Italia: después de las eleccions

Giaime Pala

Las elecciones regionales celebradas en Italia los días 28 y 29 de marzo han vuelto a evidenciar lo que muchos analistas llaman “la anomalía italiana”. En efecto, pese a que la derecha liderada por Silvio Berlusconi haya formalmente perdido las elecciones —siete regiones para la izquierda contra seis para la derecha— es indudable que las ha ganado de hecho, si pensamos que las anteriores del año 2005 las perdió por un 11-2. Sin embargo, no se trata sólamente de una cuestión de cifras sino de cómo Il Cavaliere pudo mejorar sus resultados electorales después de un año marcado por los escándalos sexuales con menores, los casos de corrupción, el intento de promulgar leyes que impiden a la magistratura indagar sobre los delitos fiscales de sus empresas, la censura aplicada a los programas de la televisión pública no alineados con el gobierno, los contactos con la Mafia, etc.

En un país en el que el 70% de los ciudadanos se informa exclusivamente a través de la televisión, es normal que el monopolio mediático del que goza el “Pueblo de la Libertad” consiguiera sedimentar en la opinión pública la idea de que los hechos mencionados no corresponden a la verdad, en línea con la vulgata del gobierno que habla de un contubernio orquestado por unos supuestos “jueces rojos”. Según la mayoría de los italianos, Italia es un país envidiable e inmejorable, capitaneado por un timonel mesiánico cuyo lema electoral ha sido “que gane el amor contra el odio”. De modo que habrá que matizar la descripción ofrecida por el EL PAÍS de un “país fatigado, descreído de la política” (editorial del 31/3/10).

En realidad, los fatigados son aquellos que asisten impotentes a las victorias plebiscitarias berlusconianas, al creciente desprestigio internacional que sufre el país y al vaciado implacable de la Constitución de 1948. Poco a poco, son éstos los que están dejando de ir a votar por la sensación, cada vez más advertida, de que no hay manera de revertir una situación cuyos orígenes se remontan al año 1994. Porque de momento no se perfilan alternativas al “populismo mediático” (G. Sartori) levantado por el “Sultán” (G. Bocca). Desde luego, no lo es el Partido Democrático, que se ha revelado un caparazón vacío y burocratizado, cuyo único éxito ha sido el de borrar del mapa a la izquierda transformadora en nombre de un bipolarismo a la americana. Pero aún teniendo presente el acoso del PD, tampoco lo ha podido ser la izquierda, víctima de un error de perspectiva que tuvo en Fausto Bertinotti su principal responsable durante más de una década: no entender que, en la situación de emergencia democrática que vivía el país, la lucha no podía jugarse en un terreno exclusivamente social sino también en el del respeto del Estado de Derecho y de los valores constitucionales. Más que nada porque, delante de la potentísima artillería mediática del gobierno, ha sido imposible evitar que los obreros votaran a Berlusconi o, peor, a la Liga Norte.

En estos momentos, la izquierda tiene que asumir que Italia no está sumida en una crisis coyuntural sino en otra de tipo sistémico. Está en juego el proyecto republicano construido por De Gasperi y Togliatti después de la Segunda Guerra Mundial en nombre de un bonapartismo monarquizado muy parecido al que preveía el programa propugnado por la logia golpista “P2”. Es por eso que  el “venerable maestro” Licio Gelli ya le ha pedido a su antiguo “aprendiz” Berlusconi los “derechos de autor” de la Italia que quiere construir.

P.D.: para conocer la excelente opinión de Gelli sobre Berlusconi, el lector puede acudir a: http://www.youtube.com/watch?v=w6VbeDKjZCA

5/2010

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