Manuel García-Morán Escobedo y José Manuel Barreal San Martín*

Laicismo, educación y ciudadanía democrática

A propósito del libro de Antonio García Santesmases Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 2007

Comienza a ser habitual el desayunar a diario con noticias referentes a problemas que giran en torno a las relaciones existentes entre la Iglesia y el Estado: financiación de aquélla, despidos de profesores de Religión por situaciones que tienen que ver más con su vida privada que con la laboral, financiación con fondos públicos de los colegios concertados católicos (con su capilla e ideario incluido), peticiones por parte de los obispos de objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, manifestaciones contra la LOE, los matrimonios homosexuales y todo un sinfín de condenas de índole inquisitorial e impropias de una sociedad democrática, en las que para los señores de la Conferencia Episcopal hay un claro responsable: el laicismo y los sectores laicistas de nuestro país, máximos responsables del totalitarismo y relativismo existentes en nuestra sociedad.

Cuando uno intenta acercarse al debate actual en torno a estos temas surgen de inmediato ciertas preguntas: ¿en qué consiste realmente el laicismo? ¿Cuál es el verdadero significado de este término que parece tan peligroso cuando lo oímos referir por boca de estos señores? ¿A qué obedece su mala prensa? ¿Qué es lo que postula realmente?

Lo primero que habría que dejar constancia a la hora de responder a estas preguntas es que hablar de laicismo es hablar de un término bastante desconocido y mal interpretado en nuestro país, algo que bien pudiera explicar nuestra propia historia, pues exceptuando el breve período histórico que supuso nuestra II República, ha venido marcada en gran medida por un claro dominio oficial de la religión y moral católica en el ámbito político, cultural y educativo.

En su último libro de reciente aparición y que lleva por título «Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo», el profesor de Filosofía Política de la UNED y conocido ex portavoz de la corriente Izquierda Socialista Antonio García-Santesmases, que asistirá el próximo 29 de marzo a La Felguera invitado por el Foro de la Escuela Pública para presentar dicho libro, trata de aclarar conceptos y de profundizar en el debate en torno a la preservación y defensa del laicismo frente a los problemas más relevantes del mundo actual.

Una de las cosas que Santesmases deja claro a lo largo de su libro es que el laicismo no se circunscribe únicamente a las relaciones entre Iglesia y Estado o al tema de la enseñanza de la religión en las escuelas públicas, sino que es algo que va más allá: la reivindicación de unos valores y de un proyecto de sociedad basado en la convivencia que puedan poner freno —y hasta presentarse como alternativa— a los dos fundamentalismos que hoy presiden la escena internacional: el fundamentalismo norteamericano y el fundamentalismo islámico. Se trata de reivindicar lo que considera lo mejor del legado ilustrado, el ideal republicano, laico y humanista frente a las reivindicaciones del neoliberalismo económico, del neoconservadurismo y del neoimperialismo hoy hegemónicos, y que al igual que el dogma religioso suponen un obstáculo para la autonomía y libertad de pensamiento, así como para que los individuos se sientan partícipes de los destinos de la comunidad.

Premisas estas imprescindibles para el ejercicio de la ciudadanía en lo que debería ser una sociedad democrática. Junto al llamado «retorno de la religión» también están los grandes poderes económicos que merman las posibilidades de la acción política, el margen de maniobra de los estados y la calidad de la propia democracia. Se trata, en cierto modo, de una nueva forma de alienación que también impide el desarrollo autónomo de los individuos al alejarles cada vez más de la posibilidad de ser dueños de su destino.

Pero para poder entender y hablar de esta alternativa, de este proyecto ilustrado laicista capaz de dar una respuesta al discurso dominante, nada mejor que echar la vista atrás y hacer una lectura de todo lo ocurrido en el siglo XX. De esta manera podremos rescatar al laicismo de esa tergiversación sistemática realizada sobre sus fundamentos, identificándolo con el totalitarismo y el relativismo posmoderno, algo difícilmente asumible desde su propia tradición. Una tradición que, por el contrario, se caracteriza ante todo por la libertad de conciencia y la igualdad de todos ante la ley; por garantizar la neutralidad del poder político, la autonomía de la persona y la libertad de pensamiento.

Se trata, en definitiva, de evitar la tutela de la Iglesia sobre la sociedad; requisito indispensable para poder hablar de una sociedad democrática. Y el instrumento básico del que debe valerse dicha sociedad para lograr esa autonomía individual que nos permita ejercer nuestra ciudadanía es la escuela pública; escuela que tendrá como ideal ético la formación de futuros ciudadanos autónomos, capaces de elegir y gobernarse a sí mismos. Para ello, dicha escuela debe educar a partir de dos principios básicos: de una parte, enseñar conocimientos que sean verificables y aceptados científicamente; y de otra, sobre aquellos valores consensuados, sobre las pautas éticas aceptadas y no sobre aquellos valores que tienden a segregar y diferenciar, evitando así encontrarnos con el problema de tener que dividir al alumnado en razón de las convicciones y creencias de sus familias.

De especial relevancia e interés es la manera en que Santesmases analiza y enfoca el problema del laicismo, educación y democracia en referencia a nuestro país: tras un pertinente y breve recorrido histórico a partir de la II República, va dando un repaso a los diferentes momentos históricos hasta llegar a la actualidad, con las consabidas problemáticas planteadas en torno a la cuestión escolar, la cuestión religiosa en la Constitución, los Acuerdos con la Santa Sede que van a crear y están creando ya problemas con otras confesiones religiosas en una sociedad cada vez más multicultural y multirreligiosa. Problemas que, como bien señala nuestro autor, nos llevan a alejarnos cada vez más de esa unidad respetuosa con la diversidad. Tras reivindicar el laicismo como respuesta a estos problemas, señala los nuevos retos a los que éste se enfrenta, como es el dar respuestas a dos grandes cuestiones: ¿cómo organizar internamente la convivencia?, ¿cómo responder ante los desafíos del actual orden internacional? Preguntas cuya respuesta, una vez más, nos conducen necesariamente a hablar de escuela pública laica y de una Europa laica.

Quisiéramos concluir este artículo haciendo nuestras las siguientes palabras con las que Antonio Santesmases concluye el primer capítulo de su libro:

«El laicismo no resuelve todos los problemas que plantea una sociedad crecientemente desigual, pero sí ayuda a preservar principios vinculados a lo mejor de la tradición ilustrada. (É). Porque el laicismo por sí mismo no conduce a una “buena sociedad”, pero sin él no podemos hablar de esa «”buena sociedad”».

[*Miembros del Foro por la Escuela Pública]

4/2007

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