simbólico que la ocupación del territorio concedía al Ejército (salarios más altos, ascensos más rápidos, etc.). Para garantizar estos objetivos solo hacía falta la pasividad de la población local (gran parte de la actividad productiva se realizaba con mano de obra peninsular o canaria). Esta se ganaba con una combinación de represión, propaganda (fundamentalmente antimarroquí), subsidios y mantenimiento de las estructuras tradicionales. Estas incluían a los esclavos que poseían los notables locales. Conocí a varios; algunos trabajaban como asalariados y entregaban su salario al dueño (un notable de la zona que mensualmente pasaba información al capitán de mi destacamento), otra había sido explotada como prostituta en sus tiempos jóvenes. Su vida dependía por entero del estado de ánimo de su dueño que podía contar con el apoyo del Ejército si el esclavo o esclava se insolentaba. 

Aunque anecdótica, esta situación ilustra bien lo que es el imperialismo (o su variante, el colonialismo): un sistema de dominación centrado en los intereses de la potencia colonizadora y un sustrato de viejas formas de dominación que en muchos casos pueden ser funcionales al mantenimiento del control. Y que explican que en más de una ocasión las mismas sociedades que se rebelan contra la colonización adoptan respuestas que pueden ser reaccionarias en muchos ámbitos. Lo aprendimos al estudiar historia de España, la resistencia frente a Napoleón incluía tanto a liberales modernizadores como enormes fuerzas reaccionarias que triunfaron con el reinado de Fernando VII. Los talibanes son una versión afgana, fundamentalista islamista de los reaccionarios patrios, los que se levantaron en defensa del absolutismo en el siglo XIX, los que se volvieron a levantar contra la II República para imponer una dictadura nacional-católica. 

Lo que está ocurriendo en Afganistán es una experiencia más de una revuelta antiimperialista dirigida por las viejas fuerzas de la reacción. Y que incluye una brutal expresión de un régimen monacal-patriarcal. Que seguramente ha seguido predominando en el país en la mayoría de zonas rurales donde la pretendida modernización impulsada por los colonizadores nunca llegó. Pues la ocupación de Afganistán, como la de Iraq o la de Libia, no tenía como objetivo central construir un proyecto político democrático y unas estructuras públicas sólidas, sino responder a las demandas de las propias sociedades occidentales: de venganza, de control de recursos básicos o de mera barrera frente a los movimientos migratorios sur-norte. 

Nos aterra lo que les espera a las mujeres afganas que habían empezado a obtener espacios propios. Pero esta misma situación predomina en muchos otros países en los que los medios no ponen el foco; pongamos por ejemplo Qatar, este país admirado por la élite deportiva catalana. No sólo del mundo árabe: en la India, las manifestaciones del patriarcado son a menudo tanto o más brutales. Y nos sentimos impotentes. Y nos aferramos a un clavo ardiendo cuando proponemos que sean las fuerzas externas, culpables del verdadero desastre, las que defiendan derechos básicos. 

Nuestra errónea mirada quizás es debida a que nos hemos esforzado tanto en destacar las perversidades del capitalismo que hemos olvidado la existencia de otras formas de poder y dominación tanto o más perversas. Y hemos pasado por alto que lo que explica nuestro grado de libertades, el que ahora reclamamos para las mujeres afganas, se ha conseguido gracias no sólo a una sostenida lucha social sino también a un marco institucional que lo ha hecho posible. Quizás porque la instauración de las sociedades capitalistas, con todas sus contradicciones, fueron a la par con el desarrollo de poderosos movimientos igualitarios y de una cultura política democrática que explican muchas de las contradicciones y potencialidades de transformación social. Y por eso, a la par que reconocemos que la derrota de Afganistán es derrota del imperialismo moderno, deploramos y tememos que lo que siga puede ser aún peor. 

III

Hay una evidente contradicción entre nuestra oposición a las intervenciones imperialistas y nuestra demanda de acciones de estas mismas fuerzas en defensa de las mujeres afganas. Se les podría haber exigido mayor eficiencia en su retirada para facilitar la salida de mucha más gente. Pero llevamos años experimentando políticas migratorias diseñadas para que venga poca gente, para seleccionar a los que entran, para generar espacios de ilegalidad a los que finalmente entran. Las políticas migratorias represivas no sólo son el núcleo del discurso ultra, están consolidadas en la acción de gobierno de un amplísimo abanico político (el vergonzoso incidente de las deportaciones de menores en Ceuta es esclarecedor). Al fin y al cabo, entre la enorme masa de personas taponadas en las fronteras de la UE, por las que cobra el régimen turco, hay una elevada proporción de personas procedentes de Afganistán (y de Siria) que llevan años tratando de conseguir asilo. 

Hay impotencia y urgencia. Pero entre el no hacer nada o el apoyo a políticas militaristas hay muchos espacios a explorar. Empezando por seguir insistiendo en políticas migratorias y de asilo más justas, en políticas de apoyo al desarrollo mejor diseñadas, en intervenciones a escala de organismos internacionales más comprensivas, de apoyo a las fuerzas y movimientos que en todo el mundo tratan de cambiar la situación de sus países. Y trabajando en nuestros países para que la población asuma que nuestro esquema de consumo, de privilegios y producción, nuestro racismo implícito también tiene algo que ver con estas resistencias reaccionarias que causan tanto mal. Y creando una verdadera alianza de movimientos y fuerzas internacionales capaz de intervenir a escala global. No hay un camino dorado hacia el país de Oz. Más bien una senda llena de obstáculos en el objetivo de una sociedad humana decente. Y los atajos a menudo nos conducen a verdaderos laberintos.

30/8/2021

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